viernes, 25 de diciembre de 2020

Disolución: Krishnamurti y Lacan

 



Seguramente recordarán la historia, cuando el diablo y un amigo caminaban por una calle y vieron frente a ellos cómo un hombre se detenía y recogía algo del suelo, lo miró y lo guardó en su bolsillo. El amigo le preguntó al diablo: «¿Qué recogió ese hombre?». «Recogió un trozo de la Verdad», le contestó el diablo. «Eso es entonces mal negocio para ti», dijo su amigo. «Oh, no, en absoluto», replicó el diablo, «voy a dejar que la organice». 

Este fragmento del discurso de Krishnamurti que tomo como epígrafe, me permite de entrada abordar la problemática de la verdad para el hombre o, mejor dicho, de cómo los recurrentes intentos por “organizar” la verdad –ya sea religiosa, científica, filosófica o psicoanalítica- están de entrada condenados a cierta experiencia del fracaso. La verdad es algo que siempre se escurre. Siempre es medio-dicha, no-toda, incompleta. Las tentativas y las tentaciones por preservarla, la mal-dicen, la degradan, la arruinan. La masificación, la estructuración, la simplificación van directamente contra ella. De lo cual se deriva la pregunta de si, acaso, toda institución humana no conlleva, en el fondo, una defensa contra la verdad del discurso que ha venido a consolidar. En el caso del psicoanálisis, sería contra la verdad del deseo y del goce del Otro. 

Salvando las distancias entre ambos pensadores del siglo XX, un punto de conexión entre el orador filosófico y espiritual Jiddu Krishnamurti y el psicoanalista francés Jacques Lacan, es el atinente a la disolución de sus respectivas “escuelas” en un momento de su enseñanza. Es posible que, analizando sus discursos respectivos de disolución, encontremos más conexiones que este simple hecho fáctico, yendo más allá de lo anecdótico y de la vinculación superficial. Este es el objetivo de este escrito. 

 

Hacer que el hombre sea libre

 

¿Para qué pues tener una organización? Se han acostumbrado a que les digan cuánto han avanzado, cuál es el grado de espiritualidad que tienen; ¡qué bobada! ¿Quién, sino ustedes mismos, puede decirles si son hermosos o feos internamente? ¿Quién sino ustedes mismos puede decir si son incorruptibles? No son serios en estas cosas.

El 3 de agosto de 1929, día de la apertura del Campamento Anual en Ommen, Holanda, Krishnamurti disuelve la Orden de la Estrella ante tres mil miembros. Dicho acto se produjo mediante lo que se dio en llamar Discurso de disolución. Quisiera detenerme en los fragmentos que considero significativos del mismo, empezando por el siguiente:

 

Sostengo que la Verdad es una tierra sin caminos, y no es posible acercarse a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta. Ese es mi punto de vista y me adhiero a él absoluta e incondicionalmente. La verdad, al ser ilimitada, incondicionada, inabordable por ningún camino, no puede organizarse; ni puede formarse organización alguna para conducir o forzar a la gente a seguir un sendero particular. Si desde el principio entienden eso, entonces verán cuán imposible es organizar una creencia. Una creencia es un asunto puramente individual, y no pueden ni deben organizarla. Si lo hacen, se convertirá en algo muerto, cristalizado, en un credo, en una secta, en una religión que debe imponerse a los demás. Esto es lo que todo el mundo trata de hacer. La Verdad se empequeñece y se transforma en un juguete para los débiles, para los que están sólo momentáneamente descontentos. La Verdad no puede rebajarse, es más bien el individuo quien debe hacer el esfuerzo de elevarse hacia ella. No pueden traer la cumbre de la montaña al valle; si quieren alcanzar la cumbre de la montaña, deben cruzar el valle, subir la cuesta, sin temor a los peligrosos precipicios.[1]

 

Krishnamurti va directamente al meollo de la cuestión. ¿Hasta qué punto es masificable una verdad, una creencia, una fe? ¿Cuál es el límite donde lo que se intenta transmitir, por efecto propio de la lógica de grupo, algo de lo esencial trastabilla y cae? Para este pensador, quizá un poco taxativamente, “ninguna organización puede conducir al hombre a la espiritualidad.”[2] Es interesante porque dice organización y no institución, nociones que a menudo se confunden pero que no significan lo mismo. Por ejemplo, una Escuela de Psicoanálisis es una organización de psicoanalistas, pero la institución en sí es el psicoanálisis, el cual excede claramente los estrechos márgenes de lo organizacional (con todo lo que implica de ceremonia, ritual, tótems y tabúes, dioses, parricidios y demás, sin descontar el atravesamiento propio de lo epocal, a saber, el discurso capitalista que tiende a hacer, de toda organización contemporánea, una empresa).

 

Si en ese extenso párrafo, el pensador indio toma una postura crítica y ética en relación a lo que no le interesa que se confunda con su camino, a continuación una proposición positiva referida a su horizonte:

 

Mi único interés es una cosa esencial: Hacer que el hombre sea libre. Deseo liberarlo de todas sus jaulas, de todos sus temores, y no crear religiones, nuevas sectas, ni establecer nuevas teorías o filosofías. Como es natural, me preguntarán por qué recorro el mundo hablando constantemente. Les diré por qué razón lo hago. No por qué desee seguidores, no por qué desee un grupo especial de discípulos selectos. [¡Cómo les gusta a los hombres ser diferentes de sus semejantes, por ridículas, absurdas o triviales que puedan ser sus distinciones!] No quiero alentar ese absurdo. No tengo discípulos ni apóstoles, ya sea en la Tierra o en el reino espiritual. Tampoco es la tentación de dinero, ni tampoco me atrae el deseo de vivir una vida cómoda. ¡Si quisiera llevar una vida cómoda no vendría a este Campamento ni viviría en un país húmedo! Estoy hablando con toda sinceridad porque quiero que esto quede claro de una vez por todas; no deseo que estas discusiones infantiles se repitan año tras año.[3]

 

En este punto el discurso de Krishnamurti se aproxima bastante al tono del Zaratustra de Nietzsche. Me encontraron a mí porque no se buscaron a ustedes mismos, cuidaos de que no os aplaste mi estatua. Si de lo que se trata es de adorar a un Ídolo, la fe pierde todo su poder revolucionario y transformador, en términos individuales pero también colectivos. Una fe crítica, es una fe que no se adormece en la devoción en la que “las imágenes, los íconos florecen, y el amor se pierde en la adoración.”[4] La creencia a veces puede ser un puente hacia un futuro renovado y mejor, y otras tantas, una estaca que impide salir de la inhibición para dirigirse hacia el acto. Se pregunta Krishnamurti con relación al fenómeno de masas:  

 

¿De qué sirve tener miles que no comprenden, que están por completo embalsamados en prejuicios, que no quieren lo nuevo, sino que prefieren traducir lo nuevo para que se ajuste a sus propias personalidades estériles y estancadas? Si hablo enérgicamente, por favor, no me malinterpreten, no es por falta de compasión. Si acuden a un cirujano para operarse, ¿es una falta de amabilidad si al operarle le causa daño? De la misma manera, si hablo con claridad no es por falta de verdadero afecto, sino todo lo contrario.[5]

 

De esta cita, me llamó especialmente la atención la última parte, aunque la primera sea verdaderamente enfática. Me refiero a la referencia al “cirujano” (muy freudiana) y, por otra parte, al verdadero afecto del orador hacia esos otros que le suponen un saber, es decir, que tienen una transferencia aunque sea imaginaria hacia él. Lo que leo en esa palabra no es ni más ni menos que lo que, en el campo psicoanalítico, denominamos «deseo del analista», la función que viene a “cortar con tanta dulzura”[6] en la relación analítica. El motor de la cura, el que en último término opera en psicoanálisis dado que apunta a la absoluta discriminación entre lo que es del orden del goce parcial pulsional (la sexualidad), por un lado, y lo perteneciente al territorio del rasgo unario identificador, por el otro (el yo y sus espejismos). Krishnamurti intuye el círculo infernal de la sugestión que conlleva ofrecerse como líder espiritual, la pronta demanda de los “fieles” a que actúe en el lugar del oráculo, del Otro completo, del hipnotizador y, en definitiva, del Amo:

 

Si buscan una autoridad para que les conduzca a la espiritualidad, automáticamente se obligan a construir una organización alrededor de esa autoridad. Pero por la creación misma de esa organización, la cual creen que ayudará a esa autoridad para que les guíe a la espiritualidad, quedarán atrapados en una jaula.[7]

 

Es precisamente esto lo que lo lleva al momento de concluir. No reproducir la lógica de la jaula que es, en última instancia, la de la neurosis. Lo organizacional, sostenido generalmente en emblemas, títulos, menciones, honores, reconocimientos, trayectorias, etc., se presta muy fácilmente a la degradación de la transferencia en sugestión, del deseo en demanda (y eventualmente en goce, es decir, la autoridad y el poder viran rápidamente en autoritarismo y en abuso de poder, a veces “a pedido del público” mismo). Así es como concluye el pensador oriental su discurso de disolución:

 

Durante dos años lo he pensado con calma, cuidadosamente, pacientemente, y he decidido disolver la Orden, puesto que soy el máximo responsable. Pueden formar otras organizaciones y esperar a algún otro. Esto no me concierne, como tampoco me concierne crear nuevas jaulas y nuevas decoraciones para esas jaulas. Mi único interés es hacer que los hombres sean absolutamente, incondicionalmente libres.[8]

 

 

Hablar sin esperanza 

Hablo sin la menor esperanza -de hacerme escuchar, principalmente. 

Luego de 16 años, Jacques Lacan conmociona a sus seguidores (auditorio, colegas y analizantes) con un anuncio determinante: la disolución de la Escuela Freudiana de París. En su Carta de disolución, leemos:

 

Hay un problema de la Escuela. No es un enigma. También, en él me oriento, no demasiado pronto. Este problema demuestra serlo por tener una solución (solution): es la dis (digo) - la digosolución, la disolución (dissolution). (…) Que baste con que se marche uno para que todos queden libres, esto es, en mi nudo borromeo, verdadero para cada uno, es preciso que en mi Escuela lo haga yo.[9] 

El psicoanalista francés hace una referencia a la lógica del nudo borromeo, en la cual la caída de cualquiera de sus anillos, disuelve toda la figura topológica. Aunque al tratarse de su nudo, podríamos también decir que, Lacan-sinthome, deja de anudar (sostener) a la Escuela Freudiana, supliendo su lapsus estructural de modo tal que esta cae (subvirtiendo con ese acto el detenimiento y la inercia del discurso y campo psicoanalíticos). Si la meta de la fundación de la Escuela Freudiana de París había sido que esta “restaure el filo cortante de su verdad”[10] (la de Freud), según Lacan en esta carta que estamos analizando, ese fue un objetivo que él siempre mantuvo y es por eso que eligió disolverla.[11] Es decir, Lacan resignificó lo sucedido en tanto desvío y entonces “la disolvió como siendo entonces inapta, como funcionando (…) al revés del por qué la había creado.”[12] 

Lacan invita a quienes se atrevan a seguirlo en una nueva aventura institucional (la Escuela de la Causa Freudiana) señalando que las nuevas admisiones de los candidatos serán “en acto” la demostración del hecho de que

 

… no es obra suya el que mi Escuela fuera Institución, efecto de grupo consolidado, a expensas del efecto de discurso esperado de la experiencia, cuando ella es freudiana. Sabemos lo que costó que Freud permitiera que el grupo psicoanalítico pudiese más que el discurso y deviniese Iglesia.[13] 

Lacan aclara que esto es más que una simple burla:

 

Es la Iglesia, la verdadera, que sostiene al marxismo pues éste le vuelve a dar sangre nueva... de un sentido renovado. ¿Por qué no el psicoanálisis, cuando vira al sentido? No digo esto por una vana burla. La estabilidad de la religión se debe a que el sentido es siempre religioso.[14] 

En esto último justifica su apelación al matema, a la algebraización, a la matematización y a la formalización. Lo cual, sin embargo, “no impide nada”[15] en el sentido de que, por ejemplo, sentenciemos a la verdad como poética y al inconsciente como retórico. Poner al paso al analista significaría sacarlo del embrollo de lo imaginario, constituido por las identificaciones pero también por el sentido. Quizá este sea un punto de divergencia entre Krishnamurti y el Dr. Lacan. Es decir, si el primero disuelve su Orden para impedir el efecto híper-narcisista de la masa, tal vez Lacan puso mayor énfasis en los riesgos adormecedores del sentido que hacen del campo analítico una religión y de la Escuela un Otro materno donador de significaciones (por ende, de síntomas).  De esta manera, cierra su Carta de disolución:

 

No necesito mucha gente. Y hay gente a la que no necesito. Los dejo plantados a fin de que muestren qué saben hacer, además de estorbarme y convertir en agua de borrajas una enseñanza donde todo está sopesado.[16] 

 

A modo de conclusión: resistir a la tarea o relanzarla 

Una de las acepciones del vocablo disolución según la RAE afirma que se trata de la “relajación y rompimiento de los lazos o vínculos existentes entre varias personas.” En términos de Freud estaríamos hablando de la separación de la masa, efecto de la caída del líder en tanto Ideal del yo, lo cual conlleva pánico o una crisis de angustia automática efecto de la energía libremente flotante que no tiene ya a qué enlazarse en el plano simbólico (la identificación especular o imaginaria es insuficiente para consolidar y/o sostener un agrupamiento). 

Tanto Krishnamurti como Lacan, parecen (hablo en presente por la vigencia de su pensamiento) estar profundamente advertidos del efecto grupo y del efecto masa (distintos del efecto de discurso y toda progresión genuinamente espiritual) que conlleva toda organización humana como uno de los rostros oscuros y boicoteadores de la misión o tarea que esa misma institución se había propuesto cumplir (en el caso de la Orden de la Estrella, garantizar la evolución espiritual de sus miembros y su acceso a algún orden de libertad; en el caso de la EFP, restaurar el filo de la verdad freudiana). En este punto, me resulta interesante recordar cómo definía Enrique Pichon-Rivière el concepto de tarea en un encuadre grupal:

 

La tarea es la marcha del grupo hacia su objetivo, es un hacerse y un hacer dialéctico hacia una finalidad, es una praxis y una trayectoria.[17] 

El gran síntoma de cualquier agrupamiento humano que pretenda “organizar” la verdad de su causa, siempre va a ser resistir esa misma tarea, obstaculizar esa dirección y comprometer ese objetivo. No estoy afirmando que sea su “deseo secreto” sino más bien un corolario lógico de su propio deseo que, como no son ni las ganas, ni es la voluntad del yo (o de la razón), supone chocar con resistencias inconscientes en este caso redobladas por el fenómeno grupal mismo el cual, como sabemos, acentúa la obscenidad superyoica. Siempre es muy fino el límite entre organizar algo y aplastarlo completamente. 

Si me propuse articular e indagar ambos discursos de disolución fue porque escuché (o más bien, leí) allí algo más allá de lo anecdótico o superficial. Entre ambos pensadores hay una comunidad de enunciación, una solidaridad en el espíritu crítico hacia lo que se presenta como EL camino de acceso a la verdad del sujeto (o hacia lo real del síntoma, en el caso del pensamiento psicoanalítico), intuyendo que toda consolidación organizativa le hace la jugada a las identificaciones mortificantes y al sentido que adormece. Y esto, porque en cierto punto la institución desmiente lo que sostiene como su propio objetivo, causa o tarea. O sea que, en determinado momento del proceso dialéctico grupal, los seres hablantes empiezan a hacer lo contrario de lo que supuestamente se suponía que iban a realizar. En el caso de la espiritualidad, tendríamos sujetos más alienados a una autoridad ajena. En cuanto al psicoanálisis, los grupos (ya sean escuelas, cátedras universitarias de psicoanálisis o el tipo de agrupación que fuere), en lugar de formar psicoanalistas críticos y desasidos que vayan más allá del Otro completo por la vía de la invención, por ejemplo, comienzan a formar feligreses cada vez más neuróticos y hasta perversos o, el menos, bastante canallescos, que lo único que hacen es repetir delirios sacralizados que aparecen totalmente descontextualizados, no repensados críticamente ni mucho menos interrogados en su validez territorial o epocal.   



[2] Ibíd.

[3] Ibíd. Subrayado propio.

[4] Allouch, J.: “Una reacción espontánea”. Fuente: https://www.pagina12.com.ar/313452-una-reaccion-espontanea.

[5] Krishnamurti. Op. cit.

[6] Referencia a la publicidad de una gaseosa.

[7] Krishnamurti. Op. cit.

[8] Ibíd.  

[9] Jacques Lacan: “Carta de disolución”, 5 de enero de 1980. https://www.lacanterafreudiana.com.ar/

[10] Ibíd.

[11] Ibíd.

[12] Miller, J-A: Curso de Psicoanálisis “Punto de Capitón” - París, Escuela de la Causa Freudiana – 24 de junio del 2017.

[13] Jacques Lacan: Op. cit.

[14] Ibíd.

[15] Ibíd.

[16] Ibíd.

[17] Pichon-Rivière, E.; «Una teoría del abordaje de la prevención en el ámbito del grupo familiar» en E. Pichon-Rivière, 1977, El proceso grupal. Del psicoanálisis a la psicología social I, Buenos Aires, Nueva Visión, pp. 185-190.


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