“… lo único que
hacemos en el discurso analítico es hablar de amor”.
J. Lacan.
Este cuatrimestre
la temática fue “Amor y lazo social en la hipermodernidad”. Para ello nos
metimos con diferentes autores dentro de los cuales vamos a destacar al
novelista Stefan Zweig, a Badiou, a Lipovetski, a Leila Sucari, a Freud, a
Lacan y a Platón. En total: tres novelistas, tres filósofos y dos
psicoanalistas. No fueron estos los únicos autores mencionados y trabajados,
desde luego. A continuación, voy a compartir mis reflexiones sobre el
recorrido.
Empiezo por el
título del Seminario y pregunto: ¿qué es el amor? ¿Qué es el lazo social? ¿De
qué hablamos cuando hablamos de “hipermodernidad”? Vayamos por partes.
Empecemos por la
modernidad tardía, por este capitalismo actual y sus particularidades. Según
Lipovetski, lo hipermoderno está en relación a un engranaje de lo extremo donde aparecen tres particularidades como
lo son el mercado, la eficacia técnica y el individuo. Al mismo tiempo, se
destacan dos tendencias contradictorias: el orden y el desorden. Por un lado,
la normalización técnica y, por el otro, la desligadura social. Lo hipermoderno
es un culto constante al presente sin referencia a la historia ni al porvenir.
El consumo y la comunicación masivos producen esta nueva sociedad a la que el
filósofo llama “sociedad-moda”. Podríamos pensar que no importa el “contenido”
de la moda en cuestión, de manera tal que, si estuviese de moda ser nazi, todos
y todas se volverían nazis. Aliviaría saber que es tan sólo una moda, pero es
lógico que esto genere miedo, angustia e inclusive terror, porque –como es
sabido- los susodichos nazis no eran subjetividades precisamente amorosas sino
más bien todo lo contrario. Eran personas sádicas, crueles y bestiales.
Hablar de
hipermodernidad y no de posmodernidad, es poner el acento en una no-superación
de la modernidad y sus dilemas, de la modernidad y sus conflictos. Lo “híper”
da cuenta de una intensificación. Se han intensificado ciertas tendencias,
podemos decir. En psicoanálisis, cuando hablamos del superyó no hablamos de una instancia superadora del narcisismo sino,
por el contrario, de algo que viene a garantizar su consistencia.
La hipermodernidad
parecería haber venido a garantizar la lógica de la modernidad, por ejemplo,
con su rechazo del cuerpo. Algo que destacan tanto Lawrence -cuando habla de Cézanne-
como Nietzsche -en su Genealogía de la moral- o en su Zaratustra -cuando habla de “Los
despreciadores de cuerpo” señalando que “El cuerpo es una gran razón”, una gran
razón allende el yo, pero que
condiciona al yo-. Para el
psicoanálisis el cuerpo aparece como una alteridad que castra la mismidad del
yo basada más bien en la imagen del cuerpo, en su proyección especular.
También la
hipermodernidad parecería haber venido a garantizar la lógica de la modernidad
con su exaltación del individuo. El ideal de autosuficiencia parecería haber
alcanzado su paroxismo. Mas, así, tanto el lazo social como el amor parecerían
verse particularmente perturbados. Más que comunidades de deseo, hoy nos
encontramos con fenómenos colectivos que muestran grandes masas cargadas de ideales
y de mucho odio, cuyos respectivos líderes incentivan permanentemente afectos
destructivos. Líderes que, en lugar de mostrarse castrados, se ofrecen como
encarnaciones de una consistencia idealizada que exige.
El lazo social o
el vínculo social, según Lacan, es lo único que hay. O sea, lo único que en
última instancia hay para los seres hablantes es del orden del discurso porque es
así –hablando- como hacemos lazo y nos vinculamos. Ahora bien, desde el punto
de vista del psicoanálisis, sin castración no hay lazo posible. La castración
como instante inaugural de la constitución subjetiva, aparece como condición
fundamental para toda relación posible, por más imaginaria que la misma resulte.
Que no haya Relación, con mayúsculas, no significa que no existan relaciones
libidinales entre los sujetos del deseo, sólo que estas dependen de la falta y
la incompletitud.
Uno de los grandes
obstáculos respecto del lazo social y acaso también del amor, no es sino el
narcisismo, aquella “investidura originaria libidinal del yo” que estaría
dentro de lo que Badiou denomina “identidad” y que, con Lacan, ubicaríamos en
el eje a-a´ del esquema Z. La imagen no es razón suficiente para
sostener el deseo. Veamos por qué.
Freud nos ayuda a
distinguir entre procesos narcisistas y fenómenos sociales. La esfera yoica
expulsa lo atinente a la castración, pero al mismo tiempo –acaso sin saber lo
que sabe- rechaza el deseo del Otro. Si tomamos algunas reflexiones de Lawrence
cuando comenta la obra de Cézanne, diríamos que el ego queda apresado en los
clisés –las identificaciones- y que no alcanza ni por asomo la manzaneidad. ¿Qué representa esto
último? Entiendo que un contacto más genuino con lo real, no sé si más “puro”
(¿qué sería eso?), tal vez, menos fantasmático. El análisis pretende conectar
al sujeto con la existencia de manera un tanto menos estulta y acaso más cruda,
si se quiere, pero no a los fines de provocar melancolía sino de impulsar el
deseo mediante la angustia. Y el amor. El amor de transferencia es el motor de
la cura, aun cuando en ciertos momentos también sea lo que problematiza el
proceso mismo.
Así como
distinguimos entre procesos narcisistas y fenómenos sociales, también podemos
distinguir, como decíamos más arriba, entre una comunidad de deseo y la masa.
Durante la despedida del Indio Solari, asistimos a un acontecimiento
eminentemente colectivo donde la comunidad se organizó en torno a los restos
del poeta, para despedirlo, es decir, para despedirse de uno que fue deseante (erastés). A uno que amó y que
fue generoso con su donación y que, por eso, también fue muy amado.
Según Badiou, al
amor, o bien se lo quiere “asegurar” a través de algún artilugio técnico, o
bien, se le resta toda importancia de un modo un tanto escéptico reduciéndolo,
por ejemplo, a una mera calentura sexual desfigurada, “embellecida”,
“sublimada” como si la transformación del goce en deseo no fuese un trabajo de
elaboración sofisticado. Como si el pasaje de ser amado a deseante no supusiera
una compleja serie de operaciones subjetivas y objetivas, es decir, tanto en el
sujeto, así como en el Otro.
El discurso
capitalista también degrada al amor, pero no en el sentido de la “degradación
de la vida amorosa” que supone la satisfacción sexual directa, sino que conduce
los afectos y al erotismo por la vertiente de un goce narcisista o directamente
autoerótico. La tendencia es hacia la exclusión de los cuerpos vía la pantalla,
o bien, vía la desconexión afectiva de un sexo sin entrega real, sin compromiso
ni implicancia. O sea, como si fuese posible un erotismo sin sujeto, donde cada
cuerpo se entrega al goce casi como si se tratara de un deporte, una mera
cuestión de descarga o de rendimiento. La lógica económica propia del mercado
hace su aparición cuando escuchamos que, en algunas partes del mundo, ya se
está empezando a “indemnizar” al abandonado por “el tiempo perdido” en la
“inversión”.
Freud nos invita a
pensar en dos caminos para la elección del objeto. El primero de ellos es el
camino narcisista que es el más frágil y endeble. El sujeto busca seguir
amándose a sí mismo a través del otro. Busca aquel “yo ideal” que sueña haber
sido alguna vez, un ser completo ajeno a la división. Es como si el sujeto
buscara y creyera encontrar la media mitad perdida, la media naranja
injustamente sustraída por culpa de vaya a saberse qué maleficio. Estamos
hablando también de las redes sociales y del mundillo glamoroso de la pútrida tevé.
La segunda vía de enlace al otro, aquella que podríamos denominar vía regia, está en relación con lo
anaclítico. Elección por apuntalamiento donde el sujeto busca a la madre
nutricia o al padre protector, se entiende que de un modo simbólico. O sea que
aquí, por un lado, interviene la metáfora y, en segundo lugar, la búsqueda de
un sostén o de apoyo genuino da cuenta de una contemplación de la realidad.
Para el
platonismo, para el cristianismo y también para el capitalismo tardío, el culto
fundamental es a la Idea, a la abstracción. Benjamin y Agamben insistieron en
la idea del capitalismo como religión donde el Dios Dinero comanda todo. El
culto al lucro y a la ganancia constante sin resto, sin lugar a la pérdida. Por
eso decimos que el capitalismo rechaza las cosas del amor, en tanto y en cuanto
forcluye la falta. No da lugar al resto, las cuentas tienen que “cerrar o
cerrar”. El anarco-capitalismo, mesianismo mediante, acentúa este énfasis
puesto en la mercantilización de la vida donde todo es comprable o vendible.
Cualquiera que ose cuestionar el imperio absoluto de la lógica mercantil, será
considerado un hereje digno de la hoguera o, eventualmente, un “degenerado
fiscal”. Pero, ¿hay mayor canalla que aquel que está dispuesto a sacrificar vidas humanas con tal de que
sus números no den en rojo?
Finalizando con
estas reflexiones, Badiou nos invita a pensar en otro modo de entender al amor.
Se trata del amor como construcción o como invención. Un pasaje de la identidad
hacia la diferencia, sin garantías, pero con el deseo de apostar. Claro que no
hay lazo sin conflicto y eso es de lo que se recusa generalmente. En la clínica
nos encontramos con vínculos que a todas luces no van para ningún lado, pero
que los neuróticos a pesar de entrever algo de eso deciden no obstante
sostenerlos. O bien, vínculos que prometen algo diferente, pero que la
impaciencia, la ansiedad o el temor a lo desconocido boicotean rápidamente,
reconduciendo al sujeto a la queja y a la insatisfacción en la que parece
regodearse. Es el valor de goce del síntoma.
El goce que “mejor
no” es la satisfacción de una pulsión de muerte. Saussure decía que la lengua
es intangible, pero no inalterable. En efecto, tampoco el goce es representable
a través de una resonancia magnética o de una radiografía, lo cual no significa
que no pueda transformarse. ¿Cómo? En principio, vía el uso de la palabra.
Después, mediante el acto.
Seminario de "Psicoanálisis y poesía"
COLOQUIO PRIMER CUATRIMESTRE 2026

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