sábado, 4 de mayo de 2013

"¿Qué significa pensar críticamente? De la estulticia al desasimiento" (Primera parte)




Introducción

Una multiplicidad que exige diversificación. Este loco cuerpo que puja, no es más que una ingente sumatoria de discontinuidades. Quien quiera aprender qué es el laberinto, deberá ser discípulo de su cuerpo, primero. Juego abierto, aventura de la incerteza, ¡cuánto sufrimiento nos ha de producir tener que elegir cada vez, sin fórmulas que nos garanticen anticipadamente lo correcto y lo incorrecto, qué será lo bueno, qué será lo malo! Sólo queda arriesgar, atravesar la multiplicidad, diversificarse junto al Ser – que, en tanto múltiple, no es – y transitar el quizá, el riesgo de no saber qué será de nosotros, en nuestra apuesta. Porque nosotros somos la ficha en el tablero y se juega en cada instante y decisión nuestro más íntimo destino. Nuestro cuerpo se intensifica en su sentir al vislumbrar que tener que elegir se hace imperioso. Y no existe sino una fe, una creencia, una intuición. Así, tal vez, proceda quien haga de la vida su amor. Quiero decir: dejando que la cosa marche sin muchas precisiones, pero apostando fuerte, no reduciendo el entusiasmo a causa de la in-garantía existencial, sino al contrario, afirmando más la vida cuanto que menos ésta tiene de pre-fabricada.”  

¿Qué significa pensar críticamente? Desde hace tiempo que vengo haciéndome esta pregunta, creyendo que puede existir otro uso para el pensamiento no necesariamente renegatorio de la castración, tal como lo es el pensamiento obsesivo (calculador, controlador, centralizador, narcisista, fálico).  

Respondería sencillamente: tomar una posición, tomar la palabra, introducir una diferencia entre la mismidad y la reiteración acrítica de fórmulas consolidadas. “Mismidad” y “reiteración acrítica” en la que cada cual cae, necesariamente, como paso lógico por donde pasar para poder pasar. Quizá esta definición resulte evidente para algunos. Para mí, no constituye ninguna “obviedad” (y creo que para muchos otros tampoco).

Así definía Lacan este acontecimiento subjetivo: “Es lo más arduo que puede proponérsele a un hombre, y a lo que su ser en el mundo no lo enfrenta tan a menudo: es lo que se llama tomar la palabra, quiero decir la suya, justo lo contrario a decirle si, si, si a la del vecino.”[1] El sujeto psicótico, desde la perspectiva del analista francés a esa altura de su enseñanza, fracasa precisamente en este acto. Es un fracaso muy diferente, desde luego, del fracaso irreductible que implica pretender agarrar la palabra acabadamente. Por esto mismo, Lacan dirá que, el loco, podrá ser “escritor” pero no poeta, ya que la poesía, a su estar, implicaría cierta “creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo.”[2] Aquí tenemos, pues, otra manera de pensar la cuestión de la toma de la palabra. Vale decir, como ese acto creador que adviene posteriormente a la asunción de “un nuevo orden de relación simbólica con el mundo”.  

Pensar críticamente. Se trata de una tarea ardua y no de algo sencillo y que se consuma de una vez. Deberíamos poder pensarlo como un proceso, o sea, con sus discontinuidades, con sus altibajos, con sus tropiezos y con sus demoras. Pensar lo que se resiste a ser pensado, es tarea en donde quizá nos toque transitar el hielo, la soledad, el invierno de las grandes montañas¸ el abismo. Tal vez, también el excesivo calor del desierto, la sed, el hambre, la fatiga. Máxime cuando intensas fuerzas se oponen a que el sujeto pueda, precisamente, agenciarse de lo múltiple en pos de su «actualización». «Actualización» que conjuga tanto la noción de acto así como la de Presente. Presente  que no sólo es ahora en un sentido “temporal”, pues también debe pensarse como presencia en un sentido “espacial”, si se quiere (como cuando, en el Colegio, el Maestro decía nuestro nombre y nosotros debíamos levantar la mano para dar cuenta de nuestro estar-allí): “Aquí estoy”.


1

“Aquí estoy” es algo que debe pronunciarse, ante todo, para uno mismo. Y creo que esto es lo más complejo del asunto. Es harto sencillo decirle al otro “aquí estoy”. Basta con ubicarme precisamente allí donde el otro pretenda que yo deba ubicarme, para poder así ser visto. Lacan señalaba algo muy interesante en este sentido respecto de sus contemporáneos en el campo psicoanalítico: “El otro extremo, es el caso en el que se saben de memoria lo que está en el texto. (…) No leen lo que ya se saben de memoria. (…) A menudo se tiene la impresión de que la intención que dirige profundamente al discurso tal vez no sea otra que la de permanecer exactamente en los límites de lo que ya ha sido dicho. Parece que la intención última de este discurso es hacer señas a sus destinatarios y probar que quien lo firma es, si permiten la expresión, no-nulo, capaz de escribir lo que todo el mundo escribe.”[3] Interesante definición de lo que poco tiene que ver con pensar críticamente.  

“Aquí estoy” como algo espinoso, según decía, ante todo para sí. La experiencia del psicoanálisis, mucho tiene que ver con esto: “Pues, después de todo, aquí estaba yo”. Más allá de las espesas adherencias a lo instituido, allende la Moral legitimada y establecida en cuyos espejos hube de concebir mi ser, en suma, detrás del espejo yacía una potencia oculta y secreta. Y que habita en mí, más allá de «Yo». Así hablaba Zaratustra: “«Yo», dices una y otra vez, ensoberbeciéndote con esa palabra. No obstante, lo más ingente, algo en lo que no quieres creer, es tu cuerpo y tu gran razón, la cual no dice ciertamente «Yo», pero es la que hace «yo». Lo que los sentidos sienten, lo que el espíritu conoce, nunca tiene su finalidad en sí mismo. Pero los sentidos y el espíritu intentan convencerse de que son, en absoluto, la finalidad de las cosas todas: tan vanidosos son.”[4]        

Máscara vanidosa que nos imposibilita la confrontación con eso que rige nuestro actuar, allende nuestras creencias, el «Yo» como instancia del sentido, como núcleo condensador de lo múltiple, que entorpece un desenvolvimiento más genuino y soberano de nuestra escondida potencia. En “El malestar en la cultura”, Freud afirmaba: “Normalmente no tenemos más certeza que el sentimiento de nuestro sí-mismo, de nuestro yo propio. Este yo nos aparece autónomo, unitario, bien deslindado de todo lo otro. Que esta apariencia es un engaño (…): he ahí lo que nos ha enseñado (…) la investigación psicoanalítica.”[5]

Lo Otro. Es allí en donde yo he de habitar. He de habitar en la potencia oculta de mi ilusorio ser y que éste pretende silenciar, acallar, enmudecer. No es otra la orientación de la cura psicoanalítica. Desterrar las temibles ilusiones que coartan la posibilidad de elegir, de tomar decisiones importantes. Desnaturalizar lo “evidente”[6] para acceder a lo que se creía imposible. He allí la apuesta de caminar por el camino del deseo y de la desujeción, un camino que no existe de antemano sino que se construye. Por lo demás, estimo que esta apuesta no es privilegio del psicoanálisis ya que existen otros pensadores que, si bien carecen de la técnica y de la metodología que el psicoanálisis introduce, nos ayudan a pensar en dicha orientación (así como ciertos pensadores, teorías, discursos y lógicas nos empujan a una situación donde prima una concepción pre-freudiana de desconocimiento y represión del deseo).            

En su Tercera consideración intempestiva (“Schopenhauer como educador”), Nietzsche nos daba el siguiente consejo: “Cuando el gran pensador desprecia a los hombres, desprecia su pereza, porque por ella se asemejan a productos fabricados en serie, indiferentes, indignos de evolución y enseñanza. El hombre que no quiere pertenecer a la masa únicamente necesita dejar de mostrarse acomodaticio consigo mismo; seguir su propia conciencia que le grita: «¡Sé tú mismo! Tú no eres eso que ahora haces, piensas, deseas».”[7] Fulgurante precisión la del filósofo, que ubica las incidencias obstructivas del goce en el movimiento del hacer del Hombre. Un poco más abajo, nos encontramos con estas impactantes aseveraciones:

“«Quiero hacer el intento de alcanzar la libertad», se dice el alma joven; y, sin embargo, se lo impedirá el hecho causal de que dos naciones se odien y se combatan, o que haya un mar entre dos continentes, o que en torno a ella se enseñe una religión que, no obstante, hace un par de milenios aún no existía. «Nada de eso eres tú», se dice el alma. Nadie puede construirte el puente sobre el que precisamente tú tienes que cruzar el río de la vida; nadie, sino tú sola. Verdad es que existen innumerables senderos y puentes y semidioses que desean conducirte a través del río, pero sólo a condición de que te vendas a ellos entera; mas te darías en prenda y te perderías. Existe en el mundo un único camino por el que nadie sino tú puede transitar. ¿A dónde conduce? No preguntes, ¡síguelo! ¿Quién fue el que pronunció la sentencia: «Un hombre no llega nunca tan alto como cuando desconoce a dónde puede conducirlo su camino»?”[8]


2

“¡Vuélvete a tu soledad, hermano mío, y llévate tus lágrimas! Yo amo a quien quiere crear algo superior a él, y por ello perece.”
(Así habló Zaratustra, “Del camino del creador”)

El «espíritu libre» [Freigeister], pretende torcer la poderosa mano del Saber establecido como Eterno y Omnipresente. Dicho saber, escribe con lápiz incoercible y de hierro, el cual debe ser erosionado para que pueda advenir, así, lo diferente, lo impensado. Lo diferente sólo puede advenir diciéndole que “no” a lo Mismo. Respecto de esta renuncia, cito las palabras del filósofo Oscar del Barco, quien dice: “Para la filosofía [moderna] pensar implica esencialmente alguien que piensa y algo pensado; el pensamiento viene a ser un puente entre un sujeto y un objeto que están separados por un abismo insuperable. Cuando se produce la abrupta apertura (llamada iluminación) lo que cae es el sujeto sustancial y el objeto sustancial, y lo que queda es el puente, un puente sin apoyaturas: si no hay nadie que piense y nada que pensar, lo que queda es ese pensamiento-sin-pensamiento. ¿Cómo decirlo si precisamente decirlo es no-decirlo?”[9] Y un poco más abajo, este autor, afirma: “Los viejos maestros, mucho antes que el Buda, con el Buda y después del Buda, lo dijeron miles de veces y en todas las formas posibles, y después lo escribieron en innumerables textos (…). Lo dijeron, por supuesto, para salvar a los hombres, para “redimirlos” como afirmó Jesús. Pero salvarlos implicaba e implica una transmutación radical; no es hablar para tranquilizar a cada uno en sí mismo, para dejar todo tal como está: la tranquilidad, la comodidad, la seguridad del hombre, cada uno fijo en su lugar; precisamente es el no-lugar, el no-sé; y para ese logro es necesaria una mutación, una suerte de potlach donde lo sacrificado es el sí-mismo en cuanto sujeto. Aceptar esa muerte, vivirla, consumarla…”[10]

Semejante a un Camello transita el desierto el espíritu sufrido, en tanto se supedita a los mandatos del Saber establecido y a su implacable «Tú debes»: “Pero en lo más solitario de ese desierto se opera la segunda transformación: en león se transforma el espíritu, que quiere conquistar su propia libertad, y ser señor de su propio desierto.”[11] La pusilanimidad y la “obediencia debida” (¿obediencia-de-vida?) del espíritu en su forma Camello debe ceder lugar a la voluntad del León que puja por su crecimiento: “Para crearse libertad y oponer un sagrado no al deber – para eso hace falta el león.”[12]    

En este punto, quisiera introducir un esquema que, creo, puede servirnos para pensar algo de lo que hasta aquí vengo desplegando. El esquema es el que sigue:    


¿Cómo podemos leer este Esquema? El mismo es, más bien, ya una lectura. El pensamiento es la palabra del otro de los primeros cuidados internalizada, ya que no existe pensamiento sin lenguaje y el lenguaje es aquello que el “otro auxiliar” o “de los primeros cuidados” introduce, más allá de la satisfacción originaria de toda necesidad natural. Dicha captura por el lenguaje, deja al viviente en una posición de objeto, de pasividad, la cual plantea la cuestión de una «alienación» o Bejahung [inclusión], “admisión en el sentido de lo simbólico”[13], en la cual el significante lo marca irreductiblemente, obliterando su naturalidad, desviando sus necesidades y perturbando su biologicidad pura. Dice Nietzsche en su Zaratustra: “Casi en la misma cuna se nos provee de palabras pesadas y de valores pesados: «bien» y «mal», así se rotula tal patrimonio. Y sólo en razón de él se nos perdona que vivamos.”[14]

A través de lo que Freud dio en llamar “Complejo de castración” y que J. Lacan retoma con su “metáfora paterna” de los años ´50, el Padre posibilita la emergencia del sujeto como sujeto del deseo inconsciente, más allá de ese lugar originario en relación al discurso del Otro que es el de objeto de goce. El Complejo de castración, en tanto motoriza la represión del Edipo, hace a la constitución del inconsciente como tal. Lo que queda como pensamiento yoico no será, ergo, más que el residuo del “genuino” pensar por cuanto sólo se pensará aquello que no entre en desarmonía con los ideales éticos y estéticos a los cuales el yo se halla supeditado, una vez atravesado el Edipo. Pero allende el pensar yoico, entonces, la sujeción a los significante englobantes del Otro de la demanda. Sujeción que Lacan matematiza así: $D. Por consiguiente, podemos conjeturar, que pensar críticamente implicará, en un primer momento, ir más allá del pensar yoico, mas para confrontarse con el pensar como discurso del Otro, de manera tal que el sujeto pueda des-identificarse a esas marcas originales.        

Los enunciados o dichos como cadena o conjunto constituyen una Totalidad fija que se pretende inalterable, inmutable, imperecedera. A partir de estos, se instaura un “Bien” y un “Mal” que hacen, a su vez, a un principio del placer en donde se despliega la incansable siesta del ego. El placer yoico, narcisista, fálico, es efecto de la posición acomodaticia del yo a los ideales consagrados, tanto más eficaces cuanto menos conscientes son. Pero es placer yoico, vale destacar, lo cual implica que esto no necesariamente es placentero o benéfico para esa otra dimensión a la que llamamos sujeto. Del mismo modo, será en el yo en donde la emergencia de lo atinente al sujeto hará ruido como malestar. El malestar da cuenta de un deseo reprimido que busca manifestarse, como puede, por entre medio de tanta mortificación por lo ideal. Por eso Freud, ubica en las formaciones del inconsciente (terminología de Lacan), la evidencia del inconsciente, por cuanto las mismas dan cuenta de un terreno ajeno al predominio del narcisismo y de los Ideales en los cuales éste se ampara. De este modo, en la lectura que propongo, Moral, Teoría, Saber, interpretaciones consolidadas, etc., hacen al “piso inferior” del esquema que introduzco, es decir, a los enunciados o dichos. Pero, ¿por qué “La ciudad”? Dice Nietzsche en su Zaratustra, al articular la voluntad-león con la del «hombre veraz»: “Liberada de los placeres del esclavo, redimida de dioses y adoraciones, impávida y aterradora, grande y solitaria: así es la voluntad del hombre veraz. En el desierto han vivido siempre los veraces, los espíritus libres, como señores del desierto, mientras que en las ciudades viven los sabios célebres y bien alimentados: son los animales de tiro.”[15]

De este modo, la enunciación, o sea, desde dónde esos enunciados son pronunciados, se presentará como un más allḠcomo un “exceso” o un “desborde” a dicha totalidad. Si los enunciados hacen a un “Todo” coherente y armónico, la enunciación, a mí entender, desde luego, implica la falta, la in-completitud de ese conjunto que se creía pleno, la falla en ese “texto” que se sostenía intachable. Por eso, el pasaje a una interpretación o a una lectura, implica algo muy preciso: un duelo (en su doble acepción, es decir, tanto como un trabajo simbólico de aceptación de una pérdida así como un desafío), el cual, por lo demás, no es sin angustia. La potencia ontológica de la angustia radica, entonces, en que da cuenta de la sustracción de la mortificante representabilidad en los significantes absolutistas del Otro de la demanda. “Mortificante” cuando dicha representabilidad no es una producción simbólica subjetiva donde algo de la puesta en juego de mi deseo esté en acción, versión esta última que podemos definir como cierta representabilidad no renegatoria. Esta otra cosa es, por ejemplo, hacerse un nombre o gestar una nueva realidad en donde yo “elijo” en qué significantes representarme o, más bien, elijo qué hacer con esos significantes que me sujetaron originariamente. Si me atravesaron históricamente, por ejemplo, “las drogas”, no será lo mismo quedar en una posición con predominio de la pulsión de muerte, como objeto-adicto del significante en cuestión, que – estoy delirando - poner una Farmacia y entrar en un intercambio simbólico subjetivante, donde cierta elaboración y savoir faire se pongan en juego. Para poner una Farmacia tengo que hacer un trayecto un poco más extenso: ir a la universidad, estudiar, recibirme, etc. Hay todo un movimiento que implica necesariamente mi transmutación, en tanto yo voy siendo en ese despliegue. Allí hay pérdida en tanto una renuncia a cierto grado de “ser” en pos de un devenir superior. Si repito el clima de “drogas” y “adicción” padecido, sin más, es decir, si calco la historia del Otro, pues, allí no hay transfiguración de mi ser, no devengo sujeto sino que quedo fijo en la sujeción mortificante.   

Tomar la palabra es poetizar y, poetizar, entonces, es el pasaje a una enunciación. Neologizar los enunciados y neologizar-me. No se trata sólo de gestar “palabras delirantes”, sino de un giro en mi posición o, mejor, de una toma de posición (ya que hasta que no tomo una posición quedo congelado en la realidad de algún otro, interpretado por alguna interpretación estatuida). La enunciación es en “El desierto” de la voluntad del León que, en su férreo “No”, apunta a la tercera transformación, la propiamente creadora: la transformación en Niño: “Mas ahora decidme, hermanos míos: ¿qué es capaz de hacer el niño, que ni siquiera el león haya podido hacer? ¿Para qué, pues, habría de convertirse en niño el león carnicero? Sí, hermanos míos, para el juego divino del crear se necesita un santo decir «sí»: el espíritu lucha ahora por su voluntad propia, el que se retiró del mundo conquista ahora su mundo.”[16] 

La angustia es la señal del afecto de la subversión que implica toda interpretación renovadora. La Ética remite al no-todo de la Moral. Es un instante, fugaz, efímero, perecedero, que se sustrae a la “constante moral” de “buenos” y “malos” actos. No remite a lo anónimo sino, más bien, a lo innombrable. Decir “anónimo” es ya darle un nombre, degradarlo en su íntima esencia diferencial, de otredad. Que se produzca dicho cierre, dicha nominación, es cuestión que debe situarse en sintonía con el superyó como imperativo de nominación y con la función (ilusión) yoica de psico-síntesis. Por otro lado, la diferencia entre enunciado y enunciación podemos ubicarla claramente delimitada por Nietzsche, cuando Zaratustra se distancia del loco que toma sus dichos: “… tu lengua de loco me perjudica, incluso en aquello en lo que tienes razón. Y si la palabra de Zaratustra tuviera razón cien veces, ¡jamás con mi palabra tendrías, - razón!”[17]     

El pensamiento moral, principista, obsesivo, parasitario, sujetador, apunta a la renegación de la castración en el Otro. Cuestionar la letra admitida es cuestionar el discurso materno de cuya adherencia el sujeto extrae goce. Así, la Teoría como Madre, hace del “buen lector” que no “malinterpreta”, un falo adormecido. Hay razones para suponer que existe otro modo de transitar por los caminos de los grandes pensadores de nuestra Civilización. Otros caminos en los cuales perdernos, encontrarnos, volvernos a perder y así, hasta sentar los cimientos de otro pensar, de una postura crítica genuina, que no confunda «firmeza» con rigidez cadavérica [rigor mortis]. Vuelvo a citar a Nietzsche:  

“Pero, ¿cómo podremos encontrarnos nosotros mismos? ¿Cómo puede el hombre conocerse? Se trata de un asunto oscuro y misterioso; y si la liebre tiene siete pieles, bien podría el hombre despellejarse siete veces setenta, que ni aun así podría exclamar: «¡Ah! ¡Por fin! ¡Este eres tú realmente! ¡Ya no hay más envolturas!» Por lo demás, es una empresa tortuosa y arriesgada excavar en sí mismo de forma semejante y descender violentamente por el camino más inmediato en el pozo del propio ser. Corremos el riesgo de dañarnos de manera que ningún médico pueda ya curarnos. Y, además, ¿para qué sería necesario algo así cuando todo es un testimonio de nuestro ser: nuestras amistades y enemistades, nuestra mirada y la manera de estrechar la mano, nuestra memoria y lo que olvidamos, nuestros libros y los rasgos de nuestra pluma? Pero he aquí una vía para llevar a cabo este interrogatorio tan importante. Que el alma joven observe retrospectivamente su vida, y que se haga la siguiente pregunta: ¿Qué es lo que has amado hasta ahora verdaderamente? ¿Qué es lo que ha atraído tu espíritu? ¿Qué lo ha dominado y, al mismo tiempo, embargado de felicidad? Despliega ante tu mirada la serie de esos objetos venerados y, tal vez, a través de su esencia y sucesión, todos te revelen una ley, la ley fundamental de tu ser más íntimo. Compara esos objetos, observa de qué modo el uno complementa, amplía, supera, transforma al otro, cómo todos ellos conforman una escalera por la que tú misma has estado ascendiendo para llegar hasta lo que ahora eres; pues tu verdadera esencia no se halla oculta en lo más profundo de tu ser, sino a una altura inmensa por encima de ti, o cuando menos, por encima de eso que sueles considerar tu yo. Tus verdaderos educadores y formadores te revelan cual es el auténtico sentido originario y la materia fundamental de tu ser, algo que en modo alguno puede ser educado ni formado y, en cualquier caso, difícilmente accesible, capturable, paralizable; tus educadores no pueden ser otra cosa que tus liberadores. He ahí el secreto de toda formación: no presta miembros artificiales, narices de cera, ojos de cristal; antes bien, lo que tales dones ofrecen sería el envés de la educación.”[18]   

(continúa)


[1] Lacan, J.; “Introducción a la cuestión de las psicosis” en El Seminario, Libro 3, Las psicosis (1955-56). Buenos Aires, 2007. Clase I, Punto 3,  Pág. 27.
[2] Lacan, J.; op cit. Subrayado mío.
[3] Lacan, J.; op cit. Subrayado mío. Pág.
[4] Nietzsche, F.; “De los despreciadores del cuerpo” en Así habló Zaratustra, Madrid, Ed. Sarpe, 1983, pág. 51.
[5] Freud, S.; “El malestar en la cultura” en Obras completas, Tomo XXI, Amorrortu editores, Buenos Aires. Pág. 66-7.  Subrayado mío. 
[6] Señala Carlos J. Escars respecto de este vocablo: “… ¿qué se entiende por evidencia? Se trata sin duda de una noción clave para la demostración científica y jurídica. La ciencia, así como las nuevas corrientes psicológicas, buscan la evidencia. El cognitivismo, por ejemplo (…), basa su gran eficacia (…) en “presentar evidencia” que se pretende incontrastable. Evidencia es un término al que casi se le rinde culto. Y frente a ella, también a nosotros, los lectores, se nos exhorta a rendirnos.” Y un poco más adelante, afirma: “… la evidencia tiene estrecha relación con la creencia en el Otro, tome ésta la forma de psicólogo o de revista científica indexada”. “La convicción freudiana” en Escars, C. (comp.) Clínica de la transmisión, escrituras y lecturas en psicoanálisis. Ed. Imago Mundi, Buenos Aires. 2003. Capítulo 2. Págs. 29-31.   
[7] Nietzsche, F.; “Tercera consideración intempestiva” en Nietzsche en castellano,  http://www.nietzscheana.com.ar  Subrayado mío.
[8] Nietzsche, F.; Op. cit.
[9] Del Barco, O.; “Una nota sobre budismo zen” en Espacio Murena, http://www.espaciomurena.com , 18/09/2012.  
[10] Del Barco, O.; Op. cit.
[11]  Nietzsche, F.; “De las tres transformaciones” en Así habló Zaratustra, Madrid, Ed. Sarpe, 1983, pág. 42.
[12] Nietzsche, F.; Op. cit., pág. 43.  
[13] Lacan, J.; op cit. Se puede jugar con la ambigüedad de la expresión: ¿inclusión del significante en el viviente o inclusión del viviente en el significante? La primera manera de plantearlo, nos permite pensar en el golpe del lenguaje sobre la carne del cachorro humano, la exterioridad parasitaria y enajenante. La segunda, no obstante, tiene su valor, ya que nos lleva a pensar en la imposibilidad estructural de que el viviente cuaje perfectamente con algunos de esos significantes del Tesoro que lo preceden antes de su nacimiento (biológico). Quizá aquí también podamos utilizar ambas ideas para pensar en una cierta temporalidad lógica: primero hay un golpe del lenguaje sobre el viviente, mas, luego, ese conjunto de significantes que lo capturan y lo sujetan en su biologicidad, posteriormente, debe plantearse como dando lugar en el sentido de un alojamiento por parte del mismo a eso innombrable que hace al viviente como tal. Este alojamiento¸ este hacer-lugar, nos lleva a pensar en la cuestión del Complejo de castración en Freud y en la metáfora paterna de Lacan, en donde la «castración primordial» del viviente por el hecho de estar inmerso en un “universo” de lenguaje es leída por el significante del Nombre-del-Padre en tanto punto de capitón que le da una significación fálica. Al situar el sentido de la falta, el Padre le da un lugar al sujeto como sujeto de la falta: algo no se puede, de manera tal que el “no”, signo propio de la represión, se transforma en una herramienta, un recurso para hacer-con lo imposible (el goce). La metáfora paterna significa lo imposible como prohibido y esta Ley no caprichosa (como sí lo es la Ley primitiva materna que se pretende ilimitada) aloja al viviente como sujeto. Se trata de la inscripción de la pérdida estructural, movimiento que la torna subjetivable (el falo pasa a ocupar el lugar del objeto perdido y toda pérdida será entendida a partir de allí como pérdida fálica, vertiente simbólico-imaginaria de la castración, la cual debe orientarse en la cura hacia lo real: más allá del falo, el objeto a).
[14] Nietzsche, F.; “Del espíritu de la pesantez” en op. cit., pág. 217.   
[15] Nietzsche, F.; “De los sabios célebres” en op. cit., pág. 123-2. Subrayado mío.
[16] Nietzsche, F.; “De las tres transformaciones” en op. cit., pág. 43.   
[17] Nietzsche, F.; “Del pasar de largo” en op. cit., pág. 201.    
[18] Nietzsche, F.; “Tercera consideración intempestiva” en Nietzsche en castellanohttp://www.nietzscheana.com.ar/textos/schopenhauer_como_educador.htm  Subrayado mío. 

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