lunes, 19 de febrero de 2018

Palabras



“El poder-goce trata de dominar la subjetividad del sujeto de la polis. Todo el inmenso aparato del entretenimiento, desde los dibujos animados hasta las masacres en Irak, busca sofocar-controlar la subjetividad. Impedir que el sujeto piense. Que el sujeto se haga dueño de sí. Que tome distancias. Que se aleje. Que desconfíe. Que no crea. Que se apropie de su conciencia crítica. Aquí, en esta apropiación por parte del sujeto de su propia subjetividad, aparece la política. La política es conciencia crítica. Es ruptura. Es ausencia y soledad. Es aburrimiento y dolor. Esto, al principio. Luego irá en busca de OTROS a los que abruma este suceso inesperado: no creer más en nada. O peor aún: no pueden entretenerse más. Aquí, el sujeto ya no está sujeto [en tanto sujetado].”

(“La condición argentina”, José Pablo Feinmann)

Se viven épocas complicadas en el país argentino, en particular, y en Latinoamérica en general (cuando no, en el mundo). Ha regresado al poder la «derecha neoliberal» y, lejos de lo que suelen sostener los tibios, no es que “no se sepa qué va a pasar” sino que, por el contrario, el miedo lo genera saber cuál es la mentalidad de los ahora dominantes. Más precisamente hablando, es cuando se pesquisa algo de ese goce del otro – el verdadero, no del supuesto - cuando surge la angoisse, porque ésta es señal de la proximidad de un real referido a una marca [Eindrücke] históricamente material (allende la estructuralidad de la castración, de la que es su evocación traumática por el grado de indefensión en el que vuelve a ubicar al sujeto). El 2001 como momento de crisis o “coyuntura dramática” fechada y situada (histórica) en la que estalla la realidad sociopolítica argentina y con ella la subjetividad, más allá de las defensas fantasmáticas, identificatorias, etc., siempre más o menos eficaces. La ética del psicoanálisis – tal como yo la entiendo - no hace nudo con quienes avanzan en contra de la cultura, de la Democracia verdadera (porque hay la que no es, como la presente del señor Mauricio Macri y “equipo”) y de que el pueblo tenga mayor voz y libertad, queriendo significar con este último vocablo, plausibilidad de articular sueños y proyectos vitales. A los más fieles representantes del sistema cruel - que no configuran ningún Otro completo, vale aclarar - pero que sí sostienen una dirección cuyas consecuencias en carne propia son sabidas, no puede considerárselos amigos del psicoanálisis.

Tiempos de forclusión, de degradación, de mortificación, de desarraigo, donde el entramado social se desteje. He allí las consecuencias de un capitalismo neoliberal salvaje y articulado a un anarquismo-financiero. Si “el inconsciente es la política”, la existencia neoliberal, tecnocrática y capitalista tiende a su abolición (de ambos). En este punto preguntamos: ¿siendo, a su vez, esta degradación de la Política el intento omnipotente de arrasar con lo político? Así como la ciencia se divorcia de la filosofía, lanzándose a un proyecto de realización meramente técnico (“tiempos de penuria” diría Hölderlin; “tiempo indigente” agrega Heidegger), la política contemporánea – especialmente la más ligada a los gobiernos que sintonizan en su posición con las características de la época – pareciera ir en la búsqueda de una clausura en la relación con «lo político». Como dice Byung-Chul Han:

“La política es una acción estratégica. Y, por esta razón, es propia de ella una esfera secreta. Una transparencia total la paraliza. (…) Sólo la política como teocracia se las arregla sin secretos. Aquí la acción política cede a la mera escenificación.”

Podríamos decir que si inconsciente es la política, el núcleo real no-transparente de la misma debe pensarse como «lo político» que, al igual que al objeto a lacaniano, representa aquello que está más allá del DISCURSO DEL AMO en tanto vacío indomeñable, no-lugar a resguardar frente a cualquier índole de nominalismo o – lo que es lo mismo – de Totalitarismo, por ser el resto motorizante del sujeto del deseo. Regresando a Han:

“[En la sociedad de la transparencia] La política cede el paso a la administración de necesidades sociales, que deja intacto el marco de relaciones socioeconómicas ya existentes y se afinca allí. (…) Por eso, la sociedad de la transparencia va de la mano de las pospolítica. Sólo es por entero transparente el espacio despolitizado. La política sin referencia degenera, convirtiéndose en referéndum.”      

Decir capitalismo gore es situar la utilización que del a se hace en el marco de este discurso. No precisamente en términos deseantes, motorizantes si no, más bien, en la vía de ese goce que mejor NO. Lo obsceno, lo impúdico, lo porno, lo “posprivado” e íntimo en su vertiente de exhibición, exposición, fetichización. El cuerpo en su versión fantasmática y renegatoria de la diferencia sexual, como partes mutiladas, parciales destinadas a tapar la castración en tanto real, como falta de un significante en el campo del Otro.  


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El discurso psicoanalítico relanza la tragedia de la «exsistencia», acotando el goce de lo hiper-representable, clasificatorio, objetivante. Época de la psicotización generalizada en el sentido de una nominación pretendidamente totalizante. La tecnocracia, la psicofarmacologización indefinida, el aplicacionismo de manuales factura DSM y de tratamientos al modo TCC (más de la última “C” que de la primera), sitúan una escena cuya característica principal es la ausencia de tiempo para el despliegue del deseo, que se escribe así: S (Ⱥ) porque implica soportar que las respuestas anticipadas velan esta ausencia de respuesta radical. El deseo es un Che vuoi? que me retorna como un: ¿Qué quiero? Esto apunta directo a la responsabilización subjetiva por el estar-aquí, en tanto me conmina a tomar una posición. Así opera, por lo demás, el pensamiento crítico en tanto tal.

Este libro es una toma de partido. Por el contenido pero también por el hecho de la publicación en este momento del país donde ha vuelta a tomar el poder la derecha neoliberal. Hay que celebrar la vida, salir, conectar, compartir, intercambiar, poner el cuerpo, comunicar, transmitir, subvertir. Demostrar que el ejercicio del pensamiento crítico está vivo. Pensamiento crítico y existencia desasida, van de la mano. Los medios masivos de comunicación han demostrado una vez más su profunda incidencia en el corpus social, inclinando la balanza a su favor posibilitando la llegada al poder de un personaje inigualable, a quien se subestimó, y respecto del que todavía nos estamos preguntando cómo llega a ser presidente alguien tan cuestionado y cuestionable. Por algo se ha dicho de la prensa que es, acertadamente, un “cuarto poder.” Y que, “a los boludos no se los ve venir”. Cuestionando ambos dichos, diremos que la prensa, hoy en día y en nuestro país, ha escalado en el ranking de los poderes y que, a este supuesto boludo, lo vimos venir, pero no hicimos lo suficiente para evitar su llegada: lo subestimamos.


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Espero que lo que diga en este punto no ofenda a nadie. En lo personal, mi experiencia universitaria no ha sido mala, lo que tampoco significa que haya sido buena. Obviamente, esto depende de las condiciones en las cuales se desarrolla dicha labor (la de docente universitario). Elegí ser ayudante de una materia anual de la Facultad de Psicología de la UBA, en calidad de ad honorem, durante cinco años, como un modo de persistir en mi capacitación profesional y como una manera de sostener el lazo social con otr@s que comparten la propia causa (o hacen semblante de…). Ha habido encuentros interesantísimos, más que nada, con el alumnado , ese espíritu joven de ávidos e interesados en conocer más sobre la propia posición con relación a los temas del psicoanálisis (pero no sólo, obviamente, porque el Psicoanálisis no es TODO, además de ser no-todo). En cuanto a mis colegas, rescato los intercambios teóricos, las conversaciones clínicas, el poder pensar diferente y que se respete, el interés de muchos por la producción personal y por aportar a - o tomar algo de - la misma.

Sin embargo, lamentablemente en muchos otros casos ha primado el narcisismo y los prejuicios de saber, además de una supeditación casi-militar a la estructura jerárquica, verticalista y piramidal de la organización académica. Se registra mucha burocracia y mecanización de conductas. Humores densos o sardónicos (superyó), poca reflexividad, diálogo, tiempo y espacio para la escucha de lo que insiste y que como analistas sabemos que vale la pena tener en cuenta. En definitiva, lo que acaece en toda institución humana, aunque sinceramente duele ver que suceda lo mismo en quienes tenemos (en mi caso: teníamos) la profunda responsabilidad de formar nuevos agentes psi, se dediquen ulteriormente a la clínica o no. Cuesta correrse de la letra admitida, del sentido coagulado y supuesto a la cita. Eso lleva, por otro lado, a la queja y, como decía antes, a cierto manejo burocrático. Muchos carecen notablemente de la capacidad de generar una genuina transferencia de trabajo lo que torna a las reuniones (o a las clases) un mero juntarse a mirarse los rostros, sin productividad (“plus”) alguna o, peor, con déficit – porque nunca es gratis poner el cuerpo. Se confunde no responder al mandato de tener que hacer, con directa, lisa y llanamente desentenderse de la responsabilidad de brindar una orientación. ¿Nos dormimos en los laureles del Sujeto Supuesto Saber? O también nos vanagloriamos yoicamente en las cúspides del saber “expuesto”, ese que hay que detentar cada tanto, para ubicar a los desubicados, para normalizar a los anormales.

Registro una fuerte mortificación en colegas que, autodefiniéndose como psicoanalistas, aún siguen creyendo en esa idea de “profesión”, desconsiderando que la nuestra – quiero decir, la del psicoanálisis – es una práctica más bien con estructura de discurso, es decir, que postula un modo de lazo social atravesado por una ética singular, que no cesa de no escribirse en los manuales y/o códigos habituales definidos por los Colegios, las Escuelas, Superintendencias, Foros, Cátedras, Facultades, Secretarías, Ministerios y demás... El psicoanálisis se lleva a las patadas con la Universidad.

Porque la praxis analítica conlleva un despeje para con toda esa batuta administrativo-burocrática situándose en su esencia una posición que antepone la falta al famoso “es lo que hay” juvenil y epocal. No entiende de “chapas”, de linajes ni de acomodos (que, aún en nuestro campo, los hay). El psicoanálisis es un movimiento sostenido por el deseo, la apuesta, la implicancia, por la jugada que cada cual hace en función de la aseveración radical de que no existe el Otro del Otro. «Pensar críticamente» – al igual que analizarse -, lejos de suponer una cotidianeidad caótica de diatribas endiabladas y de cáusticas imprecaciones, de peleas, disputas, discusiones sin sentido o confrontaciones estériles (versión imaginaria de lo que representa el PC), es más bien un puente que conduce a una calidad de vida sobradamente disímil. Obviamente, no es para cualquiera. Pero sí vale la pena invitar a descubrir este camino Øtro. Porque en algún lado está. O, mejor dicho: está tan ausente de cualquier lado, que puede estar en alguna parte pero a condición de que una subjetividad se haga cargo de su invención (ambos genitivos).

Buenos Aires, febrero de 2018

domingo, 18 de febrero de 2018

DECANDECIA DE LA POLÍTICA. Aportes del psicoanálisis




“Ahora bien: si el propósito del educador es impedir cuanto antes que el niño llegue a pensar por su cuenta, sacrificando su independencia intelectual al deseo de que sea lo que se llama «un niño juicioso», el mejor camino es, ciertamente, el engaño en el terreno sexual y la intimidación en el terreno religioso.”
(S. Freud, La ilustración sexual del niño, 1907)

“Si la designación Tú eres mi padre ya significa para el sujeto un acto político, hay que encontrar el porqué de su eficacia, ver cómo funciona.” (FERREYRA, 2000, p. 18).    

Continuando la cita freudiana, diremos que cuando adulto, nada mejor que continuar la represión psíquica en el plano político. Tomando esa referencia de Norberto Ferreyra, que él a su vez toma de Leo Strauss, tenemos que decir Tú eres mi padre, ya es un acto político. Pero lo que se vive hoy tanto en Argentina como en Estados Unidos, donde han sido “elegidos” – entre comillas porque lo que ha sucedido es una impresionante manipulación mediática apoyada en específicas estrategias de psicopolítica – presidentes como Mauricio Macri y Donald Trump (respectivamente), no tiene que ver con la función del padre en términos simbólicos. Diríamos más bien que es su rechazo, o eventualmente algo referido a su degradación. Hay una infantilización social increíble articulable a cierta añoranza o nostalgia por un padre terrible, castigador, fantasmático que nos recuerda textos como Pegan a un niño o El problema económico del masoquismo. Es un padre que no sólo amenaza de castración, sino que cumple dicha amenaza pero en el sentido más burdo e imaginario que pueda esperarse, vale decir, excluyendo, maltratando, sodomizando.
Desde el psicoanálisis sabemos que la metáfora paterna falla, más todavía hoy en día donde pierde efectividad el significante del Nombre-del-Padre como efecto de ciertos movimientos del sistema socio-económico y de los desarrollos de la ciencia en el sentido de la forclusión del sujeto, por cuanto este último discurso verifica al sujeto como su resto, coartando así la posibilidad de que se reconozca como el sujeto que habla. Se refuerza la posición del sujeto como resto, impidiendo que se responsabilice precisamente de su posición de sujeto. Se enfatiza la posición de objeto. Todo esto se registra no solamente en las patologías “actuales” como lo son la anorexia-bulimia y las toxicomanías, sino en el plano de la política, como anulación de la función crítica.
En el texto de Freud citado, él habla de una “neurosis que se deriva de interrogaciones inconscientes no contestadas”. No queda del todo claro a cuál se refiere pero, al pie de página, formula que esa misma sujeto desencadenó luego una esquizofrenia. Me resultó chocante e interesantísimo a la vez, esta referencia. Pienso cómo puede llevarse esto a niveles sociales contemporáneos y cómo la ausencia de respuesta o inclusive la imposibilidad de la formulación de la pregunta misma, conllevaría a la locura. Semejante a lo que dice Lacan en el Seminario III, cuando plantea cierta problematización psicótica en lo tocante a la dimensión de la pregunta (que da su estructura a la neurosis). Qué pasó con Santiago Maldonado, qué pasó con el ARA SAN JUAN, qué va a pasar con el empleo, empiezan las clases o no, hacia dónde está yendo el país, etc. Preguntas que parecerían incomodar hasta tal punto que teme formulárselas. No quiere que se piense, que se reflexione, que se desarrolle la curiosidad. Prohibido pensar. O peor: que pensar se vuelva imposible. Vivimos una época profundamente antinómica al pensamiento crítico y, inevitablemente, al psicoanálisis.        
Desde los medios de comunicación se construye un televidente, un espectador, un receptor o público obtuso, estulto, idiotizado. Se propone goce las 24hs. Por eso, quizá molestaban tanto las cadenas nacionales de CFK. Porque se dirigían a un sujeto mínimamente instruido, a un sujeto de la palabra, a un adulto. No se apelaba a las emociones ciegas en busca de generar efecto de posverdad. No se reducía todo a gobernar o legislar vía twitter. La metáfora paterna claramente allí también fallaba, pero al menos había una referencia, un Estado presente y no sólo para reprimir. Hoy se plantea una trama forclusiva, un discurso psicotizante. Por momentos, renegatorio, es decir, perverso y psicopático en su cinismo. Tomando cierto planteo de la clínica psicoanalítica, quizá en lo que no se supo avanzar, fue en esta idea de ir más allá del padre. Que el padre deje de ser la referencia ultima del sujeto del inconsciente para que pueda aparecer algo del orden de la causa del deseo. Sin embargo, pedirle semejante giro a la política, me parece demasiado y no es que no se hayan hecho cosas en ese sentido, es decir, en la dirección de revalorizar lo significativo para el pueblo, en resituar las coordenadas históricas que dieron origen. Pero faltó. De lo que se trata de ahora en más, es de seguir sosteniendo esa lucha, sólo que desde otro lugar. Como oposición lúcida, que no cae en chicanas, que insiste de manera renovada tratando de que pueda oírse una voz. Pero no la voz del superyó que actualmente ladra obscena e impúdicamente, de modo pornográfico felicitando a policías asesinos o premiando a gendarmes represores. No. La voz del amor al otro, a la patria entendida como casa del sujeto. Una voz que, en función del amor, se ligue a la palabra. Único medio de edificación subjetiva y emponderamiento popular, ya sea en psicoanálisis, ya sea en política.

Buenos Aires, Febrero de 2018






martes, 30 de enero de 2018

"Amar, trabajar: ¿Y pensar críticamente?"



“La acción del intelectual no es otra cosa que su propio trabajo, el pensamiento es ya la acción. Foucault no comparte el hiato clásico entre teoría y práctica. El pensamiento tiene un impacto en lo real, modifica de la manera más honda nuestros campos de experiencia, por eso es ya acción; y del pensador o filósofo no cabe esperar otra cosa. Que, además, a esa acción una otras, vote, redacte un manifiesto, convoque o se sume a una manifestación, esto no forma ya parte necesariamente de su trabajo, lo que no quiere decir, obviamente, que esté desligado de él, sino que son acciones en calidad sencillamente de ciudadano.”

(Álvarez Yágüez)

“… la pauta moral se corresponde con los sistemas particulares – culturales, históricos, de grupo -, mientras que el horizonte ético, si bien puede soportarse en tales imaginarios, siempre los excede. De allí la afirmación que asigna a la dimensión ética alcance universal.”

(“Ética: un horizonte en quiebra”, J. J. M. Fariña)

“El «no saber» no es la pasión por la ignorancia, es la distancia irreductible entre la verdad y el saber, distancia que debe ser habitada para que surja una invención.”

(“Soledad: Común”, Jorge Alemán)


El pensamiento crítico implica la pregunta respecto de qué hacer con aquello que el Otro hizo de sí (porque pensar críticamente es no tomar como sólido y definitivo lo líquido y accidental) y, en ese sentido, toca el horizonte universal-singular propio de una perspectiva ética, al descompletar el Universo necesario, corriendo el límite que define lo posible. El límite se va corriendo, alejando, ensanchando, renovando gracias a la jugada de la singularidad en relación a sus sobredeterminaciones (a “lo que es”, lo instituido), movimiento que implica una caída de saberes yoicos, de a prioris y prejuicios que, en conjunto, forman lo que hemos denominado ESTULTICIA y de la que es preciso salir, si se aspira a otra cosa que la mortificación y el padecimiento. Todo esto no es sin considerar lo contingente en su articulación a lo imposible, en tanto ubicado un punto de falla en el Otro algo puede cesar de no escribirse (obviamente, no nos referimos a la relación sexual que no existe, ya que ese es un Real propio del campo analítico). Es, en este sentido, un movimiento profundamente solidario del que la clínica psicoanalítica pretende desplegar en el marco de un análisis. Pero esto tiene su lógica: el psicoanálisis es un pensamiento crítico.

Si el Psicoanálisis implica pensar críticamente y esto último, siguiendo lo desarrollado más arriba, es un ethos, el psicoanálisis mismo se aproxima a la dimensión Ética, lo cual no representa ninguna novedad, sino tan solo otra manera de llegar a algo que es sabido por nosotros gracias a J. Lacan. Norberto Ferreyra afirma: “No hay ética del deseo, la ética es el deseo”. De la misma manera, no puede pensarse un “psicoanálisis ético” o un “psicoanálisis crítico”. O posee esas características o no es psicoanálisis, sin medias tintas.

Con respecto al pensamiento, en 1909 Freud plantea lo siguiente:

“Mi definición de las representaciones obsesivas, dada en 1896, según la cual son unos «reproches mudados, que retornan de la represión y están referidos siempre a una acción de la infancia, una acción sexual realizada con placer», me parece hoy formalmente objetable, por más que esté compuesta con los mejores elementos.”

Y más abajo agrega:

“Es más correcto hablar de un «pensar obsesivo» y poner de relieve que los productos obsesivos pueden tener el valor de los más diferentes actos psíquicos.”

Pensar obsesivo, pensar patológico. También, por qué no, pensar calculador, narcisista o fálico, como lo hemos llamado en otros puntos de nuestro recorrido. Así como se puso de moda hablar de cierta histerización del obsesivo o se habla del “discurso histérico”, que no se reduce a la posición subjetiva histérica, esta modalidad de pensamiento no habría que pensarla privativa de la neurosis que lleva en su nombre tal adjetivación. Forma parte, inclusive, diríamos, de la mentalidad occidental moderna. Se trata de la sustitución falseadora constitutiva del acto racional mismo, allí donde la angustia es causa de la duda y señal de un real expulsado del saber. Ese Real no es sino la diferencia irreductible, que la omnipotencia de nuestro deseo infantil pretende desconocer, pero que no engaña. Se llama la falta, y como fue establecido en el punto previo, conlleva una renovada concepción ética no supeditada a lo ideal. Y esa carencia, resulta ser la definición misma de nuestro sujeto, falto en ser. El dudar, en tanto escisión subjetiva entre S1 y S2 – definición del sujeto lacaniano - es la sintomatización o dialectización (no sintética) de la certeza que implica ser objeto del deseo del Otro. El afecto. En “El reverso del psicoanálisis”, Jacques Lacan dijo:

“El pensamiento no es una categoría. Diría casi que es un afecto. Aunque sólo fuera para decir que es el más fundamental desde la perspectiva del afecto.  Que sólo haya un afecto, es algo que constituye cierta posición, introducida como nueva en el mundo…”      

¿Cómo leer esta genialidad? Yo creo que es un modo radical de sentenciar que, lógicamente hablando, antes de ser pensantes somos pensados por el Otro. Estar advertidos de ello -  de que Ello piensa – implica una vacilación y una apuesta por la inconsistencia de nuestro ser pensante tan racional, tan calculador, macho, fálico, fuerte. Amo. Más que barrar al Amo, diríamos que se trata de… amar la barra. Por eso el pensamiento crítico, desasido, separado, suelto, castrado, feminizado es uno de los destinos inevitables a los que conduce un transitar el psicoanálisis. Porque es relanzar la creencia y la fe en la pregunta, es ponderar y justipreciar el valor del cuerpo en tanto que sede de un afecto-señal al que llamamos angustia y que debería ser nuestra brújula mucho más que nuestras racionalizaciones defensivas permanentes, fantasmáticas, yoicas. El pensamiento como categoría es tal vez lo que la Ciencia hace con los afectos, así como reduce lalengua a la idea de un Lenguaje pasible de ser estudiado, soporte de la ilusión de comunicación. Lacan nos habló del inconsciente como un savoir-faire con esa lalengua primitiva. Pero ¿qué es esa lalangue? Dice Enrique Millán:

“… un neologismo para hablar del lenguaje en tanto atraviesa, marca, escribe un cuerpo en la medida en que está comprometido con algún goce, en la medida en que constituye la estofa de la constitución de un sujeto.”

Saber hacer con lalengua implica, en definitiva, tomar la palabra críticamente hablando. Y esto no admite estándares ni caminos “tipo”. Por eso hemos enfatizado la cuestión del estilo. La experiencia del análisis, según Freud, apuntaba o traía como corolario un mejoramiento en dos órdenes específicos: el del trabajo y el del amor. Nosotros agregaríamos que, indefectiblemente, hay una tercera vicisitud y que es la puesta en acto de un pensar diferente, desprendido de las directrices omnipotentes, controladoras, renegadoras, posesivas, despóticas e infantiles. Un pensar menos anal, también, en el sentido de no-retentivo, abierto a la fluctuación sorpresiva del discurrir significante, sin que eso tampoco implique ser devorado por el pensamiento (lo oral). Invirtiendo la fórmula de Daniel Mutchinick, hablaríamos de una ocurrencia de la ética, en la dirección de una ruptura contingente, que no puede preverse como sí, en cambio, moralmente el yo puede evaluar y juzgar una decisión antes de llevarla adelante, atribuyéndose una potencia y una eficacia que no tiene. Ético es el valor de lo singular en su despliegue, allí donde la uni-versión (el pensamiento único) pretende imponerse totalitariamente, aunque aparezca siempre disfrazada de revolución, renovación o “cambio”. Solamente se está reacomodando para dominar mejor y más astutamente el campo circunscripto para el despliegue de su «voluntad de poder» (pulsión). Lo único que puede atemperar, acotar, interrumpir esa soberbia, ambición y avaricia del PODER – pulsional, en definitiva - es el accionar de un nuevo sujeto que desde su amor ilimitado (referencia del Seminario XI) haya renunciado a su objeto y pueda ir más allá de la Demanda del Otro que exige, superyoicamente: ¡Goza! Ahora bien, esa tarea sólo puede llevarla adelante el Hombre-desasido, no el estulto, y como diría Fernando Ulloa, toda transformación societal, empieza por casa. Cuando el militante proyecta al campo social conflictos neuróticos irresolutos (tomemos el ejemplo del militante de Cambiemos Alejandro Rozitchner), eso se nota y mucho, en particular por la profunda impotencia e ineficacia real de cualquier acto (opinión, publicación, etc.) llevado a cabo por alguien así. No faltan los ejemplos de militantes más populares, lamentablemente. Y la inversa tampoco está faltante, a saber, la ausencia de criterios políticos, históricos, sociales, etc., en psicoanalistas e intelectuales. La falta de “jugada” en relación a temas candentes desde el punto de vista coyuntural. La asepsia de consultorio, entendido como “cosa privada”. Nosotros leemos en eso, un síntoma de clase. No es más que reproducción de una lógica interna a la lucha de clases. Nada de casualidades dentro del campo psicoanalítico y ciertos “líderes” a-políticos. Para decir las cosas muy rápidamente y a riesgo de ser incomprendido: la falta de pensamiento crítico dentro del mundillo psicoanalítico es equivalente a una falta de análisis en sí misma. Mucha teoría, muchas frases hechas a las que se les atribuye un Supuesto Saber, muchos cursillos, mucha demanda de esto o de lo otro, fundación de Escuelas, publicación numerosa de ideas “nuevas”, etc., pero poca implicancia societal, política, pública, muy evidente sobre todo durante estos últimos tiempos que el neoliberalismo tecnocrático, de derecha y fascista ha venido nuevamente a hincar sus dientes en nuestras carnes latinoamericanas. La sensación es que algunos no han sabido cómo reaccionar, o que todavía no saben bien de qué lado de la “grieta” quedaron. Posiblemente, porque no quieren fallarle a su Líder, o tal vez porque este ya les falló y no se reponen del ataque de pánico que les causó la caída del Ideal. La caída del Ideal del yo o del I (A) en términos más lacanianos, no sería un problema (queremos decir: la falla del Otro), si no su renegación, que eso sea desestimado. Hacer como que “aquí no ha pasado nada, señores”. Por suerte, todavía hay jóvenes (no sólo en términos cronológicos) que se mueven y lo digo muy en serio. Todavía quedan quienes no se tragan el chamuyo de la chapa y ponderan el pago oneroso en términos de un goce ruinoso que debe hacerse cuando se quiere seguir “perteneciendo” a los elegidos. Léase: los que tienen la posta, la elite, el centro, la crema de la crema. En el barrio, cuando éramos pibes, se les decía “la gilada”. También algunos adictos se refieren así a la sustancia de su adicción, esto es, a la cocaína. Posiblemente, haya alguna relación entre ambas circunstancias. Es que el neurótico es a-dicto al Ideal. Un fanático inconfeso. Es decir, todo lo opuesto a un librepensador. El hombre desasido, que cedió el goce masturbatorio y autoerótico de la estulticia, puede posicionarse ante ciertos lugares comunes desde un lugar diferente. Ni siquiera vamos a decir aquí si mejor o peor. Solamente, distinto. Pero muy distinto.

Buenos Aires, Año 2018

sábado, 27 de enero de 2018

El deseo de soledad versus la soledad del deseo

El deseo de soledad versus la soledad del deseo

¿Qué significa pensar críticamente? Es una pregunta temible y contundente. Ir hacia allí, luego volver, agacharse, volverse a parar, correr, detenerse de golpe. Confrontarse con uno mismo y con lo otro de uno mismo, implicarse como “Yo” también en esa demora ineluctable del ponerse a hacer. Tener que soportar que ese algo que viene a detenerme, ese espíritu de la pesadez [Geist der Schwere] también, a fin de cuentas, es “yo”. Yo debo responder por el espíritu de la gravedad que me atraviesa, nadie más que yo puede trasmutar esa propensión a la quietud, esa acomodación a condiciones existenciales de empobrecimiento espiritual, de decadencia, de caída, de coagulación.

Pensar críticamente será, precisamente, un modo de interrogar lo no-cuestionado hasta ahora, no mostrándome complaciente con ese espíritu de la pesadez. No soy el que creí que era, estiro la mano hacia alguna garantía ficticia, hacia alguna mísera certidumbre que me haga creer que “soy.” Pero una cosa es saberse ficticio y otra muy distinta es creer ciegamente en mi ser, no poder ceder del ser, ni del saber. Nada queremos saber de cuestionar aquellos sucesos históricos que gestaron nuestra ontología, dado que los creemos irrevocables y haremos hasta lo imposible por sostenerlos inmutables. Es que somos ellos. Esa trama continua, coherente, esa novela, esa versión. Renegando del «ultralogos» que nos es constitutivo como sujetos del lenguaje, o sea, de aquello que excede la yoica Razón y que va más allá de los significantes de la demanda. ¿Estamos dispuestos a remover las bases de nuestro Palacio ontológico? ¿Nos creemos lo suficientemente fuertes como para resquebrajar el suelo que pisa el ego en pos de nuevas arenas, de disímiles pastos, de la frescura del barro, pero también del frío de los charcos ignorados y a esquivar? ¿Qué puede haber allí? Cada acto singular es un desborde a lo esperable. Tenemos miedo. Pero el miedo, ¿no es también deseo?

Allí donde emerge la angustia de castración, debemos conjeturar el deseo de atravesar el fantasma, de ir más allá de LA realidad, de castrar a la realidad de ser, para que ésta devenga maleable, abierta, construible acorde a nuestro deseo. El pasaje al acto suicida es la impotencia del sujeto de llevar adelante un acto genuino de desprendimiento, de separación, de desasimiento [détachement] del Otro que lo sujeta, o sea, de ir más allá del Otro. Es su último recurso, allí donde nada queda por hacer, allí donde prima el laberinto. Pero el acto, en sintonía con el despertar como transformación radical del ser, implica otro tipo de muerte. Dice Judith Butler comentando la lectura que Jean Hyppolite realiza de Hegel:

“… el carácter negativo del deseo surge de un principio de negación más radical que gobierna la vida humana: la vida humana termina en negación, pero en el transcurso de la vida esa negación opera como una estructura activa y omnipresente. El deseo niega una y otra vez al ser determinado y, por ende, es en sí mismo una versión atenuada de la muerte, la negación definitiva del ser particularizado. El deseo pone de manifiesto el poder que la vida humana tiene sobre la muerte, precisamente, participando del poder de la muerte.”

Es decir, la vida humana está atravesada por la negación como esa estructura activa de transformación de lo dado a la que llamamos deseo. El deseo implica necesariamente desasimiento del ser dado, en tanto futuridad que apunta a un “estado” no actual sino por venir. Cuando el psicoanálisis habla del deseo como camino de transmutación subjetiva, apuesta a ese más allá del principio del placer donde yace una potencia vertiginosa, la única capaz de crear, como diría Nietzsche, nuevos valores.

Creo interesante recordar las audaces palabras con que Freud comenzaba ese escrito suyo, “La novela familiar de los neuróticos” (1908), en donde afirmaba:

“En el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también  más  dolorosas,  del  desarrollo. Es absolutamente necesario que se cumpla, y es lícito suponer que todo hombre devenido normal lo ha llevado a cabo en cierta medida. Más todavía: el progreso de la sociedad descansa, todo él, en esa oposición entre ambas generaciones. Por otro lado, existe una clase de neuróticos en cuyo estado se discierne, como condicionante, su fracaso en esa tarea.”

Esta propuesta freudiana tiene una íntima conexión con lo que hasta aquí vengo desplegando. El neurótico busca un sentido (una dirección, un significado) que lo oriente en su existir. Es decir, busca su verdadera “esencia”, quiere “conocerse a sí mismo”, “profundizar en su ser”. Para eso, recurre a guías espirituales que habrían de llevarlo a reconocer su “media mitad” perdida, a reencontrarse con la misma, relación tanto tiempo sujeta a extravío por vaya a saberse qué infortunios. “Para el niño pequeño, los padres son al comienzo la única autoridad y la fuente de toda creencia.” Pero esta transferencia primordial de constitución de un Otro como Sabio, como íntegro guía de nuestro quehacer, implicará posteriores movimientos transferenciales destinados a sustituir esas figuras de autoridad originales por otras acordes a la coyuntura histórica que, a cada individuo, le toca vivir. Mas la sujeción seguirá estando en juego si la misma no es interrogada y se volverá cada vez más estragante, toda vez que lo sujetado sea el querer singular. El neurótico vive preso, pues, de una profunda sed de sentido, pero de un sentido ya-delimitado, es decir, no está dispuesto a pagar el precio de delimitar él su propio sentido. Por eso, busca un sentido en tanto es incapaz de crearlo.

Quiere el deseo pero a condición de no pagar el precio del deseo del Otro.

En la época actual donde la palabra plena del psicoanálisis deviene en palabra vacía de la masa, se torna un lugar común el “actuar conforme al propio deseo”. Pero esto es lo que podríamos llamar “ética del anhelo” (“ética” entre comillas, desde luego). Es el deseo de soledad neurótico harto disímil de la soledad del deseo. El deseo de soledad lo podemos definir como la creencia ingenua de “elegir libremente” qué se hace, se piensa, se dice. Es el sujeto que no quiere reconocer las sobredeterminaciones que lo delimitan. Cuando el psicoanálisis habla del deseo, en cambio, su definición aparece más cercana más bien a algo antinómico a las ganas, a la voluntad individual (sea esta “buena” o “mala”). El filósofo español José Ortega y Gasset, decía:

“El destino no consiste en aquello que tenemos ganas de hacer; más bien se reconoce y muestra su claro, rigoroso perfil en la conciencia de tener que hacer lo que no tenemos ganas.”

Se trata de si el sujeto va a o no a aceptar ese destino que lo atraviesa, pero no en el sentido de marcas incondicionales a las cuales él debería de responder obedientemente en tanto oráculos que presagian un fin ineluctable, sino en la orientación de si va a aceptar o no que toda creación, que toda invención, etc., es posible sí y sólo sí asume la castración en el Otro y su falta-en-ser. Por eso el psicoanálisis, habla del deseo como deseo del Otro. Esto implica cierta destitución subjetiva. Podríamos definir la posición neurótica de un modo harto simple: vivir con derechos, pero sin obligaciones. Definición que le cabe más a la histérica que al obsesivo, por cuanto este último está mucho más preso de las demandas del (y hacia el) Otro que de su propio deseo. En definitiva, ninguna de las dos fórmulas es muy feliz, ya se trata de la escrita más arriba o de su inversa; a saber,  vivir con obligaciones, pero sin derechos.

Profundicemos en la primera. El derecho al deseo exige, en todo caso, la obligatoriedad de admitir la falta, la no-idealidad propia [$ ≠ i´(a)] y del Gran Otro, su inconsistencia: S (Ⱥ). Y a esto es a lo que nos remite la expresión soledad del deseo. A un más allá del Jefe, del Amo, del Caudillo, del Líder. El neurótico vivencia esto como una tortura, como un horror, como un destierro infernal que habría de lanzarlo al peor de los desamparos. El desamparo frente al Øtro debe pensarse como terror yoico ante lo no especularizable. Más dicho desamparo, a nivel del sujeto, es deseo. La falta no es insatisfacción eterna ni imposibilidad absoluta. Esto es estar sujetado en cuanto súbdito (como Juanito durante el estallido de su angustia) a lo inconmensurable de la falta del Otro no redoblada por lo paterno. Mas cuando el sujeto se posiciona en relación a su falta, la misma deviene condición sine qua non para el advenimiento de una realidad menos mortificante, más plena, vital, productiva, genuina. A la boca neurótica donde predomina la “ética del anhelo”, vale decirle lo que Zaratustra le dice al loco, a saber, que allí donde la palabra del psicoanálisis tiene razón una y mil veces, jamás ella tendrá razón con la misma.

viernes, 26 de enero de 2018

“Teoría” deviene etimológicamente de theorein, término que pone en juego la observación de una escena teatral. Teoría y teatro, entonces, parecerían tener una misma raíz etimológica. Jugando con tal origen, podríamos decir que toda Teoría encierra, pues, personajes. Leer implica, por parte del lector, la suposición de un ser, es decir, la atribución de un ser supuesto al autor y, precisamente por ello, una serie implícita de demandas y principios que tal “pensamiento cerrado” exigiría. Pretensión lectora de un universo de discurso que coincida con el ego en sus ansias de coherencia y principismo.

Respecto de esta cuestión de los personajes, estimo interesante transcribir ciertas palabras de Ulloa, quien decía lo siguiente:

“Bien puede decirse que en los comienzos de la vida, así como del aprendizaje de nuestros trabajos, somos lo que nos hicieron, en tanto profesamos a la manera de quienes nos iniciaron. Si logramos no quedar atrapados en aquellas identificaciones-auxiliares, durante un largo tiempo tenderemos a ser a la manera de lo que hacemos. En definitiva, y afirmando vocación, es posible que logremos hacer lo que somos. Esto último es el desiderátum de un oficio, que conservando las leyes válidas en cuanto a ética y a eficacia de toda profesión, va más allá de éstas y todas sus estandarizaciones, al ser atravesada por el estilo y el posicionamiento ético del oficiante.”    

Esto plantea, a mi entender, dos movimientos del acontecer subjetivo. “En los comienzos de la vida…”, el autor está hablándonos de la constitución misma del sujeto, “de la vida” subjetiva. Vida subjetiva gestada por la incidencia del discurso del Otro que trae aparejado identificaciones demandadas, exigencias de ser. El niño escapa al vacío-en-ser primordial de quien es meramente algo – puro objeto – para alguien (definición de signo que Lacan toma de Charles S. Peirce) haciéndose alguien para algo. Devenir sujeto es un proceso. El niño deja de ser algo manipulado por la Omnipotencia materna primitiva, para devenir sujeto que hace algo, por ejemplo, jugar. Sujeto del juego, sujeto del sueño, sujeto del síntoma, etc., todos estos nombres del sujeto del deseo inconsciente en su agenciamiento del significante. También podríamos decir que el niño deja de ser parte del Otro y deviene partícipe en el Otro. Es decir, a su infantil modo, toma la palabra, a su infantil modo, piensa críticamente. Pensar críticamente, siguiendo esta línea, implicaría regresar a esa inocencia de la infancia (transformarse en Niño, según Zaratustra), allí donde la potencia subjetiva no era sin ludicidad actuante. No obstante, si bien las identificaciones-auxiliares que gestan el ser alguien y el ser partícipe son subjetivantes, de todos modos, se es alguien y se es partícipe en el Otro.

Lo mismo sucede cuando, ya jóvenes o “adultos”, transitamos por nuevas instituciones, por eso Ulloa también habla del  “aprendizaje de nuestros trabajos”. Sabemos, en efecto, que el ciclo se repite, y que en esa reiteración se transfieren muchas de las vivencias vividas en la temprana infancia y los clisés que el sujeto fijó para afrontar lo que en cada institución, en cada Otro particular, no cierra ni se deja encerrar: lo real del Otro. Ahora bien, lo interesante – es decir, el desiderátum o “aspiración” de todo oficio - es poder ir más allá del Otro, es decir, darle cabida a la singularidad de un estilo que se descuente de lo ya instituido. Para ir más allá del Otro, hay que bancarse su falta, su inconsistencia. Romper con las estandarizaciones implica un agenciamiento que pueda subvertir el orden identificatorio-auxiliar, necesario pero no suficiente para que exista pensamiento crítico. La ética del psicoanálisis, en particular, se caracteriza por conllevar esta exigencia de singularidad por parte del oficiante:

“Toda concepción del análisis que se articule (…) definiendo el final del análisis como una identificación con el analista, delata así sus propios límites. Todo análisis cuya doctrina es terminar en la identificación con el analista revela que su verdadero motor está elidido. Hay un más allá de esta identificación, y está definido por la relación y la distancia existente entre el objeto a minúscula y la I mayúscula idealizante de la identificación.”    

Me ahorro tener que “explicar” escolarmente esta compleja cita. Simplemente sigo trayendo agua para mi molino discursivo y para afirmar la lógica de la lectura que vengo realizando. Aquí hay dos caminos diferentes. Un camino de mismidad y de reproducción acrítica, por un lado, y un sendero tendiente a la emergencia de una singularidad, por otro. También, podríamos decir, un camino que se queda en la exactitud y otro que va hacia la verdad. Esta diferencia la retomaré más adelante.    

Habitualmente solemos creer que «la falta» es sinónimo de impotencia, de insatisfacción, de inquietud, de fracaso, de malestar, etc. Pero es preciso señalar que todo esto no es lo nodal de la falta, sino que son tematizaciones, versiones de la misma. La falta, implica, más bien, movimiento, producción, devenir y, en tanto allí se despliega nuestra potencia, en última instancia, «alegría». Los espíritus alegres son aquellos que se mofan de las vetustas verdades eternas e incuestionables, de la rigidez mortuoria de la homogeneidad zombie, propia de la masa, de la muchedumbre (en el sentido de una intensificación de lo imaginario). Es un lugar común el falso pensador que reza enunciados congelados. Allí predomina la momificación ascética, esto es, la sacrificial entrega a preservar y conservar algo sin vida. «Sin vida» quiere decir: sin el empuje genuino y determinante del deseo de quien enuncia por cuanto dicha potencia es un deseo no liberado aún. Un deseo liberado, una voluntad de poder despierta, fue de la estulticia al desasimiento. Es decir, de la tonta convicción de ser agente del deseo hacia el hecho crucial de posicionarse como causa del deseo del Otro:




Que ciertos universitarios enseñan a no pensar, es cosa que a todo el mundo resulta evidente. A veces sueño con una Universidad menos falsamente crítica y más hondamente comprometida. Que la tecno-jerga academicista no anule el espíritu crítico y el deseo de agenciarse de lo instituido en pos de dar cabida a contribuciones instituyentes. El compromiso subjetivo que no es el comprometedor pacto, ligazón mercantilista o burocrática, ligazón sin corazón, en definitiva. El compromiso del estilo de vida, del oficio, del savoir-faire, de poner el cuerpo, del deseo. La ligazón religioso-militarista al “dueño de la verdad” es lo manifiesto de una debilidad (mental) latente inconfesada y no asumida como tal. Se trata de un sí-mismo que “ya es incapaz de hacer lo que quería por encima de todo: crear algo, superándose a sí propio” (Nietzsche).

¿Ha escuchado, usted lector, hablar del superyó? ¿Ha escuchado el chirriante zumbido de su tronador presagio? Sierpe que se agazapa tras las más bellas formas del mundo, es esa ladera imperativa de la colina del lenguaje donde el «Teatro» en su maquínico hermetismo intensifica el sujetamiento. Hablar se troca en repetir signos ya hablados, en ronronear o ladrar esbozos fallidos de palabras caducas, predicar al vacío o escuchar sin oídos. La palabra, el universo que habitamos y que nos define, se transforma en un demonio sarcástico que hace brotar mil maldiciones de toda flor posible, mil venenos en todo árbol habido y por haber, sangre negra en cada niño inocente. Pero ese letal enemigo de la vida que es el superyó puede ser combatido. Hay que poder decirle que no al goce al que ese espíritu de la pesadez invita.

La inercia libidinal es la causa del detenimiento en el crecimiento subjetivo y, por ende, cultural. La juventud que no confronta generacionalmente, que no disiente ni polemiza realmente, en espacios y ámbitos donde el decir tenga efectos y consecuencias, es una juventud que está destinada a perderse en el olvido, en donde moran tímidamente las almas cobardes y timoratas, dubitativas y cansinas. Esa juventud resignada queda… re-signada, o sea, demasiado agarrada por el destino confeccionado para ella ad hoc. Decía el sociólogo francés Pierre Bourdieu:

“La lucha simbólica pone en juego el monopolio de la nominación legítima, punto de vista dominante que, al hacerse reconocer como punto de vista legítimo¸ se hace desconocer en la verdad de punto de vista particular, situado y fechado.”

El poder de la nominación legítima es el poder de definir qué es lo verdadero, qué es la realidad, qué es lo válido, qué es lo justo, cuál es la interpretación correcta y exacta… y que no lo es. La lucha simbólica implica la confrontación por ese poder de hacer valer la propia posición, de que mi palabra y mi versión sean consideradas en el juego. Cuando una juventud acrítica reconoce el statu quo quedando atrapada en los estrechos confines del sentido instituido de las prácticas y de las instituciones por las que dicha juventud circula, entonces, se desconoce así el carácter contingente y no absoluto de la versión predominante. Ceguera determinante que garantiza la preservación de lo dado y que oblitera toda pretensión transmutadora, del mundo y de mi ser en el mundo. El destino es el síntoma, en tanto el síntoma es el precio que la voz reprimida se cobra cuando no se la quiere escuchar.

El miedo es la aparición espectral por excelencia que se avalancha sobre el alma joven. Mil sucesos le han enseñado a desconfiar de sí, pero en un sentido aplastante y no movilizador, sino inhibitorio, paralizante. No es lo mismo “no correr peligros” que “no correr el riesgo.” El miedo implicado en la segunda expresión, juega para la quietud. Es preciso desestructurar esa quimera maléfica, tomar la posta del deseo prometeicamente (aunque el Otro no nos la quiera pasar) y transitar nuevos rumbos en nuestro navío «esperanza humilde» no sin nuestro cañón de guerra «la palabra jugada».

Muchas orejas yacen aturdidas por el zumbido de las abejas de la muerte, a consecuencia de verse hinchadas como ratas por la pútrida miel del amor infernal, ese canto de sirena que “busca subyugar una libertad para refugiarse en ella del mundo” (Sartre), es decir, para escabullirse pusilánimemente de lo real, de la castración y del devenir.

“Dilata tu nacer para la vida que anticipas tu ser para la muerte”, le decía el poeta Luís de Góngora a la vana rosa. “Yo no moriré nunca” pretende el Amo que rechaza su castración, su falta, su deseo, su condición perecedera, transitoria. Por eso, el Amo perverso propone salidas falsas, sintomales, renegatorias, que hagan las veces de. El Amo perverso quiere que el esclavo no se libere jamás de las cadenas que él ha dispuesto sobre su cuello, en miras de preservar su consistencia de ser, su goce de Amo, su completitud narcisista. Panorama ilusorio donde se cree que el Amo tiene un esclavo. Atadura sado-masoquista que debe ser subvertida. El trasfondo de la compasión y de la comprensión incondicional es el aguijón venenoso del Saber sobre el otro. Ser comprendido, anhelo cuya doble significación debería alertarnos: ¿ser abarcado, totalizado por el Otro? Posición soberbia la del sujeto que se pretende Amo que implica un inconfesado sometimiento. El Amo propone alienación encubierta, toma la posta por el esclavo, allí donde el esclavo es el resultado de un sujeto que ha cedido de sus responsabilidades. El precio que paga el sujeto que cede sus responsabilidades a otro, sea el que fuere, es la propia objetivación.

El Amo quiere responsabilizarse de la vida de cualquier sujeto dispuesto a ceder, eso lo esclaviza a su vez al Amo ya que el sujeto que llega a Amo es aquel que tomó a su cuenta las responsabilidades del otro, pero cedió las suyas. Amo y esclavo son dos caras de una misma moneda, dialéctica de la demanda y del goce. El deseo está del lado de la falta, allí donde el esclavo transita ya sin cadenas por el desierto y donde el Amo se confronta con su incompletitud, con que lo que quería era amar y no someter, pero su miedo lo traicionó y amando, ató.

En la Hermenéutica del sujeto, Michel Foucault sitúa tres técnicas ligadas al navegar en tanto metáfora alusiva a la propia conversión espiritual. La medicina, el gobierno político y el cuidado de sí. Este último es muy riesgoso confundirlo con la psicoterapia. Nada que ver. La psicoterapia conduce a lo peor. El cuidado de sí, bien interpretado, está ligado al pensamiento crítico como desplazamiento, movimiento, esfuerzo, trayectoria.

¿Puede una madre querer…? Esta pregunta es inquietante enigma. Pero suponiendo que sea afirmativa nuestra respuesta, emerge – y urge – la pregunta respecto de qué hace cada cual por equivocar ese fulgurante poder devastador (en el sentido de que ese goce tiende a obliterar nuestra carencia de ser). El hecho humano es falta-en-ser en tanto es interpretación del Otro. Pero hay más allá de ese angustiante e incesante sentido del Otro, omniabarcador. Sólo que dicho más allá, algún costo, ha de llevar. Más allá del bien y del mal, más allá del principio del placer… Me pregunto por el sentido de la tierra y no lo tiene. Esto hace que la dominación sea inminente, ya que necesitamos el sentido. Somos seres de sentido, efectos de sentido, llenos de sentido: el sentido nos constituye en cuanto tales. Pero el exceso de un-sentido, cuando pretende suturar el núcleo de sinsentido que motoriza la búsqueda misma de sentido, mortifica. La manipulación, el dominio, etc., son cuestiones que deben sintonizarse con el orden de la satisfacción que el hombre obtiene del hecho de “mamar” un sentido ready made, o bien, del hecho de imponerle al otro, a mi semejante, mi verdad. De este modo, lo “objetivo” no deja de ser nunca más que lo subjetivo del otro. Si es la historia lo que introduce la verdad en lo real (Lacan), ergo, es aquel que la define, el que la escribe, el que triunfa (y no a la inversa). Lo objetivo es el reconocimiento universal que implica el desconocimiento de un particular subjetivo ahora entronizado. Lo exacto es instauración posterior de un movimiento subversivo primero que interpreta lo que es dándole un nuevo sentido (y, de ese modo, transformándolo). Exactas serán las representaciones que se adecúen a la interpretación consolidada y que no tiendan a ponerla en peligro, enjuiciándola. Heréticas (y falsas) serán las versiones que se desvíen del conjunto de los enunciados admitidos y que pretendan, en su lucidez y lúdicidad, ensanchar los parámetros de sentido y la vitalidad imaginativa de un universo dado.

Muchos medios de comunicación masivos (mass media) buscan construir la imagen de un relator neutro e imparcial que, cual “voz en off”, describe una realidad en sí, dada, consistente e igual a sí misma. Mas, esto reniega del posicionamiento perspectivista subyacente solidario de un beneficio inconfesado (inclusive para sí mismos). Es tarea del pensar crítico ser «agente de división», esto es, causa de análisis, de multiplicación de matices, del incremento de posturas no nominadas o explicitadas hasta entonces. Se trata de señalar lo que ya está ahí en acción, siendo el síntoma no más que su fachada. Si el superyoico pensar tiene como objetivo objetivar, unificar, consolidar, robustecer y fortalecer “lo que se cree”, el pensar controversial debe pretender la fragmentación y el quiebre, la apertura y la liberación. Decía Karl Jaspers:

“… sólo llegamos a ser nosotros mismos en el remontarnos por encima de la sujeción a las pasiones, no con la extirpación de éstas. Por eso tenemos que atrevernos a ser hombres y a hacer lo que podemos, para avanzar hasta una independencia con contenido. Entonces padeceremos sin quejarnos, dudaremos sin hundirnos, nos conmoveremos sin derrumbarnos totalmente, cuando se haga dueño de nosotros lo que brotará de nosotros como independencia interior.”

Podríamos agregar: una independencia de nosotros mismos. ¿Cómo? Esto es, de esa persistente “esencia” que busca imponerse permanentemente, de esa fijeza mortificante que hace que se vaya la palabra, el amor, el deseo, la ternura, el cariño, el humor. Lo pasional-pulsional nos domina en el origen al ser seres que padecemos la sexualidad y no sus agentes. Inauguralmente, somos objetos del goce y del deseo del Otro. Ahora bien, la extirpación de eso pasional-pulsional primitivo, como lo señalaba Freud, es imposible sin la eliminación misma del sujeto y de la Cultura:

“Según la teoría psicoanalítica, los síntomas de las neurosis son satisfacciones sustitutivas, desfiguradas, de fuerzas pulsionales sexuales a las que, por obra de resistencias interiores, se les denegó una satisfacción directa. Más tarde, cuando el análisis rebasó su campo de trabajo originario y pretendió aplicarse a la vida anímica normal, intentó demostrar que esos mismos componentes sexuales, susceptibles  de  desviarse  de  sus  metas  inmediatas y de dirigirse  a otras, aportan las más importantes contribuciones a los logros culturales del individuo y de la comunidad.”

La Cultura implica cierto cercenamiento del goce autoerótico en pos de la inversión de esa fuerza en metas “más elevadas”, es decir, una elaboración libidinal con cierta pérdida. De hecho, podríamos decir que la Cultura es en cierta medida el efecto, el producto de esa renuncia, de esa elaboración (decíamos algo parecido del yo). Si predomina el goce, estamos hablando de la pulsión de muerte y de la decadencia cultural. La neurosis es aquella posición subjetiva que apela a la represión y a la fantasía para velar algo de ese real gozar primigenio, que angustia. Resistencias interiores ligadas a puntos de un goce fijado, petrificado y sujetador, delimitan la represión de aquellas pasiones emergentes que no coincidan con la demanda de ese goce autoerótico que marcó. Pero esto puede detener el crecimiento subjetivo.

El neurótico – que no sabe qué perdió pero sí que perdió -, satisface a las antiguas pasiones pero sólo sustitutivamente, ya que atravesó la castración. Darle pleno acceso a lo nuevo implicaría aceptar que se aceptó lo real. Mejor no saber que se sabe. A mitad de camino entre lo real y lo fantasmático, he allí al neurótico. Para el psicoanálisis, no hay sorpresa sin reubicación del resto como resto. Remontarnos realmente por encima de la sujeción a las pasiones primitivas (que ahora habitan en los síntomas y en el yo, el cual tal vez no sea más que un modo particular de aquellos), implicará pues, ceder de aquellas versiones sustitutivas destinadas a sosegar el deseo (el a en el fantasma).

El goce aporta el material libidinal con el que se construye escénicamente el fantasma, función que sujeta al deseo en cierto circuito significante cerrado a lo diferente (a lo real), siempre dentro del principio del placer. Empero, el deseo aparece como una fuerza instituyente que reclama realizarse y concretizarse en una realidad no renegatoria, es decir, no sintomática. Hay creencias y amores que de-tienen (el amor-garra, como yo lo llamo), creando así férreos adeptos dispuestos a velar perversamente su castración, haciendo primar el principismo y la civilidad, el decoro y el “lameculismo”, en suma, el “no fallarle al Otro”. Pero también hay creencias que motorizan, que impulsan, que activan y que despiertan. Hay amores infernales, teorías y teatros dictatoriales. Pero, también, amores vitalizantes, no esclavizantes sino que provocan seductoramente la edificación de altivos paisajes. Hay versiones y versiones. La versión de un hombre entero, debe, necesariamente, no ser «lenitiva», es decir, no puede pretender lo imposible. Pretender lo imposible sería, por ejemplo, querer que el deseo ceda en su movimiento constante y transfigurador, que se conforme con lo que el fantasma le ofrece. Que el deseo se sosiegue. Pero el pensar crítico, apuesta más al sinthome que al síntoma, es decir, apuesta a la construcción de una versión cuya función no sea la de evadir la castración sino su aceptación genuina. En otros términos, el pensar crítico, apuesta a que la ´esencia´ caiga como resto y a asumir esa pérdida para que devenga causa. La palabra asumir brilla en su equivocidad, en tanto nos pone de cara al hecho de tener que hacerse cargo, de responsabilizarse, de la pérdida.

La “independencia interior”, antes nombrada por Jaspers, podemos pensarla en estos términos.

jueves, 25 de enero de 2018

DEL PENSAMIENTO CRÍTICO: ¿UNA ÉTICA?


“… yo no me presento como el combatiente universal contra el sufrimiento de la humanidad bajo todas sus relaciones. Deseo conservar mi libertad con respecto a las formas de lucha con las que me he comprometido. (…)… podemos desembocar en otros aspectos de manera que desarrollemos una verdadera coherencia, es decir, un esquema racional o un punto de partida que no esté fundado en una teoría general del hombre."

(Michel Foucault, 1981)

¿Es concebible una ética del pensamiento…

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En esta parte del texto será nuestro interés apostar por nuestra hipótesis esencial: que el pensamiento crítico constituye una ética, un ethos, un modo de ser-en-el-mundo, de estar-ahí, situándose esta postulación íntimamente en sintonía con la visión del pensador crítico Michel Foucault. Por lo demás, no hay modo de concebir ningún pensamiento crítico genuino en tanto tal sin una sagital interrogación por el atravesamiento histórico del pensar que desborde la limitada concepción de este como mera racionalidad basada en conceptos que detendrían a lo real en su multiplicidad; lo que se dice “conceptualización”, “abstracción”, “sistematización”, “explicación”, “formalización”, etc. No se puede concebir la verdad sin reconocer las condiciones históricas que la determinan, porque si no volvemos a la calamidad esencialista (acrítica, apolítica, a-histórica), de la que ciertos lacanianos – tan enamorados de su delirio como de sí mismos - renegatoriamente participan. Pensar es lo que se resiste a ser pensado epocalmente, implicancia política del sujeto cognoscente. El objeto a – cuya esencia es fallar - no es lo que se resiste al esfuerzo del pensamiento sino tanto su imposible mismo así como su condición de posibilidad.

Lo epocal remite al modo a través del cual la producción sociohistórica de subjetividad, cada vez y cada vez, oculta – rellenando con significaciones culturales - la carencia en ser del Sujeto, insistimos, llenándolo con Saber (sentidos e identificaciones que parten de ciertos significantes cuya relación con los significantes-amo es metafórica o metonímica). Este último – el Saber -, sería el S2 que tematiza la eficacia alienante y petrificante del S1. Es decir, el S2 es un “mal” pero necesario para la escisión lenguaje/ palabra, para el pasaje del campo del primero a la función de la segunda. En la perspectiva de Jorge Alemán, yendo concretamente a las investigaciones analíticas más actuales y subversivas sobre nuestra época, la subjetividad neoliberal tendría como horizonte (estas son mis palabras, es mi interpretación) un holofraseo que pretendería unificar la cadena simbólica en la búsqueda calculada de un sujeto cerrado, rígido, total, plano, autómata, mecanizado, acrítico, mortificado, objetivado. El «crimen perfecto» de producir un Sujeto hecho-a-la-medida de los mandatos epocales capitalistas.

Ese es “el peligro” (término heideggeriano) que nos lleva a interrogarnos por nuestro lugar en la comunidad, en general, así como en el ámbito intelectual-académico, o bien, en el campo psicoanalítico, en especial. ¿Cuál es exactamente ese peligro? En realidad, hay varios, que quizá formen parte de uno mayor, habría que pensarlo. El principal, del que el resto tal vez no sean sino sus sucedáneos, podría ubicarse como es el avance de lo que el filósofo italiano Franco Berardi (Bifo) llama el semiocapitalismo, que define como una etapa histórica donde lo acumulado son signos cada vez más desprendidos de su referencia material, cada vez más alejados del sujeto productivo y del sentido (metáfora). Evidentemente, la filosofía viene un poco – bastante - retrasada con respecto al psicoanálisis, dado que fue Lacan quien advirtió desde muy temprano acerca de la autonomía de la dimensión dialéctica y sobre su independencia respecto de cualquier orden de coseidad material y del estatuto del significado (que no es más que un efecto de aquella). Lo material es el conjunto del significante mismo y no necesariamente en cuanto instrumento de comunicación – que no existe - sino como el Otro de un orden imperativo que aliena, ordena, re-estructura al viviente, mortificándolo, pervirtiéndolo en el sentido de una pérdida de su naturalidad. Un viviente traumatizado, golpeado, ultrajado por el discurso de ese Gran Otro, es lo que somos. La contemporaneidad, siguiendo a Bifo, exaltaría esta vertiente de lo simbólico por la vía de un mercado de signos que se desarrolla a una temporalidad impensada sumada a una espacialidad profundamente virtual y abstracta. Lo intercambiado cada vez pasa menos por la esfera del cuerpo en sus diferentes dimensiones, esto es, de la vida, de lo real (me refiero a la pulsión vital de un corpo-parlante que implica multiplicidad de zonas erógenas y no solamente, por ejemplo, el campo escópico articulado a la pantalla de un celular). La des-erotización es su incidencia más directa, lo cual no representa nada que Ulloa no haya dicho, apoyándose en Freud, al hablar de las neurosis actuales reactualizadas por la Cultura de la Mortificación. Hoy diríamos, de la momificación. Porque las vendas renegatorias van más allá de los ojos, cubren todo el cuerpo, y sostienen la ilusión de un más allá vinculado al pseudo-espacio virtual sostenido especialmente en la red y sus “aplicaciones”.          

Otro pensador que trabaja notablemente bien estas cuestiones epocales, es el coreano Byung-Chul Han quien, en el breve ensayo La sociedad de la transparencia (2012), da una serie de características de la comunidad global de hoy muy precisas. Cada capítulo del libro es un rasgo de esta sociedad transparente. Él nos habla de una sociedad… positiva, “de la exposición”, “de la evidencia”, porno, “de la aceleración”, “de la información”, “de la revelación”, y finalmente, “del control”. Dice este autor: “La negatividad de lo otro y de lo extraño, o la resistencia de lo otro, perturba y retarda la lisa comunicación de lo igual. (…)   El lenguaje transparente es una lengua formal, puramente maquinal, operacional, que carece de toda ambivalencia.” La hipercomunicación e hiperinformación actuales gestan una escena de atrofia espiritual obscena puesto que determinados órdenes esenciales de la Civilización caen en decadencia, se ven fuertemente perturbados al afectarse lo que este autor denomina su negatividad. Niveles constitutivos del sujeto de la palabra como lo son la sexualidad (el erotismo), la política, el pensamiento, la trascendencia y el valor «cultual» (de culto) de las cosas, el habitar mismo en sentido heideggeriano, la hermenéutica.

“La teoría de la obscenidad en Sartre puede trasladarse a los cuerpos sociales, a sus procesos y movimientos. Estos se hacen obscenos cuando se despojan de toda narratividad, de toda dirección, de todo sentido.”

Pérdida del relato estructurante, de la verdad ficcional necesaria para el sostenimiento del mundo humano en tanto que mundo de “deseos deseados”. Esto desemboca en otros aspectos que en la actualidad se ven barridos por esta ideología de lo transparente, como lo son la teatralidad del mundo hablante, su ornamentación, la profundidad y apariencia propias de estar inmersos en un universo simbólico, que introduce una distancia sublimada entre los seres hablantes. Es decir, hoy todo es pegoteo de la índole de lo imaginario, “la masa de información no engendra ninguna verdad” , al no soportar ningún orden de oscuridad, de opacidad, la época actual resulta impotente para dar a luz a cuestiones de significancia. La sociedad de la transparencia, es una sociedad de lo mismo que trabaja para lo mismo, por lo mismo, desde lo mismo, hacia lo mismo… es una sociedad del rechazo de toda otredad. Del rechazo de lo femenino.        

2

Yendo al campo analítico, creemos encontrar una solidaridad entre nuestras ideas con las inquietudes del psicoanalista argentino Néstor Bolomo quien, en un texto titulado “Sobre el Pensamiento del afuera”, asevera:

“La cuestión de cómo se escucha y cómo se lee (…) están absolutamente presentes en Foucault cuando vuelve a poner en primer plano la cuestión de las condiciones históricas, sociales y políticas de la verdad. La posición puede parecer próxima al marxismo más clásico, pero creo que corresponde tomarla como una consideración de las determinaciones de la enunciación en el campo de la verdad.”

En este acápite podríamos decir que una referencia obligada es el libro, de más o menos reciente publicación, La ética del pensamiento: para una crítica de lo que somos, cuyo cuidado editorial estuvo a cargo de Jorge Álvarez Yágüez y en el cual, además de haber una recopilación de textos seleccionados del filósofo francés por a) su novedad y b) su relevancia, cuenta con un interesante ensayo previo de este editor-traductor que da origen al título de la obra misma: “Introducción. Una ética del pensamiento.” En esta obra, puede hallarse con llamativa precisión un modo de interpretar el discurso foucaultiano y, más exactamente, el espíritu de su conjetura:  

“Foucault habla de «actitud», «actitud crítica», y emplea muy significativamente el término griego ethos. (…) hay inserto un ethos, un determinado talante, una relación de carácter práctico. El atravesamiento del pensamiento por la temporalidad comporta esta otra dimensión, un compromiso del propio sujeto de pensamiento con ella. (…) es un ethos, pero ethos de pensamiento.”

Bien podría decirse que más que una hipótesis es casi una aseveración. Foucault introduce una manera de aprehender el hecho de ser-pensante allende la interpelación habitual sobre el sujeto basada en autores tales como Nietzsche, Marx o el mismo Freud, clásicos cuestionadores del cogito cartesiano. Allende no significa “sin considerar a esos maestros de la sospecha”. Hay algo bastante kantiano en su postulación puesto que se rescata la instancia subjetiva pensante (como en el lacanismo, en donde el Cogito no es abandonado sino subvertido ) pero a condición de invertir el abordaje de este intelectual, esto es, haciendo primar una «ontología del presente» por sobre lo que sería una «analítica de la verdad». O sea, no se trata de refutar toda idea de sujeto pensante sino de acentuar en ese ser del lenguaje aquello que, justamente, lo compromete consigo mismo a la vez que lo pone fuera de sí, lo ex-centra. Y, apelando rápidamente al decir lacaniano, sabemos que lo que desborda, traspasa, excede el campo estructurado y organizado del significante en tanto lenguaje no es sino la función de la palabra. Pero además, sólo podemos seguir al filósofo francés en esta primera inversión, a condición de sustituir la búsqueda ontológica por una interpelación ética – que creemos que es lo que prevalece en el fondo de su perspectiva. Siguiendo esta lógica de articulación, el atravesamiento ético del hombre en cuanto “capturado y torturado por el significante” (LACAN, 1955-6), nos lo brindaría el habla, “parole” en lengua francesa. Es decir, la ética estaría a nivel del hecho de enunciar (de ser enunciante) y no tanto en lo que se enuncia. Ética es la pregunta por desde dónde se está diciendo lo que se dice y acerca de cuáles son las sujeciones que determinan mi pensar, mi discurso, mi sentir también, en definitiva, mi acción. Ya no la pregunta por qué es el ser (Qué somos), sino más bien por las implicancias éticas de nuestra inexistencia ontológica (lo cual conduce inevitablemente a otro orden de preguntas: ¿a quién obedecemos?, ¿a qué nos identificamos?, ¿cómo hemos de vivir y por qué, si es que hay un por qué?, ¿para qué hacemos lo que hacemos?, ¿dónde puede decirse que hubo emergencia, irrupción subjetiva o cuándo – espacio y tiempos lógicos ligados al sujeto del inconsciente?).  

Esto sería una especie de ontología del presente devenida ética de lo real – de la carencia en ser -, y que nos invita a reflexionar sobre la epocalidad. La analítica de la verdad plantea el problema de cuáles son las condiciones, las exigencias a cumplir, los requisitos a saldar, para acceder a un conocimiento verdadero. Pero nietzscheanamente, sabemos que toda pretensión de un de-velamiento inocente de la verdad caería de plano en una empresa ingenua por cuanto desconocería las implicancias históricas, sociales, políticas y subjetivas, que sujetan a ese “cognoscente” situándolo en un perspectivismo irrefutable. Ergo, la primera en cambio se enfocaría en una vía de diagnosis de lo que somos en el sentido de una pregunta por nuestra posición subjetiva.

Redefiniendo la dos vías situadas por Foucault, quizá haya que revalorizar esta idea de una analítica de la verdad pero discriminando a ésta del estatuto de “lo verdadero” que es donde Kant cae, como filósofo preocupado por el asunto del conocimiento o de la Razón pura - como él lo llama. Nosotros somos freudianos, nietzscheanos; heredamos la sospecha y no podemos volver a creer en un sujeto epistémico “puro” porque, esencialmente, tampoco el “objeto” lo es (el mundo es mi representación diría Schopenhauer), lo cual sin embargo no conlleva abandonar toda noción de sujeto (rasgo en común que presentan tanto Foucault como Lacan). El referente está perdido y esto conlleva una relación ya no “sujeto-objeto” sino “sujeto-signo”. Pero somos posmodernos y, aquí, es harto válido traer a colación un paréntesis de Foucault en relación a cómo sacuden la última relación sugerida los tres grandes pensadores mencionados:

“Marx, Nietzsche y Freud no han multiplicado, en manera alguna, los signos en el mundo occidental. No han dado un sentido nuevo a las cosas que no tenían sentido. Ellos han cambiado, en realidad, la naturaleza del signo…”

Si el signo es ya una interpretación y no una inocente herramienta de aprehensión del mundo, entonces el sujeto deja de ser dueño de lo real para pasar a ser marioneta de la cadena significante. Retomando la cuestión de la pureza, diremos que no hay ya signo puro que exista. La muerte del discurso es creer en la idea de un signo no interpretans. Recuérdese el esquema tripartito de Peirce y su referencia al interpretante. Es la alienación, la petrificación, la abolición misma del sujeto equívoco de la palabra y el deseo – eso es en resumidas cuentas lo que Bifo llama, a nuestro entender, “semiocapitalismo”, el avance del Signo desprendido de la Vida e imponiendo la virulencia de la Muerte. No hay que olvidar que el deseo y el sujeto son la falla misma del lenguaje como maquinaria. Y, por otro lado, sin ahorrarnos una crítica a la mentalidad kantiana, sostenemos que nada es menos puro que la Razón.

Decir que somos herederos del sospechar intempestivo nos sitúa de cara a una analítica de la verdad subjetiva. El supuesto del Sujeto como instancia operativa e instancia ética nos facilita una visión mucho menos tecno-crática y estéril del hombre, aquí, en el Siglo XXI. Podríamos decir: rescatar a los SUJETHOS. Sin embargo, hay que distinguir la vertiente de la subjetividad, por un lado, y en el terreno propio del psicoanálisis, por el otro. Nos referimos a las nociones de subjetividad y de sujeto que deben ser discriminadas pero no distanciadas de manera tan radical como algunos analistas quisieran hacer, no vaya a ser cosa que el psicoanálisis se torne demasiado “progresista” o “psicológico” y tengan que dedicarse lisa y llanamente a la Psiquiatría. Vale aclarar que con el término SUJETO se hace referencia a una explanada de combates teórico-prácticos que se viene arrastrando desde hace varios siglos. No es nuestra intención esclarecer este embrollo, mucho menos en el marco de unas simples líneas especulativas. Les dejamos ese trabajo a los eruditos de siempre. Persistamos con lo nuestro.  

Un ethos del pensamiento es rescatar al sujeto del significante creyendo que puede hacerse cargo de su neurosis estructural. ¿Por qué vía? Por la vía de la toma de la palabra, única nave posible en el ámbito de la navegación espiritual. Pero…    

     
… crítico?

1
Si nos remitimos a la primera parte de la cita de Yágüez en el ítem anterior, allí aparece una precisión muy ajustada en relación con la modalidad del pensamiento involucrado. Se trata de una posición crítica, de un pensar interpelador, instituyente, cuestionador, nietzscheanamente demoledor. No es la ética de un pensar utilitarista, ni estoico ni hedonista. A nuestro entender, y en este plano puede no seguirnos el lector, es un pensar íntimamente solidario con la ética del psicoanálisis. Nos atreveríamos a situar en la cúspide del pensamiento crítico – esta es nuestra articulación - al deseo del psicoanalista, función crítica par excellence en relación al sujeto destinada a sacar al Dasein de la estulticia o existencia inauténtica, del “se dice”, para llevarlo, a través del desasimiento o desprendimiento, a un estado de separación productiva con consecuencias de transformación reales y radicales, en el sentido de un cimbronazo existencial que nos sitúe en otro lugar más próximo ya no a la verdad sino a lo real, al decir. Que (se) diga, en toda la ambigüedad que tiene esta formulación. No es otra nuestra política. Esto es lo que se llama «tomar la palabra», efectuar una metáfora en la que esté comprometido todo mi ser, no solamente mi Ego, mi ilusión de existir, sino la raíz misma que son mis sobredeterminaciones (que me hacen ex-sistir), desde las más sociohistóricas, económicas y políticas, hasta las más personales del orden familiar, inconscientes, que son las que precisan específicamente al trabajo analítico. La verdad no es el fin último ni del pensar crítico ni del tratamiento analítico: el asunto pasa por rectificar la propia posición en relación a lo real. Ir más allá de su padecimiento o de su desmentida, que son básicamente la misma cosa. Caminar altivamente hacia su aceptación, que es también la de la finitud y la del goce no-todo.

2

Ahora haremos una breve referencia a una noción íntimamente ligada al tema de la singularidad – meollo de todo lo dicho hasta aquí – y que es lo que se dice el estilo. Para eso, nos referiremos a algunos desarrollos de Erik Porge, fuerte referente del pensamiento lacaniano francés, extraídos de su libro Transmitir la clínica psicoanalítica. Freud, Lacan, hoy. Allí, nos dice lo siguiente:

“El no-sentido es suplementario del sentido.”

Es decir, no es complementario. Esto nos lleva a preguntarnos respecto de cuál sería el complemento del mismo. Podemos arriesgar, dado que somos psicoanalistas y no lingüistas, que su complemento es el síntoma neurótico, lo cual se sabe desde que existe el freudismo. Hay un rostro del síntoma que es significado cuya interpretación lo disuelve. Continúa Porge:

“Este suplemento es falta de sentido y le falta el sentido. Como tal, está vinculado con un deseo, una falta en ser cuyo objeto es a, metonímico, es el soporte del fantasma.”

Si el complemento del sentido es el síntoma – y al revés -, no obstante, su suplemento es del orden del deseo en tanto metonimia de la falta en ser. El a, es la cuota de no-sentido de toda fantasía ya que remite a lo que de origen pulsional posee el síntoma.    

“Si se puede sostener la afirmación según la cual decir de otra manera lo mismo es decir otra cosa, es del punto de vista del deseo y no del sentido. Esa “otra cosa” representa el lugar del deseo. El deseo es llevado por la manera de decir de otro modo lo mismo.”

El sujeto o es siempre dicho de otra manera, sesión tras sesión, o no es enunciado, se le está hablando al yo. Sabemos de la imposibilidad de decir (representar) al sujeto del deseo inconsciente. Sin embargo, al decir de “lo mismo” – la novela, la ficción sufriente que el analizante se ve llevado a repetir, etc., - cada vez y cada vez, el goce sintomático pierde fijeza porque las condiciones significantes que lo formalizan son conmovidas. Esto tiene que ver con el deseo del analista puesto que es su escucha la que debe puntuar la diferencia.

Finalmente, un poco más abajo, el autor agrega:

“El estilo es esa dimensión suplementaria en el sentido de que tiene que ver con la manera de decir y se hace a la vez el soporte del deseo y causa de división del sujeto.”

El estilo nos habla de la especificidad de un recorrido en la superficie de una textura, cómo se va delineando singular y originalmente un trayecto, siempre legible après coup en tanto no es anticipable, sino sorpresivo, no-calculable. El stilus es el losange que refiere y sitúa la huella del lazo particularizado – privilegiado, especial - del sujeto para con el objeto que lo causa (la distancia, la medida, la frecuencia. El losange tiene una implicancia temporal, también, rítmica en tanto alude a lo que es insistente, repetitivo mas no desde una mirada biológica). Cómo se ubica, para poder hacerse-de-él (genitivo subjetivo y objetivo), en esa historia que es el fantasme. El fantasma como estructura en sí, vela la horrorosa castración del gran Otro, en el punto donde la existencia sería imposible estando de cara plenamente a lo real, de un modo continuo: ¿podríamos ser en falta todo el tiempo? Si en el fantasma estamos sin falta por el otorgamiento de un objeto postizo del perdido originariamente, más allá de él somos la falta de sujeto misma pero no como puro significante, dado que eso es, a mi entender, pre-fantasmático. Algo pos-fantasmático debe pensarse por la vía de hacerse a, del acto. De la acción.

Hablando internamente a la lógica de la función que es el fantasma, podemos pensar que es el único espacio subjetivo donde es dable y pensable un erotismo y un lazo social. Las neurosis actuales no son fantasmáticas sino más bien pulsionales, es decir, autoeróticas. El circuito pulsional diríamos que casi es acéfalo de Eros, y por eso es necesario el montaje fantasmático, la escena, los elementos fetichizados que despiertan y sostienen el deseo. Pero a condición de no creer que el deseo se sostenga en el sentido; en definitiva, en el Yo. Porque el deseo se sostiene justamente gracias a que no-todo el goce entra en lo simbólico (y, gracias a él, ni en lo imaginario). Hay un resto de satisfacción que puede devenir otra cosa, que no está definido de manera radical y última, porque no es apropiable narcisísticamente. De ahí remite la importancia de someter a crítica ese texto sujetador que reprime el estilo para intentar siempre fracasadamente de subjetivar el Real que se nos escapa por nuestra constitución significante misma, tarea imposible de llevar adelante de manera definitiva, lo que no impide que – siendo realistas – la añoremos. La poesía es un excelente ejemplo de cómo, vía el estilo, lo fijo pasa al territorio del movimiento. Por eso es, como el psicoanálisis, pensamiento crítico en acto.

Ramos Mejia. Año 2018

miércoles, 24 de enero de 2018

Escena política – Domingo 23 de Octubre de 2016 - Crónica implicada



Introducción
A través de este texto, subjetivo, me propongo relatar un poco la experiencia que se dio en el marco del Congreso Transversal del colectivo ESCENA POLÍTICA, constituido por diversos artistas militantes de ningún partido político en especial, sino de la cuestión artística misma.
Mi asistencia se dio en el marco del día final en donde confluyeron cuatro talleres diferentes “para crear el Comité Cósmico de Crisis”:
Cartelismo
Cancionero
Corte de ruta y pasarela
Diseño de movimiento colectivo
Participé específicamente en el vinculado al Diseño de movimiento colectivo que estuvo bajo la coordinación del Foro de Danza en Acción. Posteriormente, me sumé a la caminata denominada “Salida a la Ciudad” de la que también haré un comentario líneas más abajo. Como puede verse, todo tenía un nombre específicamente delimitado, una denominación, una funcionalidad. Desde el vamos, quisiera dejar claro que esta es una crónica implicada, es decir, no será una mera descripción del acontecer sino una puesta en palabras de una perspectiva crítica y comprometida del hecho sucedido.

“Lo que se vio”
Antes de hablar concretamente del Taller al que asistí, relataré muy sucintamente qué cuestiones surgieron en los otros espacios, desde lo que se dejó ver, oír, sentir.
La primera impresión es fuerte, cuando uno se aproxima al hall del Torcuato Tasso, por cuanto rápidamente se muestra una decena de cuerpos semi-desnudos que caminan dentro de lo que fue el “corte de ruta y pasarela”. En este Taller predominaron los “cuerpos rebeldes” (sic), es decir, sujetos reivindicativos de la pluralidad sexual, críticos de la hetero-norma y afines a los movimientos “gay and lesbians”. Fue el más provocador de los cuatro, pero cada uno tuvo su importancia y su magia. El juego del contraste, que puede suponer cortar la ruta y hacer un desfile, apuntó a un efecto de descolocación del sentido común, para el que el piquete debe ser algo tosco, rudo, agresivo y totalmente lejano a un desfile de modelitos. Acá, por el contrario, se veían cuerpos juveniles intensos y sexuados, eróticos, vivos. Pero tampoco era un evento de moda sino una marcha política. Intentaba transmitir un mensaje de protesta.
En cuanto a los otros dos talleres, el cancionero y el de cartelismo, fueron quizá los menos originales, pero sobremanera necesarios a la hora de expresar el susodicho mensaje de un modo contundente, máxime cuando el colectivo se dispuso a intervenir en la vía pública. Hubo consignas en contra del fascismo, del macrismo, del machismo y a favor de la femineidad. También líneas de sentido que apuntaban a la construcción de «poder social». Un cartel decía “la publicidad arruina tu mente”.

Construir movimiento en masa
Ahora me dispongo a hablar de la actividad de la que efectivamente participé. Fue la primera vez que asisto a este tipo de experiencia. Se trataba de gestar un Uno entre varios, pero un Uno inestable, movedizo, fluyente: para nada al estilo Parménides. Heracliteánamente fuimos dándole forma a ese Uno del devenir, del movimiento y del deseo.
En primer lugar, jugamos a la conexión táctil ínfima, en grupo, conectando desde lo más pequeño, sintiendo y dejándonos llevar por la “información” que el cuerpo propio recibía del exterior. Apuntando a esa extimidad de la que tanto hablan los psicoanalistas. En otras palabras, buscando lo más íntimo en el exterior para dar con lo más ajeno dentro de sí.    
Caminamos de manera grupal, siguiendo la lógica del “contagio” en relación a la forma que realizaba el compañero, y de este modo fuimos un largo un gusano que reptaba por el espacio, derramando silencio, deformando la temporalidad habitual, por cuanto el reloj allí no tenía cabida en ese corte en acto que supone toda dramatización. Dramatización pura, sin guión más que el del fantasma individual (del que nada se dijo concretamente, por ser una investigación ajena a la propuesta del Congreso).
Hubo otro ejercicio que consistió en elegir un par con el que mirarse fijamente a los ojos, diez minutos. Diez minutos imaginarios, no necesariamente reales. Esta tarea supuso angustiarse un poco; ¿qué quiere el otro de mí? ¿qué represento ante su mirada? Detrás de esa mirada, sólo yace un ojo, un órgano biológico que denuncia que a fin de cuentas somos naturaleza y nada más – MUERTE – VIDA – NACIMIENTO – DESEO SEXUAL – EXTRAÑAMIENTO. El cuerpo como multiplicidad vertiginosa.
Como cuarta tarea, tuvimos que subir colectivamente una escalera. Nuevamente “gusaneamos”, rozando piel con piel. Para qué negarlo, hubo roces fuertes. Tetas, culos, pijas. Suspiros, ¿incomodidades? La verticalidad de la subida daba más lugar a las mismas, cosa que no había sucedido hasta el momento y que se perdió después, en la última consigna. Fue uno de los momentos de mayor esfuerzo físico también. Sirvió para soltarse y disfrutar mucho más de la escena final, en la terraza.
En la terraza nos soltamos bastante. Corrimos, nos abrazamos. Sinceramente, supuso una experiencia formidable. De creación, conexión, construcción, búsqueda, empatía, solidaridad, apuesta. Lo racional y yoico no tenía lugar en este estar-sin-sentido pero con un objetivo que era el de producir movimiento en masa. O sea, a fin de cuentas, tomar conciencia de aquello que estamos permanentemente haciendo, por ejemplo en un subte, pero desconectando la corporalidad del sufrimiento que involucra todo el eje del día en día, en su ritualización de conductas “coherentes” y esperables donde las Ideas – así con mayúsculas – pretenden imponer la dirección. Aquí quien marcaba la orientación eran la espontaneidad y la intuición.
Hacia el final se reflexionó sobre lo sucedido durante todo el taller y se pensó cómo sería la puesta en marcha del Comité.

Salida a la calle
No podía ser de otra manera, “cortar” con el sitio de origen supuso resistencias. Que nos olvidamos el cargador, el buzo, todavía no estoy lista, de quién son estos anteojos, falta serigrafiar unas remeras. Obviamente, hay una distancia importante entre estar ensayando acciones, practicando lúdicamente y sabiendo que uno se puede equivocar que, salida mediante, estar “a cielo abierto” bajo la mirada ya no de los otros inmediatos sino de esos más genuinamente otros. La alteridad de la vía pública. El vecindario nos recibió con amabilidad y sorpresa. Nos cruzamos tres Fuerzas de Seguridad diferentes: la Policía Federal. La policía metropolitana (que nos custodió una parte del trayecto, luego de que nuestra abogada hablara brevemente con unos efectivos). Por último, la Prefectura, ya en destino.
La caminata fue divertida, un poco híbrida en cuanto a la manifestación. El colectivo de diseño de movimiento se mostró algo inconsistente. Aunque es entendible que no es lo mismo estar dentro de un lugar destinado a su realización que la intervención y el despliegue en lo callejero. Las canciones amalgamaban declamaciones sexistas y sugerencias políticas. Todo se desarrolló pacíficamente y se dio fin para anunciar el cierre a cargo de la fiesta durante la noche, a la que no fui.

Escena Política y Política de la escena. Críticas, reflexiones, inconclusiones.  
Voy a tratar de no pensar mucho lo que sigue, para que fluya el libre discurrir de un discurso serio.
En relación con la salida al espacio común, yendo de atrás hacia adelante, a mi parecer falto mayor énfasis en lo que yo creo que es la esencia del “colectivo de artistas escénicos”, justamente, la lucha por el Arte, por la Escena que implica de por sí una Política. Cobró bastante relevancia (quizá por el momento actual del país), el tema de la crítica al “patriarcado”, aunque no hubo referencias específicas al NI UNA MENOS.
Yo entiendo al colectivo como un grupo destinado a demandar mayor intervención/ regulación estatal en relación las prácticas artísticas dentro de lo que es Ciudad de Buenos Aires. O sea, que el Gobierno se haga cargo de brindarle a los artistas la posibilidad de vivir de aquello que saben y gustan de hacer, sin tener que depender eternamente de un papá que banque la movida – la parte no denunciada del famoso Patriarcado, por cierto. El problema que acá se puede registrar, es que en el fondo hay una transferencia de la exigencia al padre hacia el pedido al Estado, que figura como un nuevo dady. Es decir, queda en suspenso una reflexión sobre la edificación de autonomía y autogestión. Me estoy basando en la charla que sostuvimos con algunos representantes en el Bar MU, aclaro.    
La pelea por los derechos culturales, no debe ser separada de la disputa en el terreno de lo que es la Salud y la Educación. En este punto, sinceramente, no creo que sea factible lograr muchos avances sin una estructura mayor tal y como lo son los partidos políticos, que desde mi punto de vista no son necesariamente algo negativo. Hacen posibles muchos avances legales que introducen efectos en lo real de las prácticas. Desde ya, cada cual reclama desde donde quiere y/o puede.
Otra crítica es que este tipo de actividades, por lo general, queda circunscripto a cierto sector social. En términos marxistas, clases medias e infiltrados de clases altas con conciencia de culpa burguesa. No hay pobres que se enteren de estas propuestas o que se interesen en ellas. El por qué, excede los límites de esta crónica aunque una conjetura es que la dimensión del deseo – propia de toda realización artística – plantea la condición de un “más allá de la necesidad”. Quizá los caminos de la difusión fueron muy acordes a los mismos senderos de siempre donde es difícil que se entere alguien que no está en el circuito. El círculo escénico termina muchas veces reproduciendo una lógica elitista bastante contraria a su propio espíritu de subversión.
Desde Freud, sabemos que sería delicado ponerse a opinar sobre las elecciones sexuales de cada ser hablante. Solamente agregar que para hacer un despliegue cultural tan elaborado y elevado, grandes cantidades de represión sexual son necesarias. Esto puede sonar a delirio, pero el pensamiento psicoanalítico es así de directo. Lo cual abre la paradoja respecto del grado de “liberación” subjetivo que realmente estaría en juego cuando se arman eventos de este orden.
Por otro lado, siguiendo la mirada de Michel Foucault, es importante interrogarse por la lógica disciplinaria. Si acaso no estamos siendo útiles a algún tipo de poder silencioso allí donde nos auto-convencemos de estar siendo súper-revolucionarios. ¿Esto es acción crítica o un mero divertimento posmoderno? Sé que son picantes estas preguntas, pero preferible hacerlas que no. Me hago cargo de las mismas porque también participé del Congreso y apoyé sus consignas.
Finalmente, Nietzsche nos advierte de la voluntad de poder que hay detrás de toda crítica al Poder consistente y detentado: ¿no buscaremos acaso enseñorearnos nosotros también detrás de nuestras diatribas colectivas en miras de posicionar nuestro vanidoso Ego más cerca del IDEAL que la época reclama (contemporaneidad de reality show, redes sociales, la imagen es todo, etc.)? Esto es, ¿no será que nuestro narcisismo nos engaña haciéndonos creer que buscamos un mayor compromiso colectivo cuando en verdad lo único que queremos es el crecimiento de nuestra fuerza individual?
Con este último interrogante, termino mi crónica.

Buenos Aires, Octubre de 2016.