domingo, 23 de junio de 2019

Ciudad o Desierto




¡Vuélvete a tu soledad, hermano mío, y llévate tus lágrimas!
Yo amo a quien quiere crear algo superior a él, y por ello perece.

F. Nietzsche,
Así habló Zaratustra, “Del camino del creador”.

El «espíritu libre» [Freigeister], pretende torcer la poderosa mano del Saber establecido como Eterno y Omnipresente. Dicho saber, es una articulación significante que escribe con lápiz incoercible y de hierro, pero debe ser erosionado (como dice Lacan del superyó) para que pueda advenir, así, lo diferente, lo im-pensado. Lo diferente sólo puede advenir diciéndole que “no” a lo Mismo. Uno de los lugares más comunes donde el yo – nuestra identidad imaginaria – se mantiene a resguardo, es en la ilusión que plantea una dicotomía entre sujeto y objeto. A este respecto, tanto el pensamiento crítico como el psicoanálisis, necesariamente conllevan como praxis un desprendimiento irreductible de esa quimera puesto que, como consecuencia de un trabajo espiritual en relación a sí-mismo [Selbst], la subjetividad deviene la cosa a tratar, es decir, a interpelar, a transformar, a interrogar, a reducir y eventualmente a expandir (aunque tal vez lo que se expanda sea la relación del sujeto con el mundo). En relación a esa renuncia, el filósofo Oscar del Barco dice:

“Para la filosofía [moderna] pensar implica esencialmente alguien que piensa y algo pensado; el pensamiento viene a ser un puente entre un sujeto y un objeto que están separados por un abismo insuperable. Cuando se produce la abrupta apertura (llamada iluminación) lo que cae es el sujeto sustancial y el objeto sustancial, y lo que queda es el puente, un puente sin apoyaturas: si no hay nadie que piense y nada que pensar, lo que queda es ese pensamiento-sin-pensamiento. ¿Cómo decirlo si precisamente decirlo es no-decirlo?”[1]

Y un poco más abajo, el mismo autor afirma:

“Los viejos maestros, mucho antes que el Buda, con el Buda y después del Buda, lo dijeron miles de veces y en todas las formas posibles, y después lo escribieron en innumerables textos (…). Lo dijeron, por supuesto, para salvar a los hombres, para “redimirlos” como afirmó Jesús. Pero salvarlos implicaba e implica una transmutación radical; no es hablar para tranquilizar a cada uno en sí mismo, para dejar todo tal como está: la tranquilidad, la comodidad, la seguridad del hombre, cada uno fijo en su lugar; precisamente es el no-lugar, el no-sé; y para ese logro es necesaria una mutación, una suerte de potlach donde lo sacrificado es el sí-mismo en cuanto sujeto. Aceptar esa muerte, vivirla, consumarla…”[2]

Aquí encontramos una clarísima referencia algo que creemos central en nuestro desarrollo. Ese sacrificio del Ser, esa separación o desdoblamiento de sí que, cual piel que ha cumplido un ciclo, arroja al yo pasado hacia las profundidades de lo perdido. Semejante a un Camello transita el desierto, el espíritu sufrido, en tanto se supedita a los mandatos del Gran Otro – o “de la demanda” - y a su implacable «Tú debes»: “Pero en lo más solitario de ese desierto se opera la segunda transformación: en león se transforma el espíritu, que quiere conquistar su propia libertad, y ser señor de su propio desierto.”[3] La pusilanimidad y la “obediencia debida” (¿obediencia-de-vida?) del espíritu en su forma Camello debe ceder lugar a la voluntad del León que puja por su crecimiento: “Para crearse libertad y oponer un sagrado no al deber – para eso hace falta el león.”[4]   

Como se ve, estamos estableciendo un gran esfuerzo en alejar al pensar crítico de cualquier concepción cognitivista. Hay una fuerte tendencia a destacar al PC como una suerte de “habilidad” mental, acorde a una ideología epocal meritocrática e individualista, donde se busca enfatizar la eficacia y la eficiencia de una lucidez… al servicio del Sistema liso y llano. Pues bien, acá tratamos de llevar el pensamiento crítico de vuelta a sus orígenes (mismo movimiento que hacer con el Psicoanálisis), a saber, en tanto vinculado con una dimensión a la que podríamos llamar ética. Espiritual y no tecnocrática. Deseante y no pulsional (robótica, maquínica, circular).

Siguiendo esta línea, quisiéramos introducir un esquema que, creemos, puede servirnos para pensar algo de lo que hasta aquí venimos desplegando. El esquema, al que podríamos llamar “Desierto – Ciudad”, es el que sigue:   




¿Cómo podemos leerlo? El mismo ya es una lectura, ciertamente. Pero podemos releer la lectura, no obstante. El pensamiento, en general, podemos definirlo operativamente como la palabra del otro de los primeros cuidados internalizada, ya que no existe pensamiento sin lenguaje y el lenguaje es, justamente, aquello que el “otro auxiliar” o “de los primeros cuidados” introduce, más allá de la satisfacción originaria de toda necesidad natural o precisamente a través de ella. Captura por el lenguaje que deja al viviente en posición de objeto, de pasividad (inclusive de resto de esa misma cadena discursiva), que plantea la cuestión de una «alienación» o Bejahung [inclusión], “admisión en el sentido de lo simbólico”[5], en la cual el significante lo marca irreductiblemente, obliterando su naturalidad, desviando sus necesidades y perturbando su biologicidad pura. Dice Nietzsche en su Zaratustra: “Casi en la misma cuna se nos provee de palabras pesadas y de valores pesados: «bien» y «mal», así se rotula tal patrimonio. Y sólo en razón de él se nos perdona que vivamos.”[6] A su vez, el pequeño viviente irá alineándose con (y alienándose a) el sentido del Otro primordial. El Otro materno primitivo es el dueño de las significaciones y la ley que supone la presencia de lo simbólico en lo real está enteramente en su propio capricho. El Otro es el lugar de la Verdad. También del Poder. Pero tiene una falta…

A través de lo que Freud dio en llamar “Complejo de castración” y que J. Lacan retoma con su “metáfora paterna” de los años ´50, el Padre posibilita la emergencia del sujeto como sujeto del deseo inconsciente, más allá de ese lugar originario en relación al discurso del Otro que es el de objeto de goce. El Complejo de castración, en tanto motoriza la represión del Edipo, hace a la constitución del inconsciente como tal. Lo que queda como pensamiento yoico no será, ergo, más que el residuo del “genuino” pensar por cuanto sólo se pensará aquello que no entre en desarmonía con los ideales morales y estéticos a los cuales el yo se halla supeditado, una vez atravesado y reprimido el Edipo. El yo no es más que un conjunto coherente de representaciones que se adecúan al Ideal del yo, heredero de este Complejo referido. El yo, llega Lacan a definirlo como un “discurso sobre la realidad”, definición que acentúa el carácter significante - lenguajero - de su sustrato, allende la consistencia imaginaria del mismo. Entonces, aparte del pensar yoico como armonía significada y sintónica con el Ideal, la sujeción a los significantes englobantes del Otro de la demanda. Sujeción que Lacan matematiza así: $ ◊ D. Por consiguiente, podemos conjeturar, que pensar críticamente implicará, en un primer momento, ir más allá del pensar yoico, mas para confrontarse con el pensar en tanto sobredeterminado por el discurso del Otro, de manera tal que el sujeto pueda des-identificarse a esas marcas originales, a esos significantes-amo. Letras de goce a las que debe dejar de suponérseles (articulárseles) un Saber, un significado, para pasar a entenderlas como un punto parasitario e irreductible propio del hablanteser. El pensamiento crítico vendría entonces a operar, al igual que el psicoanálisis, como el discurso que altera un orden de fijeza, de rigidez, de sujeción al lenguaje.        

Sigamos leyendo el esquema. Los enunciados o dichos como cadena o conjunto constituyen una Totalidad fija que se pretende inalterable, inmutable, imperecedera. Hay una fetichización de esos elementos que los vuelve absolutos. A partir de estos, se instaura un “Bien” y un “Mal” que hacen, a su vez, a un principio del placer en donde se despliega la incansable siesta del ego. El placer yoico, narcisista, fálico, es efecto de la posición acomodaticia del yo a los ideales consagrados, tanto más eficaces cuanto menos conscientes son. Pero es placer yoico, vale destacar, lo cual implica que esto no necesariamente es placentero o benéfico para esa otra dimensión a la que llamamos sujeto. Del mismo modo, será en el yo en donde la emergencia de lo atinente al sujeto hará ruido como malestar. El malestar da cuenta de un deseo reprimido que busca manifestarse, como puede, por entre medio de tanta mortificación por lo ideal. Por eso Freud, ubica en las formaciones del inconsciente (terminología de Lacan), la evidencia del inconsciente, por cuanto las mismas dan cuenta de un terreno ajeno al predominio del narcisismo y de los Ideales en los cuales éste se ampara. De este modo, en la lectura que proponemos, Moral, Teoría, Saber, interpretaciones consolidadas, etc., hacen al “piso inferior” del esquema anterior, es decir, a los enunciados o dichos. Pero, ¿por qué “La ciudad”? Dice Nietzsche en su Zaratustra, al articular la voluntad-león con la del «hombre veraz»:

“Liberada de los placeres del esclavo, redimida de dioses y adoraciones, impávida y aterradora, grande y solitaria: así es la voluntad del hombre veraz. En el desierto han vivido siempre los veraces, los espíritus libres, como señores del desierto, mientras que en las ciudades viven los sabios célebres y bien alimentados: son los animales de tiro.”[7]

De este modo, la enunciación, o sea, desde dónde esos enunciados son pronunciados, se presentará como un más allḠcomo un “exceso” o un “desborde” a dicha totalidad. Si los enunciados hacen a un “Todo” coherente y armónico, la enunciación, a nuestro entender, desde luego, implica la falta, la in-completitud de ese conjunto que se creía pleno, la falla en ese “texto” que se sostenía intachable. Por eso, el pasaje a una interpretación o a una lectura, implica algo muy preciso: un duelo (en su doble acepción, es decir, tanto como trabajo simbólico de aceptación o asunción de una pérdida así como desafío), el cual, por lo demás, no es sin angustia.


[1] Del Barco, O.; “Mata al buda” en Diario Página/ 12 edición impresa del 27/9/2012, sección Psicología. On-line: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-204290-2012-09-27.html
[2] Del Barco, O.; Op. cit.
[3] Nietzsche, F.; “De las tres transformaciones” en Así habló Zaratustra, Madrid, Ed. Sarpe, 1983, pág. 42.
[4] Nietzsche, F.; Op. cit., pág. 43. 
[5] Lacan, J.; op cit. Se puede jugar con la ambigüedad de la expresión: ¿inclusión del significante en el viviente o inclusión del viviente en el significante? La primera manera de plantearlo, nos permite pensar en el golpe del lenguaje sobre la carne del cachorro humano, la exterioridad parasitaria y enajenante. La segunda, no obstante, tiene su valor, ya que nos lleva a pensar en la imposibilidad estructural de que el viviente cuaje perfectamente con algunos de esos significantes del Tesoro que lo preceden antes de su nacimiento (biológico). Quizá aquí también podamos utilizar ambas ideas para pensar en una cierta temporalidad lógica: primero hay un golpe del lenguaje sobre el viviente, mas, luego, ese conjunto de significantes que lo capturan y lo sujetan en su biologicidad, debe plantearse como dando lugar en el sentido de un alojamiento por parte del mismo a eso innombrable que hace al viviente como tal. Este alojamiento¸ este hacer-lugar, nos lleva a pensar en la cuestión del Complejo de castración en Freud y en la metáfora paterna de Lacan, en donde la «castración primordial» del viviente por el hecho de estar inmerso en un “universo” de lenguaje es leída por el significante del Nombre-del-Padre en tanto punto de capitón que le da una significación fálica. Al situar el sentido de la falta, el Padre le da un lugar al sujeto como sujeto de la falta: algo no se puede, de manera tal que el “no”, signo propio de la represión, se transforma en una herramienta, un recurso para hacer-con lo imposible (el goce). La metáfora paterna significa lo imposible como prohibido y esta Ley no-caprichosa (como sí lo es la Ley primitiva materna que se pretende ilimitada) aloja al viviente como sujeto, a condición de ya no ser el falo de la madre, aquello que la completa imaginariamente. Se trata de la inscripción de la pérdida estructural, movimiento que la torna subjetivable (el falo pasa a ocupar el lugar del objeto perdido y toda pérdida será entendida a partir de allí como pérdida fálica, vertiente simbólico-imaginaria de la castración, la cual debe orientarse en la cura hacia lo real: más allá del falo, la angustia, el objeto a y el deseo del Otro en tanto tal). 
[6] Nietzsche, F.; “Del espíritu de la pesantez” en op. cit., pág. 217.  
[7] Nietzsche, F.; “De los sabios célebres” en op. cit., pág. 123-2. Subrayado mío.

jueves, 20 de junio de 2019

Max Horkheimer: TEORÍA CRÍTICA



"El pensamiento burgués está constituido de tal manera que, en la reflexión sobre su propio sujeto, admite con necesidad lógica el ego, el cual se cree autónomo. Por su esencia, es abstracto, y su principio es la individualidad ajena al acontecer, la individualidad que, en su pretensión, se eleva a causa última del mundo o aun a mundo. Su opuesto inmediato es la convicción que se tiene a sí misma por la expresión no problemática de una comunidad ya existente, por ejemplo, la ideología de la raza. El nosotros retórico es usado aquí en serio. El hablar cree ser el instrumento de la generalidad. En la desgarrada sociedad de hoy, este pensamiento es, al menos en cuestiones sociales, armonicista e ilusionista. El pensamiento crítico y su teoría se oponen a ambas actitudes. No son ni la función de un individuo aislado ni la de una generalidad de individuos. Tiene, en cambio, conscientemente por sujeto a un individuo determinado, en sus relaciones reales con otros individuos y grupos, y en su relación crítica con una determinada clase, y, por último, en su trabazón, así mediada, con la totalidad social y la naturaleza. No es un punto, como el yo de la filosofía burguesa; su exposición consiste en la construcción del presente histórico. El sujeto pensante tampoco es el lugar en el que confluyen conocimiento y objeto, lugar a partir del cual se obtendría entonces un saber absoluto. Esta apariencia en la que, desde Descartes, vive el idealismo, es ideología en sentido estricto: la limitada libertad del individuo burgués aparece en forma de libertad y autonomía perfectas. Pero el yo, sea que actúe simplemente como pensante o de alguna otra manera, en una sociedad impenetrable, inconsciente, tampoco tiene la certeza de sí mismo. En el pensar acerca del hombre, sujeto y objeto se separan el uno del otro; su identidad está puesta en el futuro y no en el presente. El método que conduce a ello puede llamarse, en la terminología cartesiana, clarificación; pero esta, en el pensamiento realmente crítico, significa, no solamente un proceso lógico, sino al mismo tiempo un proceso histórico concreto. En su decurso se transforman, tanto la estructura social en su totalidad, como la relación del teórico con la sociedad, es decir, se transforma el sujeto así como el papel del pensamiento..."


domingo, 9 de junio de 2019

PARA UNA ÉTICA




Se anuncia una ética, convertida al silencio, por la avenida no del espanto, sino del deseo: y la cuestión es saber cómo la vía de la palabrería de la experiencia psicoanalítica conduce a ella.[1]

¿Qué puede significar una ética del deseo? Como primera cuestión es fundamental pensarla como diferente de una ética de los placeres. El deseo no tiene nada que ver con el placer. No es del registro de la armonía, de la plenitud, de la satisfacción, de la posibilidad de gozar. El deseo no remite al goce si no a su ausencia. Sólo podemos desear desde la carencia en gozar, desde el abandono a toda pretensión de completitud y consistencia. El deseo es pregunta y puntuación. O sea, también implica respuesta, sólo que esa respuesta que comporta el deseo no equivale a nada del orden sustancial, ultimísimo, articulable. En todo caso, la verdad del deseo es una “verdad sin verdad”, es la verdad de la falta en ser del sujeto que habla.
Frente al vacío de Dios o frente al hecho de que sus mandamientos son palabra, lo que resta no es más que la fe del hombre en ese decir, pero también puede serlo en su castración (la propia), lo que equivale a no perder la causa del deseo. Tener fe en la propia carencia, salir de la sombra imaginaria que solicita admiración, abandonando los ideales que sostienen esa ontología alienada que es el yo. Una ética del deseo es una ética apoyada en la cuestión del sujeto en cuanto que irreductible a sus identificaciones imaginarias y/o simbólicas, de modo tal que es una ética que pone en juego un real. Lo real del deseo del Otro.
La perspectiva ética introduce al campo del Otro en cuanto que barrado, atravesado por la falta. No hay Otro del Otro que garantice como definitivas las demandas heredadas, su sentido, su realidad. Petrificarse allí es a los fines del goce, es decir, solamente responde al hecho compulsivo de una repetición siempre fracasada y que hunde al sujeto en una insatisfacción y una imposibilidad cada vez mayores. La neurosis, como posición del sujeto ante la castración –propia y del Otro-, supone esta coartada. Una alienación fantasmática a lo que se supone es goce del Otro (en el doble sentido). A lo que se supone que el Otro me demanda. Un hacerse objeto de esa demanda, ponerse a pedido-de, a merced-de o ilusionarse con su objetivación, siempre imaginaria. De lo que no quiere saberse nada, es de lo respectivo al deseo en el Otro. O sea, la castración materna se patentiza por una angustia desbordante donde todas las certezas caen y peligra el ser mismo del sujeto en tanto falo. Ese ser-uno-excepcional.
Pero esa tragedia donde el ser fálico cae, es un instante, un paso, un momento absolutamente necesario. Allí algo se delimita constitutivamente. Eso no quiere decir que de manera radicalmente definitoria, pero lo cierto es que cómo se transita esa caída del Otro, cómo se responde frente a la carencia en ser del Gran Otro, tiene consecuencias decisivas. Se trata de lo que Freud llamaba “fijación al trauma”. El yo, el fantasma, el síntoma vendrán a intentar salvaguardar la falta ante ese real crudo, poniendo una distancia, introduciendo un límite, algo pensable como una metáfora que llamamos paterna porque impide que el goce del Otro aplaste del todo al proto-sujeto. El agujero no es lo Real en tanto tal. Es un real circunscripto por la cadena significante. Hay que impedir que se tapone ese agujero.  
Si la jugada clínica que introduce el psicoanálisis es ética, además, esto se debe a que rechaza cualquier idea fantasmática de “adaptación”. Lo que hace sufrir al hombre es precisamente su excesivo estado de adaptado, su incapacidad para desbordar la huella, su dificultad para sortear la traza, para desmarcarse de la hipoteca gozosa que la Cultura a través de la familia y sus padres le ha trasmitido. De ese malestar no se sale justamente por la vía de una intensificación de su causa material, esto es, por la vertiente de una inyección segunda de nuevos significantes-amo. Al contrario, la liberación del sujeto remite a que éste pueda desprenderse, desasirse, separarse de ese Otro. Pero sin embargo que el sujeto pueda empalmarse a la tierra del deseo sólo es posible en la medida en que un Otro le eche una mano. Esa ayuda es su propia castración, su falta y –acaso- su amor… Por lo pronto, desde luego que su deseo, inclusive en lo perverso de éste, en su “degeneración”, como dice Lacan cuando critica la inoperancia del padre de Juanito.  
El deseo del analista también es perverso, en cierta medida, en tanto y en cuanto es parcial, busca una cosa específica y no el Todo: analizar. También es polimorfo, porque el analista al menos algo sabe, y es que no existe manual alguno sobre cómo conducir una cura. Cualquier ocurrencia está permitida desde el punto de vista interpretativo. Transferencialmente hablando, pagamos con nuestra persona y esto es posible en la medida en que no creemos en la personalidad. Esa identidad no existe, está perdida o en todo caso es la sombra imaginaria en la que el hombre se adormece. Finalmente, aceptamos que lo esencial de nuestra acción sea evanescente, huidizo, escurridizo como nuestro propio objeto que es el sujeto. Nuestro pensamiento es una acción que se deshace, lo que nos lleva a repensarla que es lo mismo que decir pensarla críticamente para tratar de entenderla. El pensamiento psicoanalítico es un pensamiento en movimiento, un pensamiento crítico y este es una ética que confluye con la del analista. Por eso, al final del recorrido, vuelven a encontrarse ética y psicoanálisis. Para una ética… ¿qué ética? Solamente una que abandone su juicio íntimo, que no sea moralista, que conciba que la Cosa no es juzgable pero sí tratable. La praxis psicoanalítica, sostenida en esa ética, interviene lo real desde lo simbólico. En esto vuelve a confluir con el pensar crítico que tiene teoría y un costado práctico. El pensamiento crítico es la “razón práctica”, pero no la kantiana, si no la razón desde Freud, que es la instancia de la letra en el inconsciente. La letra es de goce hasta que, al hablarla, se evaporan sus efectos mortíferos. De esa manera, la clínica analítica permite reescribir la historia. Es una segunda oportunidad para posicionarse como protagonista.            


[1] Lacan, J. (1958): “Observación sobre el informe de Daniel Lagache: ´Psicoanálisis y estructura de la personalidad´.” en Escritos 2, Siglo XXI ed., Buenos Aires, 2008. Pág. 650-1.


domingo, 2 de junio de 2019

Un nudo borromeo a la altura de la época.



Podemos ubicar el origen del pensamiento crítico en occidente en dos tiempos. Yendo de adelante hacia atrás, en primer lugar es menester ubicar el nacimiento de la actitud crítica como un contrapoder surgido frente al avance gubernamental del poder pastoral allí por los siglos XV, XVI. Foucault ubica la importancia del texto kantiano “¿Qué es la Ilustración?” para pensar el ordenamiento de esa exigencia de autonomía como crecimiento espiritual del sujeto, allende las instancias exteriores de autoridad. Pensar críticamente es pensar desde la emancipación respecto de lo legitimado. Pensar críticamente es pensar emancipadamente, desprendidamente, separadamente, desasidamente. Si uno recuerda los dichos de Séneca respecto de la stultitia, entonces, el pensamiento crítico es exactamente lo opuesto: es salir de ella, es dejar de ser estulto.
Bayle y Hume, además de Kant, también abordaron el concepto de crítica en términos de un discernimiento, un análisis, un sopesar la fuerza argumental de un razonamiento.
Sin embargo, mucho más atrás en la historia de occidente, allí por los dos primeros siglos en Grecia y Roma, aparece una práctica discursiva llamada parresía cuya etimología significa “decirlo todo”, es decir, hablar francamente en miras de asir la dimensión de la verdad. Lazo político, por un lado, en la medida en que aparece como un derecho reservado a los considerados ciudadanos de la Polis y ético, por el otro, en tanto y cuanto exige la presencia del  otro, que tampoco es cualquier otro sino justamente un parresiasta, en quien se deposita una confianza esencial respecto de lo que menos se puede decir es que equivale a un verdadero antecedente del concepto freudiano de transferencia. El parresiasta es, en cierta medida, un Otro de quien se espera la sanción –la puntuación- de mi palabra en tanto plena.  
Freud, el Psicoanálisis, hereda todo este entramado crítico. Su discurso y pensamiento, a todas luces dan cuenta de una inserción en esta tradición crítica, allende ciertas coincidencias que uno podría hacer encajar anacrónicamente. Lo que está en juego respecto de la vinculación entre pensamiento crítico y psicoanálisis, es una enunciación común, un espíritu común, un decir común, una soledad común. Ambos comparten un horizonte político en el sentido de rescatar al sujeto de su alienación originaria en miras de conducirlo hacia un despliegue de su contrapoder –toma de la palabra- pero, por eso mismo, se presentan aunados por un tercer anillo que borromeamente los anuda y que es la Ética. Por cierto, no cualquier ética sino justamente una que sea del deseo. Una ética de la diferencia y del lazo social.
El psicoanálisis es el pensamiento crítico esencial del siglo XX y por qué no del siglo XXI –no decimos que sea el único tampoco- y el pensamiento crítico es la Ética que, por fuerza, se impone para la época. Época de estulticia generalizada, de anarcocapitalismo salvaje, de endeudamiento y culpabilidad globalizada, de semioneoliberalismo, de contrainsurgencia colonial, bélica e informática. Época que pretende vivir sin angustia, que exige subjetividades alienadas al mandato de éxito individual, meritocráticas, empresarios de sí mismos que se autoexplotan en pos de contentar un superyó cada vez más salvaje.   

REFLEXIONES CRÍTICAS SOBRE EL NEXO “PSICOANÁLISIS ◊ DECOLONIALIDAD”

    “La modernidad no sólo necesita la colonialidad sino que la colonialidad fue y continúa siendo constitutiva de la modernidad. No hay m...