sábado, 6 de agosto de 2011

Grupo de Lectura “Edipo, Angustia e Inconsciente” – 5 de Agosto de 2011



“A esta versión nueva de la afección antigua se la ha seguido desde el comienzo, se la ha visto nacer y crecer, y uno se encuentra en su interior en posición particularmente ventajosa, porque es uno mismo el que, en calidad de objeto, está situado en su centro.”
(S. Freud, Lección XXVII, “La transferencia”)





El límite del deseo es el deseo del Otro. Yo puedo querer mucho, pero si el Otro no quiere, en ese punto, habré de quedarme con las ganas. En tal sentido, inclusive, algo del condicionamiento mismo del deseo está en juego. Podemos dar un ejemplo comprensible, a nivel de lo que se plantea como la situación infantil, en el que una madre supuesta pone en juego su deseo y en tanto el mismo no coincide con el capricho del niño, allí pues, habrá de jugarse una puesta en acto de la dimensión del Padre como límite. Pero no vaya a entenderse que ahí hay un freno al deseo del niño, al contrario, el sujeto es invalidado en su posición de objeto de goce y es allí cuando se abre realmente la pregunta respecto del deseo. Que el niño comience a angustiarse, no es algo casual, puede ser la señal de cierta apertura respecto de una circunstancia oscura, o bien, signo de la necesariedad de que tal apertura principie a despejarse (el “ataque de pánico” como protesta subjetiva frente a una condición existencial desubjetivante).



Cuando hablamos del objeto no hablamos de un “objeto-cosa” en el sentido de la realidad. No. Hablamos de una posición y, por qué no, de un lugar. A esto se refiere Lacan cuando sitúa el hecho de que el objeto a es un producto de lo simbólico. Digo, no es exactamente esto lo que Lacan plantea, desde luego, estoy haciendo una lectura que me parece que trae aparejada dos ventajas: la desustancialización del objeto, por un lado y, por otro, el énfasis en la vertiente simbólica de la producción del mismo, ya que no hay plausibilidad de concebir un lugar sino es a partir de la preexistencia del orden simbólico en cuanto tal. Que situemos lugares, distancias, pérdidas, ganancias, prohibiciones, tamaños, etc., todo esto ¿de qué depende sino del hecho mismo del lenguaje? Se podría decir que todas estas cuestiones corresponden al orden imaginario. Bien, es verdad, pero creo válido hacer extensible esta determinación simbólica de lo imaginario también respecto de lo real. Dije: determinación, no causa. La causa es, precisamente, en el orden inverso, es decir, lo real es causa de lo simbólico.



Pero bien, retomando esta cuestión del objeto como lugar más que como cosa, entonces, pues bien, nos alejamos de lo teóricos de una relación de objeto en lo real. Se tratará del distanciamiento, del corte de un cuerpo en relación al objeto del fantasma del Otro. El Padre sitúa cuál es el objeto fantasmático del deseo materno. Creo que la referencia fuerte aquí es “Dos notas sobre el niño”, que pueden encontrar en “Intervenciones y textos 2”. Cómo el síntoma infantil se aviene a representar la verdad del objeto de goce del Otro cuando el Padre, el padre como dimensión y no como “persona”, no hace su jugada. Insisto: se trata menos del niño como objeto en sí que como coincidencia simbólica a nivel del objeto del fantasma del Otro materno. El objeto del fantasma del Otro materno es imaginario, desde luego, imaginario para ella (la madre), podríamos decir. Para el “sujeto” ese objeto en tanto lugar que él ocupa es real. Real en el sentido de que lo que se presenta como fantasma para el Otro es para el sujeto su goce pulsional mismo, es cómo es gozado (por nadie, por ningún “alguien”, en última instancia, excepto el significante autónomo) y sólo a partir del Padre puede ser enmarcado como fantasma para él también, pantalla que hará: del trauma, Otra cosa (“… si lo real es el trauma, lo es como [des]encuentro con el lenguaje” – dice Serge Cottet); del significante, palabra; de la falta, deseo.



Por eso hablábamos del síntoma. Que el síntoma infantil responda a un fantasma, no es seguro que ese fantasma sea ya una construcción del niño, como puede serlo el síntoma en la clínica de adultos (o en la clínica de niños misma, pero no en todos los casos). Si estamos hablando de la constitución subjetiva, lo que aparece en calidad sintomática para el sujeto infantil es goce “auto” erótico “puro”, a saber, no mediatizado por la dimensión del Padre y el fantasma en juego es el fantasma materno (en rigor de verdad, no necesariamente la “madre”). Se tratará de cómo el sujeto podrá sustraerse de esa escena del Otro: pero no estoy hablando del atravesamiento del fantasma, eso es radicalmente otra cuestión, lógicamente ulterior, corresponde a la “clínica de adultos”, si quieren tomar una referencia algo imaginaria tal vez (ya que la neurosis es siempre infantil), quiero decir que se plantea como un objetivo clínico en referencia a un sujeto ya constitutido – constitución siempre fallida, desde luego y por suerte, es decir, in-constitución o constitución inconstituyente (definición más acorde con la riqueza paradojal del psicoanálisis).



Entonces, la jugada remite a un corte respecto del objeto de goce del Otro, quitar al cuerpo de allí supone un retiro de la libido del yo y su puesta en vinculación con lo objetos del mundo (recuérdese la fijación al narcisismo apuntada por Freud a propósito de las Psicosis). ¿Qué es esto sino la muerte misma del yo-ideal y, en esa dirección, cierto fallecimiento de la Omnipotencia del Otro? No estamos hablando de algo diferente que de la ruptura respecto de la constitución subjetiva plena, lograda. En este punto, siempre resulta interesante tomar la hipótesis freudiana respecto de la constitución del superego como estando ligada a la represión: bien, ¿qué pasaría si en lugar de represión tuviésemos sepultamiento? El término sepultamiento no es algo que deba ser entendido como distinto del rechazo (Verwerfung), es decir, de la forclusión. ¿Acaso tendríamos algo diferente de la instauración de un superego radical y del rechazo mismo de la escisión subjetiva? Se trata, a nivel de la participación del significante del Nombre-del-Padre, de la interpelación del hecho – siempre amenazante - de que el sujeto se constituya en plena concordancia con lo deseado por el Otro, es decir, que el deseo armonice con la Demanda. El fantasma de devoración por la Madre es una elaboración de una posibilidad que, en el origen, es real: ser devorado por el significante, ser nombrado acabadamente como sujeto, ser objetivado. La fenomenología paranoica, en algún punto, sitúa algo de esto: ser representado por todos los significantes del mundo. Es que es el sujeto ha quedado reducido a un significante, strictu sensu. Aquí podría señalarse que, si pensamos en la Demanda como un puñado de significantes englobantes ($◊D), en las Psicosis la Demanda está en lo real – no casualmente articulada como voz imperativa, orden, etc.


El objeto como causa del deseo supone la constitución de un lugar que es el del resto, lo que queda expulsado, por fuera, se trata de la institución misma del exterior: no todo es significante, o al menos, no todo lo de un sujeto es factible de ser reducido a lo simbólico – ni a lo imaginario. No es que el objeto a está por fuera. Esto, planteado así, supondría entonces que lo real es un mundo Otro al cual la cosas se podrían echar (lo real como “bolsa”). Mi posición es indicar que el exterior humano es el objeto a. Se trata menos de un objeto-cosa que habría de quedar por fuera que de ese “afuera” en cuanto tal.


Entonces, se trata de que si el objeto, el afuera, etc., se constituye, esto no es sino porque, por otro lado y en buena lógica, damos con la institución de un interior. Bien, ese interior, es la escena del fantasma, en la cual desde luego, el sujeto también está en posición de objeto, pero se trata de un objeto de índole imaginaria. Ahora sí hablamos ya de la interpretación del niño. El sujeto toma la palabra, abroquelado: que al niño se le permita tener un deseo no es distinto del hecho de que al niño se le permita tener un fantasma. Es la identificación del sujeto con el objeto de la prohibición paterna (su relación al deseo del Padre, que hace Ley). Que el sujeto se masturbe pensando en ese objeto, fantaseando con ese objeto, etc., no es argumento suficiente como para pensar en una relación diferente que la que llamamos identificación. La masturbación fantasmática es siempre masturbación narcisista y supone una defensa del sujeto frente al goce primordial: el sujeto se cree agente y no padeciente. De hecho, el sujeto quizá no sea algo distinto de esa creencia misma y tal vez sea erróneo decir “el sujeto tiene una creencia” – es una hipótesis. Puede ser que también estemos hablando del moi y, en ese sentido, diríamos que el moi es homogéneo - en tanto el narcisismo es la defensa por excelencia frente la diferencia de los sexos – a esa creencia según la cual sujeto ≡ agente. En este punto, también habría que introducir la vertiente de la realidad como algo muy distinto de lo real. Bien.



Pero lo importante es que lo fallido de esta creencia se trasluce en la compulsión masturbatoria donde claramente aparece lo pulsional velado (esa posición perdida de objeto de goce del Otro, lo real).



Se presenta una pregunta: ¿de qué hablamos cuando hablamos del objeto causa del deseo? Mi pensamiento es que se trata de esa posición imposible en la cual, en sentido estricto, jamás se estuvo, ya que el goce del Otro no está prohibido: es imposible. Hablamos del goce como goce total, que el sujeto pueda dejar de ansiar encontrarse con ese goce total (o que viva permanentemente previniéndose de ese encuentro más bien, intensificando el deseo) es un avance en la dirección de la cura, ya que podrá gozar parcialmente, es decir, soportando y asumiendo algo de la insatisfacción. El neurótico es el rechazo de la castración, es decir, del goce pauperizado que supone el hablar. Pauperizado respecto de un goce absoluto supuesto. Esto goce absoluto supuesto, se lo vuelve a hallar a nivel del fantasma, porque lo parcial es tomado como objeto-tapón de la hiancia en el Otro. Otra cuestión se planteará una vez ubicado el sujeto en confrontación con los significantes de su propia demanda. Es decir, una vez confrontado el paciente (“la persona” que consulta) con aquellas marcas que lo sujetan como sujeto - más allá del fantasma que deniega dicha sujeción – y en relación con la indeterminación simbólica misma (la relatividad de esos significantes). “Podría haber sido otra cosa” – este es el sentimiento de un bueno giro en el análisis. “Sí, sí – diría un buen analista –, puede hacer otra cosa…”. Seguimos la orientación freudiana del Edipo como complejo nodular de la neurosis y, en este sentido, vamos “del ser al tener”. O también, “del ser al hacer”, que es también a-ser, falta en ser puesta en acto.



Entonces, recapitulando brevemente, la dimensión del a como causa del deseo es correlativa, a nivel de la constitución subjetiva, del posicionamiento del niño como intérprete del deseo del Otro, y a nivel de la dirección de la cura en el marco de un análisis, del cuestionamiento mismo de ese lugar. A nivel de la constitución subjetiva se dan las condiciones (creación de un afuera y de una escena) para que posteriormente algo se pueda hacer operativo (ese afuera mismo) en relación al deseo inconsciente que atraviesa a un sujeto.



Y el analista: ¿qué? ¿En qué posición ha de estar? Esta pregunta corresponde no a otro capítulo que al de la transferencia. Pero: ¿a qué llamamos transferencia?




Buenos Aires, Agosto de 2011

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