miércoles, 28 de agosto de 2013

Indagaciones sobre la cuestión del amor (Parte III)



“No hay amor sino de un nombre, como cada cual lo sabe por experiencia. El momento en que el nombre de aquel o de aquella es pronunciado, sabemos muy bien que es un umbral que tiene la mayor importancia.”
(Lacan, Seminario X)


Tu nombre no es un nombre más. Huele a jardín luxemburgués…”
(Estelares, Luxemburgués)

Introducción

Durante nuestra entrega anterior, pensábamos en la función del amor nombrante como puente que conduce al niño de una posición de objeto de goce del Otro hacia la apertura del orden del deseo (de la falta en el Otro). Es decir, hubimos de apuntar que la metáfora paterna - como aceptación materna de la incompletitud - no es sin la sustitución metafórica de ella como erómenos por el lugar del erastés de ese hombre cualquiera que la toma como objeto a causa de su deseo, es decir, lo que Lacan llama, en el Seminario VIII, la metáfora del amor.

Hablamos aquí de la apertura de lo femenino para el proto-sujeto en su advenimiento, encuentro tan traumático como constitutivo donde el narcisismo primordial es herido (muerte del yo-ideal). No se coincide plenamente con el objeto a causa del deseo materno, a Dios gracias, ya que ello anularía la dimensión misma de la castración en la madre. Señálese, al pasar, que, lo nodal del Complejo de Castración en Freud, pasa por el encuentro infantil con dicha castración: para el Otro, falta en tener; para el niño, falta en ser. A partir de esto es que entonces, a, otrora objeto del goce fantasmático materno, se operativiza para el deseo. La sentencia lacaniana adquiere, pues, todo su valor: “El amor es lo que hace condescender el goce al deseo”.

¿Será también el amor lo que temporiza – arregla, coordina - nuestra objetivación primitiva a cierto lugar de indeterminación, de vacío, de posibilidad? Pero sigamos desencadenando nuestras especulaciones.       


En mí más que Yo

En el Seminario X, dedicado a la cuestión de la angustia (aunque más precisamente, del objeto a), Lacan nos indica que la función del deseo no está únicamente presente en el plano de la lucha hegeliana por puro prestigio. Esto es interesante. Quiere decir que, el deseo, no es reductible a lo imaginario del deseo como deseo del otro (así, con minúsculas), sino que hay un resto que no queda incorporado a esa lógica donde lo que se busca no es más que el reconocimiento de mi ser (como autoconciencia, es decir, como i´(a)) y conquista del goce. Piénsese en el juego de la silla en menos, a ser ocupada cuando se detiene la música. Esto es el Edipo entendido como lucha contra el padre rival poseedor de la madre. La madre aparece como opción posible, meramente “prohibida”. Lo imposible no corre en este nivel. Pero el psicoanálisis apunta a des-imaginarizar este entramado fantasmático y renegatorio. La madre aparece como el objeto del deseo. Pero, giro lacaniano mediante, el deseo por el otro encubre que el deseo no es más que deseo de… deseo. Es decir que, aquello que imaginariamente aparece como “mamá” (objeto del deseo incestuoso), debe pensarse en su articulación simbólica con el Otro como garante del ser del sujeto. En otras palabras, el deseo incestuoso edípico enmascara la verdadera búsqueda: ser el falo del Otro, estratagema neurótica destinada a sortear la carencia-de-ser y la no relación sexual. Des-imaginarizar el Edipo, es posibilitar su superación, es decir, darle lugar al más allá. Por eso, el resto que se sustrae a la vertiente hegeliana, es clave. ¿Pero de qué se trata ese residuo? ¿Cuál es el nombre de esa desavenencia para con el Saber, de esa aversión para con el sentido? Se llama el deseo del Otro y es el eje de un psicoanálisis que se pretenda orientado por la enseñanza de Jacques Lacan.  

Ahora bien, ¿en qué otra parte habremos de encontrar la función del deseo más allá de la rivalidad especular - ese resto, ese residuo? La respuesta de Lacan es concisa: en el plano del amor. Por eso el analista francés se pregunta cómo es posible que el a sea, además, objeto del amor. Y contesta: “En la medida en que [el objeto a] arranca metafóricamente al amante (…), del estatuto bajo el cual se presenta, el de amable, erómenos, para convertirlo en erastés, sujeto de la falta – aquello por lo que se constituye propiamente en el amor. Es lo que le da, por así decir, el instrumento del amor, en la medida en que se ama, que se es amante, con lo que no se tiene.”[1]

En el nivel de la constitución subjetiva, hemos ubicado la función del amor nombrante como puente que conduce precisamente hacia el campo de la falta en el Otro. Pero, ¿cómo podemos pensar estas cuestiones en una cura analítica?   

En este punto, resulta inevitable hablar del vínculo analítico. La transferencia, que es el amor, podemos pensarla como cierta inercia que apunta a la junción, a cierto recubrimiento entre el a y el I(A). Junción cuya eficacia en el analizante matematizamos, en buena lógica, i´(a). Al analista, por el hecho de posicionarse como oyente, le son otorgados los poderes del I(A), quedando ubicado entonces como aquel que posee LA respuesta a la irreductible pregunta “¿Quién soy?”. El analizante, vía esta libidinización del partenaire-analista, rechazará así todo lo atinente al resto y a lo imposible. Pretenderá la fusión, la consumación mística y la relación sexual. Querrá seducir al analista, ser su amigo, su hijo adoptivo, su mujer, su analizante favorito, su niña, su papá. Como lo señala Lacan: “Persuadiendo al otro de que tiene lo que puede completarnos, nos aseguramos precisamente de que podremos seguir ignorando qué nos falta.”[2] Básicamente, el analizante buscará ser lo que le falte al analista, mas con el propósito ignorado de desconocer la propia castración. El deseo del analista subvierte la inercia transferencial.  

Hay un aforismo de Lacan donde la relación entre amor y deseo aparece especialmente señalada. Dice: “… en la medida en que el deseo interviene en el amor y es lo que esencialmente se pone en juego en él, el deseo no concierne al objeto amado.”[3]  

¿Cómo podemos leer esta cita? El objeto amado es i´(a), es decir, tanto el otro como el yo, que es un objeto. El deseo está implicado allí a nivel del a, como nos decía más arriba Lacan, es aquello con lo que se ama, es el instrumento del amor. Y también es lo que el amante/ deseante busca en el campo del Otro. Recuérdese lo que afirmaba Lacan en el Seminario V: “… el deseo es deseo de aquella falta que, en el Otro, designa otro deseo.”[4] Lo que motoriza al amor, entonces, es una falta que busca… otra falta. Empero, el milagro del amor, como Lacan lo llama, implica algo más que la simple búsqueda, a saber, el encuentro y la reciprocidad, es decir, la junción, el recubrimiento de dos faltas: “Me falta tu falta, te falta mi falta” - esto es el amor.    

El deseo es falta y el amor está hecho de la idealización del deseo. Es decir, está hecho de la idealización de la falta. ¿Qué quiere decir esto? La idealización hubimos de pensarla como el taponamiento (radical, en las psicosis) del lugar de la causa por el Ideal (no sin efectos de retorno: los síntomas, la angustia, la inhibición). Es decir, el amor “no se concibe sino en la perspectiva de la demanda”[5] y surge del recubrimiento, del velamiento del lugar de a por I(A). Velamiento necesario, puesto que hace soportable la levedad del ser que nos afecta en tanto seres hablantes y aquello a lo que apunta el deseo, en última instancia: al goce parcial, a la satisfacción sexual directa, sin ambages. El narcisismo es, siguiendo la lógica de lo que venimos diciendo, idealizar la propia falta, eso que habita en mí más que yo: i´ (a). Lo que dimos en llamar el ser amado, también deberíamos matematizarlo así.


Usos del amor

Por lo demás, cierto es que la idealización puede paralizar el acceso a vivir el deseo en cuanto tal (en acto). Pero una cosa es la idealización del deseo (el amor) y, otra muy distinta, el deseo de idealización, o sea, la neurosis obsesiva. En este punto, podríamos decir que una cosa es el amor y, otra muy distinta, es el uso resistencial del amor. Las mega hazañas neuróticas del orden del ranking, los acting outs, la creencia en LA mujer… El amor siempre tiene algo de locura. La neurosis obsesiva, siempre algo de pelotudez.  

La idealización conlleva cierto velamiento de la falta, del deseo y de la castración. Pero hasta aquí estamos en el terreno del amor, puro y simple. Mas, el neurótico, es un militante del Ideal. ¿Qué significa esto? La posición neurótica implica la no-aceptación, la no-asunción de dicha falta, de dicha castración y de dicho deseo. Es por esto que aparece el “Yo deseo” (fantasma neurótico). Pero así, el sujeto le escapa tanto más de lo que lo sujeta a la castración y que es su ser de a. Comandado por el deseo de idealizar la falta, el neurótico le escapa a la misma, se desimplica, aún cuando parezca súper-implicado en lo que le pasa y/o en lo que hace. Piénsese en esos pacientes que no paran de quejarse de su sufrimiento, lo cultivan con evidente alevosía y lo elevan a una categoría cuasi imposible, divina y especialísima. Recobran algo del narcisismo infantil perdido a través del dolor. Rechazo de la posibilidad de la singularidad y detención en la excepción.[6]  

Pensemos un poco en la relación entre partenaires: “El enamoramiento consiste en un desborde de la libido yoica sobre el objeto. Tiene la virtud de cancelar represiones y de restablecer perversiones. Eleva el objeto sexual a ideal sexual. Puesto que, en el tipo de apuntalamiento (o del objeto), adviene sobre la base del cumplimiento de condiciones infantiles de amor, puede decir: se idealiza a lo que cumple esta condición de amor.”[7] Es decir, se idealiza lo que se articula a la satisfacción del goce inconsciente. Idealizar la falta es, simplemente, creer que el siempre contingente partenaire es, en realidad, necesario cuando lo único necesario allí son las condiciones de goce y de deseo inconscientes que se registraron en ese partenaire. El amor introduce esta ficción. Ya estaba escrita su presencia en mi vida, nuestra junción estaba “predestinada”. El otro real deviene especial y confina con el objeto de mi deseo, o sea, con mi falta. Se trata de una ilusión de reencuentro con nuestra mitad perdida, ilusión de fusión sin resto, de completitud. Dice Freud: “… un amor dichoso real responde al estado primordial en que libido de objeto y libido yoica no eran diferenciables.”[8] El amor, como engaño que nos permite poder-hacer con el deseo, siempre introduce algo de este orden. Pero, insistamos, es un engaño que nos permite poder-hacer con el deseo: tiene la virtud de cancelar represiones y de restablecer perversiones (satisfacción pulsional directa).    
Pero, ¿qué sucede cuando lo que opera es, en cambio, el deseo de idealización? Esta armonización imaginaria puede transformar al partenaire en la Cosa, lo cual tarde o temprano se volverá siniestro (unheimliche). Lo incestuoso se presentifica allí donde la contingencia y el no-saber con y del partenaire son renegados. Muchas de las vicisitudes amorosas de la vida humana nos ponen de cara a esta coyuntura sintomática insistente. Cuanto menos se soportan los amantes en su ser de a, como causa del deseo de su partenaire, cuanto menos lugar hay a la contingencia, a la diferencia y al movimiento, en definitiva, a lo irreductible del deseo del Otro, mayor lugar a la idealización mortificante ligada a I(A), trayendo esto como corolario una pauperización del erotismo, coligada al crecimiento del malestar (síntoma, inhibición, angustia). Repetidas consecuencias de pretender una relación amorosa ligada al hedonismo del yo. Se abre la puerta así a la rivalidad especular y a la junción sintomática que puede hacer del otro una surmoitié[9]. Sin lugar para el misterio irreductible que introduce a, el partenaire puede encarnar nuestra superyó-mitad (lo cual es más bien una regresión del I(A) a aquel punto de no-redoblamiento paterno, como mero S1 feroz y estragante). El amor ha virado hacia lo infernal. Sartre decía: “Un amor infernal (…) busca subyugar una libertad para refugiarse en ella del mundo.”[10] Los proyectos de la pareja se vienen a pique, el deseo se empasta en relación al partenaire comenzando a manifestarse como aburrimiento deseante de otra cosa (aparecen terceros, nuevos u olvidados), sólo queda pelear o escapar (el deseo como defensa frente a lo peor). Pasajes al acto, acting outs… consultas al analista, en el mejor de los casos.

Pero, insistamos, no es lo mismo idealizar el deseo que el deseo de idealización. Lo primero, el amor, no conduce necesariamente a lo siniestro y a la coagulación del deseo en el goce mortificante. Pues, en el amor, puede estar en juego la función del deseo en su apertura al deseo del Otro. Pero en el deseo de idealización, no, ya que su funcionalidad es precisamente anularlo. Uso resistencial del amor que pretende suturar la carencia de ser. El neurótico, militante del Ideal, anda armado de un ser desgraciado, “de excepción”, en el goce de la falta en plus (sin cesión de eso que mejor no). Si Lacan señalaba que la psicoterapia conduce a lo peor, es precisamente por esta utilización del amor en un sentido renegatorio y resistencial. El psicoanálisis hace del amor, otro uso.    

Ampliaremos esas cuestiones en nuestra próxima entrega.




[1] Lacan, J.; Seminario X. La angustia. Paidós, Buenos Aires, 2007. Pág. 131. Subrayado nuestro.
[2] Lacan, J.; Seminario XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires, 2007.
[3] Lacan, J; Op. cit. Subrayado nuestro.
[4] Lacan, J; El Seminario V. Paidós, Buenos Aires, 2005.
[5] Lacan, J.; El Seminario VIII. Paidós, Buenos Aires, 2007.
[6] Véase: Langelotti, L.; “La singularidad: metáfora de la carencia-de-ser” en Fuegos del sur, psicoanálisis en movimiento. http://www.fuegos-delsur.com.ar/La%20singularidad%20metafora.htm
[7] Freud, S. (1914); “Introducción del narcisismo” en Obras completas.
[8] Freud, S. (1914); Op. cit.  
[9] Neologismo de Lacan que condensa superyó y mitad.  
[10]  Sartre, J. P.; San Genet, comediante y mártir.

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