lunes, 24 de diciembre de 2012

"El psicoanálisis, un estilo de vida" (*)


En este año  2012, en nuestro grupo de los viernes, tratamos como tema principal el “deseo del psicoanalista”.
En múltiples ocasiones nos preguntamos “¿Qué es el analista?”.
El analista, según Freud, en el esquema del psicoanálisis[i], está involucrado en el conflicto psíquico. Por medio de la transferencia, surge un “acuerdo” entre el paciente y el psicoanalista, en el cual, el primero se compromete a decir todo, mientras que el analista se compromete a brindarle su ayuda.
De nuestro encuentro del “G-V”[ii] surgió la idea de que el deseo del analista es un lugar donde encontramos a un sujeto singular. Y el deseo es la intervención del analista.
Cabe aclarar también que el analista no es un ser, es un deseo, y la resistencia es del sujeto.
El deseo del psicoanalista será situado en el registro del otro. El deseo del psicoanalista no es entonces, el deseo personal de un psicoanalista, sino que es una función indispensable para la función del deseo como exigiendo el reconocimiento, dice Cottet[iii].
En el seminario X de Lacan, se indica que el deseo del deseo es el deseo del otro: tiene una necesidad de reconocimiento del otro. Ya que el otro instituirá algo, lo que se desea para ser reconocido.
Según Alexandre Kojeve, en su obra “La dialéctica del amo y del esclavo en Hegel”, desear el deseo de otro es también desear que el valor que uno representa sea el valor deseado por ese otro. Es el deseo de pretender ser reconocido como un valor independiente. Todo deseo humano de la realidad humana se ejerce en función del deseo de reconocimiento. Es decir: quiero ser reconocido por ese otro.
Un psicoanalista es alguien que se responsabiliza de la cura psicoanalítica, a través de las palabras.
El analista es el que debe trasmitir la verdad, lo que está oculto, aquello que no quiere revelarse, fragmentado por el inconsciente.  El analista tiene esa función destinada a posibilitarle al sujeto a tomar el camino del deseo, para transformar ese goce torturado, para dar lugar a algo diferente. El analista no responderá por el analizante, pero si dejará una hiancia, donde el sujeto descubrirá su propia respuesta.
El psicoanálisis es un método de investigación y de tratamiento del aparato psíquico  es una teoría del funcionamiento normal y patológico. Y asimismo, es una disciplina que está basada en la dimensión de la palabra, y sobre todo de la palabra en tanto al relato se refiere, es decir, el dialogo. El análisis es un proceso que sigue su propio camino.
El psicoanálisis apunta a analizar caso por caso. En el Seminario I de Lacan[iv], en “Los escritos técnicos de Freud”, vemos que el progresivo descubrimiento del análisis, y consiste en estudiar cada caso en su singularidad. Es decir, que está centrado en la noción de que la reconstitución completa de la historia del sujeto, es el elemento esencial constitutivo y estructural del progreso analítico.
Esta dimensión revela cómo acentuó Freud en cada caso los puntos esenciales, a la cual llama situaciones de la historia. Lacan dice: La historia no es el pasado, la historia está historizada en el presente, porque ha sido vivido en el pasado.
Freud trata una y otra vez la reconstrucción de la historia del sujeto.
En “Análisis terminable e interminable”, Freud dice al respecto: “Entre los factores que  influencian los progresos psicoanalíticos  y añaden dificultades del  mismo modo que las resistencias,  deben tenerse en cuenta, no solo la naturaleza del yo del paciente sino la individualidad del analista.
El psicoanálisis es un estilo de vida, una vocación, y yo muchas veces he pensado que si no amamos al psicoanálisis no estaríamos involucrados en el mismo. Y creo que todo esto está ligado al deseo del psicoanalista.


[i] Cottet;         “Cap. XIII: Estrategia y táctica”.
[ii] GV: Grupo de los viernes.
[iii] Cottet;      “Cap. XVI: Acción del psicoanalista”
[iv] Seminario 1 Lacan Los escritos técnicos de freud

(*) Ponencia Presentada por participante del Grupo de los Viernes en la Jornada realizada el 1° de Diciembre de 2012. CABA, Argentina.  

miércoles, 19 de diciembre de 2012

"El Blackberry, los goles de Messi y las tetas de la modelo"






El psicoanálisis es un camino hacia el verdadero decir. Verdadero decir hecho de actos. Actos que dicen de un recorte del Todo y de la Mismidad, en el sentido de una interpretación que se hace Vida, más allá de la indiscriminación primitiva que nos mantiene cautivos de caprichos anónimos y masivos. El trayecto analítico es hacerse cargo de que nunca hemos dejado de jugar. Sin saberlo, jugamos un juego olvidado que nos entorpece el actuar por fuera de los carriles de ese juego basado en reglas pretéritas. Recuperar el juego, ser agente del mismo y no su juguete, jugar más acá del principio del placer. Recuperar también el amor. El amor es robado por el fanatismo, deriva clásica de lo pulsional en su fijeza. Un amor que esté más del lado del deseo, esto es, de lo que sí tiene ciertas condiciones, cierto precio. El amor, en su faceta incondicionada, pretende una entrega plena y necesaria, al estilo naturalista. Recuperar el amor como error, como cosa inútil e innecesaria, casual, contingente. Lo contrario del amor infernal, del enclaustramiento aplastante. El psicoanálisis, al ser un despliegue del saber-hacer con esa fijeza-a-romper, con esa tenaza a abolir, implica la edificación poética de una posición frente al mundo, asumir un lugar, tomar partido, jugársela. No es sin consecuencias. El precio a pagar es afrontar la realidad aún en su crudeza. El discurso sosegador, el optimismo del “poder es querer”, del “imposible es nada” y el “sólo hazlo”, etc., respecto de la realidad asume una posición de “mejor mirar para otro lado.” Desde luego que esto no transforma la realidad, al contrario, contribuye a que empeore. Por eso lo interesante del juego, del amor, del creer, es que dejen de servir de soez pretexto para no ver aquello que convendría ver para poder así transformarlo. El verdadero decir subvierte el ronroneo y el canturreo de pajarillo de uno mismo como adormecido. Conlleva mandarse y ceder del ser que gesta la aprobación o desaprobación de la mirada del otro. Vaciarse de cierto saber y reírse de las solemnidades que otrora se veneraban. Mutar rigurosidad por seriedad. Trocar el deseo de respuestas por el valor de la pregunta. Conquistar el placer del silencio, de ese silencio al que sólo da luz la palabra verdadera, el verdadero decir. Asombrarse es una experiencia posible que el análisis habilita y esto produce un crecimiento interesante. La lógica del narcisismo se anuda a la vertiente comercial posmoderna donde el placer del asombro está regido por los objetos tecnológicos (principalmente) que todos pueden (deben) consumir. Pero lo que se consume (se pierde) al consumir de lo Mismo, eso que es deseable para todos, es lo significativo para cada cual, el asombro singular. El asombro general hacer mierda el asombro singular. Para decirlo mal y pronto, pero con cierta contundencia: cuando me abstraigo hacia ese placer que me singulariza y que marca mi diferencia, entonces, ¡qué carajo me importan el Blackberry, los goles de Messi o las tetas de tal o cual modelo! 

martes, 18 de diciembre de 2012

"Deseo del lego" (*)



"¿Podría hablarse de un deseo del lego?

Si así fuese, ciertamente, habría que poder diferenciarlo del deseo del- ego.
¿Deseo del ego? Podríamos pensarlo de la siguiente manera: es el deseo de comprender al paciente y de identificarse con él; práctica imaginaria muy común hoy en día, que en aras de un furor curandis pretende resolver compasivamente aquí y ahora los problemas de la gente.
También podría pensarse como el deseo del ego: cierta sensación de poder, de regodeo por un posicionamiento jerárquico elevado: licenciado, magíster, doctor, AME, AE, etc., etc.


Estas preguntas atañen a muchos de los aquí presentes, eso espero, pues muchos somos estudiantes, otros ya se han graduados. Pero, si nos detenemos a pensarlo, ¿cuál es la diferencia entre unos y otros? ¿Es necesariamente un “profesional de la salud mental” más psicoanalista que un estudiante comprometido con un pensamiento crítico?

Como estudiante, tenía que hacer una práctica profesional en Institución psicoanalítica. Dicha pasantía constaba de co-admisiones, es decir, el no profesional tenía que asistir a una entrevista de admisión realizada  a una paciente por un profesional de la institución.
Haré un recorte de un caso. Se trataba de una muchacha que con 30 años había decidido vivir sola. Aparentemente, su problema, y por eso llegaba a consulta, era que su madre “se había instalado en su casa”. Comenta que la madre se había separado de su pareja y no tenía dónde vivir.
El punto que quiero remarcar es el siguiente: la  profesional, al terminar la sesión, luego de que la paciente se marchara, me mira y me pregunta: “¿Qué te pareció?”
Por azares, mi preocupación semanal en ese entonces, era algo que había escuchado en un seminario: “El psicoanálisis es un discurso sin adjetivos”.
Volviendo a la viñeta clínica, podríamos reflexionar lo siguiente:
Lo que a un psicoanalista le parece o deja de parecerle, poco debería importarle… Pues, qué le puede parecer a uno un paciente: aburrido, divertido, interesante, útil, etc., o la otra vertiente: la paciente puede ser un boluda, una perversa, una histérica, una forra. Es decir, puede caer una lluvia de adjetivos que, justamente, hacen caer a la escucha, impiden lo que Freud denominó atención flotante.
Tal fue el caso de esta profesional: Luego de que yo eligiese el adjetivo que más neutral me parecía para salir de la incómoda situación, le dije: “un caso interesante”. Ella me responde que sí, y agrega: “¿Te imaginás que tu vieja se instale en tu casa?” y luego de otras frases por el estilo, remata diciendo: “Yo la rajo a patadas”. Remarco las palabras de la psicóloga: La imaginación y  la aparición del Yo, que a decir verdad, no son sino la misma cosa.

Tratando de evitar aquella tentación de caer en lo imaginario que Lacan menciona en Función y campo de la palabra, continúo la charla con la profesional y le menciono que me había llamado la atención que las dos consultas que hizo la paciente en toda su vida a psicólogos, fue la primera vez una pelea fuerte con su padre hace varios años; y en esta ocasión, luego de una pelea con su jefe.
Al mencionarle esto, la profesional me mira sorprendida y me dice, “Sí…, tenés razón”.

¿Qué yo tenía razón? ¿Es el campo del psicoanálisis el campo de las razones en el sentido de lo que puede o no ser exacto?

Esta pregunta atañe a un recuero muy preciado que tengo; es de una escena bastante reciente. Una mañana hablando con Luis, él me decía (espero no alterar demasiado sus palabras): “Quizá en el grupo haya algunas inexactitudes por parte nuestra, pero ¿de qué importa? Porque el hecho de que algo sea inexacto no significa que por eso no sea verdadero.”

Me fui pensando que era algo que necesitaba escuchar para poder dar respuestas a algunos interrogantes propios. Por ejemplo: ¿A un paciente, se lo analiza con lo exacto o con lo verdadero? Será un clisé, pero evoco el clásico ejemplo del analista que para decirle algo a su paciente le pide que aguarde un momento ya que el tiene que buscar la cita de Freud para intervenir. Es lo que podríamos llamar saber-teórico, que por una parte es necesario…pero necesario para la formación. En el momento de intervenir en una cura, lo que cuenta es el Saber-hacer, el Savoir faire. Y es eso lo que propongo llamar lo verdadero. Pues, para lo otro existen distintos espacios, por ejemplo la supervisión, los exámenes, los ensayos teóricos, las ponencias, etc.
Es de lamentar que la vanidad de erudición estropee la cura analítica. El deseo del ego, es lo que en la práctica debe quedar excluido. No así, el deseo del analista.


Como hace poco nos decía Luis: “la universidad forcluye el deseo del analista”, ya nos debería sorprender que la moda más establecida en los últimos tiempos se el espíritu de la pesadez. La universidad habla así: “Para no ser del todo molestos con ellos, para que con nuestro discurso no despertemos a tanta gente, y así puedan continuar su siestita cálida: hagamos de ellos licenciados, magíster y doctores.”
Recuerdo un martillazo de Luis: “¡Más herejes y menos Magísteres!”

En tanto hereje, entonces, planteo lo siguiente: El deseo del lego.

Pero no crean que sea inexacto por ello… A mis espaldas tengo dos gigantes: Sigmund Freud y Teodoro Reik. Pero están ahí, a mis espaldas. Los aprendo y luego me olvido un poco de ellos. Aprehender y soltar es necesario para poder decir, para poder tomar la palabra. De lo contrario, qué decir, ya que todo estaría dicho.

Pero tomemos una pregunta subversiva de Freud:

“¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?”

Sabemos que Teodoro Reik, el mayor discípulo de Freud, tuvo dos inconvenientes laborales:
El primero en 1926 cuando el Consejo Municipal de Viene le prohibió ejercer su práctica psicoanalítica por no ser Médico.

El segundo, cuando debido a la migración forzada que tuvo que hacer hacia Estados Unidos, se vio imposibilitado para ejercer su práctica porque no tenía título de Médico. Lo radical, para no usar adjetivos peyorativos, es que tal impedimento provenía de una Sociedad Psicoanalítica, entre cuyos dirigentes se ubicaban a grandes alumnos de Freud.

Extraigo parte de de la correspondencia enviada por Freud:

 “¿Qué vientos infortunados lo han impulsado a usted, justamente a usted, hacia las costas de Norteamérica? Bien podía haber previsto con cuánta amabilidad los analistas profanos son recibidos allí por esos colegas nuestros para quienes el psicoanálisis no es sino una sierva de la psiquiatría.
Naturalmente, tendré sumo placer en escribirle cualquier clase de certificado que pueda serle útil, aunque me temo que de nada le sirva.”

Días más tarde le envía la siguiente carta: “Estoy dispuesto a ayudarle en cuanto me llegue la noticia de que puedo disponer de la omnipotencia de Dios.”


Para reflexionar quisiera tomar lo dicho por Freud acerca de la concepción psiquiatrizada y academicista del psicoanálisis. Cosa que a veces parece que hay que hacerlo cada vez más a puerta cerrada.

Freud, en ¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?, postula que un lego, es decir un no-médico, puede bien no ser lego en materia del psicoanálisis.
Decir que hay un deseo del lego, no es hacer una apología anárquica sobre la formación de psicoanalistas y, por lo tanto, decir que analicemos todos.
Ciertamente es ilegal hacerlo sin una matrícula; el buen Freud ya no podría defendernos ante un estrado.
Pero lo que sí quiero remarcar es que un no-medico, o un no-psicólogo de títulos universitarios, puede tener algo para decir, algo para responder, algo en lo que intervenir.

Por último, pienso que no sería vano hacer una diferencia más a lo que considero como el deseo del lego. Muy distinto a este, podemos encontrar habitualmente el “deseo, delego”, esto es: ante lo que a uno lo  causa, se lo delega a otro que podría hacerlo quizás mejor. En suma, lo que dimos a llamar en el grupo la militancia de la impotencia.

Quisiera hacerles la siguiente pregunta: ¿A dónde nos lleva el discurso del psicoanálisis?
A donde, imposible saberlo. Pero que nos impulsa, que nos moviliza y hace de nosotros caminantes habladores con nuestras propias sombras, de eso  estoy seguro."

* Ponencia Presentada por participante del Grupo de los Viernes en la Jornada realizada el 1° de Diciembre de 2012. CABA, Argentina.   

sábado, 8 de diciembre de 2012

“De la Teoría como Madre a la lectura como sinthome” (*)




“Dotados de los mismos títulos de nobleza universitaria¸ es decir, de la misma esencia, los jóvenes y los viejos solamente han alcanzado grados diferentes de realización de la esencia. La carrera no es sino el tiempo que hay que esperar para que la esencia se realice. El ayudante es prometedor; el maestro es promesa realizada, ha pasado ya sus pruebas. Todo ello concurre a producir un universo sin sorpresas y a excluir a los individuos capaces de introducir otros valores, otros intereses, otros criterios en relación con los cuales los antiguos resultarían devaluados, descalificados.”[1]

“Vayamos más lejos. El analista es aún menos libre en aquello que domina estratega y táctica: a saber, su política, en la cual haría mejor situarse por su carencia de ser que por su ser.”[2]  

Buenos días. Lo que sigue intentará situar algunas coordenadas generales respecto de lo que ha sido nuestro trabajo durante este Año 2012 que declina y se hunde en su ocaso.
Este Año nos hemos propuesto abordar la cuestión del deseo del psicoanalista, punto axial y agente de la cura analítica en el pensamiento de J. Lacan, ya que a su entender es lo que en último término opera en el análisis. La temática que elegimos no es para nada simple, ya que ponerse a trabajar sobre tal concepto nos interroga a su vez sobre qué nos pasa a cada uno de nosotros con eso. No estimo casual que al escribir estas líneas que hoy comparto, cierto malestar me invada y me problematice el poder pronunciarme lúcidamente. Algo de incomodidad en sostener esa función, desde luego, parecería jugarse: ¿será, tal vez, la incomodidad de enfrentarse con la libertad que genera la imposibilidad que nos trasmite el psicoanálisis cada vez que nos revela la inexistencia de un modelo a seguir en función del cual sostener una ontología como analistas?      
El deseo del analista nos convoca a pensar en el psicoanálisis más allá del consultorio, también, al menos a mí, en tanto es aquella función que se pone en juego, del algún modo, cada vez que intervenimos, a la hora de tomar la palabra en relación a lo que el psicoanálisis intenta transmitir. En este sentido, esta noción de Lacan de la cual nos apropiamos, y a la cual estimo central en lo que a nuestra praxis respecta, nos pone de cara a una serie de cuestiones que van más allá de la mera escucha de un relato en sesión. Involucra también: los modos de construir teoría, de conceptualizar la orientación de la cura, de escribir y de leer los textos, de pensar los conceptos, de conversar entre nosotros, de formarnos como analistas, en suma, de circular. El deseo del analista es inseparable de todas estas cuestiones. Implica, básicamente, tomárselas en serio.
Quisiera abordar la cuestión convocante por la vertiente de nuestra formación como analistas, haciendo en principio especial énfasis en lo que observo como ofertas actualmente articuladas para llevar adelante tal emprendimiento. Cuando digo “actualmente articuladas” no lo digo ingenuamente, ya que es la definición misma que nos da Lacan de la dimensión de la demanda. Hay una demanda de ser psicoanalista que podemos detectar con facilidad por diversos ámbitos. La cuestión es ver cómo los analistas se posicionan frente a esta demanda de ser (como toda demanda). Se observa con singular frecuencia la respuesta, una oferta que se brinda, desde el lugar del Saber (S2), saber avalado, consistente, legitimado. Esta es la respuesta, vamos a decir… dominante. Por esta vía, se cae en lugares donde el interés que prima primordialmente es ver quién sabe más, a lo cual se le agregan otra serie de intereses asociados: ver quién tiene más títulos y de qué, quién conserva más anécdotas biográficas con personalidades eminentes; en suma, se trata de la cuestión del curriculum. O sea, lo académico-laboral se asocia claramente al discurso imperante epocal donde el saber vale por su supeditación al superyó capitalista. Se vende, se compra, se consume saber. Basta, por lo demás, con preguntarle a google cualquier cosa que no sepamos que él nos la responde. Quizá de aquí pueda inferirse la proliferación neoplásica de tantas “maestrías en psicoanálisis”. Cada vez más “magisters”… y menos psicoanalistas. O mejor dicho: cada vez más demanda de ser psicoanalista y menos deseo del analista.  
La demanda de ser analista, no es la búsqueda de autorización sino de autoridad, matiz al cual deberíamos prestarle mucha atención. Hace tiempo que acuñé la expresión Otro del Saber para delimitar aquello que motiva la sed del neurótico, ese incansable militante de la impotencia.  
Podemos decir que la búsqueda de un Dios o de un Metalenguaje, si seguimos a Freud cuando nos habla del narcisismo, es propia del Hombre en tanto este, a ese nivel, permanece atado a una horda liderada por un Jefe.
En este punto, resulta de interés retomar la diferencia que introduce Lacan al trabajar el caso del “Hombre de las ratas” de Freud, en donde sitúa que lo inexacto de su interpretación no va en detrimento de lo verdadero de la misma. Del mismo modo, algo puede ser muy “exacto” desde el punto de vista de la realidad objetiva - es decir, imaginaria -, pero no tener ningún valor de verdad en términos de la realidad psíquica o subjetiva. En lo tocante a nuestra formación como analistas, creo que podríamos pensarlo de la misma manera. Hay un camino que privilegia el entendimiento “riguroso” y “fiel” a la santa palabra del “especialista en lacanismo” o del “traductor de lacanés”, como si el discurso de Lacan fuese un lenguaje, subrayando el un. Es el camino de la exactitud, donde se cita al autor “a la letra”, con número de página, párrafo, renglón. Se sigue, vale aclararlo, el ideal de la transmisión científica que forcluye el testimonio en pos de una supuesta objetividad, netamente pre-lacaniana, por más que duela aclararlo. Una nueva corriente de “objetividad” nada menos que… en psicoanálisis. Pero el testimonio es signo de que un sujeto toma la palabra, involucrándose, implicándose, agenciándose de la Teoría, jugando con ella (lo cual no es sin aceptar previamente su falta). El testimonio no es transmisión desinteresada, sino la toma de una posición crítica.
Una lectura debería ser el sinthome con que cada analista supla la no relación sexual que lo atraviesa con la Teoría psicoanalítica como Otro. La transmisión academicista, cuando se pretende LA lectura – la que vale para todos, como La Ciencia o La Religión -, más que sinthome es un síntoma, liso y llano. Es decir, la realización de un deseo incestuoso donde el lector copula con el Ideal, esa teoría Toda, o sea, Madre. De allí la imprescindibilidad del propio análisis: para no coger con los libros.  
Puede pensarse que la transmisión de corte academicista, donde el “Maestro” (que sabe) enseña – en el doble sentido de la palabra – al “Alumno” (que no sabe), tiende ni más ni menos que a la forclusión del deseo del analista. Esta es una conjetura muy personal, que a cada cual le tocará comprobar. Creo que tiende a la forclusión del deseo, ya que anula el estilo, piedra de toque de la autorización, privilegiando el enunciado antes que la enunciación. Forcluye el deseo – como recién decía, es una conjetura - en tanto promueve la existencia de un Saber que responde a la demanda de ser psicoanalista, llenando el lugar que debería quedar vacío. Parafraseando a Lacan: Si el psicoanálisis habita en la falla irreductible a todo Saber, no le es dable desconocerla sin alterarse en su discurso.
Ahora bien, la cuestión a interrogar quizá sea por qué más allá de los “ofertadores de respuestas” consoladoras, es por qué hay quienes buscan y aceptan eso. Estar en tal o cual Cátedra universitaria, estudiar en un grupo privado con tal o cual profesor, o en tal o cual Institución psicoanalítica, trabajar para OSDE, etc. Metas del deseo con que muchos se atiborran de papilla asfixiante, para no tener que tomar la palabra en nombre propio.  
Pero otra respuesta a esa demanda, de la cual todos los que nos interesamos en el campo analítico formamos parte, es posible, de este testimonia nuestro Grupo de los Viernes. Y esta respuesta necesariamente tiene que venir por la vía del deseo, es decir, por lo que de la demanda es irreductible a la satisfacción de una pura y simple “necesidad”. Nada debería de haber de necesario es querer ejercer la posición del analista. Eso resultaría, cuando menos, sospechoso. El deseo del analista, cuando impera despóticamente en un análisis, es pulsión de muerte. La impureza del deseo del analista remite a que no existe EL psicoanalista, básicamente y que no queda otra más que savoir-faire con el psicoanálisis, cada cual siguiendo su propio camino, respetando sus propios tiempos, sus propias limitaciones, sus propios obstáculos, sabiendo valorar también los propios aciertos y cediendo un poco de esa ilusión de que existiría algún Otro que sabe más o que podría hacerlo mejor.
En “La dirección de la cura…”, polemizando con “el psicoanálisis de hoy”, Lacan situaba la creencia de algunos autores en lo innato del ser del analista, analistas que pretendían que en la cura es más importante lo que se es que lo que se dice o hace. De ahí la ideología del “Yo fuerte” al que habría de conducir una cura, en el sentido netamente obsesivo de identificarse al Amo, cuanto más muerto mejor. A esto Lacan respondió con la apuesta de concebir una ética que integre las conquistas freudianas sobre el deseo, para situar en su cúspide la cuestión del deseo del psicoanalista. La política del psicoanálisis es la de resistir a la demanda del analizante para que reaparezcan los significantes en que su frustración está retenida. Esto confrontará, pues, al sujeto con la carencia de ser que la metonimia del significante introduce en la “relación de objeto”, es decir, con su deseo. Mas no responder a la demanda, por su parte, implicará concebir que la clínica psicoanalítica es lo que no cesa de no escribirse en el fantasma, ¿en cuál? En el fantasma del analista.
Nuestra modalidad de pensar y de construir en psicoanálisis, nos llevó reunirnos, no sin nuestras dificultades, desde luego, durante todo el año una vez a la semana. Esta es la manera que encontramos de hacer-con el psicoanálisis y fundamentalmente con nuestro deseo en relación al psicoanálisis, más allá de los espacios ya instituidos y conocidos por todos. Es decir, nos cortamos un poco de esos mismos lugares, de esos lugares comunes, bella metáfora cuyo sentido ilustra fuertemente lo que intento situar. Porque, vale decirlo, “alumno”, “maestro”, etc., también son lugares. El lugar del analista no viene dado por ningún aval: ni estatal, ni organizacional, ni metafísico. Se trata de otra cosa. Se trata de autorización.
Si el testimonio plantea algo harto disímil de “formarse en la exactitud”, es que introduce la dimensión de la verdad tal como esta es descubierta por la experiencia psicoanalítica, es decir, como verdad subjetiva. Si el Grupo de los Viernes y esta Jornada, hablan, ante todo hablan de nosotros nos los protagonistas. Por eso, un camino otro que el de lo actualmente articulado, un camino que habilite la broma, el sin sentido, la angustia, el no saber, la contradicción, la paradoja, el oxímoron, el amor, el juego, la poesía, la invención y la creatividad, donde cada cual pueda ponerle el cuerpo a los enunciados del psicoanálisis y no, como el fanático, los enunciados del psicoanálisis al cuerpo, gozando de la verdad.
El esquema que sitúo en la pizarra nos permite pensar un poco la cuestión de la dirección de la cura en psicoanálisis:




Este esquema que es producto de nuestras reuniones, puede resultar una obviedad para muchos pero para nosotros, constituye un hallazgo, una verdadera invención en tanto representa algo significativo en donde pudimos poner nuestro propio criterio, jugando con los matemas lacanianos. La dirección de la cura en tanto camino regrediente de la estulta y neurótica orientación al objeto del deseo con el cual el sujeto se identifica – llameseló yo ideal, realidad o como fuere -, pasando por la sujeción significante a los signos englobantes del Otro primitivo, hasta situar algo de lo que podríamos pensar como desasimiento respecto de ese Gran Otro a través de la instrumentalización de cierto objeto significativo, al mejor estilo objeto transicional. En este sentido, en lo que respecta a la formación en psicoanálisis, creo que hemos tratado de enfatizar más la vertiente de lo significativo que de lo ideal. Y esto se dio, gracias a que siempre pusimos en primer lugar la dimensión de la conversación, de la escucha, del diálogo y de la palabra. En lugar de tratar de adaptarnos nosotros a lo legitimado del psicoanálisis, hemos tratado más de bien de adaptar lo instituido del psicoanálisis a nosotros, a nuestras singularidades en miras de producir efectos instituyentes. Esto, a mi entender, va netamente en la línea subversiva inaugurada por Lacan, más allá del discurso del Amo o Universitario que se hace con sus enunciados y en los cuales eventualmente podemos caer. Lo que nos interesa es su enunciación.
La enunciación del psicoanálisis apunta a la interpelación de la sujeción ignorada a la eficacia de una palabra que se tiene por inquebrantable, a los efectos de causar en un analizante la puesta en acto de su potencia subjetiva en el sentido de que tome la palabra, pasando, de este modo, de “ser parte” de un Otro absoluto a “ser partícipe de un proyecto único e inédito.
Esta fue nuestra apuesta durante este Año 2012, ser agentes de división entre “ser partes” y “ser partícipes”, poder situar y dar lugar a esta contradicción inherente a lo grupal. Lo primero (ser partes) en tanto co-funde ser y realidad – como habitualmente lo hacen los medios masivos de comunicación, por ejemplo, pero no sólo -, lleva a una posición triste y renegatoria donde nada nuevo podrá acontecer. En cambio, lo segundo, castrando de ser a la realidad, habilita la maleabilidad y la construcción de la misma acorde a nuestro genuino querer - ese querer que nos singulariza y que nos hace irrepetibles – promoviendo no la tristeza sino la alegría. Y esta es la alegría que transmite haber coordinado durante este año al grupo. Se trata de la alegría de ser causa y de contagiar algo del deseo, poniendo a circular más que aquello que se tiene, lo que nos falta.      


(*) Ponencia Jornada “Grupo de los Viernes: Freud y el deseo del psicoanalista” – Diciembre de 2012

[1] Bourdieu, P.; “Defensa del cuerpo y ruptura de los equilibrios” en Homo academicus, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2012. Capítulo 4, Pág 199.
[2] Lacan, La dirección de la cura…

miércoles, 5 de diciembre de 2012

"El amor y el deseo del psicoanalista" (*)


"En el último tramo del recorrido que venimos haciendo, en torno al deseo del psicoanalista, surgió el tema del amor en análisis, del amor de transferencia.
El paciente y el analista se eligen mutuamente, hay analista para cada paciente y paciente para cada psicoanalista en esa suerte de encuentro semanal. Esto implica un suplemento a lo planteado por Freud en “Puntualización sobre el amor de transferencia” donde la situación que presenta dificultad al analista es que la paciente se enamore de él. Acá estamos planteando un amor por parte del analista también.
Hay un amor que tiene como fundamento al saber, y la posición del analista, su ética, implica una docta ignorancia, osea el sabe que no sabe. Y es precisamente este vacío de saber, yoico, (inútil), el que le permite alojar el saber de aquel que consulta, ir en su busqueda y no caer en la quietud homeostática que implicaría un saberlo todo. De hecho en el texto antes citado, Freud plantea “ella (la paciente) tiene que aprende de él a vencer el principio de placer”, el principio de placer entendido como la homeostasis, como la tranquilidad de la cobardía neurótica de sostenerse en la ilusión narcisista de completud, un no querer saber nada de la castracion.  
Entonces el analista no sabe y por eso pregunta al paciente, ya que se trata de su saber, y es  esto mismo lo que lo hace sentir amado, el interés que demuestra su analista. Ahora bien, llegado un momento nos sucede, como pacientes, lo que Lacan comenta en el seminario 8 que le sucede a Alcibíades con Sócrates. Al sentirnos amados reclamamos un signo de amor, el cual no nos es dado debido a la posición de abstinencia del analista, suscitando en el que hasta entonces era el amado (el paciente) una demanda.
Es esta frustración, el no responder a la demanda, vía el engaño del amor, lo que permite que emerja algo de la división del sujeto en esa demanda. Ya no se trata del objeto amado completo, sino de un objeto que siendo amado deviene deseante, el milagro del amor, como dice Lacan, vía la sustitución del amado por el amante.
El deseo del psicoanalista es el operador que permite este viraje que marca la entrada en el análisis. Si el analista respondería con el signo de amor, avalaría la posición desde la cual el sujeto se nos presenta de entrada, la cual está en íntima conexión con el fantasma, el desearse deseante: Yo deseo esto. Ahora bien, el psicoanalista sabe que esto es una ficción, que el objeto que nos interesa en relación al deseo no es el que está delante, el de la intencionalidad, sino justamente el que lo causa, el que está detrás, el que está perdido por estructura.
En el libro de Rabinovich “El deseo del psicoanalista” se plantea la cuestión de que éste está articulado con el concepto de privación, en tanto agujero en lo real. Ya no se trata de la frustración, en tanto el otro no me da, (el signo de amor), sino de una falta estructural, el Otro no tiene. Podemos pensar que si esta falta pertenece a la estructura, ¿Qué objeto puede llegar a dar el analista? Cualquier objeto que se ponga en juego en esa dimensión no hara mas que corresponder al engaño yoico.
Lacan comenta que si Sócrates no responde a la demanda no es por temperancia, sino que  al no saber lo que tiene, no lo da. El objeto no es universable, no pertenece al orden de la necesidad, sino que es una contingencia.
Lo que me parece interesante de este recorrido es como a partir del amor se pueden diferenciar dos corrientes, una que hace lugar al deseo y otra que no.
Decía anteriormente que el analista al hacer sentir a su paciente que está en el lugar de objeto amado, a partir del interés que le muestra, suscita via la demanda inconsciente (del lado del paciente) algo que pertenece al orden del deseo, de la falta. Y que esto es un movimiento necesario para que el análisis comience, el pasaje de cierta consistencia, que implicaría el yo deseo, a la división que está del lado del sujeto del inconsciente. Osvaldo Umerez, en su libro “Deseo, demanda, pulsion y síntoma”  comenta que la posición del analista está ligada a la asunción de la imposibilidad del decir su deseo, por el deseo no se demanda. “El neurótico quiere que ustedes le demanden algo, y como ustedes no le demandan nada, tal es la primera entrada en el análisis: él comienza a modular las suyas, sus demandas”. Aparece entonces le pasaje del yo deseo, a la determinación del sujeto por las demandas inconscientes, un sujeto que boya en las cadenas significantes. Vacio que se desplaza y nos devela aquellos significantes de la demanda que sostienen el lugar en el que el deseo está fijado.
Esta situación que se plantea en el análisis es correlativa a lo que sucede a nivel de la constitución subjetiva. En el capitulo V de La interpretación de los sueños, en el punto f, Freud habla sobre los sueños típicos de muerte de seres queridos. Es raro leer a Freud referirse a algo típico y más en relación a los sueños donde no propone ningún manual universal de correspondencias entre material del sueño y significado. Entonces “típico” puede ser tomado, realizando una operación de lectura sobre el enunciado freudiano, como tipificante, estructurante. Y de paso, ya que como propone Umerez, leer es tener la convicción de que el otro dijo mas de lo que quiso decir, o sea la presencia de lo inconsciente en el otro, podemos equivocar el titulo del apartado: sueño de muerte de seres queridos – sueño de muerte del ser querido.
El ser querido podemos entenderlo como el yo ideal, ese lugar que tenemos en el campo del Otro al cual nos alienamos. Hay que diferenciar la experiencia subjetiva del falo que tiene el niño en forma retroactiva (una vez que deja de serlo), de el lugar de falo en el deseo de la madre que como tal nos preexiste, y tiene que ver con la historia materna. Si va a haber lugar o no por fuera de éste es la cuestión estructural que podemos pensar en esta frase “freudiana”, si va a haber muerte del ser querido, del ser amado, del narcisismo, para que pueda emerger algo de la dimensión subjetiva, del deseo. El sujeto es eso que no entra en la escena del Otro, aquello que justamente le escapa.
Si el sueño es una realización de deseos, podríamos hipotetizar que el deseo puesto en juego en este sueño tiene que ver con la separación, con la muerte del ser querido, del ser objeto de goce del fantasma materno, del “ser”.
Como decía en el principio del texto, para que haya análisis se debe poner en juego una perdida, para que entre en juego el sujeto como vacio que se desplaza en representaciones inconscientes. Esta perdida, herida narcisista es la que ubicamos en la constitución subjetiva, pero que solo se da en la medida en que el Otro deje un lugar vacante para que se puedan establecer covariaciones, algo símil a lo que dice Lacan en su definición de estructura.
Pero, ¿que pasaría si no esta en juego este deseo en el lugar del Otro, si no hay inscripción de esta falta estructural? El sujeto es efecto de esta inscripción.
En este punto es donde introduzco la segunda corriente del amor, corriente estragante que ubico del lado del goce. Este amor materno, que aplasta toda emergencia subjetiva, ligado a la presencia del yo ideal, objeto estulto, en la medida en que la estulticia es según Foucault estar abierto a las representaciones del mundo en forma acrítica, sin un trabajo de apropiación propio de las investigaciones sexuales infantiles o del juego.

Lo planteado me lleva a reflexionar sobre terapias en las que no se pone en juego el deseo del psicoanalista, en tanto lugar vacante en el que el deseo del sujeto puede realizarse en tanto deseo del Otro, como lo define en su libro Rabinovich. Formar pacientes siguiendo el modelo de los ideales propios, del prejuicio del analista y de cómo éste conciba al mundo, me parece ubicado del lado del amor estragante del terapeuta que objetiviza al paciente a su propio mundo de representaciones; posición muy diferente de la que proponemos desde el psicoanálisis, en la que el amor es una via, un engaño quizás, para llegar a lo verdadero. Lo verdadero ahora si entendido como opuesto a La verdad del lider, como universal. Lo verdadero, para ir finalizando, está del lado de lo que puede dejar de serlo, lo que precisamente no es necesariamente verdad, sino que es contingencia."

* Ponencia Presentada por participante del Grupo de los Viernes en la Jornada realizada el 1° de Diciembre de 2012. CABA, Argentina. 

martes, 4 de diciembre de 2012

"Definiendo lo verdadero en el juego. Un más allá de lo exacto." (*)


"Este año quise terminar con este escrito, un desafío que emprendí en lo personal a partir del año pasado, escribir en la práctica, y con la práctica.  Este escrito habla del juego, y está relacionado, con la pasantía, que la facultad tiene como requisito, en el recorrido académico. La materia en cuestión, se llama “El rol del psicólogo en ámbito comunitario”. El espacio en donde realicé mi práctica es en la casa Torquatto Tasso, en este mencionado espacio funcionan varios talleres, en el que participé  es el de los sábados, es un taller de juego, el taller tiene diferentes sectores, y las edades de los niños que participan son muy variadas, el lugar esta ubicado en la Boca. Barrio complejo, por un lado el colorido de la parte turística habla de un maquillaje, una puesta en escena de una realidad que puertas adentro no existe tal cual se ve. La Boca en el fondo es gris, dijo la señora que guió en la recorrida barrial. Es verdad la boca en el fondo es opaca.

En este contexto y con muchas expectativas llegué al primer sábado de la práctica, un mundo nuevo empezaba a asomar, no estaba ansioso, solo tenia ganas de conocer como funcionaba un espacio donde se juega, y cual era el rol del psicólogo ahí en el territorio, pesaba sobre mi el Grupo de los Viernes, la lectura que hacemos los viernes de Freud y Lacan, digo pesaba por que era como las botas de los astronautas, me ponían los pies sobre el terreno, sobre el suelo que iba a pisar y surgieron una cuantas preguntas; ¿Qué hago?   ¿Cómo intervengo? Y sobre todo  ¿Cuál es el rol del psicólogo en el ámbito comunitario?
Se me acerca Dolores (una de las coordinadoras de la casa), y me dice: “te toca el metegol” y aclara “es el espacio más conflictivo, se juega tranquilo hasta las once mas o menos, después comienza el conflicto” y agrega que las reglas la diseñaron ellos, los chicos digo, me dio las pelotitas y las tarjetas.
Como dijo las reglas la habían diseñado ellos, y los turnos y las sanciones ayudaron a mantener el orden. Los turnos se daban de la siguiente manera, si había cuatro jugadores, los ganadores continuaban en la mesa hasta cinco partido, si había mas de cuatro jugadores se mantenía en la mesa el ganador hasta tres partidos, después debía esperar su turno.  Por otro lado las sanciones eran; si los chicos se pegaban o se insultaban había que sacarles la tarjeta roja, si escupía la mesa  amarilla, con amarilla perdía su turno, y con la roja tenia que dejar el juego.  
El juego se dio en la primera hora con una tranquilidad, tanto que Lesli (una de las pasante de trabajo social) se acerca y me dice jamás el metegol estuvo tan tranquilo, finalmente lo que se esperaba ocurrió. El conflicto apareció. Por una nena, y fíjense que lo digo muy a propósito. Ella  estaba jugando y  se aburrió lo abandonando el juego, dejándole el lugar a Fabricio, pero este ya había jugado y a parte en la mesa estaba Brandon, que no quería jugar con Fabricio, quería jugar con Álvaro (Álvaro es un nene con síndrome de dawn), creo que era porque Fabricio le iba a ganar y con Álvaro, Brandon tenia  altas chances de ganar, cabe aclarar el carácter de Brandon, este niño no se banca la frustración, tiene un carácter fuerte y  a parte es un niño de una contextura física maciza. Fabricio no quería dejar el lugar y Brandon no quería jugar con el, frente a la situación lo primero que hice es tomar la pelota, los chicos que estaban alrededor del mesa me la pedían, y yo les respondí, que el arbitro, y por lo tanto era el que tenia que tener la pelota, y que el juego estaba suspendido, lo aclaré por que frente al desafío de Fabricio ya que  ellos me pedían que le saque tarjeta, lo cual pensé en ese momento que iba a agravar la situación. Fabricio me dijo “vos no mandas acá” y lo primero que se me ocurrió decir es; “no yo no mando soy el arbitro”. En ese momento es cuando en medio del conflicto me apoyo en los coordinadores y ellos acuden a la intervención, una de las pasantes invita a ir a la placita a jugar lo que queda de tiempo al futbol, y eso hace que el conflicto se diluya. Así fue mi entrada al Tasso, Fabricio marco su territorio, y me llevo a su terreno. Tenía, yo que pagar el derecho de piso, pero no tenia que demostrar debilidad, tampoco autoritarismo. ¿Qué hacer? Fue la pregunta en ese momento, y sigue siendo hoy, como entender el juego, como encontrar el rol del psicólogo, como leer la realidad desde la clínica psicoanalítica, y más practico aun, como articular este espacio de lectura que dimos en llamar el GV,  con la practica cotidiana haciéndonos cargo de la demanda. Haciéndome cargo de la demanda ahí donde los diferentes espacios abren a los sujetos la posibilidad de verdad, la verdad que se manifiesta cuando emerge lo singular.  
Pensar en el juego, siguiendo la línea que nos convocó este año, Feud y el deseo del analista, se desprende una idea, poniendo en la escena del teatro, el sujeto capturado por el deseo del otro, en la lógica del fantasma, se despoja de la angustia, saliendo de la posición de objeto para convertirse en el director de la orquesta. Como dice Irene Fridental: “se juega allí una ilusión de autonomía que funciona como pantalla, ocultando el punto de partida que es el deseo del otro, la posición de objeto para el deseo del otro” el juego libre en el Tasso va en este sentido, las reglas la ponen los mismos que juegan, y hay un circular por todo el salón, unos juegan solos, otros en grupos, unos en un espacio pintan, hacen que le lean  cuentos, otros van a la plaza, y juegan al futbol, otros en los distintos talleres también juegan; en apoyo escolar, en cine, juegan, y se constituyen como sujetos, en tanto que se le da un lugar a la construcción subjetiva. Pero la presencia de un adulto, no es un punto menor a tener en cuenta, se está ahí para intervenir frente  a un conflicto, y se interviene desde la transferencia, uno es puesto en el lugar del “profe” se es para los chicos “profe” antes que otra cosa. Hay un lugar de autoridad, que va ser ocupado, los nombres en principio no importa, el vinculo hay que generarlo, hay que poner en juego algo de uno, hay que semblantear. Tomarse las cosas en serio, jugar en serio, para poder salirse del juego e intervenir, no se finge en el juego, si uno no juega en serio pierde credibilidad, y cualquier intervención esta destinada al fracaso, como también  jugar en serio y no poder correrse en el momento preciso, o hacer del lugar de autoridad, desde el cual interviene uno, un dispositivo autoritario. Saber que el lugar de profe esta ubicado en lo que Freud llama el ideal del yo, aclara en medio del caos, digo caos como potenciador de algo nuevo, el rol del psicólogo en el ámbito comunitario, lo aclara porque nos permite al menos dilucidar el campo, no definirlo ni delimitarlo, sino  por lo menos intuir, y lo digo en términos futboleros, que por ahí va la bocha. Los saberes son interpelados por la realidad, que se presenta como recortada, que se abstrae de su complejidad, se abstrae por que debemos hacer un recorte para un trabajo mas sistemático, necesitamos un saber teórico, para leer los hechos y eso supone ya un recorte, supone un arbitrio, un alcance, un límite y eso nos obliga a pensar desde nuestra subjetividad, si  tomamos esto como lo objetivo, lo exacto, el rumbo se pierde y ya no intervenimos, sino adiestramos, seremos el padre de la horda primitiva, el líder del que reniega Neachtzche, el pastor, el sacerdote, el general, el político o digámoslo así el mal político , en fin todo aquel que encarne la verdad.
Y vuelvo al principio, a pensar en el juego para preguntar, una pregunta hecha en este mismo espacio el GV, ¿en que cree el analista? La respuesta es simple; el analista cree en la castración, el recorte teórico que hacemos va en este sentido, no es posible la aprehensión de la realidad en su totalidad, pero si es posible dar cuenta de nuestra subjetividad y ponerla a trabajar, cito a otra autora Diana Rabinovich, para ilustrar este párrafo; “el psicoanalista debe ofrecer vacante, vacio, dejar libre el lugar del propio deseo, el no ha de estar ocupado por ese objeto que es el deseo de su Otro particular. Debe ofrecerse vacante a fin que el deseo del paciente – el deseo como objeto, el deseo del otro- se realice en tanto que deseo del Otro vía ese instrumento para su realización que es el analista en cuanto tal”. Si el rol apunta a esto, el juego, en el espacio como el de la juegoteca del Tasso, se lo vera como una necesidad vital, porque se lo considerará a los niños como sujetos de derechos, libres e independientes, no como un objeto manejado al antojo, como venimos diciendo, del deseo del Otro. Y otra cosa que me pareció fundamental en este recorrido por la casa Tasso, es escuchar, escuchar con el oído de analista para distinguir una demanda de necesidad de una demanda de amor y no achicar el grafo del deseo, y para ello hay que aprender a escuchar, valga la redundancia, y eso es praxis en el terreno, porque no también praxis en el terreno de lo teórico, aquí los viernes, porque no podemos sistematizar la realidad sin un conjunto de conceptos previos, pero tampoco la realidad es posible fuera de la lengua, no hay subjetividad fuera del lenguaje, y si no hay subjetividad no hay posibilidad de sujeto, por eso creo que el rol del psicólogo en el ámbito comunitario se juega en la manera de como fuimos implicados dentro de una comunidad, cuando intervenimos en el afán de desentrañar los conflictos que en la marcha misma del devenir nos plantean desafíos, y frente a ellos damos lugar a nuestra creatividad donde el fantasma singular del analista provoque en el espacio comunitario eso que Rabinovich en la cita de arriba dice “ofrecerse vacante”.
Hemos venido entendiendo todo este tiempo, que la sola presencia allí donde la demanda abre la posibilidad del lugar llamémosle autoridad paterna, es ya una intervención, por eso insisto, nuestra formación teórica es necesaria, pero para deformarla, uno se forma para deformarse en función de lo dicho anteriormente. Es preciso saber como funciona el aparato psíquico, por eso leemos a Lacan a Freud, a autores en esta línea, para después caer en la paradoja de entender que el analista no sabe nada, nada de la subjetividad del analizante, el psicólogo en su rol de psicólogo comunitario, tampoco sabe nada del saber de esa comunidad a la cual es convocado, si se sabe algo que no hay ignorancia, no hay ausencia de saber, en la comunidad como en el analizante, siempre se trata de un saber que puede en el caso de la comunidad ser insuficiente para salir del problema y en el analizante se trata de un saber sintomático,  que entra en una lógica del goce, padeciendo la realización del deseo. Es un círculo que en ambas situación, los lleva siempre a terminar donde se empezó.  El trabajo del analista,  es un trabajo donde  este  va intervenir, como un significante que está ahí para otro significante, sin hacer de esta intervención algo generalizable, o sea un saber científico, mas simplemente diríamos el caso por caso.
Concluyendo; podríamos pensar al psicoanálisis en tanto aporte, como para ir encontrando una respuesta al interrogante que se plantea, y ya en términos filosóficos, el ser, interrogante por excelencia, pero no para caer en la certeza, la certeza del ser, todo lo contrario para poner en jaque toda esa certeza. Para ponernos en jaque a nosotros analistas y hacer simplemente lo que hemos venido haciendo, eso que hoy nos reúne en este lugar: el psicoanálisis. Y por otro lado no podía dejar de preguntarme, por ejemplo en la casa tasso, si falta el otro de la ternura que venga a subjetivar a esos niños, como  en el espacio de la juegoteca, ahí en la Boca, ¿no vendría a ocupar ese lugar vacante el otro de la pandilla, el de la barra brava, o cualquier forma de grupo, dado que la grupalidad es vital para el ser humano?
Y para terminar quiero decir, como hemos dicho varias veces en este grupo, los lugares están para ser ocupados, por eso hay que hacerse cargo y ocuparlos. Por eso me quede en la casa Tasso como voluntario.
Gracias."

* Ponencia Presentada por participante del Grupo de los Viernes en la Jornada realizada el 1° de Diciembre de 2012. CABA, Argentina.