domingo, 13 de octubre de 2019

Los usos de la angustia: afirmación o expulsión del goce


En su libro Angustia, la filósofa eslovena Renata Salecl, sostiene que “el capitalismo actual convierte las angustias de las que hablan los medios en herramientas que utiliza en su propio beneficio mientras produce nuevas inseguridades…”[1] ¿De qué se tratan esas nuevas inseguridades posmodernas? Son específicas del hípercapitalismo (posmodernidad o postilustración), están sostenidas en la ideología del Just do it, la fe en que Impossible is nothing y remiten a un paradójico exceso de libertad contemporáneo.

En primer lugar, esta nueva libertad debe articularse al declive de la autoridad paterna, ya no es necesario luchar contra las viejas formas de autoridad porque han perdido su potencia. La declinación del Padre remite a la degradación del “programa institucional” en términos sociológicos.[2] Por otra parte, al hundirse la ficción simbólica moderna, sin embargo, no todo ha sido color de rosa dado que la liquidez de los tiempos ultramodernos pone en escena lo que otrora aparecía velado, a saber, la ferocidad del superyó como componente constitutivo e ineliminable del sujeto y de la Civilización. En este sentido, el sujeto epocal es un ser que se siente permanentemente “inadecuado”, “en falta”, culpable, etc., con respecto a los mandatos sociales que, gracias a la era de la tecnociencia, pululan de manera permanente y abarcando casi todo el tejido social, sin grietas.

Dice la filósofa mencionada:

“La sociedad de consumo parece florecer y crecer mejor en un sentimiento particular de inadecuación que actualmente se experimenta con frecuencia. Para entender el poder de ese sentimiento, basta con mirar cualquier revista de mujeres o la sección “estilo” en los diarios. Además de avisos e informes sobre moda, cosméticos y celebridades, lo que encontramos en esas publicaciones es consejo.”[3]    

¿Qué puede significar consejo, para un psicoanalista? ¿Es casual esta proliferación actual de counselors (consejeros psicológicos) que han venido a sustituir a los confesores del catolicismo pero que, en parte, reclaman su espacio en el terreno de la Salud Mental o, al menos, en el abordaje psicoterapéutico de la subjetividad? Evidentemente la gente está angustiada y no sabe muy bien qué hacer. Por eso recurre a “especialistas” para que le digan lo que tiene que hacer (consejos) o no (prohibiciones), o directamente van a que se les prescriba el psicofármaco adecuado casi sin mediación conversacional alguna…   

Un consejo, por más que se lo disfrace con el desinterés, siempre tiene una dirección, orienta al sujeto hacia determinado modo de gozar. Para el caso, el imperativo de «Ser feliz» (“el lema que parece justificarlo todo”[4]), el cual tiende a reemplazar la antigua noción ilustrada de autonomía por un decadente empuje hacia la idea de autosuficiencia: “realizarse libre y espontáneamente sin un marco público de referencia (…). [Lo cual] Actúa, al menos, como un cortocircuito de la responsabilidad solidaria; ¡los problemas de los demás no son mi problema!”[5] 

No hay un aconsejar que no esté sostenido en una “ética del bien gozar” (Moral del Sistema), en una creencia confesa o no en cierto Bien Universal. Pero es precisamente esto lo que redobla la angustia existencial irreductible, es decir, el hecho de que las soluciones que se proponen son peores que el “mal” que se intenta “curar” (nosotros sabemos que de la castración no se cura). Se pretende sofocar la angustia por la vía del gozo. Es decir, al haber una exaltación del Ideal, correlativamente, hay una afirmación del goce. Desde el campo psicoanalítico, pensamos que su destino debería ser la expulsión –la exclusión de ese goce que mejor no. Ahora bien, ¿cómo lograrlo?        

En este punto, la ética del psicoanálisis -que es una ética del deseo y no del goce-, introduce la cuestión de la abstinencia. Para que un sujeto pueda reposicionarse ante su conflicto, primero tiene que poder escuchar-se, tiene que salir del significado del Otro en el que está atrapado (sin saber que lo sabe) y tomar posición frente a las amarras simbólicas que comandan esa repetición sufriente. Tiene que poder pensar críticamente su situación y eso implica como condición de posibilidad que no se lo atiborre con respuestas sino que se le devuelva el derecho a la pregunta, para que así pueda renacer la curiosidad.             

El estulto es el sujeto de la Cultura de la Mortificación. Es hijo del superyó más que del corte (castración), por eso está profundamente expuesto a hacer y/o a que le hagan crueldades. Es decir, el estulto es objeto de maltrato cuando no maltratador. Pérdida de coraje, de lucidez, de contentamiento en el cuerpo son los tres componentes que caracterizan al «síndrome de padecimiento» propio de este malestar hecho cultura.[6] Creo que también responden a la caracterización de la stultitia. En especial, si se puntúa la antinomia de los términos señalados como ausentes: hay un predominio de la cobardía, de la torpeza y de la tristeza corporal. El estulto es un sujeto mortificado. Ahora bien, ¿qué es la mortificación?

Dice Fernando Ulloa a este respecto:

“El término mortificación alude al dolor psíquico. Tiene con frecuencia un matiz mortecino, aquel que propician los estados de alienación, en los que el sujeto zozobra en la costumbre por efectos de la renegación. Siguiendo lo planteado por Freud, defino este último concepto como un negar que se niega, acto sintomático que deteriora la capacidad perceptual del titular de esa renegación.”[7]

Ante la inquietante pregunta por el deseo del Otro, por mi perdido e irrecuperable ser de sujeto y frente al hecho de que el goce todo nunca fue, aparecen ciertas promesas de completitud soportadas por ideales –el capitalismo como amo moderno- que delimitan un adentro y un afuera de manera aún más tajante y brutal que en tiempos del predominio del amo antiguo. El amo moderno ya no quema libros como el antiguo dictador, sino que escribe recetas –letras de goce- sobre cómo quemar a la gente o, más bien, al enemigo. Entiéndase que esta incineración simbólica no siempre lo es tanto: puede devenir real.

Un ejemplo de esta idea del “adentro y del afuera” radical al que asistimos en esta época, es la serie brasilera 3 %, ficción que “se desarrolla en un futuro distópico en Brasil en el que a las personas se les da la oportunidad de ir a la «mejor cara» de un mundo dividido entre el progreso y la devastación, pero solamente el 3 % de los candidatos va a tener éxito.”[8] Allí, los sujetos miembros del Continente que han llegado a los veinte años, tienen la única oportunidad en su vida de acceder al “Proceso” –travesía psicopática, individualista, darwinista social y meritocrática extrema- para ser seleccionados como los elegidos que pasaran a Mar Alto, mundo ideal, pleno, consistente pero en el cual está prohibida la posibilidad de tener hijos (¿hay peor crueldad hacia un sujeto que imponerle la imposibilidad de dejar descendencia?).

Lo epocal efectúa una reintroducción del goce-que-mejor-no mediante la no expulsión del objeto. Esto, empero, no implica que no haya forclusión alguna. Al contrario, a ese lugar de resto es arrojado todo aquello que no se encolumne con el Ideal de sacrificio y autoexplotación capitalista, aunque eso expulsado sean vastas cantidades de seres humanos. Todo lo que no trabaja o no es productivo, merece ser destruido, desecho. Merece ser “trabajado” en el peor de los sentidos. Allí están los medios de comunicación trabajándole el psiquismo a los sujetos y el mercado bombardeando con ofertas de una vida mejor a cambio de algo extremadamente valioso… ni más ni menos que nuestra capacidad de decidir.


[1] Salecl, R.: “Introducción” en Angustia. Ed. Godot, CABA. Pág. 33.
[2] Alemán, J.; Para una izquierda lacaniana… Grama Ed., Buenos Aires, 2009. Pág. 59.
[3] Salecl, R.: “Éxito en el fracaso: el hípercapitalismo se apoya en los sentimientos de inadecuación” en op. cit. Pág. 82. Subrayado mío.
[4] Rubio Carracedo, J.: “La irrenunciable autonomía” en en Carlos Thiebaut ed., La herencia ética de la Ilustración. Editorial Crítica, Barcelona, 1991. Pág. 71.
[5] Rubio Carracedo, J.: Op. cit.
[6] Ulloa, F.; “El síndrome de padecimiento” en Salud ele-Mental, con toda la mar detrás. Buenos Aires, Ed. Del Zorzal, 2011. Pág. 139.
[7] Ulloa, F.; Op. cit. Pág. 140.

REFLEXIONES CRÍTICAS SOBRE EL NEXO “PSICOANÁLISIS ◊ DECOLONIALIDAD”

    “La modernidad no sólo necesita la colonialidad sino que la colonialidad fue y continúa siendo constitutiva de la modernidad. No hay m...