sábado, 27 de enero de 2018

El deseo de soledad versus la soledad del deseo

El deseo de soledad versus la soledad del deseo

¿Qué significa pensar críticamente? Es una pregunta temible y contundente. Ir hacia allí, luego volver, agacharse, volverse a parar, correr, detenerse de golpe. Confrontarse con uno mismo y con lo otro de uno mismo, implicarse como “Yo” también en esa demora ineluctable del ponerse a hacer. Tener que soportar que ese algo que viene a detenerme, ese espíritu de la pesadez [Geist der Schwere] también, a fin de cuentas, es “yo”. Yo debo responder por el espíritu de la gravedad que me atraviesa, nadie más que yo puede trasmutar esa propensión a la quietud, esa acomodación a condiciones existenciales de empobrecimiento espiritual, de decadencia, de caída, de coagulación.

Pensar críticamente será, precisamente, un modo de interrogar lo no-cuestionado hasta ahora, no mostrándome complaciente con ese espíritu de la pesadez. No soy el que creí que era, estiro la mano hacia alguna garantía ficticia, hacia alguna mísera certidumbre que me haga creer que “soy.” Pero una cosa es saberse ficticio y otra muy distinta es creer ciegamente en mi ser, no poder ceder del ser, ni del saber. Nada queremos saber de cuestionar aquellos sucesos históricos que gestaron nuestra ontología, dado que los creemos irrevocables y haremos hasta lo imposible por sostenerlos inmutables. Es que somos ellos. Esa trama continua, coherente, esa novela, esa versión. Renegando del «ultralogos» que nos es constitutivo como sujetos del lenguaje, o sea, de aquello que excede la yoica Razón y que va más allá de los significantes de la demanda. ¿Estamos dispuestos a remover las bases de nuestro Palacio ontológico? ¿Nos creemos lo suficientemente fuertes como para resquebrajar el suelo que pisa el ego en pos de nuevas arenas, de disímiles pastos, de la frescura del barro, pero también del frío de los charcos ignorados y a esquivar? ¿Qué puede haber allí? Cada acto singular es un desborde a lo esperable. Tenemos miedo. Pero el miedo, ¿no es también deseo?

Allí donde emerge la angustia de castración, debemos conjeturar el deseo de atravesar el fantasma, de ir más allá de LA realidad, de castrar a la realidad de ser, para que ésta devenga maleable, abierta, construible acorde a nuestro deseo. El pasaje al acto suicida es la impotencia del sujeto de llevar adelante un acto genuino de desprendimiento, de separación, de desasimiento [détachement] del Otro que lo sujeta, o sea, de ir más allá del Otro. Es su último recurso, allí donde nada queda por hacer, allí donde prima el laberinto. Pero el acto, en sintonía con el despertar como transformación radical del ser, implica otro tipo de muerte. Dice Judith Butler comentando la lectura que Jean Hyppolite realiza de Hegel:

“… el carácter negativo del deseo surge de un principio de negación más radical que gobierna la vida humana: la vida humana termina en negación, pero en el transcurso de la vida esa negación opera como una estructura activa y omnipresente. El deseo niega una y otra vez al ser determinado y, por ende, es en sí mismo una versión atenuada de la muerte, la negación definitiva del ser particularizado. El deseo pone de manifiesto el poder que la vida humana tiene sobre la muerte, precisamente, participando del poder de la muerte.”

Es decir, la vida humana está atravesada por la negación como esa estructura activa de transformación de lo dado a la que llamamos deseo. El deseo implica necesariamente desasimiento del ser dado, en tanto futuridad que apunta a un “estado” no actual sino por venir. Cuando el psicoanálisis habla del deseo como camino de transmutación subjetiva, apuesta a ese más allá del principio del placer donde yace una potencia vertiginosa, la única capaz de crear, como diría Nietzsche, nuevos valores.

Creo interesante recordar las audaces palabras con que Freud comenzaba ese escrito suyo, “La novela familiar de los neuróticos” (1908), en donde afirmaba:

“En el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también  más  dolorosas,  del  desarrollo. Es absolutamente necesario que se cumpla, y es lícito suponer que todo hombre devenido normal lo ha llevado a cabo en cierta medida. Más todavía: el progreso de la sociedad descansa, todo él, en esa oposición entre ambas generaciones. Por otro lado, existe una clase de neuróticos en cuyo estado se discierne, como condicionante, su fracaso en esa tarea.”

Esta propuesta freudiana tiene una íntima conexión con lo que hasta aquí vengo desplegando. El neurótico busca un sentido (una dirección, un significado) que lo oriente en su existir. Es decir, busca su verdadera “esencia”, quiere “conocerse a sí mismo”, “profundizar en su ser”. Para eso, recurre a guías espirituales que habrían de llevarlo a reconocer su “media mitad” perdida, a reencontrarse con la misma, relación tanto tiempo sujeta a extravío por vaya a saberse qué infortunios. “Para el niño pequeño, los padres son al comienzo la única autoridad y la fuente de toda creencia.” Pero esta transferencia primordial de constitución de un Otro como Sabio, como íntegro guía de nuestro quehacer, implicará posteriores movimientos transferenciales destinados a sustituir esas figuras de autoridad originales por otras acordes a la coyuntura histórica que, a cada individuo, le toca vivir. Mas la sujeción seguirá estando en juego si la misma no es interrogada y se volverá cada vez más estragante, toda vez que lo sujetado sea el querer singular. El neurótico vive preso, pues, de una profunda sed de sentido, pero de un sentido ya-delimitado, es decir, no está dispuesto a pagar el precio de delimitar él su propio sentido. Por eso, busca un sentido en tanto es incapaz de crearlo.

Quiere el deseo pero a condición de no pagar el precio del deseo del Otro.

En la época actual donde la palabra plena del psicoanálisis deviene en palabra vacía de la masa, se torna un lugar común el “actuar conforme al propio deseo”. Pero esto es lo que podríamos llamar “ética del anhelo” (“ética” entre comillas, desde luego). Es el deseo de soledad neurótico harto disímil de la soledad del deseo. El deseo de soledad lo podemos definir como la creencia ingenua de “elegir libremente” qué se hace, se piensa, se dice. Es el sujeto que no quiere reconocer las sobredeterminaciones que lo delimitan. Cuando el psicoanálisis habla del deseo, en cambio, su definición aparece más cercana más bien a algo antinómico a las ganas, a la voluntad individual (sea esta “buena” o “mala”). El filósofo español José Ortega y Gasset, decía:

“El destino no consiste en aquello que tenemos ganas de hacer; más bien se reconoce y muestra su claro, rigoroso perfil en la conciencia de tener que hacer lo que no tenemos ganas.”

Se trata de si el sujeto va a o no a aceptar ese destino que lo atraviesa, pero no en el sentido de marcas incondicionales a las cuales él debería de responder obedientemente en tanto oráculos que presagian un fin ineluctable, sino en la orientación de si va a aceptar o no que toda creación, que toda invención, etc., es posible sí y sólo sí asume la castración en el Otro y su falta-en-ser. Por eso el psicoanálisis, habla del deseo como deseo del Otro. Esto implica cierta destitución subjetiva. Podríamos definir la posición neurótica de un modo harto simple: vivir con derechos, pero sin obligaciones. Definición que le cabe más a la histérica que al obsesivo, por cuanto este último está mucho más preso de las demandas del (y hacia el) Otro que de su propio deseo. En definitiva, ninguna de las dos fórmulas es muy feliz, ya se trata de la escrita más arriba o de su inversa; a saber,  vivir con obligaciones, pero sin derechos.

Profundicemos en la primera. El derecho al deseo exige, en todo caso, la obligatoriedad de admitir la falta, la no-idealidad propia [$ ≠ i´(a)] y del Gran Otro, su inconsistencia: S (Ⱥ). Y a esto es a lo que nos remite la expresión soledad del deseo. A un más allá del Jefe, del Amo, del Caudillo, del Líder. El neurótico vivencia esto como una tortura, como un horror, como un destierro infernal que habría de lanzarlo al peor de los desamparos. El desamparo frente al Øtro debe pensarse como terror yoico ante lo no especularizable. Más dicho desamparo, a nivel del sujeto, es deseo. La falta no es insatisfacción eterna ni imposibilidad absoluta. Esto es estar sujetado en cuanto súbdito (como Juanito durante el estallido de su angustia) a lo inconmensurable de la falta del Otro no redoblada por lo paterno. Mas cuando el sujeto se posiciona en relación a su falta, la misma deviene condición sine qua non para el advenimiento de una realidad menos mortificante, más plena, vital, productiva, genuina. A la boca neurótica donde predomina la “ética del anhelo”, vale decirle lo que Zaratustra le dice al loco, a saber, que allí donde la palabra del psicoanálisis tiene razón una y mil veces, jamás ella tendrá razón con la misma.

viernes, 26 de enero de 2018

“Teoría” deviene etimológicamente de theorein, término que pone en juego la observación de una escena teatral. Teoría y teatro, entonces, parecerían tener una misma raíz etimológica. Jugando con tal origen, podríamos decir que toda Teoría encierra, pues, personajes. Leer implica, por parte del lector, la suposición de un ser, es decir, la atribución de un ser supuesto al autor y, precisamente por ello, una serie implícita de demandas y principios que tal “pensamiento cerrado” exigiría. Pretensión lectora de un universo de discurso que coincida con el ego en sus ansias de coherencia y principismo.

Respecto de esta cuestión de los personajes, estimo interesante transcribir ciertas palabras de Ulloa, quien decía lo siguiente:

“Bien puede decirse que en los comienzos de la vida, así como del aprendizaje de nuestros trabajos, somos lo que nos hicieron, en tanto profesamos a la manera de quienes nos iniciaron. Si logramos no quedar atrapados en aquellas identificaciones-auxiliares, durante un largo tiempo tenderemos a ser a la manera de lo que hacemos. En definitiva, y afirmando vocación, es posible que logremos hacer lo que somos. Esto último es el desiderátum de un oficio, que conservando las leyes válidas en cuanto a ética y a eficacia de toda profesión, va más allá de éstas y todas sus estandarizaciones, al ser atravesada por el estilo y el posicionamiento ético del oficiante.”    

Esto plantea, a mi entender, dos movimientos del acontecer subjetivo. “En los comienzos de la vida…”, el autor está hablándonos de la constitución misma del sujeto, “de la vida” subjetiva. Vida subjetiva gestada por la incidencia del discurso del Otro que trae aparejado identificaciones demandadas, exigencias de ser. El niño escapa al vacío-en-ser primordial de quien es meramente algo – puro objeto – para alguien (definición de signo que Lacan toma de Charles S. Peirce) haciéndose alguien para algo. Devenir sujeto es un proceso. El niño deja de ser algo manipulado por la Omnipotencia materna primitiva, para devenir sujeto que hace algo, por ejemplo, jugar. Sujeto del juego, sujeto del sueño, sujeto del síntoma, etc., todos estos nombres del sujeto del deseo inconsciente en su agenciamiento del significante. También podríamos decir que el niño deja de ser parte del Otro y deviene partícipe en el Otro. Es decir, a su infantil modo, toma la palabra, a su infantil modo, piensa críticamente. Pensar críticamente, siguiendo esta línea, implicaría regresar a esa inocencia de la infancia (transformarse en Niño, según Zaratustra), allí donde la potencia subjetiva no era sin ludicidad actuante. No obstante, si bien las identificaciones-auxiliares que gestan el ser alguien y el ser partícipe son subjetivantes, de todos modos, se es alguien y se es partícipe en el Otro.

Lo mismo sucede cuando, ya jóvenes o “adultos”, transitamos por nuevas instituciones, por eso Ulloa también habla del  “aprendizaje de nuestros trabajos”. Sabemos, en efecto, que el ciclo se repite, y que en esa reiteración se transfieren muchas de las vivencias vividas en la temprana infancia y los clisés que el sujeto fijó para afrontar lo que en cada institución, en cada Otro particular, no cierra ni se deja encerrar: lo real del Otro. Ahora bien, lo interesante – es decir, el desiderátum o “aspiración” de todo oficio - es poder ir más allá del Otro, es decir, darle cabida a la singularidad de un estilo que se descuente de lo ya instituido. Para ir más allá del Otro, hay que bancarse su falta, su inconsistencia. Romper con las estandarizaciones implica un agenciamiento que pueda subvertir el orden identificatorio-auxiliar, necesario pero no suficiente para que exista pensamiento crítico. La ética del psicoanálisis, en particular, se caracteriza por conllevar esta exigencia de singularidad por parte del oficiante:

“Toda concepción del análisis que se articule (…) definiendo el final del análisis como una identificación con el analista, delata así sus propios límites. Todo análisis cuya doctrina es terminar en la identificación con el analista revela que su verdadero motor está elidido. Hay un más allá de esta identificación, y está definido por la relación y la distancia existente entre el objeto a minúscula y la I mayúscula idealizante de la identificación.”    

Me ahorro tener que “explicar” escolarmente esta compleja cita. Simplemente sigo trayendo agua para mi molino discursivo y para afirmar la lógica de la lectura que vengo realizando. Aquí hay dos caminos diferentes. Un camino de mismidad y de reproducción acrítica, por un lado, y un sendero tendiente a la emergencia de una singularidad, por otro. También, podríamos decir, un camino que se queda en la exactitud y otro que va hacia la verdad. Esta diferencia la retomaré más adelante.    

Habitualmente solemos creer que «la falta» es sinónimo de impotencia, de insatisfacción, de inquietud, de fracaso, de malestar, etc. Pero es preciso señalar que todo esto no es lo nodal de la falta, sino que son tematizaciones, versiones de la misma. La falta, implica, más bien, movimiento, producción, devenir y, en tanto allí se despliega nuestra potencia, en última instancia, «alegría». Los espíritus alegres son aquellos que se mofan de las vetustas verdades eternas e incuestionables, de la rigidez mortuoria de la homogeneidad zombie, propia de la masa, de la muchedumbre (en el sentido de una intensificación de lo imaginario). Es un lugar común el falso pensador que reza enunciados congelados. Allí predomina la momificación ascética, esto es, la sacrificial entrega a preservar y conservar algo sin vida. «Sin vida» quiere decir: sin el empuje genuino y determinante del deseo de quien enuncia por cuanto dicha potencia es un deseo no liberado aún. Un deseo liberado, una voluntad de poder despierta, fue de la estulticia al desasimiento. Es decir, de la tonta convicción de ser agente del deseo hacia el hecho crucial de posicionarse como causa del deseo del Otro:




Que ciertos universitarios enseñan a no pensar, es cosa que a todo el mundo resulta evidente. A veces sueño con una Universidad menos falsamente crítica y más hondamente comprometida. Que la tecno-jerga academicista no anule el espíritu crítico y el deseo de agenciarse de lo instituido en pos de dar cabida a contribuciones instituyentes. El compromiso subjetivo que no es el comprometedor pacto, ligazón mercantilista o burocrática, ligazón sin corazón, en definitiva. El compromiso del estilo de vida, del oficio, del savoir-faire, de poner el cuerpo, del deseo. La ligazón religioso-militarista al “dueño de la verdad” es lo manifiesto de una debilidad (mental) latente inconfesada y no asumida como tal. Se trata de un sí-mismo que “ya es incapaz de hacer lo que quería por encima de todo: crear algo, superándose a sí propio” (Nietzsche).

¿Ha escuchado, usted lector, hablar del superyó? ¿Ha escuchado el chirriante zumbido de su tronador presagio? Sierpe que se agazapa tras las más bellas formas del mundo, es esa ladera imperativa de la colina del lenguaje donde el «Teatro» en su maquínico hermetismo intensifica el sujetamiento. Hablar se troca en repetir signos ya hablados, en ronronear o ladrar esbozos fallidos de palabras caducas, predicar al vacío o escuchar sin oídos. La palabra, el universo que habitamos y que nos define, se transforma en un demonio sarcástico que hace brotar mil maldiciones de toda flor posible, mil venenos en todo árbol habido y por haber, sangre negra en cada niño inocente. Pero ese letal enemigo de la vida que es el superyó puede ser combatido. Hay que poder decirle que no al goce al que ese espíritu de la pesadez invita.

La inercia libidinal es la causa del detenimiento en el crecimiento subjetivo y, por ende, cultural. La juventud que no confronta generacionalmente, que no disiente ni polemiza realmente, en espacios y ámbitos donde el decir tenga efectos y consecuencias, es una juventud que está destinada a perderse en el olvido, en donde moran tímidamente las almas cobardes y timoratas, dubitativas y cansinas. Esa juventud resignada queda… re-signada, o sea, demasiado agarrada por el destino confeccionado para ella ad hoc. Decía el sociólogo francés Pierre Bourdieu:

“La lucha simbólica pone en juego el monopolio de la nominación legítima, punto de vista dominante que, al hacerse reconocer como punto de vista legítimo¸ se hace desconocer en la verdad de punto de vista particular, situado y fechado.”

El poder de la nominación legítima es el poder de definir qué es lo verdadero, qué es la realidad, qué es lo válido, qué es lo justo, cuál es la interpretación correcta y exacta… y que no lo es. La lucha simbólica implica la confrontación por ese poder de hacer valer la propia posición, de que mi palabra y mi versión sean consideradas en el juego. Cuando una juventud acrítica reconoce el statu quo quedando atrapada en los estrechos confines del sentido instituido de las prácticas y de las instituciones por las que dicha juventud circula, entonces, se desconoce así el carácter contingente y no absoluto de la versión predominante. Ceguera determinante que garantiza la preservación de lo dado y que oblitera toda pretensión transmutadora, del mundo y de mi ser en el mundo. El destino es el síntoma, en tanto el síntoma es el precio que la voz reprimida se cobra cuando no se la quiere escuchar.

El miedo es la aparición espectral por excelencia que se avalancha sobre el alma joven. Mil sucesos le han enseñado a desconfiar de sí, pero en un sentido aplastante y no movilizador, sino inhibitorio, paralizante. No es lo mismo “no correr peligros” que “no correr el riesgo.” El miedo implicado en la segunda expresión, juega para la quietud. Es preciso desestructurar esa quimera maléfica, tomar la posta del deseo prometeicamente (aunque el Otro no nos la quiera pasar) y transitar nuevos rumbos en nuestro navío «esperanza humilde» no sin nuestro cañón de guerra «la palabra jugada».

Muchas orejas yacen aturdidas por el zumbido de las abejas de la muerte, a consecuencia de verse hinchadas como ratas por la pútrida miel del amor infernal, ese canto de sirena que “busca subyugar una libertad para refugiarse en ella del mundo” (Sartre), es decir, para escabullirse pusilánimemente de lo real, de la castración y del devenir.

“Dilata tu nacer para la vida que anticipas tu ser para la muerte”, le decía el poeta Luís de Góngora a la vana rosa. “Yo no moriré nunca” pretende el Amo que rechaza su castración, su falta, su deseo, su condición perecedera, transitoria. Por eso, el Amo perverso propone salidas falsas, sintomales, renegatorias, que hagan las veces de. El Amo perverso quiere que el esclavo no se libere jamás de las cadenas que él ha dispuesto sobre su cuello, en miras de preservar su consistencia de ser, su goce de Amo, su completitud narcisista. Panorama ilusorio donde se cree que el Amo tiene un esclavo. Atadura sado-masoquista que debe ser subvertida. El trasfondo de la compasión y de la comprensión incondicional es el aguijón venenoso del Saber sobre el otro. Ser comprendido, anhelo cuya doble significación debería alertarnos: ¿ser abarcado, totalizado por el Otro? Posición soberbia la del sujeto que se pretende Amo que implica un inconfesado sometimiento. El Amo propone alienación encubierta, toma la posta por el esclavo, allí donde el esclavo es el resultado de un sujeto que ha cedido de sus responsabilidades. El precio que paga el sujeto que cede sus responsabilidades a otro, sea el que fuere, es la propia objetivación.

El Amo quiere responsabilizarse de la vida de cualquier sujeto dispuesto a ceder, eso lo esclaviza a su vez al Amo ya que el sujeto que llega a Amo es aquel que tomó a su cuenta las responsabilidades del otro, pero cedió las suyas. Amo y esclavo son dos caras de una misma moneda, dialéctica de la demanda y del goce. El deseo está del lado de la falta, allí donde el esclavo transita ya sin cadenas por el desierto y donde el Amo se confronta con su incompletitud, con que lo que quería era amar y no someter, pero su miedo lo traicionó y amando, ató.

En la Hermenéutica del sujeto, Michel Foucault sitúa tres técnicas ligadas al navegar en tanto metáfora alusiva a la propia conversión espiritual. La medicina, el gobierno político y el cuidado de sí. Este último es muy riesgoso confundirlo con la psicoterapia. Nada que ver. La psicoterapia conduce a lo peor. El cuidado de sí, bien interpretado, está ligado al pensamiento crítico como desplazamiento, movimiento, esfuerzo, trayectoria.

¿Puede una madre querer…? Esta pregunta es inquietante enigma. Pero suponiendo que sea afirmativa nuestra respuesta, emerge – y urge – la pregunta respecto de qué hace cada cual por equivocar ese fulgurante poder devastador (en el sentido de que ese goce tiende a obliterar nuestra carencia de ser). El hecho humano es falta-en-ser en tanto es interpretación del Otro. Pero hay más allá de ese angustiante e incesante sentido del Otro, omniabarcador. Sólo que dicho más allá, algún costo, ha de llevar. Más allá del bien y del mal, más allá del principio del placer… Me pregunto por el sentido de la tierra y no lo tiene. Esto hace que la dominación sea inminente, ya que necesitamos el sentido. Somos seres de sentido, efectos de sentido, llenos de sentido: el sentido nos constituye en cuanto tales. Pero el exceso de un-sentido, cuando pretende suturar el núcleo de sinsentido que motoriza la búsqueda misma de sentido, mortifica. La manipulación, el dominio, etc., son cuestiones que deben sintonizarse con el orden de la satisfacción que el hombre obtiene del hecho de “mamar” un sentido ready made, o bien, del hecho de imponerle al otro, a mi semejante, mi verdad. De este modo, lo “objetivo” no deja de ser nunca más que lo subjetivo del otro. Si es la historia lo que introduce la verdad en lo real (Lacan), ergo, es aquel que la define, el que la escribe, el que triunfa (y no a la inversa). Lo objetivo es el reconocimiento universal que implica el desconocimiento de un particular subjetivo ahora entronizado. Lo exacto es instauración posterior de un movimiento subversivo primero que interpreta lo que es dándole un nuevo sentido (y, de ese modo, transformándolo). Exactas serán las representaciones que se adecúen a la interpretación consolidada y que no tiendan a ponerla en peligro, enjuiciándola. Heréticas (y falsas) serán las versiones que se desvíen del conjunto de los enunciados admitidos y que pretendan, en su lucidez y lúdicidad, ensanchar los parámetros de sentido y la vitalidad imaginativa de un universo dado.

Muchos medios de comunicación masivos (mass media) buscan construir la imagen de un relator neutro e imparcial que, cual “voz en off”, describe una realidad en sí, dada, consistente e igual a sí misma. Mas, esto reniega del posicionamiento perspectivista subyacente solidario de un beneficio inconfesado (inclusive para sí mismos). Es tarea del pensar crítico ser «agente de división», esto es, causa de análisis, de multiplicación de matices, del incremento de posturas no nominadas o explicitadas hasta entonces. Se trata de señalar lo que ya está ahí en acción, siendo el síntoma no más que su fachada. Si el superyoico pensar tiene como objetivo objetivar, unificar, consolidar, robustecer y fortalecer “lo que se cree”, el pensar controversial debe pretender la fragmentación y el quiebre, la apertura y la liberación. Decía Karl Jaspers:

“… sólo llegamos a ser nosotros mismos en el remontarnos por encima de la sujeción a las pasiones, no con la extirpación de éstas. Por eso tenemos que atrevernos a ser hombres y a hacer lo que podemos, para avanzar hasta una independencia con contenido. Entonces padeceremos sin quejarnos, dudaremos sin hundirnos, nos conmoveremos sin derrumbarnos totalmente, cuando se haga dueño de nosotros lo que brotará de nosotros como independencia interior.”

Podríamos agregar: una independencia de nosotros mismos. ¿Cómo? Esto es, de esa persistente “esencia” que busca imponerse permanentemente, de esa fijeza mortificante que hace que se vaya la palabra, el amor, el deseo, la ternura, el cariño, el humor. Lo pasional-pulsional nos domina en el origen al ser seres que padecemos la sexualidad y no sus agentes. Inauguralmente, somos objetos del goce y del deseo del Otro. Ahora bien, la extirpación de eso pasional-pulsional primitivo, como lo señalaba Freud, es imposible sin la eliminación misma del sujeto y de la Cultura:

“Según la teoría psicoanalítica, los síntomas de las neurosis son satisfacciones sustitutivas, desfiguradas, de fuerzas pulsionales sexuales a las que, por obra de resistencias interiores, se les denegó una satisfacción directa. Más tarde, cuando el análisis rebasó su campo de trabajo originario y pretendió aplicarse a la vida anímica normal, intentó demostrar que esos mismos componentes sexuales, susceptibles  de  desviarse  de  sus  metas  inmediatas y de dirigirse  a otras, aportan las más importantes contribuciones a los logros culturales del individuo y de la comunidad.”

La Cultura implica cierto cercenamiento del goce autoerótico en pos de la inversión de esa fuerza en metas “más elevadas”, es decir, una elaboración libidinal con cierta pérdida. De hecho, podríamos decir que la Cultura es en cierta medida el efecto, el producto de esa renuncia, de esa elaboración (decíamos algo parecido del yo). Si predomina el goce, estamos hablando de la pulsión de muerte y de la decadencia cultural. La neurosis es aquella posición subjetiva que apela a la represión y a la fantasía para velar algo de ese real gozar primigenio, que angustia. Resistencias interiores ligadas a puntos de un goce fijado, petrificado y sujetador, delimitan la represión de aquellas pasiones emergentes que no coincidan con la demanda de ese goce autoerótico que marcó. Pero esto puede detener el crecimiento subjetivo.

El neurótico – que no sabe qué perdió pero sí que perdió -, satisface a las antiguas pasiones pero sólo sustitutivamente, ya que atravesó la castración. Darle pleno acceso a lo nuevo implicaría aceptar que se aceptó lo real. Mejor no saber que se sabe. A mitad de camino entre lo real y lo fantasmático, he allí al neurótico. Para el psicoanálisis, no hay sorpresa sin reubicación del resto como resto. Remontarnos realmente por encima de la sujeción a las pasiones primitivas (que ahora habitan en los síntomas y en el yo, el cual tal vez no sea más que un modo particular de aquellos), implicará pues, ceder de aquellas versiones sustitutivas destinadas a sosegar el deseo (el a en el fantasma).

El goce aporta el material libidinal con el que se construye escénicamente el fantasma, función que sujeta al deseo en cierto circuito significante cerrado a lo diferente (a lo real), siempre dentro del principio del placer. Empero, el deseo aparece como una fuerza instituyente que reclama realizarse y concretizarse en una realidad no renegatoria, es decir, no sintomática. Hay creencias y amores que de-tienen (el amor-garra, como yo lo llamo), creando así férreos adeptos dispuestos a velar perversamente su castración, haciendo primar el principismo y la civilidad, el decoro y el “lameculismo”, en suma, el “no fallarle al Otro”. Pero también hay creencias que motorizan, que impulsan, que activan y que despiertan. Hay amores infernales, teorías y teatros dictatoriales. Pero, también, amores vitalizantes, no esclavizantes sino que provocan seductoramente la edificación de altivos paisajes. Hay versiones y versiones. La versión de un hombre entero, debe, necesariamente, no ser «lenitiva», es decir, no puede pretender lo imposible. Pretender lo imposible sería, por ejemplo, querer que el deseo ceda en su movimiento constante y transfigurador, que se conforme con lo que el fantasma le ofrece. Que el deseo se sosiegue. Pero el pensar crítico, apuesta más al sinthome que al síntoma, es decir, apuesta a la construcción de una versión cuya función no sea la de evadir la castración sino su aceptación genuina. En otros términos, el pensar crítico, apuesta a que la ´esencia´ caiga como resto y a asumir esa pérdida para que devenga causa. La palabra asumir brilla en su equivocidad, en tanto nos pone de cara al hecho de tener que hacerse cargo, de responsabilizarse, de la pérdida.

La “independencia interior”, antes nombrada por Jaspers, podemos pensarla en estos términos.

jueves, 25 de enero de 2018

DEL PENSAMIENTO CRÍTICO: ¿UNA ÉTICA?


“… yo no me presento como el combatiente universal contra el sufrimiento de la humanidad bajo todas sus relaciones. Deseo conservar mi libertad con respecto a las formas de lucha con las que me he comprometido. (…)… podemos desembocar en otros aspectos de manera que desarrollemos una verdadera coherencia, es decir, un esquema racional o un punto de partida que no esté fundado en una teoría general del hombre."

(Michel Foucault, 1981)

¿Es concebible una ética del pensamiento…

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En esta parte del texto será nuestro interés apostar por nuestra hipótesis esencial: que el pensamiento crítico constituye una ética, un ethos, un modo de ser-en-el-mundo, de estar-ahí, situándose esta postulación íntimamente en sintonía con la visión del pensador crítico Michel Foucault. Por lo demás, no hay modo de concebir ningún pensamiento crítico genuino en tanto tal sin una sagital interrogación por el atravesamiento histórico del pensar que desborde la limitada concepción de este como mera racionalidad basada en conceptos que detendrían a lo real en su multiplicidad; lo que se dice “conceptualización”, “abstracción”, “sistematización”, “explicación”, “formalización”, etc. No se puede concebir la verdad sin reconocer las condiciones históricas que la determinan, porque si no volvemos a la calamidad esencialista (acrítica, apolítica, a-histórica), de la que ciertos lacanianos – tan enamorados de su delirio como de sí mismos - renegatoriamente participan. Pensar es lo que se resiste a ser pensado epocalmente, implicancia política del sujeto cognoscente. El objeto a – cuya esencia es fallar - no es lo que se resiste al esfuerzo del pensamiento sino tanto su imposible mismo así como su condición de posibilidad.

Lo epocal remite al modo a través del cual la producción sociohistórica de subjetividad, cada vez y cada vez, oculta – rellenando con significaciones culturales - la carencia en ser del Sujeto, insistimos, llenándolo con Saber (sentidos e identificaciones que parten de ciertos significantes cuya relación con los significantes-amo es metafórica o metonímica). Este último – el Saber -, sería el S2 que tematiza la eficacia alienante y petrificante del S1. Es decir, el S2 es un “mal” pero necesario para la escisión lenguaje/ palabra, para el pasaje del campo del primero a la función de la segunda. En la perspectiva de Jorge Alemán, yendo concretamente a las investigaciones analíticas más actuales y subversivas sobre nuestra época, la subjetividad neoliberal tendría como horizonte (estas son mis palabras, es mi interpretación) un holofraseo que pretendería unificar la cadena simbólica en la búsqueda calculada de un sujeto cerrado, rígido, total, plano, autómata, mecanizado, acrítico, mortificado, objetivado. El «crimen perfecto» de producir un Sujeto hecho-a-la-medida de los mandatos epocales capitalistas.

Ese es “el peligro” (término heideggeriano) que nos lleva a interrogarnos por nuestro lugar en la comunidad, en general, así como en el ámbito intelectual-académico, o bien, en el campo psicoanalítico, en especial. ¿Cuál es exactamente ese peligro? En realidad, hay varios, que quizá formen parte de uno mayor, habría que pensarlo. El principal, del que el resto tal vez no sean sino sus sucedáneos, podría ubicarse como es el avance de lo que el filósofo italiano Franco Berardi (Bifo) llama el semiocapitalismo, que define como una etapa histórica donde lo acumulado son signos cada vez más desprendidos de su referencia material, cada vez más alejados del sujeto productivo y del sentido (metáfora). Evidentemente, la filosofía viene un poco – bastante - retrasada con respecto al psicoanálisis, dado que fue Lacan quien advirtió desde muy temprano acerca de la autonomía de la dimensión dialéctica y sobre su independencia respecto de cualquier orden de coseidad material y del estatuto del significado (que no es más que un efecto de aquella). Lo material es el conjunto del significante mismo y no necesariamente en cuanto instrumento de comunicación – que no existe - sino como el Otro de un orden imperativo que aliena, ordena, re-estructura al viviente, mortificándolo, pervirtiéndolo en el sentido de una pérdida de su naturalidad. Un viviente traumatizado, golpeado, ultrajado por el discurso de ese Gran Otro, es lo que somos. La contemporaneidad, siguiendo a Bifo, exaltaría esta vertiente de lo simbólico por la vía de un mercado de signos que se desarrolla a una temporalidad impensada sumada a una espacialidad profundamente virtual y abstracta. Lo intercambiado cada vez pasa menos por la esfera del cuerpo en sus diferentes dimensiones, esto es, de la vida, de lo real (me refiero a la pulsión vital de un corpo-parlante que implica multiplicidad de zonas erógenas y no solamente, por ejemplo, el campo escópico articulado a la pantalla de un celular). La des-erotización es su incidencia más directa, lo cual no representa nada que Ulloa no haya dicho, apoyándose en Freud, al hablar de las neurosis actuales reactualizadas por la Cultura de la Mortificación. Hoy diríamos, de la momificación. Porque las vendas renegatorias van más allá de los ojos, cubren todo el cuerpo, y sostienen la ilusión de un más allá vinculado al pseudo-espacio virtual sostenido especialmente en la red y sus “aplicaciones”.          

Otro pensador que trabaja notablemente bien estas cuestiones epocales, es el coreano Byung-Chul Han quien, en el breve ensayo La sociedad de la transparencia (2012), da una serie de características de la comunidad global de hoy muy precisas. Cada capítulo del libro es un rasgo de esta sociedad transparente. Él nos habla de una sociedad… positiva, “de la exposición”, “de la evidencia”, porno, “de la aceleración”, “de la información”, “de la revelación”, y finalmente, “del control”. Dice este autor: “La negatividad de lo otro y de lo extraño, o la resistencia de lo otro, perturba y retarda la lisa comunicación de lo igual. (…)   El lenguaje transparente es una lengua formal, puramente maquinal, operacional, que carece de toda ambivalencia.” La hipercomunicación e hiperinformación actuales gestan una escena de atrofia espiritual obscena puesto que determinados órdenes esenciales de la Civilización caen en decadencia, se ven fuertemente perturbados al afectarse lo que este autor denomina su negatividad. Niveles constitutivos del sujeto de la palabra como lo son la sexualidad (el erotismo), la política, el pensamiento, la trascendencia y el valor «cultual» (de culto) de las cosas, el habitar mismo en sentido heideggeriano, la hermenéutica.

“La teoría de la obscenidad en Sartre puede trasladarse a los cuerpos sociales, a sus procesos y movimientos. Estos se hacen obscenos cuando se despojan de toda narratividad, de toda dirección, de todo sentido.”

Pérdida del relato estructurante, de la verdad ficcional necesaria para el sostenimiento del mundo humano en tanto que mundo de “deseos deseados”. Esto desemboca en otros aspectos que en la actualidad se ven barridos por esta ideología de lo transparente, como lo son la teatralidad del mundo hablante, su ornamentación, la profundidad y apariencia propias de estar inmersos en un universo simbólico, que introduce una distancia sublimada entre los seres hablantes. Es decir, hoy todo es pegoteo de la índole de lo imaginario, “la masa de información no engendra ninguna verdad” , al no soportar ningún orden de oscuridad, de opacidad, la época actual resulta impotente para dar a luz a cuestiones de significancia. La sociedad de la transparencia, es una sociedad de lo mismo que trabaja para lo mismo, por lo mismo, desde lo mismo, hacia lo mismo… es una sociedad del rechazo de toda otredad. Del rechazo de lo femenino.        

2

Yendo al campo analítico, creemos encontrar una solidaridad entre nuestras ideas con las inquietudes del psicoanalista argentino Néstor Bolomo quien, en un texto titulado “Sobre el Pensamiento del afuera”, asevera:

“La cuestión de cómo se escucha y cómo se lee (…) están absolutamente presentes en Foucault cuando vuelve a poner en primer plano la cuestión de las condiciones históricas, sociales y políticas de la verdad. La posición puede parecer próxima al marxismo más clásico, pero creo que corresponde tomarla como una consideración de las determinaciones de la enunciación en el campo de la verdad.”

En este acápite podríamos decir que una referencia obligada es el libro, de más o menos reciente publicación, La ética del pensamiento: para una crítica de lo que somos, cuyo cuidado editorial estuvo a cargo de Jorge Álvarez Yágüez y en el cual, además de haber una recopilación de textos seleccionados del filósofo francés por a) su novedad y b) su relevancia, cuenta con un interesante ensayo previo de este editor-traductor que da origen al título de la obra misma: “Introducción. Una ética del pensamiento.” En esta obra, puede hallarse con llamativa precisión un modo de interpretar el discurso foucaultiano y, más exactamente, el espíritu de su conjetura:  

“Foucault habla de «actitud», «actitud crítica», y emplea muy significativamente el término griego ethos. (…) hay inserto un ethos, un determinado talante, una relación de carácter práctico. El atravesamiento del pensamiento por la temporalidad comporta esta otra dimensión, un compromiso del propio sujeto de pensamiento con ella. (…) es un ethos, pero ethos de pensamiento.”

Bien podría decirse que más que una hipótesis es casi una aseveración. Foucault introduce una manera de aprehender el hecho de ser-pensante allende la interpelación habitual sobre el sujeto basada en autores tales como Nietzsche, Marx o el mismo Freud, clásicos cuestionadores del cogito cartesiano. Allende no significa “sin considerar a esos maestros de la sospecha”. Hay algo bastante kantiano en su postulación puesto que se rescata la instancia subjetiva pensante (como en el lacanismo, en donde el Cogito no es abandonado sino subvertido ) pero a condición de invertir el abordaje de este intelectual, esto es, haciendo primar una «ontología del presente» por sobre lo que sería una «analítica de la verdad». O sea, no se trata de refutar toda idea de sujeto pensante sino de acentuar en ese ser del lenguaje aquello que, justamente, lo compromete consigo mismo a la vez que lo pone fuera de sí, lo ex-centra. Y, apelando rápidamente al decir lacaniano, sabemos que lo que desborda, traspasa, excede el campo estructurado y organizado del significante en tanto lenguaje no es sino la función de la palabra. Pero además, sólo podemos seguir al filósofo francés en esta primera inversión, a condición de sustituir la búsqueda ontológica por una interpelación ética – que creemos que es lo que prevalece en el fondo de su perspectiva. Siguiendo esta lógica de articulación, el atravesamiento ético del hombre en cuanto “capturado y torturado por el significante” (LACAN, 1955-6), nos lo brindaría el habla, “parole” en lengua francesa. Es decir, la ética estaría a nivel del hecho de enunciar (de ser enunciante) y no tanto en lo que se enuncia. Ética es la pregunta por desde dónde se está diciendo lo que se dice y acerca de cuáles son las sujeciones que determinan mi pensar, mi discurso, mi sentir también, en definitiva, mi acción. Ya no la pregunta por qué es el ser (Qué somos), sino más bien por las implicancias éticas de nuestra inexistencia ontológica (lo cual conduce inevitablemente a otro orden de preguntas: ¿a quién obedecemos?, ¿a qué nos identificamos?, ¿cómo hemos de vivir y por qué, si es que hay un por qué?, ¿para qué hacemos lo que hacemos?, ¿dónde puede decirse que hubo emergencia, irrupción subjetiva o cuándo – espacio y tiempos lógicos ligados al sujeto del inconsciente?).  

Esto sería una especie de ontología del presente devenida ética de lo real – de la carencia en ser -, y que nos invita a reflexionar sobre la epocalidad. La analítica de la verdad plantea el problema de cuáles son las condiciones, las exigencias a cumplir, los requisitos a saldar, para acceder a un conocimiento verdadero. Pero nietzscheanamente, sabemos que toda pretensión de un de-velamiento inocente de la verdad caería de plano en una empresa ingenua por cuanto desconocería las implicancias históricas, sociales, políticas y subjetivas, que sujetan a ese “cognoscente” situándolo en un perspectivismo irrefutable. Ergo, la primera en cambio se enfocaría en una vía de diagnosis de lo que somos en el sentido de una pregunta por nuestra posición subjetiva.

Redefiniendo la dos vías situadas por Foucault, quizá haya que revalorizar esta idea de una analítica de la verdad pero discriminando a ésta del estatuto de “lo verdadero” que es donde Kant cae, como filósofo preocupado por el asunto del conocimiento o de la Razón pura - como él lo llama. Nosotros somos freudianos, nietzscheanos; heredamos la sospecha y no podemos volver a creer en un sujeto epistémico “puro” porque, esencialmente, tampoco el “objeto” lo es (el mundo es mi representación diría Schopenhauer), lo cual sin embargo no conlleva abandonar toda noción de sujeto (rasgo en común que presentan tanto Foucault como Lacan). El referente está perdido y esto conlleva una relación ya no “sujeto-objeto” sino “sujeto-signo”. Pero somos posmodernos y, aquí, es harto válido traer a colación un paréntesis de Foucault en relación a cómo sacuden la última relación sugerida los tres grandes pensadores mencionados:

“Marx, Nietzsche y Freud no han multiplicado, en manera alguna, los signos en el mundo occidental. No han dado un sentido nuevo a las cosas que no tenían sentido. Ellos han cambiado, en realidad, la naturaleza del signo…”

Si el signo es ya una interpretación y no una inocente herramienta de aprehensión del mundo, entonces el sujeto deja de ser dueño de lo real para pasar a ser marioneta de la cadena significante. Retomando la cuestión de la pureza, diremos que no hay ya signo puro que exista. La muerte del discurso es creer en la idea de un signo no interpretans. Recuérdese el esquema tripartito de Peirce y su referencia al interpretante. Es la alienación, la petrificación, la abolición misma del sujeto equívoco de la palabra y el deseo – eso es en resumidas cuentas lo que Bifo llama, a nuestro entender, “semiocapitalismo”, el avance del Signo desprendido de la Vida e imponiendo la virulencia de la Muerte. No hay que olvidar que el deseo y el sujeto son la falla misma del lenguaje como maquinaria. Y, por otro lado, sin ahorrarnos una crítica a la mentalidad kantiana, sostenemos que nada es menos puro que la Razón.

Decir que somos herederos del sospechar intempestivo nos sitúa de cara a una analítica de la verdad subjetiva. El supuesto del Sujeto como instancia operativa e instancia ética nos facilita una visión mucho menos tecno-crática y estéril del hombre, aquí, en el Siglo XXI. Podríamos decir: rescatar a los SUJETHOS. Sin embargo, hay que distinguir la vertiente de la subjetividad, por un lado, y en el terreno propio del psicoanálisis, por el otro. Nos referimos a las nociones de subjetividad y de sujeto que deben ser discriminadas pero no distanciadas de manera tan radical como algunos analistas quisieran hacer, no vaya a ser cosa que el psicoanálisis se torne demasiado “progresista” o “psicológico” y tengan que dedicarse lisa y llanamente a la Psiquiatría. Vale aclarar que con el término SUJETO se hace referencia a una explanada de combates teórico-prácticos que se viene arrastrando desde hace varios siglos. No es nuestra intención esclarecer este embrollo, mucho menos en el marco de unas simples líneas especulativas. Les dejamos ese trabajo a los eruditos de siempre. Persistamos con lo nuestro.  

Un ethos del pensamiento es rescatar al sujeto del significante creyendo que puede hacerse cargo de su neurosis estructural. ¿Por qué vía? Por la vía de la toma de la palabra, única nave posible en el ámbito de la navegación espiritual. Pero…    

     
… crítico?

1
Si nos remitimos a la primera parte de la cita de Yágüez en el ítem anterior, allí aparece una precisión muy ajustada en relación con la modalidad del pensamiento involucrado. Se trata de una posición crítica, de un pensar interpelador, instituyente, cuestionador, nietzscheanamente demoledor. No es la ética de un pensar utilitarista, ni estoico ni hedonista. A nuestro entender, y en este plano puede no seguirnos el lector, es un pensar íntimamente solidario con la ética del psicoanálisis. Nos atreveríamos a situar en la cúspide del pensamiento crítico – esta es nuestra articulación - al deseo del psicoanalista, función crítica par excellence en relación al sujeto destinada a sacar al Dasein de la estulticia o existencia inauténtica, del “se dice”, para llevarlo, a través del desasimiento o desprendimiento, a un estado de separación productiva con consecuencias de transformación reales y radicales, en el sentido de un cimbronazo existencial que nos sitúe en otro lugar más próximo ya no a la verdad sino a lo real, al decir. Que (se) diga, en toda la ambigüedad que tiene esta formulación. No es otra nuestra política. Esto es lo que se llama «tomar la palabra», efectuar una metáfora en la que esté comprometido todo mi ser, no solamente mi Ego, mi ilusión de existir, sino la raíz misma que son mis sobredeterminaciones (que me hacen ex-sistir), desde las más sociohistóricas, económicas y políticas, hasta las más personales del orden familiar, inconscientes, que son las que precisan específicamente al trabajo analítico. La verdad no es el fin último ni del pensar crítico ni del tratamiento analítico: el asunto pasa por rectificar la propia posición en relación a lo real. Ir más allá de su padecimiento o de su desmentida, que son básicamente la misma cosa. Caminar altivamente hacia su aceptación, que es también la de la finitud y la del goce no-todo.

2

Ahora haremos una breve referencia a una noción íntimamente ligada al tema de la singularidad – meollo de todo lo dicho hasta aquí – y que es lo que se dice el estilo. Para eso, nos referiremos a algunos desarrollos de Erik Porge, fuerte referente del pensamiento lacaniano francés, extraídos de su libro Transmitir la clínica psicoanalítica. Freud, Lacan, hoy. Allí, nos dice lo siguiente:

“El no-sentido es suplementario del sentido.”

Es decir, no es complementario. Esto nos lleva a preguntarnos respecto de cuál sería el complemento del mismo. Podemos arriesgar, dado que somos psicoanalistas y no lingüistas, que su complemento es el síntoma neurótico, lo cual se sabe desde que existe el freudismo. Hay un rostro del síntoma que es significado cuya interpretación lo disuelve. Continúa Porge:

“Este suplemento es falta de sentido y le falta el sentido. Como tal, está vinculado con un deseo, una falta en ser cuyo objeto es a, metonímico, es el soporte del fantasma.”

Si el complemento del sentido es el síntoma – y al revés -, no obstante, su suplemento es del orden del deseo en tanto metonimia de la falta en ser. El a, es la cuota de no-sentido de toda fantasía ya que remite a lo que de origen pulsional posee el síntoma.    

“Si se puede sostener la afirmación según la cual decir de otra manera lo mismo es decir otra cosa, es del punto de vista del deseo y no del sentido. Esa “otra cosa” representa el lugar del deseo. El deseo es llevado por la manera de decir de otro modo lo mismo.”

El sujeto o es siempre dicho de otra manera, sesión tras sesión, o no es enunciado, se le está hablando al yo. Sabemos de la imposibilidad de decir (representar) al sujeto del deseo inconsciente. Sin embargo, al decir de “lo mismo” – la novela, la ficción sufriente que el analizante se ve llevado a repetir, etc., - cada vez y cada vez, el goce sintomático pierde fijeza porque las condiciones significantes que lo formalizan son conmovidas. Esto tiene que ver con el deseo del analista puesto que es su escucha la que debe puntuar la diferencia.

Finalmente, un poco más abajo, el autor agrega:

“El estilo es esa dimensión suplementaria en el sentido de que tiene que ver con la manera de decir y se hace a la vez el soporte del deseo y causa de división del sujeto.”

El estilo nos habla de la especificidad de un recorrido en la superficie de una textura, cómo se va delineando singular y originalmente un trayecto, siempre legible après coup en tanto no es anticipable, sino sorpresivo, no-calculable. El stilus es el losange que refiere y sitúa la huella del lazo particularizado – privilegiado, especial - del sujeto para con el objeto que lo causa (la distancia, la medida, la frecuencia. El losange tiene una implicancia temporal, también, rítmica en tanto alude a lo que es insistente, repetitivo mas no desde una mirada biológica). Cómo se ubica, para poder hacerse-de-él (genitivo subjetivo y objetivo), en esa historia que es el fantasme. El fantasma como estructura en sí, vela la horrorosa castración del gran Otro, en el punto donde la existencia sería imposible estando de cara plenamente a lo real, de un modo continuo: ¿podríamos ser en falta todo el tiempo? Si en el fantasma estamos sin falta por el otorgamiento de un objeto postizo del perdido originariamente, más allá de él somos la falta de sujeto misma pero no como puro significante, dado que eso es, a mi entender, pre-fantasmático. Algo pos-fantasmático debe pensarse por la vía de hacerse a, del acto. De la acción.

Hablando internamente a la lógica de la función que es el fantasma, podemos pensar que es el único espacio subjetivo donde es dable y pensable un erotismo y un lazo social. Las neurosis actuales no son fantasmáticas sino más bien pulsionales, es decir, autoeróticas. El circuito pulsional diríamos que casi es acéfalo de Eros, y por eso es necesario el montaje fantasmático, la escena, los elementos fetichizados que despiertan y sostienen el deseo. Pero a condición de no creer que el deseo se sostenga en el sentido; en definitiva, en el Yo. Porque el deseo se sostiene justamente gracias a que no-todo el goce entra en lo simbólico (y, gracias a él, ni en lo imaginario). Hay un resto de satisfacción que puede devenir otra cosa, que no está definido de manera radical y última, porque no es apropiable narcisísticamente. De ahí remite la importancia de someter a crítica ese texto sujetador que reprime el estilo para intentar siempre fracasadamente de subjetivar el Real que se nos escapa por nuestra constitución significante misma, tarea imposible de llevar adelante de manera definitiva, lo que no impide que – siendo realistas – la añoremos. La poesía es un excelente ejemplo de cómo, vía el estilo, lo fijo pasa al territorio del movimiento. Por eso es, como el psicoanálisis, pensamiento crítico en acto.

Ramos Mejia. Año 2018

miércoles, 24 de enero de 2018

Escena política – Domingo 23 de Octubre de 2016 - Crónica implicada



Introducción
A través de este texto, subjetivo, me propongo relatar un poco la experiencia que se dio en el marco del Congreso Transversal del colectivo ESCENA POLÍTICA, constituido por diversos artistas militantes de ningún partido político en especial, sino de la cuestión artística misma.
Mi asistencia se dio en el marco del día final en donde confluyeron cuatro talleres diferentes “para crear el Comité Cósmico de Crisis”:
Cartelismo
Cancionero
Corte de ruta y pasarela
Diseño de movimiento colectivo
Participé específicamente en el vinculado al Diseño de movimiento colectivo que estuvo bajo la coordinación del Foro de Danza en Acción. Posteriormente, me sumé a la caminata denominada “Salida a la Ciudad” de la que también haré un comentario líneas más abajo. Como puede verse, todo tenía un nombre específicamente delimitado, una denominación, una funcionalidad. Desde el vamos, quisiera dejar claro que esta es una crónica implicada, es decir, no será una mera descripción del acontecer sino una puesta en palabras de una perspectiva crítica y comprometida del hecho sucedido.

“Lo que se vio”
Antes de hablar concretamente del Taller al que asistí, relataré muy sucintamente qué cuestiones surgieron en los otros espacios, desde lo que se dejó ver, oír, sentir.
La primera impresión es fuerte, cuando uno se aproxima al hall del Torcuato Tasso, por cuanto rápidamente se muestra una decena de cuerpos semi-desnudos que caminan dentro de lo que fue el “corte de ruta y pasarela”. En este Taller predominaron los “cuerpos rebeldes” (sic), es decir, sujetos reivindicativos de la pluralidad sexual, críticos de la hetero-norma y afines a los movimientos “gay and lesbians”. Fue el más provocador de los cuatro, pero cada uno tuvo su importancia y su magia. El juego del contraste, que puede suponer cortar la ruta y hacer un desfile, apuntó a un efecto de descolocación del sentido común, para el que el piquete debe ser algo tosco, rudo, agresivo y totalmente lejano a un desfile de modelitos. Acá, por el contrario, se veían cuerpos juveniles intensos y sexuados, eróticos, vivos. Pero tampoco era un evento de moda sino una marcha política. Intentaba transmitir un mensaje de protesta.
En cuanto a los otros dos talleres, el cancionero y el de cartelismo, fueron quizá los menos originales, pero sobremanera necesarios a la hora de expresar el susodicho mensaje de un modo contundente, máxime cuando el colectivo se dispuso a intervenir en la vía pública. Hubo consignas en contra del fascismo, del macrismo, del machismo y a favor de la femineidad. También líneas de sentido que apuntaban a la construcción de «poder social». Un cartel decía “la publicidad arruina tu mente”.

Construir movimiento en masa
Ahora me dispongo a hablar de la actividad de la que efectivamente participé. Fue la primera vez que asisto a este tipo de experiencia. Se trataba de gestar un Uno entre varios, pero un Uno inestable, movedizo, fluyente: para nada al estilo Parménides. Heracliteánamente fuimos dándole forma a ese Uno del devenir, del movimiento y del deseo.
En primer lugar, jugamos a la conexión táctil ínfima, en grupo, conectando desde lo más pequeño, sintiendo y dejándonos llevar por la “información” que el cuerpo propio recibía del exterior. Apuntando a esa extimidad de la que tanto hablan los psicoanalistas. En otras palabras, buscando lo más íntimo en el exterior para dar con lo más ajeno dentro de sí.    
Caminamos de manera grupal, siguiendo la lógica del “contagio” en relación a la forma que realizaba el compañero, y de este modo fuimos un largo un gusano que reptaba por el espacio, derramando silencio, deformando la temporalidad habitual, por cuanto el reloj allí no tenía cabida en ese corte en acto que supone toda dramatización. Dramatización pura, sin guión más que el del fantasma individual (del que nada se dijo concretamente, por ser una investigación ajena a la propuesta del Congreso).
Hubo otro ejercicio que consistió en elegir un par con el que mirarse fijamente a los ojos, diez minutos. Diez minutos imaginarios, no necesariamente reales. Esta tarea supuso angustiarse un poco; ¿qué quiere el otro de mí? ¿qué represento ante su mirada? Detrás de esa mirada, sólo yace un ojo, un órgano biológico que denuncia que a fin de cuentas somos naturaleza y nada más – MUERTE – VIDA – NACIMIENTO – DESEO SEXUAL – EXTRAÑAMIENTO. El cuerpo como multiplicidad vertiginosa.
Como cuarta tarea, tuvimos que subir colectivamente una escalera. Nuevamente “gusaneamos”, rozando piel con piel. Para qué negarlo, hubo roces fuertes. Tetas, culos, pijas. Suspiros, ¿incomodidades? La verticalidad de la subida daba más lugar a las mismas, cosa que no había sucedido hasta el momento y que se perdió después, en la última consigna. Fue uno de los momentos de mayor esfuerzo físico también. Sirvió para soltarse y disfrutar mucho más de la escena final, en la terraza.
En la terraza nos soltamos bastante. Corrimos, nos abrazamos. Sinceramente, supuso una experiencia formidable. De creación, conexión, construcción, búsqueda, empatía, solidaridad, apuesta. Lo racional y yoico no tenía lugar en este estar-sin-sentido pero con un objetivo que era el de producir movimiento en masa. O sea, a fin de cuentas, tomar conciencia de aquello que estamos permanentemente haciendo, por ejemplo en un subte, pero desconectando la corporalidad del sufrimiento que involucra todo el eje del día en día, en su ritualización de conductas “coherentes” y esperables donde las Ideas – así con mayúsculas – pretenden imponer la dirección. Aquí quien marcaba la orientación eran la espontaneidad y la intuición.
Hacia el final se reflexionó sobre lo sucedido durante todo el taller y se pensó cómo sería la puesta en marcha del Comité.

Salida a la calle
No podía ser de otra manera, “cortar” con el sitio de origen supuso resistencias. Que nos olvidamos el cargador, el buzo, todavía no estoy lista, de quién son estos anteojos, falta serigrafiar unas remeras. Obviamente, hay una distancia importante entre estar ensayando acciones, practicando lúdicamente y sabiendo que uno se puede equivocar que, salida mediante, estar “a cielo abierto” bajo la mirada ya no de los otros inmediatos sino de esos más genuinamente otros. La alteridad de la vía pública. El vecindario nos recibió con amabilidad y sorpresa. Nos cruzamos tres Fuerzas de Seguridad diferentes: la Policía Federal. La policía metropolitana (que nos custodió una parte del trayecto, luego de que nuestra abogada hablara brevemente con unos efectivos). Por último, la Prefectura, ya en destino.
La caminata fue divertida, un poco híbrida en cuanto a la manifestación. El colectivo de diseño de movimiento se mostró algo inconsistente. Aunque es entendible que no es lo mismo estar dentro de un lugar destinado a su realización que la intervención y el despliegue en lo callejero. Las canciones amalgamaban declamaciones sexistas y sugerencias políticas. Todo se desarrolló pacíficamente y se dio fin para anunciar el cierre a cargo de la fiesta durante la noche, a la que no fui.

Escena Política y Política de la escena. Críticas, reflexiones, inconclusiones.  
Voy a tratar de no pensar mucho lo que sigue, para que fluya el libre discurrir de un discurso serio.
En relación con la salida al espacio común, yendo de atrás hacia adelante, a mi parecer falto mayor énfasis en lo que yo creo que es la esencia del “colectivo de artistas escénicos”, justamente, la lucha por el Arte, por la Escena que implica de por sí una Política. Cobró bastante relevancia (quizá por el momento actual del país), el tema de la crítica al “patriarcado”, aunque no hubo referencias específicas al NI UNA MENOS.
Yo entiendo al colectivo como un grupo destinado a demandar mayor intervención/ regulación estatal en relación las prácticas artísticas dentro de lo que es Ciudad de Buenos Aires. O sea, que el Gobierno se haga cargo de brindarle a los artistas la posibilidad de vivir de aquello que saben y gustan de hacer, sin tener que depender eternamente de un papá que banque la movida – la parte no denunciada del famoso Patriarcado, por cierto. El problema que acá se puede registrar, es que en el fondo hay una transferencia de la exigencia al padre hacia el pedido al Estado, que figura como un nuevo dady. Es decir, queda en suspenso una reflexión sobre la edificación de autonomía y autogestión. Me estoy basando en la charla que sostuvimos con algunos representantes en el Bar MU, aclaro.    
La pelea por los derechos culturales, no debe ser separada de la disputa en el terreno de lo que es la Salud y la Educación. En este punto, sinceramente, no creo que sea factible lograr muchos avances sin una estructura mayor tal y como lo son los partidos políticos, que desde mi punto de vista no son necesariamente algo negativo. Hacen posibles muchos avances legales que introducen efectos en lo real de las prácticas. Desde ya, cada cual reclama desde donde quiere y/o puede.
Otra crítica es que este tipo de actividades, por lo general, queda circunscripto a cierto sector social. En términos marxistas, clases medias e infiltrados de clases altas con conciencia de culpa burguesa. No hay pobres que se enteren de estas propuestas o que se interesen en ellas. El por qué, excede los límites de esta crónica aunque una conjetura es que la dimensión del deseo – propia de toda realización artística – plantea la condición de un “más allá de la necesidad”. Quizá los caminos de la difusión fueron muy acordes a los mismos senderos de siempre donde es difícil que se entere alguien que no está en el circuito. El círculo escénico termina muchas veces reproduciendo una lógica elitista bastante contraria a su propio espíritu de subversión.
Desde Freud, sabemos que sería delicado ponerse a opinar sobre las elecciones sexuales de cada ser hablante. Solamente agregar que para hacer un despliegue cultural tan elaborado y elevado, grandes cantidades de represión sexual son necesarias. Esto puede sonar a delirio, pero el pensamiento psicoanalítico es así de directo. Lo cual abre la paradoja respecto del grado de “liberación” subjetivo que realmente estaría en juego cuando se arman eventos de este orden.
Por otro lado, siguiendo la mirada de Michel Foucault, es importante interrogarse por la lógica disciplinaria. Si acaso no estamos siendo útiles a algún tipo de poder silencioso allí donde nos auto-convencemos de estar siendo súper-revolucionarios. ¿Esto es acción crítica o un mero divertimento posmoderno? Sé que son picantes estas preguntas, pero preferible hacerlas que no. Me hago cargo de las mismas porque también participé del Congreso y apoyé sus consignas.
Finalmente, Nietzsche nos advierte de la voluntad de poder que hay detrás de toda crítica al Poder consistente y detentado: ¿no buscaremos acaso enseñorearnos nosotros también detrás de nuestras diatribas colectivas en miras de posicionar nuestro vanidoso Ego más cerca del IDEAL que la época reclama (contemporaneidad de reality show, redes sociales, la imagen es todo, etc.)? Esto es, ¿no será que nuestro narcisismo nos engaña haciéndonos creer que buscamos un mayor compromiso colectivo cuando en verdad lo único que queremos es el crecimiento de nuestra fuerza individual?
Con este último interrogante, termino mi crónica.

Buenos Aires, Octubre de 2016.
         

sábado, 20 de enero de 2018

“DEL MALESTAR EN LA CIUDADANÍA (Y DE OTROS MALESTARES)”



“Las ideas son hoy el instrumento esencial en la lucha de nuestra especie por su propia salvación. Y las ideas nacen de la educación. Los valores fundamentales, entre ellos la ética, se siembran a través de ellas.”

(Fidel Castro, 07/02/2003)

Introducción

¿Qué pueden aportar el psicoanálisis en particular y el pensamiento crítico en general al combate frente al malestar en la ciudadanía (CULLEN, 2007)? Nótese la cercanía con el título archiconocido de Freud. Pero en este caso, nos compele la cuestión cívica, no tanto la universalidad de la “Civilización” o de la “Cultura”, sino el espacio acotado de la articulación entre un Estado de Derecho y aquellos que permanecen sujetos a sus obligaciones y – justamente - derechos, que dicha Institución define y engloba (tratando de pensar también en quienes quedan «forcluidos» del sistema establecido). No creemos, no obstante, que la condición ciudadana esté únicamente otorgada por la entidad estatal. La así llamada “carta de ciudadanía”, más bien, está sobre-determinada por un conjunto de factores o, lo que es lo mismo, existen diversos modos de entender el concepto de ciudadanía más allá de la lógica estatista (cuestión que veremos en breve).

Ciudadanía involucra una de las aristas que colocan al hombre en su conexión con el corpus social en tanto tal. Se trata de un cuerpo societal elaborado, padre de normas e hijo de mandatos transmitidos. Un social Ideal del yo pero también fácilmente convertible en superyó. La ciudadanía puede volverse cruel en tanto plantea un costo que puede ser difícil de pagar (o, hasta diríamos, imposible) por grandes cantidades de individuos que quedan precisamente por ese hecho excluidos (forcluidos, en nuestros términos, como decíamos más arriba) de la economía ciudadana entendiendo a ésta como algo más que un simple fluir de intensidades monetarias o comerciales, sino también como una intensidad dada en una superficie (los cuerpos, los espacios, el territorio; en suma, toda la geografía cívica) sobre la que circulan afectos, pasiones, deseos, saberes, goces, síntomas, identificaciones, pactos, secretos, decires, etcétera. Discurrir de transacciones subjetivantes de la que el sujeto de la necesidad queda privado (“objetivación”). Para el caso, el pobre. ¿Qué hacemos con los pobres, es decir, con esos seres del conjunto de ciudadanos que están al límite del engranaje societal articulado y funcional? Esta pregunta ostenta una sobredosis de fascismo importante, empero. Convendría cuestionarse, en cambio: ¿Qué hacemos con la pobreza? Inclusive, mucho mejor que esta: ¿Qué se hace con la desigualdad? (que no lo real de la diferencia en tanto irreductible).

En este punto, y para no desviarnos tanto del asunto que articula este Capítulo, diremos rápidamente que el quid de la cuestión pasa por qué hace cada cual con su pobreza. Y no entiéndase únicamente por pobreza, la carencia material (de dinero, de propiedades y bienes en general), sino que también es la chatura (no la tachadura, mucho más interesante), la mediocridad galopante de los conformistas envidiosos de siempre (incapaces de alegrarse por el logro ajeno y defensores acérrimos del empate), en definitiva, la pobreza de miras, esa incapacidad tan neurótica de soslayar el pequeño ego, de llevar todo hacia el plano de lo común, de lo medible, de lo comparable, de «lo Uno». O sea, del falo en su vertiente imaginaria como significación residual cuya resonancia contamina las acciones ulteriores al Edipo reprimido, imposibilitando que se desplieguen actos verdaderos, foráneos a una lógica reduccionista y cosificante. El estulto está en el fantasma, gozando como cerdo, comprometido a nivel de un deseo aletargado e intoxicado que lo sujeta de manera determinante a repetir mecanismos – y a reproducir lógicas - sin poder salir del, y sin poder cortar con, el circuito del goce. Ese del que tanto se queja.

El psicoanálisis aporta las herramientas para que la subjetividad pueda reencontrase consigo misma. El pensamiento crítico supone un agente que, pese a estar supeditado a fuerzas que le son decisivas y excedentes, se responsabiliza creyendo que algo es posible de transformar. Esta es la definición misma del pensar críticamente: ir más allá de lo dado, de lo que se creía inconmovible, aún en el propio ser (llámese “destino”, “esencia” o “fatalidad”).

Comprometerse: ¿cómo? Implicarse: ¿de qué manera? Hay vías específicas de acción. Organizarse, unirse, protestar, tomar la palabra (decir), salir (cortar), moverse (cambiar), solidarizarse (deponer o posponer – en el sentido de “hoy por ti…” - el narcisismo). Denunciar. Debatir, ante todo, sin violencia ni agresiones, pero tampoco con claudicaciones o concesiones. Tanto el psicoanálisis como el pensamiento crítico son territorios agresivos en el sentido de combativos y valientes. No son espacios para cualquiera, como ningún tipo de militancia lo es. Esto no invita a interpretar el compromiso como guerra o como pelea permanente. En todo caso, esa batalla es contra las propias insulsas ilusiones, el propio masoquismo y la propia culpa que impiden crecer. En definitiva, el ataque (evitando hablar así de la tan mentada “defensa”) esencial es contra el propio goce en tanto tal. Lacan nos enseñó que lo fundamental de la experiencia psicoanalítica no debe precisarse por las vía de los mecanismos defensivos, siempre fallidos y a fin de cuentas fortalecedores de lo menos interesante del sujeto. Al contrario, no hay mejor defensa que un buen ataque. Y atacar es dirigirse valientemente hacia el deseo.

Involucrarse como ciudadano partícipe de una Sociedad (y no meramente parte), conlleva un beneficio ante todo para sí mismo, en tanto y en cuanto le posibilita al sujeto correrse de los avances despiadados de los ambiciosos y egoístas imborrables. Esos que siempre existieron y que siempre existirán, llegando al extremo de la canallada e inclusive de la monstruosidad (como los torturadores). No dejarse atropellar, ni robar derechos, conquistas, pelearle al oscurantismo ideológico, material, dirigente o empresarial. Como psicoanalistas, concretamente, no nos es dable hacer la vista gorda frente a la orientación de un país en términos derechistas y neoliberales nuevamente, en el sentido de una alienación cultural y nacional que produjo efectos psíquicos graves en nuestra sociedad. Desde el punto de vista de la Salud Mental, el neoliberalismo representa el predominio de la cultura del descarte (que no excluye descartar personas), de la desgracia de la mayoría, la avidez al poder, el goce consumista como imperativo. La castración allí es desmentida porque el emblema mercantilista y toda la pompa de prejuicios que consigo acarrea (ideas falsas como “ser para tener” o “tener para ser”, “felicidad”, “progreso”, “pobreza cero”), se propone suturarla, siendo el capitalismo una utopía de la que no nos podemos desprender. La carencia de referentes simbólicos reguladores, hace que retornen las subjetividades de manera estrambótica (nuevas patologías). Si todo es el libre mercado, la ausencia de nombres no impide que la pulsión maneje los cuerpos a piacere. El neoliberalismo es la anarquía pulsional llevada al terreno de las relaciones inter-económicas. Además, su lógica es inseparable de la de la colonialidad (QUIJANO), porque es moderno como esta última. El planteo es: manda el más fuerte. La moneda más potente, la economía más férrea. Desprotección de los más vulnerables, con efectos de empobrecimiento en todo nivel. La mentira de que “somos todos iguales” y que por eso debe imperar la merito-cracia encubre anhelos subrepticios de que la plutocracia y la aristocracia sean los regímenes dominantes. Somos todos iguales, menos los que son distintos, habría que agregar. Eso es fascismo puro. Pero nosotros estamos del lado de la democracia, único esquema político donde el deseo hace nudo con una concepción genuina (y no ingenua) de libertad.

“Dicen que el peligro nos acecha, pero el peligro son ellos y por eso hay que seguir…”

Nunca mejor dicho, tomando prestada la reflexión de los muchachos de La Mancha de Rolando. Die Gefahr es la tecno-cracia imperante, aliada al ultra-neo-libera-capita-lismo que sostiene una contemporaneidad arrasada y sin destino a niveles individuales y colectivos. ¿Hacia dónde vamos? ¿Alguien se hace esta pregunta? O mejor dicho: ¿vamos hacia algún lado o ya no hay donde ir? El nihilismo tan denunciado por Nietzsche: ¿hasta qué punto lo hemos eliminado los occidentales? ¿Hay algo en qué creer? ¿Qué valor tienen nuestra Nación, nuestra Patria, nuestra Historia? ¿Al servicio de qué estamos? ¿Somos funcionales a qué lógicas o fuerzas sociales – políticas, económicas, ideológicas, religiosas? ¿Tenemos un mínimo de conciencia de qué articulaciones sostenemos? ¿Cuáles son nuestros a priori?

Como podrá captar el lector, muchas preguntas, pocas respuestas. O quizá, estas preguntas sean la respuesta misma de alguien que se atreve a ejercer el pensamiento crítico. Por suerte, sabemos que hay muchos. Esto no nos consuma místicamente en ninguna síntesis definitiva, solamente nos sitúa en una misma dirección, en una comunidad de enunciación o solidaridad en el decir. La de quienes quieren algo mejor no sólo para sí, sino que – honda preocupación antropológica mediante – también para el otro en tanto otro. Ese otro que indirectamente soy yo mismo. La alteridad me interpela permanentemente y el trato hacia el semejante, es real medida del grado de aceptación de mi propia castración simbólica. Porque yo también soy otro para mí, y el otro-otro, el otro real, es siempre un tercero. Pasemos a los desarrollos pensados para la ocasión, sin más demoras.

Buenos Aires, Año 2018

miércoles, 17 de enero de 2018

La genealogía del sujeto: Técnicas de dominación ◊ Técnicas de sí



En las dos conferencias en Dartmouth, intituladas “Sobre el comienzo de la hermenéutica de sí, 1980”, Foucault rescata la propuesta de Habermas respecto de las técnicas que pueden distinguirse en las sociedades humanas a lo largo de la historia. Estas tres son, según este último: técnicas de producción, técnicas de dominación y técnicas de significación. No obstante, el pensador francés, se ve llevado (tal como es habitual en él) a agregar algo más. Es así que nos dice:

“… hay en todas las sociedades (…), otro tipo de técnicas: técnicas que permiten a los individuos efectuar, por sus propios medios, un cierto número de operaciones sobre sus propios cuerpos, sobre sus propias almas, sobre sus pensamientos, sobre su conducta,  y ello de tal modo que se transforman a sí mismos, se modifican, y alcanzan un cierto estado de perfección, de felicidad o pureza, de poder sobrenatural, etc. Llamamos a esta clase de técnicas, técnicas o tecnologías de sí.”  

Ahora bien, un poco más abajo, introduce un elemento esencial, absolutamente importante para nuestra temática y para nuestro lugar en la Cultura como psicoanalistas:

“… si se quiere analizar la genealogía del sujeto en la civilización occidental, hay que tener en cuenta no sólo las técnicas de dominación, sino también las técnicas de sí. Digamos que se ha de tener en cuenta su interacción…”

Creemos que esta precisión foucaultiana resulta de vigencia crucial para pensar la época. Nos encontramos en un momento de proliferación de terapias pseudo-clínicas, prácticas de sugestión vinculadas en algunos casos a planos “artísticos” o “espirituales” que, operando en el registro del principio de placer, refuerzan realidades crudas y de opresión porque adormecen en lugar de conducir hacia el despertar. En este sentido, son propuestas que muchas veces forman parte de la alienación epocal. No es casual que se presenten bajo la forma de lo agradable, de lo breve, de lo liviano, de lo simple, inclusive de lo SMARTH. Hay una cuota de espiritualidad dentro del mercado mismo además del mismo mercado de la espiritualidad que apunta a un rechazo de la castración muy decidido, que no quiere saber nada de lo real, puesto que prefiere únicamente todo lo que pueda pensarse como pleno, armónico, placentero, transparente, positivo, afirmativo y, más exactamente, renegador. Cuanto menos haya que pensar, que preguntarse, que cuestionar, discutir, debatir, conversar, dialogar, reflexionar, analizar… mejor. Renovada fe en el Ser – nombre de un yogurt muy de moda en estos tiempos de lo liviano -, en el individuo. Coaching ontológico, liderazgo, meritocracia, la infaltable psicoterapia. Pero también yoga, reiki y flores de Bach. No se trata de pretender que el Psicoanálisis sea la ÚNICA vía de subversión subjetiva con consecuencias. Pero sí de diferenciarlo y desmarcarlo de todas aquellas propuestas que pretenden haberlo superado luego de una supuesta “depuración” de sus elementos más anacrónicos (que en realidad son los más escandalosos), como en el caso de muchas psicoterapias ´psicoanalíticas´.    

Una genealogía de la clínica psicoanalítica, nos llevaría a registrar que nace de la objetivación médica del paciente, mas para dar un paso al costado de cualquier técnica de dominación (es archisabido que Freud abandona la hipnosis y la sugestión). Tiene un origen que la enlaza con las técnicas de sí, mas se diferencia de ellas en el punto donde no propone ninguna aspiración ideal hacia la felicidad, la perfección, la pureza. Es una propuesta crítica        y una apuesta ética en medio de la maleza de pseudo-soluciones al conflicto existencial. El psicoanálisis no cree que haya que “solucionar” la existencia. Se puede elaborar lo traumático de estar-ahí, arrojado a la tierra y su sin sentido. No es reversible esta condición.    

domingo, 14 de enero de 2018

“Sin Otro, del Otro”




“Yo no canto para todos, sino para cada uno”
(Atahualpa Yupanqui)

Decía Lacan: “La verdad no es otra cosa sino aquello de lo cual el saber no puede enterarse de que lo sabe sino haciendo actuar su ignorancia.” Es decir, el saber va al lugar de la verdad sí y sólo si es un saber inconsciente, vale situar, un saber inagenciado por la Sustancia pensante, por el Sujeto unificante y subjetivante, dueño de las representaciones: su Majestad, el «Yo». El dueño del Saber es el Otro sin barradura, ese que desea ser - o del que desea depender - el obsesivo, en su afán de control y de cálculo.

Al punto en donde el saber se entera de la verdad haciendo actuar su ignorancia, Lacan lo define como una crisis real. Podríamos vincularlo, por qué no, con la emergencia de la angustia. Crisis real en el Otro, tragedia que repercute en la ontología del sujeto que se pretendía definido y conforme. Una interpretación psicoanalítica es una crisis real ya que apunta precisamente a la inexistencia del Otro del Otro. Prosigue Lacan:

“Esta dialéctica [la hegeliana] es convergente y va a la coyuntura definida como saber absoluto. Tal como es deducida, no puede ser sino la conjunción de lo simbólico con un real del que ya no hay nada que esperar. ¿Qué es esto sino un sujeto acabado en su identidad consigo mismo? En lo cual se lee que ese sujeto está perfecto allí y que es la hipótesis fundamental de todo este proceso. Es nombrado en efecto como su sustrato, se llama el Selbstbewusstsein, el ser de sí consciente, omniconsciente.”

Es el sueño del obsesivo, devenir un ser omniconsciente, dominador del inconsciente y de sus argucias. La plena simbolización, racionalización y formalización (¿formolización?) de lo real, la adecuación exacta entre sus teatros (teorías, sentidos, ficciones) y el devenir (la multiplicidad). Quizá por esto tanto a Freud como a Lacan no les agradaba la posición de la Filosofía, por su tendencia al cosmovisionismo, lindante con la paranoia, posición subjetiva para la cual el Otro sabe (nombra) todo, para la cual todo el Otro está nombrado (hay Otro del Otro). Sin ambages, Lacan definía al discurso filosófico como una variante del discurso del amo. La interpretación delirante nos habla de un Otro del Otro. La interpretación psicoanalítica nos habla de su inexistencia. Si la interpretación analítica no conmueve la enunciación psicótica es porque el “sujeto” aparece allí como puro-enunciado. El obsesivo se pretende puro-enunciado. Por suerte la angustia lo pone en su lugar de vez en cuando (eventualmente, una mujer). La Ciencia, en su pretensión de universalidad, no hace algo muy distinto cuando descarta lo singular, esto es, el rasgo que al pensar crítico debe interesarle.

Prosigue Lacan en donde estábamos:

“¿Quién no ve la distancia que separa la desgracia de la conciencia de la cual, (…), puede decirse que sigue siendo suspensión de un saber [siempre posible y próximo a advenir como absoluto]- del malestar en la civilización en Freud, aun cuando sólo sea en el soplo de una frase como desautorizada donde nos señala lo que, leyéndolo, no puede articularse sino como la relación oblicua (…) que separa al sujeto del sexo?”

Veamos. La relación oblicua no es otra cosa sino la inexistencia de la relación sexual de la que hablará el analista francés tiempo después, pero que está presente desde los inicios de su enseñanza (en el Seminario IV no deja de insistir en “la carencia de objeto” como motor del sujeto). La conciencia desgraciada nada tiene que ver con el sujeto de la falta. Lacan se burla, del algún modo, del planteo hegeliano situando la primacía en su pensamiento de la formulación freudiana. El malestar en la civilización es el malestar del goce, aquello que hace que la cosa no ande. La tecnocracia posmoderna pretende suturar (y no suplir) esa hiancia irreparable, ese lapsus irreductible que es el no-relación sexual.

El goce en el síntoma es disidente con la pretendida funcionalidad del Sistema.

Al Sistema le viene bien el goce de las neurosis actuales, la toxicidad misma del aparato psíquico, la hiper-estimulación aplastante que impida la reflexión crítica. El significante stress o su partenaire infaltable, el ataque de pánico, nos hablan de cuerpos des-erotizados, maquinales, robotizados, asexuados. No hay tramitación vía el inconsciente como aquello que resta al Otro, que descompleta al Amo. Más neuróticos actuales y menos histéricas, en tanto la histérica, como lo muestra la historia misma del psicoanálisis, necesariamente convoca a esa otra escena que es el inconsciente freudiano. A partir de allí se abre la vía del sujeto, del deseo y de la transformación.

Cuerpos inundados, autoerotismo, llamados a nadie, silencio pulsional, mutismo del trabajador infatigable que sostiene laboriosamente al Sistema que demanda y demanda. Un síntoma histérico es un llamado a la interpretación. El inconsciente es un saber-hacer - una defensa - con el goce mortificante de lalengua. Implica, entonces, tramitación del goce. Si la histérica se defiende de ese opaco das Ding vía la acentuación de su falla - intensificando su deseo para la huída (demanda de puro deseo, deseo de insatisfacción) -, el obsesivo pretende matar enteramente la cosa. “La palabra mata la cosa”, en efecto, pero no completamente, aunque este sea el ensueño del obsesivo, ya que queda ese resto que es el objeto a. El obsesivo pretende la sutura plena de la hiancia en el Otro traumatizante, desea la pura demanda (lo imposible), la inexistencia del goce y del deseo. Un mundo sin opacidad o reducido a una opacidad controlada (por él). Anhelo de la “pura transparencia”, de la “cristalina limpidez”.

Pero yendo al punto, lo que me interesa destacar es que ambas posiciones (la histérica y la obsesiva) ya ponen en juego una defensa frente al goce aplastante, tendiente a la robotización del sujeto. Lo que se propone desde el Sistema como mortificación cotidiana, inundación de los cuerpos, va más bien en la línea de forcluir el inconsciente. Esta es la propuesta contemporánea y es lo que predomina en sectores sociales de pobreza, principalmente. No se trata de la boludez de que “el psicoanálisis es para burgueses”. Se trata más bien de denunciar que el Sistema cercena la subjetividad reduciendo al hablante a su objetivación por el goce mortificante de lalengua.

Por otro lado, me juego a que la televisión en esto que pasa tiene muchísimo que ver. Siempre habla el Otro, nada del orden del diálogo. Con la televisión no se habla. Es más, en la época actual no se habla ni con el celular, ya que “sirve” ampliamente a otros fines, más cercanos al predominio de lo imaginario. Un imaginario avasallante, múltiple, permanente, aplastante y un discurso no dialógico, un simbólico cuasi psicotizante donde el aparato televisión habla permanentemente por el televidente. Hiper-estimulación que fagocita las mentes, cercenando las posibilidades de que emerja pensamiento crítico.

Televisión, internet, celulares, tecnología, más tecnología, psicofarmacología, “Farmacity”… ¡Farma-city! La ciudad del fármaco… proliferación indefinida de objetos de consumo, todos estos modos contemporáneos cerrar la pregunta por la inexistencia de relación sexual.

En internet podemos encontrar ofertas como la del grupo Meetic, Meeticaffinity. Leemos en su sitio web:

“¡La armonía en una pareja es cuestión de afinidad! Te invitamos a descubrir una nueva manera de conocer gente. Meetic, líder de contactos online en Europa, se ha ganado la confianza de millones de solteros ofreciendo un servicio de encuentros de calidad, seguro y moderado. Hoy Meetic innova con la creación de Meetic Affinity. Gracias a este nuevo servicio, te proponemos únicamente a los solteros con los que tienes afinidad. Meetic Affinity te ayuda a conocer personas hechas para ti. Basándonos en tus respuestas al Test de afinidad, determinamos tus coincidencias con otros solteros y te proponemos únicamente a aquellos que responden a tus criterios. Con Meetic Affinity, no tienes que realizar una búsqueda: sencillamente, recibes los perfiles de las personas que comparten tus gustos y tu visión de la vida.”

La sexualidad es constitutiva del sujeto humano. Cada cultura tiene su saber-hacer con la sexualidad. La cultura posmoderna, donde prima una lógica de acumulación de riquezas en pocas manos (grupos económicos)/ forclusión masiva de seres humanos vía la acentuación de la pobreza, propone una modalidad de actuación para con la sexualidad donde estos forcluidos quedan robotizados por la carencia de recursos para hacer con lo sexual. O para volver sexual – erótico – el estar en la Cultura. Pero el autismo también acecha a los más “favorecidos” (acumuladores). Esto que vemos más arriba como Meeticaffinity es una clarísima muestra de que la pregunta por la relación sexual inexistente no cesa de angustiar ya que no cesa de no cerrarse. Aparición de modos renegatorios donde el Saber calculador pretende brindar la garantía del encuentro con la media naranja perdida. Los poderosos buscan salidas alternativas que apacigüen la llama del deseo, disparada por la carencia de objeto-total. Con el dinero se pretende saciar el precio subjetivo que no se quiere pagar.

¿Cuál es el planteo del psicoanálisis en la posmodernidad, frente a tanto pragmautismo? ¿Qué hay del amor en estos tiempos tan autísticos y narcisistas? Decía Lacan el 21 de Enero de 1975: “¿Pues de qué se trata en el amor, sino de fracturar ese muro donde uno no puede sino hacerse un chichón en la frente, puesto que no hay relación sexual?” ¿Tratar de escribir contingentemente algo de lo imposible? Esta es realmente una apuesta formidable. Pero no sin chichones, desde luego, y sin garantías. Mas los chichones son del muro, muro que es el de la relación/proporción sexual, siempre obturada por el falo. Sólo el amor puede hacer condescender el goce al deseo ya que es el amor aquello que introduce la dimensión de la falta. Sólo el amor a una mujer puede hacer que un macho renuncie al goce fálico que lo preserva completito. No se trata de estar más acá del falo (más acá en donde podemos ubicar tanto a las psicosis como a la cultura mortificada, no psicótica pero sí psicotizada – forcluida, objetivada, asexuada), sino más allá.

La orientación es lo femenino: S (Ⱥ).

Veamos qué dijo Lacan de las mujeres. En su Seminario del 20 de febrero de 1973, el analista francés señalaba lo siguiente:

“Sólo hay mujer excluida de la naturaleza de las cosas que es la de las palabras, y hay que decirlo: si de algo se quejan actualmente las mujeres es justamente de eso, sólo que no saben lo que dicen, y allí reside la diferencia entre ellas y yo. No deja de ser cierto, sin embargo, que si la naturaleza de las cosas la excluye, por eso justamente que la hace no toda, la mujer tiene un goce adicional, suplementario respecto a lo que designa como goce la función fálica.”  

Como Lacan mismo lo señala, haber dicho suplementario fue adrede, para evitar decir complementario. Hablando de los goces, Lacan insiste en la no-correspondencia entre lo macho y lo femenino. El complemento, nos llevaría de nuevo, ¿a dónde? Al Todo unificante. Al ex-sistir el suplemento, hay desborde, exceso, no-todo.

Esto nos viene muy bien para pensar la lógica de lo que he desplegado, de alguna manera, a lo largo de este escribir. Por ejemplo, cuando hablaba de una disimetría entre Moral y Ética (como no-todo de la Moral), pues, hacía alusión precisamente a esta dimensión del suplemento. La Ética es a la Moral, entonces, tal y como lo femenino es a lo fálico, es decir: interpelación de su supuesta circularidad, completitud, autosuficiencia. En la lógica psicoanalítica, lo femenino aparece como lo que transciende a lo macho-fálico en su estasis hedonista de libido narcisista, puro goce idiota. Prosigue Lacan:

“Hay un goce de ella, de esa ella que no existe y nada significa. Hay un goce suyo del cual quizá nada sabe ella misma, a no ser que lo siente: eso sí lo sabe. Lo sabe, desde luego, cuando ocurre. No les ocurre a todas.”

Un goce inagenciado por la instancia del Saber, un goce que desborda al Otro del Saber y que va más allá de la Ley fálica, Ф. Sólo sabe que lo siente, si eso ocurre. Pero no sabe de qué se trata eso que sabe que siente. Tematizarlo será mal-decirlo, necesariamente. Eso hace el macho cuando aborda a la mujer, a saber, la mal-dice, la degrada, la aborda desde el falo como significante haciéndola objeto-complemento de su deseo masculino. Vuelvo a Lacan, nuevamente:

“La mística no es todo lo que no es la política. Es una cosa seria, y sabemos de ella por ciertas personas, mujeres en su mayoría, o gente capaz como San Juan de la Cruz, pues ser macho no obliga a colocarse del lado x x. Uno puede colocarse también del lado del no-todo. Hay allí hombres que están tan bien como las mujeres. Son cosas que pasan. Y no por ello deja de irles bien. A pesar, no diré de su falo, sino de lo que a guisa de falo les estorba, sienten, vislumbran, la idea de que debe de haber un goce que esté más allá. Eso se llama un místico.”

Al igual que el hablanteser que goza femeninamente, el místico en su testimonio afirma un goce, pero un goce del que nada sabe. Algo de lo no-mensurable, de lo no-calculable, de lo no-contable se juega en esa experiencia. Lacan se pregunta si no es acaso, ese goce que se siente pero del que nada se sabe, aquello que nos encamina hacia la ex-sistencia. La ex-sistencia como una trascendencia antimetafísica, no supra-mundana sino más allá de lo meramente ente. Ex-sistencia para con el ser de las cosas, que es el ser de las palabras, el Otro del significante. Podríamos situar esto esquemáticamente así:




Si el sujeto encontrara al complemento, esto, retroactivamente, le devolvería una consistencia. No pasa nunca, más que imaginariamente, en tanto el encuentro con el supuesto objeto complementario es más bien la identifijación a algún significante que hable de la omnipotencia del Otro, es decir, al Ideal. Como se sabe, a partir de la introyección del Ideal se constituye y adquiere su estabilidad el ego. Por el contrario, la direccionalidad subjetiva hacia lo suplementario provocaría en su retroacción el advenimiento de la ex-sistencia. Estimo que tal vez sea erróneo hablar de “direccionalidad” por cuanto nos habla de un sujeto que busca. A mi entender, la búsqueda va del lado fálico, macho (Lacan ubica al $ de este lado). Buscar gozar es eminentemente masculino e inclusive histérico. Acentuar la búsqueda para prevenirse del encuentro. Del lado hembra no se busca: se encuentra. El goce femenino, lejos de buscarse como una meta, más bien, ocurre.    

Lo femenino, en psicoanálisis, aparece como lo radicalmente Otro, es decir, aquello que atempera la omnipotencia macha y también al pensar fálico-calculante. Hay cierta equivalencia entre hablar de lo femenino y del no-saber. Lo femenino es uno de los nombres de la falta en el Otro. En Aún, Lacan homologa Ф y S1, significante amo. Uno podría decir, entonces, que el discurso del amo/ inconsciente tiene como dominante al Falo. La constitución del inconsciente será entonces la afirmación de la referencia y de la prevalencia fálicas para un ser hablante, el Falo es “soporte del sujeto”. El Falo insiste con sus efectos de sentido que, no obstante, tarde o temprano encalla, puesto que no hay relación sexual. El sentido (fálico) no es más que semblante y el Falo no es más que suplencia. La política del psicoanálisis apunta a darle lugar al no-todo, a lo que está más allá del falo, del “goce del idiota”. Sacar al sujeto del pragmautismo donde cree existir (consistir), para confrontarlo con el camino conducente a la ex-sistencia. Sacarlo de sí-mismo para confrontarlo con su otredad.  

En este punto podríamos introducir una dicotomía entre un pensar/ decir calculador - renegador - en oposición a un bien decir acerca de la opacidad de lo real. Me atrevería a afirmar que tanto la cura analítica así como el pensamiento crítico en acción¸ son procederes que buscan acentuar el pasaje desde lo primero hacia lo segundo. No puedo evitar, en este punto, pensar en el danzar lenguajero de Zaratustra y en su decir aforístico. Decía Ulloa acerca de este modo de enunciar:  

“Un aforismo como producción perelaborativa, (…), condensa en una frase elegante y cargada de sentido el reflejo de la desmesura entrevisto en el instante de contemplación. Transcurrida esa fugacidad, sólo queda la nostalgia de lo que ya no es, junto a esa joya del pensamiento arrancada a la opacidad. A partir de ese resto, arduamente irá el poeta densificando lo sutil hasta la condensación en obra; de la misma forma el analizante avanzará en su cura. Si poeta y analizante hubieran sostenido la contemplación, tal vez habrían aproximado algo inherente a la mística…”

Puede ser muy angustiante no tener palabras para nombrar acabadamente las verdaderas cosas. El espíritu de la pesadez que sostiene al pensar calculante se aterra frente a la simpleza con que lo real de la vida se sustrae a toda pretendida logicización nominadora, a toda tentativa de hiper-racionalizar lo que acaece. Recuerdo algo que señalaba Alejandro Dolina escribiendo sobre “La ciencia en Flores” (en su clásico Crónicas del Ángel gris):

“Los Refutadores de Leyendas han sostenido siempre que toda la Naturaleza puede expresarse en términos matemáticos. Lo poco que queda fuera no existe.  Así, esta comparsa  racionalista se ha esforzado, utilizando cifras, vectores y logaritmos, en representar cosas tales como el  tango ´El Entrerriano´  o los celos de las novias de la calle Artigas. Cuando fracasaban, simplemente  declaraban superstición lo que no conseguían encuadrar en sus estructuras científicas. Existía un minucioso catálogo de cosas inexistentes que se actualizaba cada año. Allí figuraban los sueños, las esperanzas, el hombre de la bolsa, el alma, el ornitorrinco, el catorce de espadas, el Ángel Gris de Flores, el gol de Ernesto Grillo a los ingleses, la generala servida y la angustia.”

El sujeto que se queda en “lo que se ve”, fiel gozante de los enunciados, se pierde de lo que realmente vale, a saber, lo significativo que allí se despliega, allende la captación yoica y racional de lo que sucede. Se queda en los enunciados sin poder pesquisar la enunciación y el lugar que bien podría ocupar en tal o cual escena, en lugar de evadirla con argumentos racionales. Degradar la situación para no hacerse cargo de la responsabilidad que la misma reclama. Aburrirse de lo que pasa para no posicionarse como agente de producción de eso otro que falta. Estamos en la queja pura y simple, siempre tan igual a sí misma, tan redonda y esférica.

Las verdaderas cosas, aquello que subjetiva a cada cual, no cabe en la ventana por la que el ego mira. Lo deseable, como objeto-meta, motoriza el aburrimiento degradante en tanto lo que sucede efectivamente queda depreciado ya que podría estar sucediendo algo supuestamente más interesante.

Es que toda genuina producción es siempre producción subjetiva. Y toda producción subjetiva conlleva cierta aceptación de la carencia de ser como condición para desplegarse. Un sujeto saturado, lleno, colmado es un sujeto desbordado que cae más bien en cierto lugar objetal, ligado a lo que a ese sujeto se le juega a nivel fantasmático. La repetición está motorizada por el fantasma como escena construida a partir de ciertos significantes englobantes que soportan al sujeto. La subjetividad neurótica implica la insistencia de un material inconsciente que, por estar reprimido, en su retorno colma la realidad conciente y perturba tanto el lazo social como el acto. Inhibición, síntoma y angustia como modos diversos de esa insistencia, de esa perturbación. Un quantum de la vida amorosa del Hombre, en el transcurso de su constitución subjetiva, no encuentra una satisfacción total y es esta parcialidad misma del goce lo que hará a la edificación de sustitutos, de subrogados que vengan a calmar (y a colmar) algo de esa turgencia misma de lo libidinal, de la sexualidad. Se trata del territorio de la fantasía en donde el principio del placer continúa imperando en cierta medida y en donde el sujeto encuentra un objeto complementario. Como lo plantea claramente Freud en El proyecto, lo que promueve lo fantasmático, el primado del principio del placer y la realización alucinatoria de deseo, es la vivencia de satisfacción ligada al Otro. El Otro que sí responde instala una vía facilitada que tenderá a la identidad de percepción. Ahora bien, más allá de la vivencia de satisfacción, está la vivencia de dolor que es el (des)encuentro con la no-respuesta del Otro, con la falta. Instante traumático que cuestiona la otrora garantida presencia constante del Otro maeterno y que deja un resto al que llamamos afecto, o sea, la angustia. En otras palabras, al develarse problemática la satisfacción ligada a lo fantasmático, en tanto la tensión psíquica no deja de estar, es decir, al no existir una genuina trasmutación económica sino una paliación, el aparato psíquico se defiende primariamente de ese primado del principio del placer (solidario de la repetición del trauma en su terquedad) posibilitando esto la aparición de ese rodeo que será el principio de realidad. El principio de realidad se instala a posteriori de la vivencia de dolor (del trauma) e implica en su esencia la intromisión de la dimensión temporal que es uno de los nombres del padre. Para acceder a una genuina transmutación económica es preciso aceptar que el camino facilitado, más rápido, ya sabido, conocido, etc., se presenta como deseable pero termina conllevando un precio más caro. Un precio que se incrementa por cuanto la vía facilitada reniega de la presencia irreductible de la falta en el Otro, la imposibilidad de que el Otro colme la sexualidad del sujeto. El fantasma opera fetichistamente, intensificando y absolutizando lo que hay para desmentir lo que falta. El síntoma aparece entonces como una formación de compromiso entre el principio de placer (lo fantasmático puesto a su servicio) y el principio de realidad (ligado a la falta).

Podríamos preguntarnos, a partir de lo dicho hasta aquí, cuál es el planteo de un análisis. Principio de placer y goce fálico deben pensarse prácticamente como sinónimos. A nivel de la fantasía lo que se vela es de la diferencia sexual. Si el goce femenino no se adecúa al goce del fantasma es porque implica precisamente un descompletamiento del universo fálico donde en el Otro falta la falta. “No hay Otro del Otro” quiere decir que el Otro no tiene su complemento. Hay una cara suplementaria del Otro y es del orden del goce que lo desborda. Lacan articula la dimensión de la invención justamente con lo femenino. Volvemos a lo que decíamos más arriba, la invención como producción subjetiva implica aceptar el vacío, lo suplementario. Los síntomas neuróticos no sean quizá más que creaciones particulares que no ponen en juego la vertiente de lo singular. La represión es un modo de aceptación de la falta, pero no genuinamente su superación. Tal vez, la vía de superación de la falta, un grado elevado de su elaboración, sea la confrontación directa con el vacío. El vacío en ser como un modo de pensar la vertiente mística que proporciona el pensamiento lacaniano al hablarnos del goce femenino. Una dit-mensión allende el significante fálico y la satisfacción por él establecida.    

Por su parte, el análisis apuntaría a que el sujeto ponga sus fantasías al servicio de la falta como futuro – pro-jectarse, lanzarse o arrojarse hacia delante, hacia lo que aún no es - y a favor, también, de la singularidad, es decir, de un destino pulsional único e irrepetible cuya justipreciación aparece como una exigencia ética que sólo el psicoanálisis parecería plantearse. Las fantasías en un rumbo edificador, implicarían un ir aceptando la castración en lugar de desmentirla, esto es, un agenciamiento no renegatorio que posibilite entonces la emergencia de nuevas vías no facilitadas de obtener placer.  

No se trata simplemente de acentuar la búsqueda, quizá, sino de introducir más bien una verdadera apertura subjetiva para que lo que tenga que ocurrir - de no mediar la calculadora inhibición yoica, fálica y fantasmática -, ocurra. Por lo demás, la búsqueda relacionada con la lógica de la investigación, si bien aparecen como loables desde el punto de vista epistémico (en su articulación con la docta ignorancia), estimamos que es el partenaire de “lo escondido” proyectado psíquicamente en el campo del Otro. El peligro es que aquí puede persistir la idea de que esta alteridad aún atesora lo mío, lo cual plantea una vía de deseo neurotizado, muy cercano a la demanda. Lo que se haya coligado al encuentro, es más bien, la «pérdida». De este modo, deja de ser una exigencia buscar maníacamente el ser, sino que pasa a convertirse en imperativo el hacer para, contingente e incalculadamente, dar-con algún registro de invención. Ya no reencontrar lo supuestamente sido o tenido, sino toparse con lo fuera de cálculo.

REFLEXIONES CRÍTICAS SOBRE EL NEXO “PSICOANÁLISIS ◊ DECOLONIALIDAD”

    “La modernidad no sólo necesita la colonialidad sino que la colonialidad fue y continúa siendo constitutiva de la modernidad. No hay m...