lunes, 2 de octubre de 2017

“Negar la negación: de cara a las elecciones legislativas 2017"



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En el capítulo “Secuencia de una lógica”, del libro del analista argentino Daniel Mutchinick El saber de la herejía, el autor extrae algunas conclusiones en relación a la negación dentro de la práctica psicoanalítica. Primero, lo que él llama el papel agitador de la misma, por cuanto apunta a un doble lugar; o bien, escinde al sujeto de cierto ser, o bien, lo distancia de tal atributo. La negación es aquello que permite separar una cosa de otra. Es decir, introduce la discontinuidad y la diferencia. En segundo lugar, el autor señala la virtud de la negación en tanto permite anotar la ausencia. En su perspectiva, Lacan sacará provecho al máximo de esta particular función lógica que es el negar, hablándonos de una negación creadora. Nótese, claramente, el espíritu hegeliano de su formulación. Efectivamente, hay una etapa muy dialéctica en Lacan, así es como entiende la progresión de una cura. Pero, a la vez, heideggeriana: “… la muerte nos aporta la cuestión de lo que niega el discurso, pero también la de saber si es ella la que introduce en él la negación. Pues la negatividad del discurso, en cuanto que hace ser en él lo que no es, nos remite a la cuestión de saber lo que el no-ser, que se manifiesta en el orden simbólico, debe a la realidad de la muerte” (LACAN, Introducción al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud, 1954, P. 360). Siguiendo este razonamiento, podríamos conjeturar que si Freud sostenía que en el inconsciente no hay representación de la muerte, esto se deba tal vez al hecho de que allí tampoco hay - otra aseveración freudiana - negación: pero la inversa no es menos válida. O sea, tal vez allí falle la negación por el hecho de que la muerte – y su poder - no llega a inscribirse. Negando la negación, diremos, ese punto de imposibilidad que no cesa de no escribirse, apelación lacaniana mediante a la lógica modal aristotélica.
Lo imposible, en nuestro campo, tiene varios nombres: LA Mujer, la relación sexual, el goce todo. También, lo Real. Lo que no se sostiene sino, justamente, más que dejándose fallidamente negar, es decir, reprimir como modo de no-saber sabiendo nada de la cosa traumática. Porque el inconsciente es un saber no sabido y el fantasma una escena que sostiene al sujeto frente al agujero. La subjetividad ya es una defensa frente al gozo mortífero, el sujeto del inconsciente-lenguaje ya es una resistencia al capricho del Gran Otro del que depende para ser, más no para existir. Si el Otro me da la esencia, no me garantiza la existencia (esta afirmación no es aplicable al serhablante que se ubica del lado femenino del cuadro de las fórmulas de la sexuación, puesto que allí, por el contrario, sólo está garantizada la existencia de un goce-Otro, excedente al del significante fálico, mas por ello mismo falta toda sustancia; por último, el sujeto psicótico pierde ser y existencia al no ingresar al mundo donde sólo eso es posible y que es el del Complejo de Edipo freudiano). Ese esencialismo es significante y esa existencia es dialógica. El primer efecto del NO dirigido enunciativamente a la demanda del Otro, es el deseo. La demanda es la negación de la necesidad; el deseo es la negación de la negación.

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Aterrizando de un sopetón a nuestra realidad contemporánea, nos encontramos con una coyuntura política donde el 51% de la población, o al menos del electorado, ha elegido “el cambio”, es decir, situar un voto antitético – inclusive con la connotación de castigo – al proyecto nacional y popular que gobernó durante 12 años, desde el 2003 hasta el 2015, nuestra República Argentina. Ganó la negación, y acaso también el negacionismo, que ya es otra cosa, vinculada a lo Freud define como mecanismo perverso y que es la Verleugnung en tanto renegación: negar que se niega. El Supremo de Buenos Aires pasó a ser el Supremo de la Argentina (FEINMANN, 2014, p. 338). Este Pequeño Rey, hijo del miedo, gestor y gerenciador del Macricidio, especie de Isidoro Cañones del Siglo XXI viene a garantizar el siglo de las OBLIGACIONES y no ya del “curro de los derechos humanos”. Ya aprendimos la lección, sabemos de la importancia de que el Estado no se exceda en su función de control y resguardo del establishment, pero ahora llegó el momento de administrar racionalmente esa defensa de la sociedad de bien(es), de la propiedad priva(tiza)da, del libre – y anárquico – mercado. Porque estamos en el capitalismo financiero, mercantil, no ya en el empresarial, ni mucho menos en uno estatista. Demasiados derechos para el pueblo, terminan por generar vagos y parásitos. Hay que insistir: este es el siglo de las Obligaciones. Hay que recordarle al esclavo que es un esclavo, al obrero que es un obrero, al pobre que es un pobre. Es el SIGLO del superyó, sin más. Para eso lo votó la gente, manipulada o no, esta elección fue verdaderamente un castigar, pero entiéndase bien, un castigarse-a-sí-mismo. Mientras tanto, las potencias del Norte y toda su maquinaria bélico-comunicacional descorchan champagne (sin pizza) frente al avance obsceno de los neoliberales. El homo terrorista imperial o, más lacanianamente, el sujeto supuesto imperialista – que no es “alguien” sino un Sistema -, festeja la victoria del Consenso de Washington en su patio trasero. Mientras tanto, los pueblos latinoamericanos, vemos lentamente cómo nuestras ganancias y reivindicaciones históricas se van deteriorando o directamente se arrasan. No creo que sea escuchando a Jacques Allain Miller, que sería algo así como el López Rega del Lacan-Perón, que los psicoanalistas de estos lares podamos concebir y comprender qué es lo que está sucediendo aquí y ahora, porque nadie mejor que nosotros conoce nuestra historia y sí allá había que defender a Macrón a sabiendas de la estupidez de tal elección, acá no había otra chance que Scioli.
No había que negar (antítesis) la afirmación (tesis) nacional y popular que se venía sosteniendo. Hegemonía fallida, ¿por qué no habría de serlo?, pero proyecto identitario, soberano y plural, al fin. Que cada cual lea el discurso de apertura de las Sesiones Ordinarias del Congreso de la Nación del 1° de Marzo de 2015, si quiere enterarse un poquito al menos de lo que estuvo pasando por acá la última década. Yo entiendo que las Conferencias porteñas tienen una edición mejor, que leer a un francés, garpa, pero ¡por favor! No seamos tan colonizados de mente. Abramos los ojos de una buena vez ante el Leviatán que nos quiere convertir en hienas, los unos de los otros.
Resumiendo, y dado que además de psicoanalista, quien escribe es un CIUDADANO, por favor, tengamos el coraje de negar la negación. Hegel, Lacan pero, sobre todo, muchos argentinos (y también hermanos, paraguayos, bolivianos, venezolanos, peruanos, uruguayos, ecuatorianos, chinos, coreanos, colombianos y chilenos, porque este País siempre aspiró a ser una PATRIA GRANDE) que hoy se quedan sin trabajo, sin subsidios, sin educación y sin salud, nos lo agradecerán. Votemos con pensamiento crítico, el último recurso que nos queda ante la osadía del Nuevo Amo.

Buenos Aires, Octubre de 2017.

domingo, 1 de octubre de 2017

“La resistencia y las defensas: Historia/ pasado – Memoria/ olvido”



“¿A fin de cuentas, de La interpretación de los sueños al período que he calificado de intermedio, qué es lo que fue originariamente reprimido? Es, una vez más y como siempre, el pasado. Un pasado que debe ser restituido, y acerca del cual no podemos sino evocar (…) su profunda ambigüedad…”.
(J. Lacan, “Los escritos técnicos de Freud”, 7/1/1954)



“El olvido es (…) persistente. Todo lo negado persiste en la conciencia, persevera. Lo negado engendra peste. Una patología devastadora que enferma a los pueblos. Hay una frase que se utiliza en estos casos y dice que los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo. La frase exige a los pueblos recordar lo malo para no sufrirlo otra vez. Es una frase-advertencia. Pero los pueblos no creen en las advertencias. Las advertencias advierten sobre el futuro, y los pueblos (…) quieren habitar el presente, dado que el pasado quieren olvidarlo y el futuro los asusta. Nada más cómodo que olvidar.”
(J. P. Feimann, El parque de la memoria, 9/9/2007)

El pasado individual es algo tan escurridizo, tan ambiguo, tan sujeto a falsificaciones y lagunas que una reconstrucción ad integrum del mismo siempre resultará una empresa cuasi-delirante. Además, ¿cómo determinar, dice el sentido común, qué fue efectivamente vivido y qué, en cambio, es fantasía o discurso del otro - anécdota, comentario, etc.? ¿Cómo pretender, entonces, que el pasado colectivo no esté, a su vez, determinado por todas estas condiciones pero potenciado en su inconsistencia y complejidad por el hecho de su misma multiplicidad protagónica (de actores involucrados)? Sin embargo, la reflexión del filósofo argentino nos interpela. Pese a lo que señala respecto de lo que sucede con los pueblos, va en otra dirección. Por eso, en ese mismo artículo que citamos y que habla sobre el “Parque de la Memoria” inaugurado en la Ciudad de Buenos Aires en evocación a los desaparecidos por la última dictadura cívico-militar, Feinmann sostendrá que el mismo ha sido hecho “para que nadie los olvide”. “Es una herida en la ciudad, un gesto testimonial, valiente, que habrá que cuidar de la injuria de las hienas y visitar asiduamente para estar ahí, cerca de ellos, inocentes todos, porque el que muere sin justicia, sin defensa, sin ley, con su cuerpo escamoteado al amor postrero de los suyos, es inocente…”. La importancia de recordar, de la Memoria que combate al olvido definitivo que pretende negar el hecho sucedido, se vincula directamente con la noción de Historia que, como señala Lacan en este mismo Seminario citado, no es el pasado (LACAN, 1953-4, p. 27). Y no: la historia no es el pasado. La historia es el pasado re-historizado, simbolizado, reinterpretado, resignificado en el aquí y ahora del Presente. Si el Otro es definido por este psicoanalista como el lugar del lenguaje, diremos que no hay historización posible sin ese Otro. Pero, ¿de qué Otro se trata?
La Clase III se llama La resistencia y las defensas. Lacan está polemizando con un psicoanálisis cada vez más intersubjetivo, centrado en una concepción del sujeto como Yo a quien él mismo articula en tanto imaginario, producto  de una identificación, de una construcción artificial y no en cuanto que dado o psicogénico. Por su parte el sujeto, es el sujeto del lenguaje o, más exactamente, de la palabra. No es lo mismo el análisis del discurso que el análisis del yo. El primero compromete un concepto del análisis donde la verdad surge de la equivocación y en el cual la posición del analista debe ser la de una ignorantia docta (formal) que puede ser subjetivante si compromete al sujeto en una operación dialéctica que posibilite mostrarle que habla mal. Lo cual es diferente de indicarle que se engaña, propuesta que remite al segundo de los términos situados, allí donde se pretende reducir la experiencia a una mala voluntad fundamental del sujeto. A este estilo analítico, Lacan lo llama inquisitorial.
“… sólo la perspectiva de la historia y el reconocimiento permite definir qué es lo que cuenta para el sujeto.” Esto es, el ORDEN SIMBÓLICO. Pero se trata de una dimensión lenguajera que debe dar lugar a la función de la palabra, puesto que sólo ahí la escucha analítica deviene formadora para el sujeto. En este sentido, podemos pensar al Parque de la Memoria no solamente como un espacio significante muerto, enmohecido, polvoriento sino como algo que su manera habla y que, rescato la postura de José Pablo, hay que habitar, visitar, para apropiárselo, agenciarse de él. Hacerlo hablar más de lo que ya habla por sí mismo. Nos dice de una época atroz, oscura, vil y sanguinaria que no queremos repetir. Los pueblos son neuróticos, por eso reproducen lógicas ligadas a la pulsión de muerte. Pero, frente a ello, la radical importancia del recordar para continuar en este arduo trabajo de elaboración de los acontecimientos traumáticos del pasado. Es muy importante hacer este señalamiento hoy, a dos meses de la desaparición forzada de Santiago Maldonado. Los medios de comunicación desvían el foco acorde a los intereses patronales que se sintonizan con un Gobierno que pretende desligarse al máximo de su responsabilidad pero que entorpece a todas luces la investigación del hecho a la vez que encubre de manera grotesca a Gendarmería, fuerza de seguridad involucrada en el siniestro. De esta manera, se instala en una parte de la sociedad un clima de negacionismo o renegación/ desmentida harto execrable. Otro sector social acude a la Plaza de Mayo para reclamar lo mismo de siempre, desde que se fueron los militares: MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA.  
Lo que cuenta para el sujeto-pueblo es el reconocimiento – la no-negación y la visibilización - de aquello que hizo y hace a nuestra Historia. Todo acontecimiento deja marcas, huellas, trazas algunas de las cuales son verdaderamente imborrables porque son constituyentes. Aún las más destituyentes, odiosas, pulsionales y destructivas que puedan recaer, ya sea sobre un ser individual o sobre una comunidad, han de tener algún efecto SUJETO. Obviamente, las consecuencias no serán las mismas, pero no nos vamos a desviar aquí con el entretenimiento burgués de la psicopatología, por más “lacaniana” que se la justifique.
Sin embargo, la clínica, enseña. Y cuando Lacan aborda el caso de Annie Reich, nos introduce a un distingo ético fundamental del que podemos extraer corolarios interesantes. Él no niega el plano al que define como tópica de lo imaginario, donde el amor y el odio hacen de las suyas en el vínculo analista/ analizante, sino que busca asir un elemento tercero que le posibilite romper la dualidad, trascender la (sin)razón narcisista ligada a la proyección y a ese error que es previo a lo verdadero y lo falso. La interpretación de la defensa de ego a ego, elude el planteamiento de una terceridad, de una legalidad gracias a la cual es posible acceder a un tipo de reparación de las heridas que dejó lo traumático para permitirle al sujeto (ya sea individual o colectivo) ir más allá. Situarse en otra instancia, en otro lugar. Para eso el analista, “el único sujeto analizante” (¡! … LACAN, Op. cit. p. 57), pero convocado a ocupar el lugar del Otro con mayúsculas, es quien debe primero rectificar su lugar. Es decir, debe él mismo salir de ese lugar defensivo y resistencial que es el YO, para posicionado como sujeto animado por un deseo [de analizar] permitir que el otro a su vez logre poco a poco, progresivamente, ir ubicándose como sujeto él, abandonando el lugar de simple paciente o consultante.
Trasladado algo de esto a la dimensión de la Civilización, o más humildemente de nuestra sociedad, habría que pensar en la postura que adopta no el Estado sino quienes allí contingentemente se hallan como gobernadores. ¿Alojan la demanda del pueblo que reclama Memoria, Verdad y Justicia o significan violentamente esto como “el negocio de los DDHH”, o “una politización zurdo-kirchnerista del asunto”?
Si ante el analizante cuyo éxito profesional desentona con la gravedad con que llega a cierta sesión, luego de haber hablado de un tema en la Radio de algo valioso para su Otro (la analista, en este caso), esta última responde imaginariamente como si tratara de una cuestión de competencia fálica o lo que mierda fuere, ella desconoce así ese otro plano de determinación asociado al fallecimiento reciente de su madre, ignorando que tal vez algo de lo sucedido – más ajustadamente – haya tenido que ver con ese hecho significativo y traumático en sí, en tanto pérdida, duelo, falta. La analista no aloja, se muestra completa, comprende, clausura el sentido en lugar de permitir que se despliegue abiertamente la subjetivación, la continuidad de la reincorporación y reapropiación no del Falo sino del resto, para empezar a situarlo como causa del deseo y ya no como palea o desecho (recuérdese que fue sólo invirtiendo el aspecto depresivo de la psicología del duelo en una actitud de carácter pseudo-maníaco como este sujeto había logrado superar la muerte de ese ser querido). Es por eso que Lacan dice: “… en la imaginación del locutor, la palabra no se dirige forzosamente a quienes le escuchan sino más bien a todos, tanto a los vivos como a los muertos. El sujeto estaba allí en una relación conflictual: podía lamentar que su madre no pudiese ser testigo de su éxito, pero a la vez, quizás, en el discurso que dirigía  sus invisibles oyentes, algo estaba a ella destinado.”        
El Otro tiene que estar barrado, castrado, en falta. Ese es el que posibilita la verdadera tramitación del horror. Si nuestros dirigentes (y cierta parte desagradable de nuestros contemporáneos) niegan la posibilidad de elaboración introduciendo la perspectiva hobbesiania de que “todos somos lobos entre todos” – recusando, reprimiendo o llenando nuestras marchas de infiltrados policiales y/o barrabravas –, resultan tan inquisitorios y chocantes como esos analistas arcaicos que hipnóticamente imponían un sentido a la subjetividad. De todos modos, sabemos de qué lado en la oposición objetivante/ subjetivante están, como cualquier tecnócrata contemporáneo, por sus modos de (des)hacer la política, forcluyendo de entrada lo político, real y que es el SUJETO como carencia de identidad individual mas no en cuanto que entramado en una realidad compartida, que le da identidad (simbólica), porque le es instituyente.
Durante la semana, Sergio Maldonado aclaro que este acto encerraba no sólo un pedido a que se haga algo sino también un mensaje a su hermano, a quien quiere mucho y espera. Estas líneas reflexivas van dirigidas a él, no son más que otro empuje – solidario del acompañamiento en carne y hueso de la gente en estas marchas – desde la dimensión de lo escrito, que también hace memoria porque rescata del olvido.

Latinoamérica, la de las venas abiertas.
  1° de Octubre de 2017.

sábado, 30 de septiembre de 2017

“El anti-hegelianismo del acto psicoanalítico”



“Voy a mostrar con una observación experimental lo que, por lo demás, es un hecho que puede darse por reconocido en todo el ámbito de la experiencia. Supongamos una muchachita inocente a la que un hombre al pasar le lanza una mirada anhelante. La muchachita desde luego se llenará de angustia. También puede suceder que se llene de indignación y otros sentimientos parecidos, pero por lo pronto se llenará de angustia.”

(Sören Kierkegaard, El concepto de la angustia)

Hegel
¿Es posible resumir en unas pocas líneas una obra tan vasta y magnánima como la de este pensador de tamaña envergadura? A todas luces no, no es posible. Sin embargo, a los fines de nuestro presente desarrollo, es valedera una pretensión sintética que nos posibilite luego decir algo en el sentido de lo que queremos desembrozar a través de una articulación de carácter crítico. De esta manera, es sabido que Hegel representa al padre del idealismo alemán. Racionalismo, “concepción diurna”, esencialismo, filosofía del Verbo en tanto luz del intelecto, podrían ser algunos significantes que resuman de qué lado de la sistematización o no sistematización del pensamiento filosófico se encuentra. Como resume Héctor Mandrioni, en pocas palabras: “En esta concepción [hegeliana], lo real es devorado por lo racional y la verdad es reducida a la “totalidad” del inteligible cerrado sobre sí mismo, de manera que el sistema que totaliza la realidad se vuelve su pieza esencial.” (MANDRIONI, 1981, p. 204-6). Al igual que Fichte o Schelling, HEGEL es otro de los poskantianos que viene a ponderar al Ser en tanto Totalidad que “es y deviene” al mismo tiempo, en el marco de un recorrido o despliegue donde ese absoluto termina por cerrarse en sí mismo. “La logificación de lo real se extiende a todos los sectores; la realidad natural y artística, la religión, la cultura, la historia, la geografía, la nación, etc. se vuelven momentos y determinaciones del ineluctable proceso dialéctico del espíritu absoluto.” (MANDRIONI, 1981, Op. cit.). Lo subjetivo queda subsumido en el desarrollo de la idea objetiva, ambas series se unifican en el Espíritu Absoluto donde coinciden lo simbólico y lo real, en términos lacanianos. La conciencia y el Hombre, que no es sino devenir, se apropia del Ser y eso lo transforma en un Sujeto pleno, satisfecho, acabado. Obviamente, todo esto a través del concepto que es el eje central del universal devenir [MARÉCHAL, 1947, p. 449]. La Razón se entroniza sobre la pasión. Contemplación (filosófica) y sentimiento de sí (apetencia, deseo animal), son superados por la lógica del deseo como deseo del otro allí donde una conciencia desgraciada deja de serlo al ser reconocida por otra conciencia, dialéctica del Señor y el Siervo, que entroniza al primero y esclaviza al segundo (nótese cómo se justifica el feudalismo de un plumazo y posteriormente la mentalidad colonial e imperialista). Esta es también la posición del filósofo entre Civilización y Naturaleza. El Hombre es el Amo y lo natural aquello que debe y puede ser violado, ultrajado, arrasado. Porque el hombre posee la RAZÓN y la conciencia de sí le es dable ejercer su poderío sobre lo real, sin miramientos. Lo real es dominado por la mente. Hegel podría ser algo así como el más atroz de los obsesivos, a diferencia de lo que Lacan sostiene sobre su histeria – planteo que enfatiza la dinámica del deseo en tanto deseante no de algo sino de otro deseo; en efecto, esto es así, pero no debe olvidarse que eso vale para toda neurosis, por un lado, y que en este caso, por otro, hay una voluntad de someter al semejante a través de ese deseo y no meramente de seducirlo, ponerlo en falta, etcétera.

Kierkegaard
Si hay un pensador decididamente antihegeliano, ese no es otro más que Sören Kierkegaard, cristiano y danés, quien es considerado el padre del movimiento existencialista. Concepción nocturna, existencia, cuerpo, misticismo. La singularidad antes que lo Universal. La razón discursiva, para este filósofo, no puede franquear ciertas zonas de lo real que aparecen como devenires, azares, discontinuidades o fragmentos propios de una densidad óntica y un devenir no sujeto plenamente a las leyes lógicas – calculadoras, anticipatorias - del Sujeto hegeliano, racionalista, cartesiano extremo y, finalmente, cientificista. Si el hegelianismo da lugar a una fundamentación más radical del espíritu científico (positivista), del lado del existencialismo en cambio, asistimos a una mirada espiritualmente profunda ligada a la Religión en tanto re-ligar, volver a conectar al ser humano con la ex-sistencia, de la que su ambición de poder y vanagloria pueden extraviarlo (en términos heideggerianos, olvido del ser por fetichización técnica del Ente). Esto no quita que posteriormente, dentro de esta corriente, haya habido pensadores ateos. Bergson, Klages, Camus o el propio Nietzsche en parte son continuadores o contemporáneos de este levantamiento anti-dialéctico, irracional, corporal. Dice Mandrioni a este respecto: “El devenir existencial está hecho de azares y contingencias, mientras que el devenir intelectual-conceptual está edificado sobre conceptos abstractos y universales, que fijan y determinan la libre, móvil y fluctuante realidad en el esquema inmóvil, escueto y petrificado de una idea necesaria y eterna.”

Cuando Kierkegaard distingue al maestro pagano del cristiano, plantea que, en este último caso, “el discípulo es salvado de sí mismo a través de un nuevo nacimiento”. Es decir, el hombre no se inmiscuye ocasionalmente en el discurrir de una trama enteramente impersonal ya sea pagana o idealista, como concepto abstracto que responde meramente a un momento de la eterna evolución de la Idea, sino que, gracias al magisterio cristiano, “se vuelve un hijo de tal manera ligado a su Padre que, a través de esa vinculación misericordiosa, se regenera y se salva.” De este modo, el tiempo representado no por la continuidad abstracta de la razón dialéctica, sino por el instante en tanto átomo de eternidad, religa precariamente la desgarrada existencia humana, definida posteriormente por Heidegger como un ser-para-la-muerte. Todo existente haya su trascendencia en la temporalidad de su ser, finito y mortal. Es aquello que, a la vez, le aporta dignidad de sujeto como singular efímero, perecedero pero capaz - he aquí su verdadera potencia – de dar un salto cualitativo, de una discontinuidad o acto correlativo de una transmutación subjetiva. Esta persona humana concreta o ese-hombre, padece del temor y temblor propios de un ente que no es como los demás, porque habla. Aquí es el habla, la palabra y no el lenguaje en tanto estructura anónima o, como decimos, lo simbólico aquello que condiciona la liberación del hablante. El uso del lenguaje – que es la función de la palabra – es aquello que incide directamente en esa posibilidad de ejercer la libertad o esa libertad de ejercer la posibilidad, según se prefiera. El sujeto, figurado excelsamente por la figura de Cristo, cuando irrumpe en la historia, “es algo ajeno a la inmanencia y al determinismo del devenir temporal”. Se trata más bien de una donación basada en el amor libérrimo – desprendido, separado - del Pater. Padre que en el pensamiento psicoanalítico es metáfora, creación, poesía pero también Ley, corte, salida. Sujeto-amor-ley, diferentes aristas de la misma cuestión, que interesan especialmente a la clínica psicoanalítica.

La angustia del bien o del mal – Lo demoníaco – El ensimismamiento - Lo súbito

Prosigamos un poco más en la perspectiva del existencialismo danés. A estos efectos, nos basaremos en el famosísimo libro suyo El concepto de la angustia. En el capítulo IV de dicha obra, intitulado LA ANGUSTIA DEL PECADO O LA ANGUSTIA COMO CONSECUENCIA DEL PECADO EN EL INDIVIDUO, Kierkegaard distingue entre la esclavitud del pecado y lo demoníaco. Él, nos dice: “En la primera formación tenemos que el hombre está en pecado, pero se angustia por el mal. Esta formación, (…), se halla en el bien; pues, por eso mismo, tiene el individuo angustia del mal. La segunda formación es lo demoníaco. El individuo está en el mal y se angustia ante el bien. La esclavitud del pecado es una relación forzada con el mal, pero lo demoníaco es una relación forzada con el bien”. El pecado, en términos psicoanalíticos, es la falta. Se puede estar libre de pecados, pero del pecado fundamental que es el hecho de existir. Con respecto a este, sólo queda la salvación, la redención que en la perspectiva cristiana va por una vía – que es la de la fe - y, en cambio, en la nuestra, va por otra muy distinta, la del deseo. Aquí ya van apareciendo las diferencias entre el Psicoanálisis y su filosofía. El mal podríamos decir que es lo que llamamos el goce. El bien - ni supremo ni soberano, dado que no estamos ahora en un paradigma idealista o universal -, podemos pensarlo desde el campo freudiano como la ley del deseo. El deseo subjetivo en tanto corolario de la intervención por el deseo del Otro, que es su causa, allí donde este se reduce en lo orígenes – míticos o perdidos – un objeto al que JACQUES LACAN llamó petit a. Ver a otro subsumido en lo demoníaco – o el síntoma, en tanto satisfacción pulsional -, dice Kierkegaard, provoca compasión. Pero, ¡ojo!, nos advierte: “La compasión solamente cobrará su auténtico sentido cuando el compasivo se conduzca en ella y con respecto al que sufre, de tal manera que comprenda con la mayor rigurosidad que es su propia causa la que está en juego…, sólo será auténtica compasión cuando el compasivo sepa identificarse con el que sufre de tal suerte que su lucha por buscar una explicación al mal del otro sea también lucha por sí mismo, habiendo renunciado de antemano a todo lo que sea vacuidad intelectual, sentimentalidad o cobardía.” Estar atado-al-pecar angustia, porque equivale a darse cuenta de la irreductibilidad de la falta—en-ser que nos habita. Pero esa angustia resulta interesante, así enfocada, en tanto allí el hombre (que para Kierkegaard “constituye una síntesis de alma y cuerpo sostenida en el espíritu”) está abierto a la libertad de actuar y esto lo conduce hacia los otros, la vida, el mundo como posibilidad de salir de ese dolor de existir. Esos otros pueden calmar sus ansias vitales, consolar sus dolores, sosegar sus miedos, atenuar sus temblores. En cierta medida, podría decir que, para el psicoanálisis, no hay acto sino social – así como no hay síntoma sino autoerótico - en el sentido de que es exigible para que este se dé la presencia de un Otro (aun cuando el instante exacto del actuar, que marca un antes y un después, en cierta forma no lo considere). Por el contrario, la angustia ante el bien definida como “lo demoníaco” equivale para este pensador a “la no-libertad que quiere clausurarse en sí misma.” Por eso dirá un poco más adelante, que lo demoníaco conlleva ensimismamiento y apertura involuntaria. Para Kierkegaard la libertad es siempre comunicativa, es libertad de hacer lazo social. La no-libertad se rebela al entrar en relación con la libertad de afuera. Se encierra cada vez más dentro de sí misma y no quiere tener ninguna comunicación. En palabras del propio filósofo: “El ensimismamiento es cabalmente mutismo; el lenguaje y la palabra, en cambio, son lo salvador, lo que redime de la vacía abstracción del ensimismamiento.” Esto no impide que el endemoniado – el estulto en términos filosóficos o el neurótico para nosotros – no padezca, empero, una apertura acrítica y del goce del blablabla. Palabra vacía, perorata o monserga. El sujeto instalado en el goce habla desde allí, revela más fácilmente su secreto porque todo en él habla del mismo, a pesar suyo, lo cual no implica que quiera hacerse cargo. Finalmente, si lo demoníaco es angustia ante el bien y ensimismamiento a toda relación comunicativa en su contenido, cuando se percibe su forma temporal, aparece como lo súbito. Es la compulsión, a la que Freud justamente le atribuyó siempre un carácter particularmente diabólico u ominoso: “…lo súbito no conoce ninguna ley. No es algo que pertenezca a los fenómenos de la naturaleza, sino que es un fenómeno psíquico, una manifestación de la no-libertad." Acá hay pura continuidad sin corte, en tanto es una continuidad que no se manifiesta hacia el exterior donde el punto, el límite, la falla es el otro hablante, sino que se dirige autoeróticamente hacia sí mismo. Una continuidad compulsiva que no conduce a ninguna discontinuidad, término muy importante para el pensamiento de este autor, así como para el de todos los antihegelianos de la Filosofía, porque remite a la trascendencia que es posible para el ex-sistente en tanto salto cualitativo transformador (piénsese en Zaratustra y la superación de sí mismo).

Ramos Mejía, La Matanza, Buenos Aires, Argentina
Septiembre de MMXVII


 



jueves, 28 de septiembre de 2017

La pantalla del deseo



En su célebre texto Qu´ est-ce que le cinema?, el crítico de Cine André Bazin habla respecto de “EL EROTISMO EN EL CINE”. En dicho capítulo, nos dice: “Sólo en el caso del cine se puede decir que el erotismo aparece como un proyecto y un contenido fundamental [a diferencia de lo que sucede, según él, en el Teatro y en la Literatura]. No único, ciertamente, ya que muchos film entre los más importantes, no le deben nada; pero sí un contenido mayor específico e incluso esencial.” Por otro lado, y apenas unos pocos años antes de la publicación de este libro – que es una recopilación de artículos varios -, el psicoanalista francés Jacques Lacan, aborda la temática del velo en tanto función psíquica, discutiendo sobre la estructura del fetichismo en Freud, en particular, y de las así llamadas ´relaciones de objeto´, en general (teoría psicoanalítica que hizo furor en determinado momento de la historia de esta disciplina, de la mano de autores como Abraham y posteriormente Melanie Klein). En ese contexto, lanza una pregunta interesante: “¿Qué puede materializar para nosotros, de la forma más neta, esta relación de interposición por la cual aquello a lo que se apunta estás más allá de lo que se presenta, sino una de las imágenes verdaderamente más fundamentales de la relación humana, el velo, la cortina?” (LACAN, 1956-7, p. 157). Y un poco más abajo, responde: “La cortina cobra su valor, su ser y su consistencia, precisamente porque sobre ella se proyecta y se imagina la ausencia.” (LACAN, Op. cit.). Es decir, más allá del objeto del amor, no hay nada. O, mejor dicho; hay nada. Una nada que adquiere relevancia gracias a la persiana misma que la reintroduce como “algo” en el plano intermedio, que es el de la pantalla. Dice Do Luca, volviendo al cine, pero en relación con esto: “La tela de las pantallas lleva en filigrana desde hace medio siglo un motivo fundamental: el erotismo…” (L´Erotisme au Cinéma, 1959). ¿Es casual que esto sea así o, de alguna misteriosa manera – quizá no tan misteriosa -  se vincula con la propuesta del psicoanálisis sobre la metáfora del velo? Esta simbolización hace referencia a fin de cuentas a aquello que luego Lacan llamará “el fantasma” (que articula más formalmente durante el siguiente Seminario de 1957-8) y que puede interpretarse como la realidad psíquica freudiana en sí misma, en tanto que sostiene la posición del sujeto alejada del agujero de lo Real traumático – límite a la experiencia subjetiva. Nuestra realidad es fantasmática pero su esencia (y no “la del hombre”, como quería Spinoza) es el deseo. Si medio siglo del arte séptimo da cuenta de una persistencia de lo erótico, de la sexualidad en la pantalla eso se debe a dos cosas. Primero, a que el modo de constituir nuestra realidad-humana es proyectando la “esencia” libidinal sobre el Mundo, la naturaleza, etc., que nos es característica y definitoria. En segundo lugar, no debe olvidarse que el cine, al igual que la fotografía, supone una captación realista de lo que es, una duplicación “objetiva” que no pretende expresar ningún afecto en particular, como podría darse en el caso de la pintura o de las otras artes plásticas. De este modo, llegamos a la conclusión de que la imagen fotográfica, pero más especialmente la IMAGEN ANIMADA, implican una suerte de redoblamiento de la constitución psíquica del tiempo-espacio que hace a esa escena interior que funciona para nuestro espíritu como una ventana hacia lo REAL. A fin de cuentas, vamos a decir, la tela es una suerte de Gran Otro que como tal implica para cada cual el desarrollo de un guión, de una historia, de una trama que lo sujeta como sujeto historizado. La diferencia entre lo psíquico subjetivo y el fenómeno del cine, es que este último es una alucinación compartida…

No conformes con lo dicho hasta aquí, proseguimos en la lectura crítica de los autores. Nos resulta de interés recordar que para Freud la esencia de todo sueño es erótica (lo sexual, el deseo) y que su desarrollo – el del sueño – es vía el mecanismo alucinatorio (FREUD, 1900) en tanto este es el utilizado cada vez que le es exigido al aparato psíquico la realización o el cumplimiento de un DESEO, que reproduzca la primitiva vivencia de satisfacción (FREUD, 1895). Por su lado, Bazin, al igual que otros predecesores, está de acuerdo con la tesis de la esencia onírica del CINE. En este sentido, dice: “… la analogía entre el sueño y el cine me parece que debe ser llevada todavía más lejos. Reside tanto en lo que deseamos profundamente ver sobre la pantalla como en lo que no podría mostrársenos. Se comete una equivocación cuando se asimila la palabra sueño a no sé qué libertad anárquica de la imaginación. Nada está más determinado y censurado que el sueño. (…)… quiero señalar simplemente que la función de la censura es tan esencial en el sueño como en el cine.” (BAZIN, 1958, p. 277-8). Y más adelante, remata: “La única censura decisiva de la que el cine no puede prescindir, está constituida por la misma imagen…” (BAZIN, Op. cit.). Esto, en la escucha de un psicoanalista, es una joya de definición. Nosotros diríamos, más que por la “imagen”, no obstante, por el significante. La imagen acústica, en todo caso, apoyándonos en Saussure. Tanto la exigencia del arte como de nuestra sexualidad, imponen la prohibición como contrapartida exacta del erotismo. Pero es una prohibición que en realidad encubre una imposibilidad. No se trata de leyes culturales específicas para el caso de nuestro ser-para-el-deseo o de un código oficial o formal de censura para el Arte. Nada de eso. Se trata de que el objeto del deseo, implicado a su vez en toda elaboración artística donde el artista juega con eso, es justamente ese más allá de la Ley, entendiendo a ésta como la Ley del Lenguaje. El juego, el cine y el sexo, implican saber reírse de los mandatos de la demanda superyoica. Porque siguiendo a Freud, la censura, es burlada, a veces más, a veces menos.

Regresando a Lacan, el objeto imaginario se constituye a partir de una proyección, al igual que las imágenes en movimiento. De eso se trata en la función del velo. De velar un trasfondo imposible, de angustia, de TRAUMA, de pregunta e incertidumbre: ¿Qué es ser una mujer? ¿Estoy vivo o estoy muerto? Dimensión que no se puede re-presentar, ni en nuestro psiquismo, ni en la pantalla del Cine a no ser por la vía de cierto horror evocativo, que es del orden de lo siniestro y el objeto a. Cuando el losange cae, se produce la proximidad entre el S y el más allá del objeto de amor o identificación, situación que puede traer muchas consecuencias, dentro de las cuales se destaca el cachetazo de Dora al Sr. K. en la famosísima escena del Lago. Pasaje al acto dice Lacan, como caída o salida de la escena. Si algo no nos gusta en la pantalla, emprendemos la retirada de la sala, o cambiamos de canal.

Lo importante de destacar, para ir finalizando, es que a través del fantasma, velo o realidad psíquica “se instituye (…) una relación simbólica en lo imaginario.” Esto se da por la interrupción o punto en la metonimia de la cadena simbólica, y que es marca de la represión. Esta estructura se patentiza en el caso del fetichismo donde se destaca que “el elemento simbólico que fija el fetiche y lo proyecta sobre el velo, se toma prestado especialmente de la dimensión histórica.” “Es el momento de la historia en el cual la imagen se detiene.” “El recuerdo pantalla, (…), es una interrupción de la historia, un momento en el cual se detiene y se fija, y al mismo tiempo indica la continuación de su movimiento más allá del velo.” (LACAN, Op. cit.).

Finalmente: “El amor se transfiere mediante una metáfora al deseo que se prende al objeto como ilusorio, mientras que la constitución del objeto no es metafórica, sino metonímica. (…) ¿Por qué el velo le es al hombre más precioso que la realidad?”

Buenos Aires, 29 de Septiembre de 2017            

lunes, 25 de septiembre de 2017

UN CINE DE LO REAL: LA ESTÉTICA DE DAVID LYNCH


 
En el presente artículo me propongo abordar la producción de David Lynch desde mi perspectiva tomando como referente parte de la filmografía del director. La mirada será psicoanalítica, no podría ser de otra manera, tratándose de este particular realizador audiovisual al que muchos aún no conocen, mientras otros tantos lo admiran profundamente, por la singularidad de su creación.

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Muholland Drive (2002) es, quizá, el film que más rápido se nos viene a la memoria al pensar en él, tratando de evocar escenas emblemáticas que nos permitan hacer una lectura y – por qué no – alguna/s hipótesis de trabajo. Esa película sí que impacta en el espectador. Es imposible no sentirse turbado por su desarrollo, un verdadero elogio a la discontinuidad, a la no-linealidad del acontecer temporal. Ruptura, escansión, retorsión. El camino de los sueños resulta una banda de moebius que enlaza fantasía y realidad, ser y no ser, interior y exterior, pasado y futuro, belleza y horror… Vuelve a reaparecer la cuestión del doble tan ahondada por la literatura psicoanalítica, en tanto articula el registro especular del yo y el otro (en ´Picos gemelos´ esto es patente). La “protagonista” – presuponiendo que eso existe en el inconsciente, cuando este más bien postula multiplicidad subjetiva – deviene su propia Otra, o vuelve a ser quien en realidad siempre fue, ¿antes de suicidarse? ¿Se reencuentra a sí misma, ahora muerta, suicidada luego de una larga depresión mayor por su fracaso actoral? De ser así, ella no sería más que un fantasma que asiste al espectáculo de su propia tragedia. El Cowboy, no representa sino lo que se ha dado en llamar Western, es decir, es un símbolo de Hollywood a quien Lynch cuestiona, presentándolo como un ámbito siniestro. Si hacemos las cosas bien, lo veremos una vez. Si elegimos mal, lo veremos dos veces; ¿qué significa ese enigma?

“Hay que despertar”, pero, ¿no es eso también volver a dormir? Fantasías sexuales, poder, traición, fobia… El universo lynchiano revuelve las tripas del espectador promedio quien se acerca a esta inusitada filmación creyendo que conduce hacia algún lado ´coherente´ [piénsese en Inland empire o en Carretera perdida donde un loco extravagante del más allá puede estar en dos sitios al mismo tiempo e inducirte a cometer un femicidio]. Pero de golpe, algo se quiebra, no podemos seguir el hilo conductor. Miramos hacia atrás y el camino se ha borrado, ya no podemos volver. Nos invade la angustia, ¿hay en todo este recorrido algún orden asible como verdad? Desde el psicoanálisis, creemos que sí. Podríamos interpretar la narración como un delirio esquizofrénico, no paranoico puesto que carece de sistematización e inquebrantabilidad. Poco a poco el velo fantasmático que nos aleja de lo real, se va descosiendo, haraposo y raído (los linyeras son otro gran hallazgo repetitivo), se permeabiliza a lo que debe permanecer oculto pero que se presentifica, se manifiesta. Y eso es del estatuto del goce que mejor no.

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Pestilencias arrojadas desde los sepulcros más inmundos al mundillo cotidiano de civilidad e hipocresía mundanas. Algo huele mal en Twin peaks. Y va en serio, es decir, en serie. Lo cual remite a lo que insiste repetitivamente. Estamos jodidos… El cine de D. Lynch es una cofradía de monstruosidades únicas, que denuncian que algo NO ANDA, operando como síntomas de la sociedad de la que forman parte, aunque remitan a su parte menos deseable, ideal, amable, querida. Cada dos pasos un “objeto a” minúsculas salta a nuestro paso, ya sea por la vía del trozo corporal informe – o bien formado, pero pedazo al fin, como la oreja de Blue Velvet -, a través del cuerpo mismo del Hombre elefante, o por la vertiente de esas apariciones alucinógenas que hacen las veces de verdaderos significantes-en-lo-real y que defienden la hipótesis de un mundo enloquecido, psicotizado. Silencio… no hay banda. Pero, “llorando”, cae el soporte físico de una voz, que mágicamente sigue sola, desprendida, desencadenada, separada de su cantante. Vale aclarar, igualmente, que LYNCH no es un caso clínico, ni sus personajes o películas. Nos sirve, como Hamlet a los fines del grafo del deseo, para pensar nuestro campo cuando las barreras que definen la diferencia entre lo normal y lo patológico, se trastocan. Al director le preocupa, sin embargo, el sujeto. Esto se comprueba en la búsqueda de subjetivación del propio hombre elefante. Que nos repugna, que nos entristece e indigna la utilización y la discriminación de la que es objeto, pero que nos enorgullece en su ferviente despertar subjetivo gracias al acompañamiento y escucha del personaje de Anthony Hopkins y de la actriz. Una historia sencilla, también postula un Lynch más humano…

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No hay ideal común: morenas de cuerpos ardientes, autos veloces de alta gama o galanes de telenovela multimillonarios. La estética grotesca, horrorosa, siniestra, suspensiva, habla de un cuerpo pulsional que es el cuerpo parcializado, descuartizado por el goce del Otro, que nos reduce, que nos parcela, que nos viola y ultraja en nuestra supuesta biologicidad. Es de lo real de lo que se trata. Dice del enfermar irreductible, del ser que habla, por el parásito de lalengua. Lynch es el cine de un real que, como sabemos, representa el espacio donde acontece el retorno de lo forcluido. Lo real es aversión al significado de lo imaginario. Los mismos protagonistas a los que nos identificamos en, por ejemplo, Twin peaks, quedan pasmados y absortos ante las cosas que van sucediendo por fuera de una trama lógica en el sentido de la vigilia. Es un cine diferente, invadido, a modo de pequeñas partículas, por un sinfín de otredades del Mal que avanzan sobre el el plano chato y predecible del Bien. El ello ahorca al ego, vía micro o macro sinsentidos/ naderías que truecan los términos comunes para el pensamiento despierto.

A diferencia del teatro que es escena, inclusive escena dentro de la escena, el Cine es un agujero, una persiana semi-abierta [A. Bazin] o una cortina que se abre y que idealmente nos habla de un mundo entero, de una totalidad que simboliza el Universo. Lynch juega permanentemente con esa posibilidad, con ese infinito, con este Todo. Pero es la eternidad espacial de una cinta (moebiana) con corte puesto que se termina, hay una duración debilitada, disminuida. Es que el cine, además de una pantalla, es – o era - una cinta. Eso, por suerte, se corta: así se ata y se desata en otras posiciones. Y si es maleable – interpretable, legible - es porque no puede ser independiente del significante, de lo simbólico. No hay REALITAT sino WIRLICHKEIT en juego. Al igual que nuestra realidad psíquica, la productividad cinéfila tampoco puede representarlo todo. De hecho, no puede representar nada que no sea ya representación. Puede jugar con eso, como hay infinitización del gozo en ciertas estructuras clínicas donde falla la operación paterna. Pero aquí es metáfora. Porque, insistimos, a fin de cuentas, no es casuística esto que escribimos sino interpretación de un inmenso artista que pone toda su creatividad al servicio de una estética/política que apunta al Averno, a lo no instituido, a lo repudiado por nuestro narcisismo, a la deformidad, a lo mutilado, al punto de fuga, al corrimiento de la lámpara. Esa luz que raja el velador (Lynch insiste con diferentes veladores en Muholland drive) es la del deseo. Porque, no todo es oscuridad y penumbra en su mente, hay además renacer, resurgir, esperanza. De hecho, es evidente que hay, abordando ahora sí la subjetividad creadora del Director, que hemos dado con un genuino “cin-ethome”, en tanto es claro que fue a cuyo través que toda esa farragosa materialidad espiritual, que lo podría haber trastornado o mortificado letalmente – y que quizá lo hizo durante algún tiempo en su vida -, ha sido puesta en movimiento, elaborada, plasmada en el sendero del lazo social y la Cultura, es decir, del Eros y en oposición a la pulsión de muerte o Tánatos, donde otros “grandes genios” han cifrado – y lo siguen haciendo - su pasión.  

Argentina, año dos mil diecisiete.-

domingo, 24 de septiembre de 2017

“El psicoanálisis y… el psicoanálisis”


Introducción
Lacan, siguiendo a Kierkegaard, plantea que lo único que se repite es la imposibilidad de repetición. Esto nos lleva a pensar que el primer significante con el que intitulamos este escrito, no es equivalente al segundo. Y al revés. Hay diferencia, el intervalo ya produjo resto. Ese residuo, si lo llevamos al plano histórico, podemos pensarlo como el fluir mismo del agua que transcurrió por debajo del puente – como se dice. Entre el psicoanálisis de Freud y “el nuestro”, efectivamente, hay una hiancia, el correr mismo de la Historia, con sus idas y venidas, sus vicisitudes y contingencias. Logros y fracasos. ¿Podría hacerse algo así como un psicoanálisis del psicoanálisis? De ser posible, ¿qué sería eso? Quizá, con todo, sea sin embargo mucho más interesante que ir por el sendero de una pretendida objetividad historicista, la que creemos para nada interesante en esta contienda de los analistas. Repasemos algunos de los puntos de la crítica lectura lacaniana sobre el posfreudismo. Tal vez nos resulte interesante para pensar el poslacanismo de hoy, si es que lo hay.

Del sujeto por fin cuestionado

“…primero que haya psicoanalistas.”
Observemos cómo Lacan arremete con dureza contra la imaginarización en la enseñanza del psicoanálisis: “El vicio radical se designa en la transmisión del saber. En el mejor de los casos ésta se defendería con una referencia a aquellos oficios en los cuales, durante siglos, no se han hecho sino bajo un velo, mantenido por la institución de la cofradía gremial. Una maestría en artes y unos grados protegen el secreto de un saber sustancial.” Burocratización y esoterismo sectarios que él descarta dado que “la comparación [con el psicoanálisis] no se sostiene”, “puesto que lo que exige es una posición totalmente distinta del sujeto.” Ahí hay discurso del Amo y Psicología de las masas, en pocas palabras, reflexión que nos lleva a pensar en la situación de la IPA, contra la que Lacan polemiza duramente, siendo perseguido por ella, desde luego. La Asociación Psicoanalítica Internacional – y su mandato de psicoanálisis didácticos incluidos como diferenciados del “análisis personal” - opera como un Otro completo donde la incompletud del sujeto queda rechazada por la teleología de la identificación – explícita o ignorada. Tanto la gradación como la consistencia del Master son rescatadas por el aspecto teorético del que son tributarias. Pero, frente a ello, J. Lacan agrega: “La teoría, o más bien el machacar que lleva ese nombre y que es tan variable en sus enunciados que a veces parece que sólo su insipidez mantenga en ella un factor común, no es más que el rellenamiento de un lugar donde una carencia se demuestra, sin que se sepa ni siquiera formularla [se refiere a la falta en el Otro].” De este modo, la matematización o el álgebra responderían por ese hueco simbolizándolo pero sin significarlo, inclusive meramente designándolo, en el marco de una lógica que no debe ser entendida en tanto cerrada o exhaustiva dado que “se trata de conservar allí la disponibilidad de la experiencia adquirida por el sujeto, en la estructura propia de desplazamiento y escisión en que ella ha debido constituirse…”.      

Es decir, salimos de la ontologización subjetiva (del analizante pero también del analista) a la que puede llevar – por ejemplo - la teoría de las “fases del desarrollo psicosexual” (“este es retentivo”, “aquella, oral”, “el de más allá, un genital total sin fijaciones preedípicas”, etc.) para pensar en términos de una dinámica significante donde la regresión es pensada a nivel de la demanda pulsional inconsciente, la cual a su vez introduce una diferencia sustancial “entre el paciente y el sujeto que se le anexa” por ser este último “el producto que se desearía determinado por ella.” Sujeto sobredeterminado por el lenguaje y no simple consultante/ enfermo. A fin de cuentas, el sujeto de la ciencia. Veamos.

La ciencia y la verdad
“El saber, dice Lacan sobre la magia, se caracteriza en ella no sólo por quedar velado para el sujeto de la ciencia, sino por disimularse como tal, tanto en la tradición operatoria como en su acto.” En un psicoanálisis, en cambio, no se trata de ocultar nada, sino de no olvidar que el analista allí “tiene que pagar con lo que hay de esencial en su juicio más íntimo…”. Algo se nos escapa y nos es cuestión de voluntad o superchería. En cambio, dice en 1966: “pretendemos allanar la posición científica, al analizar bajo qué está ya implicada en lo más íntimo del descubrimiento psicoanalítico.” En ambas citas, tenemos la cuestión de ´lo íntimo´. Empero, ¿será también la de lo extimo? Podríamos hipotetizar que, así como Lacan articula moebianamente saber y verdad, del mismo modo, ciencia y psicoanálisis transitarían el recorrido de esa figura topológica, compartiendo su sujeto pero desde distintas ópticas. Como si dijéramos que la creación freudiana es el anverso del cogito (de hecho, lo es), siendo este “un correlato esencial de la ciencia.”

Una manera de encarar el asunto de por qué nuestro sujeto es el de la ciencia, puede pensarse justamente por esta división radical entre Verdad y Saber. Como dice N. López Moratalla de la Universidad de Navarra: “Si la realidad física transciende el modelo, las ciencias pueden progresar y deben, para ello, abandonar modelos, eliminar ciertos planteamientos y probar otros. Es decir, los modelos son modificables. La idea de un estatuto definitivo de la Ciencia es absurdo. Las teorías científicas tienen, por este motivo, un carácter provisional.” De esta manera, la verdad es siempre medio-dicha puesto que un nuevo SABER (descubrimiento, creación técnica, etcétera) puede trastocar la naturaleza de esa verdad, como se comprueba justamente con la aparición del método freudiano. Pero el psicoanálisis va más allá, porque extrae consecuencias muy distintas del “Pienso, luego existo” cartesiano. El Cogito, conlleva la alienación al significante – es el pensar inconsciente, el ser pensado más bien – mientras que el ergo sum, “no funda el ser sino anudándose en la palabra”. Función y campo de la palabra y el lenguaje. Mi existencia, no es sino puramente discursiva y, por ello, más poética que verificable por las vías de una pretendida exactitud. De manera tal que, la ciencia en relación con el sujeto hablante (cuyo SER ya es del orden del residuo, de la pérdida, del objeto a), queda “definida por el no-éxito del esfuerzo para suturarlo.” El a minúsculas es justamente quien impide la formalización acabada de nuestra subjetividad. Pero el científico lo intenta, de lo cual se deduce una articulación pertinente de la Ciencia con la forclusión psicótica. Ésta, efectivamente, no es solidaria del ´pienso, luego existo´ intransitivo que define nuestro Je. Nada es menos seguro para loco (LACAN, 1957-58). Al contrario, en la psicosis hay mayor certeza del Otro que de sí. ¿No es ese, en última instancia, el horizonte cientista?

Ramos Mejía, Año MMXVII