domingo, 24 de mayo de 2015

"Hacia una conjetura de la excepción" (*)



Desde el momento en que se habla de ética, lo que está supuesto es un margen de indeterminación:
se lo siente de inmediato si uno nota que no hay ética de la piedra que cae;
por el contrario hay una ética de aquel que puede tirarse por la ventana.

Colette Soler

Desde el psicoanálisis es crucial la determinación del sujeto. Determinación que poco tiene de idealista, ciertamente, ya que es una sobredeterminación, ante todo, material. Que esta materialidad no sea la materialidad del cuerpo concebido como organismo biológico henchido de “instintos”, o bien, la materialidad de “las fuerzas productivas y de las relaciones de producción”, no quita que lo que esté en juego en el campo analítico cuando hablamos de determinación sea, en suma, algo material. Para ir rápidamente al punto, el eslabón que da la clave para concebir lo que de materialista tiene la determinación que opera en psicoanálisis, es el «significante». Ese parásito anideico y asemántico que corroe la dulce naturalidad con la cual somos arrojados al mundo, que nos sexualiza perversa y polimorfamente. Eslabón que, también, “hace mundo” –uno nuevo–, que estructura cada uno de los rincones de nuestra existencia. Ahora bien, la pregunta que motoriza al psicoanálisis en tanto disciplina que busca afrontar la persistencia del sufrimiento, es la que sigue: ¿Acaso todo es apresado, abatido, encerrado, enclaustrado por ese retículo significante, por ese denso e insistente enjambre de signos del Otro? 
Creo que habría que arriesgar una definición para entender de qué se habla cuando se habla de clínica psicoanalítica:la clínica psicoanalítica tiene estructura de pregunta. No podría ser de otra manera, en efecto, ya que el deseo tiene como implicancia fundamental ese carácter de interrogación, y no de afirmación o de imperativo - instantes de clausura que pretenden sustituir al Otro vertiendo sentido. 

Estimo que esta condición –la de tener estructura de pregunta– es la más tajante especificidad del psicoanálisis, y constituye aquello que le da su valor y su eficacia. “El deseo desacomoda la enunciación imperativa cuando dibuja la curva del signo de interrogación sobre el punto final [de la feroz sentencia superyoica, me atrevo a agregar]...”1. En esta frase, creo que se encuentra sintetizada de un modo muy esclarecedor la cuestión que al psicoanálisis le otorga su rasgo distintivo. Me refiero a la dimensión de la Ética y, en ese sentido, a lo que junto con Colette Soler llamamos “margen de indeterminación”. 
¿Qué es lo indeterminado? ¿Qué se aloja en ese margen de indeterminación? La pregunta analítica que más arriba estableciera como siendo el motor del psicoanálisis, no es tan sólo una pregunta: es más bien lo que yo llamaría una «apuesta». 
En este punto podríamos preguntarnos: ¿Qué buscamos conocer cuando investigamos o teorizamos sobre el Hombre, cuando reflexionamos sobre él, cuando nos llenamos la boca con sentencias que lo encierran en un símbolo prefabricado, con fórmulas y conceptos que lo enclaustran y lo silencian en cuanto tal, cuando lo explicamos a través de un arquetipo, de una clase, de un género, de una verdad previa, etc.? Podría decir, sin miedo a exagerar, que el así llamado “sujeto epistémico” en la medida en que “identifica”, es decir, en la medida en que avanza, captura y retrotrae a lo memorizado (rechazando lo desigual), no “conoce” pura y simplemente, sino que más bien re-conoce, es decir que,strictu sensu, des-conoce, no hace lugar a la novedad (y al ser mismo como pura novedad). 

Estamos atravesando una época en la cual resulta muy complicado, por cierto, detenerse a hacer preguntas, hay todo un menú de respuestas objetivadas que lo dificultan. Es muy difícil hoy en día poder sostener una apuesta, es decir, creer en el deseo. El mundo está repleto, parece no faltarnos nada ya. Por lo demás, las conjeturas poco valen, los cuestionamientos, las demoras, los rezagos, todo lo que “no anda” –lo que no puede ser capitalizable– debe ser corregido, apartado, desechado, sustituido, anulado. El propio movimiento del mercado, de hecho, forcluye sistemáticamente a más y más elementos improductivos. 
Por otro lado, como corolario del impactante avance tecnológico que ofrece cada vez más y mejores compañías alternativas que la de un ser humano, las subjetividades de hoy en día parecen disgregarse, diluirse, aislarse; en suma, haberse “convertido al narcisismo” (como lo proponía humorísticamente Woody Allen en uno de sus films). La expresión “señorito satisfecho” de Ortega y Gasset2 resulta totalmente atinada para referirnos a la época que nos toca vivir, época que entremezcla un poco de pragmatismo (bien ilustrado en lo que este autor llamaba el “régimen de acción directa”del hombre vulgar), por un lado, y de autismo, por el otro. Es por ello que podríamos hablar de un verdadero “pragmautismo generalizado”. 

Asistimos a un espectáculo en donde, acorde al “pragmautismo” de la época, se ofertan de un modo casi frenético soluciones del orden fast food las cuales no apelan, obviamente, a la dimensión responsiva de la subjetividad. Cuán complejo puede resultar, entonces, engarzar seductoramente a una persona cualquiera en la búsqueda del desciframiento del enigma que su sufrimiento comporta. 
Para el psicoanálisis, en cambio, no existe un saber exterior que pueda responder por el síntoma particular de un sujeto. El saber del síntoma sólo él lo posee, y por eso él es el único responsable, es decir, es a él al quien le toca cargar con la responsabilidad de curarse –si así lo quiere–. 

Lo particularmente indignante de nuestro tiempo (tanto en el sentido de que produce indignación, así como en el sentido de que quita toda dignidad subjetiva), pues, ha de ser que, a la sobredeterminación significante con la cual inicié esta colaboración, a esa avalancha simbólica consistente en estar sojuzgado desde el vamos a un código de signos culturales, hay que agregarle ahora la mortificación que el superyó capitalista trae aparejada y los efectos estragantes –a nivel subjetivo– del “fárrago de sucesiones colectivas de experimentaciones finalmente paliativas que se concreta bajo el rótulo de la psicología moderna”4, eficaces, naturalmente, “en el campo del conformismo, incluso de la explotación social”.
Actos terapéuticos capitalizables –a diferencia del acto analítico– que le permiten a quien los realiza acumular un saber, el cual configura progresivamente al “especialista”. En psicoanálisis, por el contrario, no hay tal cosa: el analista es más bien un incompetente, inclusive, un impotente, en la medida en que no hay algo que pueda llamarse “el poder del analista”. No hay tampoco un “campo de competencia” respecto del cual el psicoanalista sería un “experto”. Empero, sí existe un campo que es propio del psicoanálisis, lo llamamos, con Freud, el inconsciente. Y hay, también, un poder del psicoanálisis, respecto del cual Jacques Lacan nos otorgó sus «principios».

Para finalizar con estas breves reflexiones, simplemente voy a establecer una interrogación: ¿Es la novedad algo anticipable? Pues considero que no. Es anticipable a un nivel tanto más general, como “novedad”. Podemos decir de ella: “será algo distinto”. Pero respecto de su configuración real no podemos decir nada –del devenir sólo puede decirse que deviene pero no cómo devendrá, salvo a posteriori. No obstante, esta afirmación que recién indicaba (“será algo distinto”) no es de ningún modo poca cosa, algo de poco valor y de bajo alcance. Es, por el contrario, una verdadera apertura, esto es, un verdadero «desprendimiento». Yo afirmo que para que la novedad pueda emerger, entrar en la escena, previamente, primordialmente, habrá que darle la posibilidad a ese-hombre (al hombre real) que yace frente a nosotros –en la condición que fuere– de que nos pueda sorprender. Es decir, habrá que brindarle la posibilidad de que llegue a ser una «excepción». Apostar a que allí pueda producirse una variación, una diferencia: “… a los sujetos, para que sean sujetos, hay que plantearlos como sujetos.” –decía Osvaldo Umérez–.7 Y es esa la orientación de la cura, la cual, a mi entender, no significa otra cosa más que sostener una «conjetura». Una conjetura es también una creencia, una esperanza, una ilusión, una apuesta, una confianza; todos estos, nombres del deseo, y puntualmente, del deseo del analista. Es por ello que podríamos hablar del psicoanálisis como siendo una conjetura de la excepción

Mayo de 2009. 


 (*) Publicado en Revista Imago Agenda

1 Friedenthal, Irene. Descubrir el psicoanálisis, Grama Ediciones, Buenos Aires, 2004. Pág. 22. 
2 Ortega y Gasset, José. La rebelión de las masas. Colección El Arquero N ° 23, Ediciones de la Revista de Occidente S. A., Madrid, 1975. 
3 Ortega y Gasset, José. Op. cit. Pág 158. 
4 Lacan, Jacques. El triunfo de la religión: precedido de Discurso a los católicos. Paidós, Buenos Aires, 2005. Pág. 22.
5 Lacan, Jacques. Op. cit. 
6 Lacan, J. “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en Escritos 2, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2008. 
7 Umérez, Osvaldo. deseo-Demanda, pulsión y síntoma, Psiqué J.V.E. ed., Buenos Aires, 1999. Pág. 100.

viernes, 1 de mayo de 2015

"La retórica como crítica del nominalismo..." (*)


"¡Y, sobre todo, fuera el cuerpo, esa lamentable idée fixe de los sentidos!, ¡sujeto a todos los errores de la lógica que existen, refutado, incluso imposible, aun cuando es lo bastante insolente para comportarse como si fuera real!"[1]


Puede decirse, sin deformar demasiado los hechos, que el “pensar”, a partir de Nietzsche, no está ya “libre de sospechas”. Es decir, ya no me es dado “dudar” de todo menos de mi “dudar”, sino que es precisamente ese “dudar”, antes que de nada, de mi “dudar” mismo, el que posibilita la emergencia de un auténtico pensar. Y aún más: es ponerme en cuestión a mí mismo como agente incondicionado de ese “dudar”, aquello que da lugar a tal acontecimiento.

Es quien se reconoce ciego, ingenuo, falaz y desconocido-para-sí-mismo[2], quien puede realmente acceder a las costas frescas de la verdad. Mas, esta “verdad” de la cual hacemos referencia, dista en amplia medida, pues, de aquel imperio de lo “verdadero” ligado más bien a la concepción platónica dual. “Dual” en la medida en que introduce una escisión entre lo ideal y lo aparente (lo real), en detrimento de esto último.

La verdad con la que Nietzsche juega es, ante todo, «peligro». ¿Y a qué remite esta figura retórica del “peligro”? Es decir, ¿cuáles son las incumbencias semánticas que trae aparejadas? Más allá de las escenas a las que tal vocablo podría dar a luz, en la imaginación de cada cual, un sentido que estimamos pertinente atribuirle, remite al «peligro» como a aquel rasgo característico de una vida en singular y falta de garantías ajenas a esa singularidad misma. Es decir, se trata de una verdad dicha de a uno. Esta soledad del hombre y, más precisamente, su asentimiento, es aquello que viabiliza el nacimiento de un pensar verdadero, libre, indómito en su impertinencia.

La “duda” nietzscheana es una duda que extrema la posición cartesiana al tiempo que se mofa sarcásticamente de ella y la interpela: “¿Por qué la certeza y no acaso la plena incertidumbre?, ¿por qué el conocimiento objetivo y ausente de toda implicación perspectivista y no, por el contrario, la angustia, el hielo y lo abisal?”

En este sentido, nada resulta ser más «peligroso», naturalmente, que el cuestionamiento de aquello que se pretende el amo, el señor, el causante del pensar; a saber, el yo: Lo que más fundamentalmente me separa de los metafísicos es esto: no les concedo que sea el yo el que piensa. Tomo más bien al mismo yo como una construcción del pensar…”[3] Se invierte, claramente, la relación entre ambos. “El pensar es el que pone el yo, pero hasta el presente se creía (…) que en el “yo pienso” hay algo de inmediatamente conocido, y que este yo es la causa del pensar…”[4].
Pensemos ahora en el movimiento lógico que conduce hacia la apertura de esta emancipación del pensar, la cual no implica otra cosa más que la aceptación de la propia soledad, en la medida en que es esto aquello que permite el descubrimiento de lo marginal de sí (del propio «potencial») y la edificación de la propia vía vital.

Como primer tiempo tenemos al hombre en cuanto que sometido al Otro epocal. Definido por él, alienado al libreto que le ha impuesto la Civilización. Si el sustrato biológico, natural, en suma, aquello que especifica a la especie, etc., representa lo universal y lo necesario, por su lado, la dimensión cultural alude a lo particular y contingente. Mas, aún, lo «singular» no emerge en ese nivel.    
     
En este punto, antes de continuar, es conveniente detenerse para esbozar una precisión. El pensar nietzscheano no puede concebirse en su genuina altura sin someter antes a él mismo a los parámetros evaluativos que define a través de los principios que enuncia (y de las degeneraciones que denuncia). En tal dirección, Nietzsche, como apólogo de lo «intempestivo», de la pura diferencia, ilustra con su obra misma esa irrupción de lo impensado, de lo denegado, de lo amordazado por el decir histórico, cultural, metafísico y religioso de su época. De esta manera, es también un filósofo-síntoma, cuya presencia misma pone de manifiesto las fisuras de los dogmas incuestionados. Nietzsche es, en sentido estricto, una singularidad.

La verdad nietzscheana es una «mujer», esto es, y a su propio decir, “el más peligroso de los juegos[5]. En la medida en que confina al hombre a reconocer y a abandonar los múltiples rostros que el Otro le brinda para “ser”, esas máscaras diversas que hacen las veces de “identidad”, aproximarse a ella conlleva adentrarse en una aventura riesgosa donde el frío del sin-saber-anticipadamente, es lo que reina. La única certeza, allí, es la incertidumbre.

De todos modos, es preciso aclarar que, este «vértigo» del cual el hombre poco quiere saber - esta incertidumbre insoportable que asfixia y atormenta su conciencia cuando un signo, un gesto de su desértica circunstancia asoma - no es, desde esta óptica, algo negativo, sino, en realidad, da cuenta de un proceso vital de «desprendimiento». Y este vocablo, en este contexto específico, quiere decir: desamarre respecto de la verdad ajena que se le ha impuesto con anterioridad y que permite que el hombre, o mejor dicho, ese-hombre (el individuo real) encuentre su propia voz, escriba su propia narración de lo que acontece, matizando los “hechos” con la rúbrica de su estilo. Este sería el segundo momento de la emancipación del pensar, es decir, el «enjuiciamiento» de la verdad heredada.     
    
«Desprendimiento»: caen las rocas que conformaban el ingente palacio del saber ajeno. Caen del cuerpo: a él sujetaban. El cuerpo, ahora «vivo», camina perplejo, aturdido, inundado por un «vértigo» sin igual. Es el afecto efecto del «quizá…» [Vielleicht]

Ahora, ese que errabundo camina por los gélidos derroteros de la existencia, quiere las rocas, no ya el hielo. Pero también, algo nuevo emerge en el horizonte. Tal vez una danza, tal vez un poema. Tal vez…


(*) Fragmento de un Capítulo dedicado al pensamiento de Nietzsche de un libro de futura publicación acerca del Pensamiento crítico en su relación con el psicoanálisis y la filosofía. 
[1] Nietzsche parodiando a los filósofos en el Crepúsculo de los ídolos (El subrayado nos pertenece).
[2] Al estilo con el cual Nietzsche principia su Genealogie: “Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros…”.  
[3] Ver sus Fragmentos Póstumos dedicados a la relación entre “Lenguaje y conocimiento”.
[4] Op. cit.  
[5] Lo dice en su Zarathustra (“De las mujeres viejas y jóvenes”).