sábado, 20 de enero de 2018

“DEL MALESTAR EN LA CIUDADANÍA (Y DE OTROS MALESTARES)”



“Las ideas son hoy el instrumento esencial en la lucha de nuestra especie por su propia salvación. Y las ideas nacen de la educación. Los valores fundamentales, entre ellos la ética, se siembran a través de ellas.”

(Fidel Castro, 07/02/2003)

Introducción

¿Qué pueden aportar el psicoanálisis en particular y el pensamiento crítico en general al combate frente al malestar en la ciudadanía (CULLEN, 2007)? Nótese la cercanía con el título archiconocido de Freud. Pero en este caso, nos compele la cuestión cívica, no tanto la universalidad de la “Civilización” o de la “Cultura”, sino el espacio acotado de la articulación entre un Estado de Derecho y aquellos que permanecen sujetos a sus obligaciones y – justamente - derechos, que dicha Institución define y engloba (tratando de pensar también en quienes quedan «forcluidos» del sistema establecido). No creemos, no obstante, que la condición ciudadana esté únicamente otorgada por la entidad estatal. La así llamada “carta de ciudadanía”, más bien, está sobre-determinada por un conjunto de factores o, lo que es lo mismo, existen diversos modos de entender el concepto de ciudadanía más allá de la lógica estatista (cuestión que veremos en breve).

Ciudadanía involucra una de las aristas que colocan al hombre en su conexión con el corpus social en tanto tal. Se trata de un cuerpo societal elaborado, padre de normas e hijo de mandatos transmitidos. Un social Ideal del yo pero también fácilmente convertible en superyó. La ciudadanía puede volverse cruel en tanto plantea un costo que puede ser difícil de pagar (o, hasta diríamos, imposible) por grandes cantidades de individuos que quedan precisamente por ese hecho excluidos (forcluidos, en nuestros términos, como decíamos más arriba) de la economía ciudadana entendiendo a ésta como algo más que un simple fluir de intensidades monetarias o comerciales, sino también como una intensidad dada en una superficie (los cuerpos, los espacios, el territorio; en suma, toda la geografía cívica) sobre la que circulan afectos, pasiones, deseos, saberes, goces, síntomas, identificaciones, pactos, secretos, decires, etcétera. Discurrir de transacciones subjetivantes de la que el sujeto de la necesidad queda privado (“objetivación”). Para el caso, el pobre. ¿Qué hacemos con los pobres, es decir, con esos seres del conjunto de ciudadanos que están al límite del engranaje societal articulado y funcional? Esta pregunta ostenta una sobredosis de fascismo importante, empero. Convendría cuestionarse, en cambio: ¿Qué hacemos con la pobreza? Inclusive, mucho mejor que esta: ¿Qué se hace con la desigualdad? (que no lo real de la diferencia en tanto irreductible).

En este punto, y para no desviarnos tanto del asunto que articula este Capítulo, diremos rápidamente que el quid de la cuestión pasa por qué hace cada cual con su pobreza. Y no entiéndase únicamente por pobreza, la carencia material (de dinero, de propiedades y bienes en general), sino que también es la chatura (no la tachadura, mucho más interesante), la mediocridad galopante de los conformistas envidiosos de siempre (incapaces de alegrarse por el logro ajeno y defensores acérrimos del empate), en definitiva, la pobreza de miras, esa incapacidad tan neurótica de soslayar el pequeño ego, de llevar todo hacia el plano de lo común, de lo medible, de lo comparable, de «lo Uno». O sea, del falo en su vertiente imaginaria como significación residual cuya resonancia contamina las acciones ulteriores al Edipo reprimido, imposibilitando que se desplieguen actos verdaderos, foráneos a una lógica reduccionista y cosificante. El estulto está en el fantasma, gozando como cerdo, comprometido a nivel de un deseo aletargado e intoxicado que lo sujeta de manera determinante a repetir mecanismos – y a reproducir lógicas - sin poder salir del, y sin poder cortar con, el circuito del goce. Ese del que tanto se queja.

El psicoanálisis aporta las herramientas para que la subjetividad pueda reencontrase consigo misma. El pensamiento crítico supone un agente que, pese a estar supeditado a fuerzas que le son decisivas y excedentes, se responsabiliza creyendo que algo es posible de transformar. Esta es la definición misma del pensar críticamente: ir más allá de lo dado, de lo que se creía inconmovible, aún en el propio ser (llámese “destino”, “esencia” o “fatalidad”).

Comprometerse: ¿cómo? Implicarse: ¿de qué manera? Hay vías específicas de acción. Organizarse, unirse, protestar, tomar la palabra (decir), salir (cortar), moverse (cambiar), solidarizarse (deponer o posponer – en el sentido de “hoy por ti…” - el narcisismo). Denunciar. Debatir, ante todo, sin violencia ni agresiones, pero tampoco con claudicaciones o concesiones. Tanto el psicoanálisis como el pensamiento crítico son territorios agresivos en el sentido de combativos y valientes. No son espacios para cualquiera, como ningún tipo de militancia lo es. Esto no invita a interpretar el compromiso como guerra o como pelea permanente. En todo caso, esa batalla es contra las propias insulsas ilusiones, el propio masoquismo y la propia culpa que impiden crecer. En definitiva, el ataque (evitando hablar así de la tan mentada “defensa”) esencial es contra el propio goce en tanto tal. Lacan nos enseñó que lo fundamental de la experiencia psicoanalítica no debe precisarse por las vía de los mecanismos defensivos, siempre fallidos y a fin de cuentas fortalecedores de lo menos interesante del sujeto. Al contrario, no hay mejor defensa que un buen ataque. Y atacar es dirigirse valientemente hacia el deseo.

Involucrarse como ciudadano partícipe de una Sociedad (y no meramente parte), conlleva un beneficio ante todo para sí mismo, en tanto y en cuanto le posibilita al sujeto correrse de los avances despiadados de los ambiciosos y egoístas imborrables. Esos que siempre existieron y que siempre existirán, llegando al extremo de la canallada e inclusive de la monstruosidad (como los torturadores). No dejarse atropellar, ni robar derechos, conquistas, pelearle al oscurantismo ideológico, material, dirigente o empresarial. Como psicoanalistas, concretamente, no nos es dable hacer la vista gorda frente a la orientación de un país en términos derechistas y neoliberales nuevamente, en el sentido de una alienación cultural y nacional que produjo efectos psíquicos graves en nuestra sociedad. Desde el punto de vista de la Salud Mental, el neoliberalismo representa el predominio de la cultura del descarte (que no excluye descartar personas), de la desgracia de la mayoría, la avidez al poder, el goce consumista como imperativo. La castración allí es desmentida porque el emblema mercantilista y toda la pompa de prejuicios que consigo acarrea (ideas falsas como “ser para tener” o “tener para ser”, “felicidad”, “progreso”, “pobreza cero”), se propone suturarla, siendo el capitalismo una utopía de la que no nos podemos desprender. La carencia de referentes simbólicos reguladores, hace que retornen las subjetividades de manera estrambótica (nuevas patologías). Si todo es el libre mercado, la ausencia de nombres no impide que la pulsión maneje los cuerpos a piacere. El neoliberalismo es la anarquía pulsional llevada al terreno de las relaciones inter-económicas. Además, su lógica es inseparable de la de la colonialidad (QUIJANO), porque es moderno como esta última. El planteo es: manda el más fuerte. La moneda más potente, la economía más férrea. Desprotección de los más vulnerables, con efectos de empobrecimiento en todo nivel. La mentira de que “somos todos iguales” y que por eso debe imperar la merito-cracia encubre anhelos subrepticios de que la plutocracia y la aristocracia sean los regímenes dominantes. Somos todos iguales, menos los que son distintos, habría que agregar. Eso es fascismo puro. Pero nosotros estamos del lado de la democracia, único esquema político donde el deseo hace nudo con una concepción genuina (y no ingenua) de libertad.

“Dicen que el peligro nos acecha, pero el peligro son ellos y por eso hay que seguir…”

Nunca mejor dicho, tomando prestada la reflexión de los muchachos de La Mancha de Rolando. Die Gefahr es la tecno-cracia imperante, aliada al ultra-neo-libera-capita-lismo que sostiene una contemporaneidad arrasada y sin destino a niveles individuales y colectivos. ¿Hacia dónde vamos? ¿Alguien se hace esta pregunta? O mejor dicho: ¿vamos hacia algún lado o ya no hay donde ir? El nihilismo tan denunciado por Nietzsche: ¿hasta qué punto lo hemos eliminado los occidentales? ¿Hay algo en qué creer? ¿Qué valor tienen nuestra Nación, nuestra Patria, nuestra Historia? ¿Al servicio de qué estamos? ¿Somos funcionales a qué lógicas o fuerzas sociales – políticas, económicas, ideológicas, religiosas? ¿Tenemos un mínimo de conciencia de qué articulaciones sostenemos? ¿Cuáles son nuestros a priori?

Como podrá captar el lector, muchas preguntas, pocas respuestas. O quizá, estas preguntas sean la respuesta misma de alguien que se atreve a ejercer el pensamiento crítico. Por suerte, sabemos que hay muchos. Esto no nos consuma místicamente en ninguna síntesis definitiva, solamente nos sitúa en una misma dirección, en una comunidad de enunciación o solidaridad en el decir. La de quienes quieren algo mejor no sólo para sí, sino que – honda preocupación antropológica mediante – también para el otro en tanto otro. Ese otro que indirectamente soy yo mismo. La alteridad me interpela permanentemente y el trato hacia el semejante, es real medida del grado de aceptación de mi propia castración simbólica. Porque yo también soy otro para mí, y el otro-otro, el otro real, es siempre un tercero. Pasemos a los desarrollos pensados para la ocasión, sin más demoras.

Buenos Aires, Año 2018

miércoles, 17 de enero de 2018

La genealogía del sujeto: Técnicas de dominación ◊ Técnicas de sí



En las dos conferencias en Dartmouth, intituladas “Sobre el comienzo de la hermenéutica de sí, 1980”, Foucault rescata la propuesta de Habermas respecto de las técnicas que pueden distinguirse en las sociedades humanas a lo largo de la historia. Estas tres son, según este último: técnicas de producción, técnicas de dominación y técnicas de significación. No obstante, el pensador francés, se ve llevado (tal como es habitual en él) a agregar algo más. Es así que nos dice:

“… hay en todas las sociedades (…), otro tipo de técnicas: técnicas que permiten a los individuos efectuar, por sus propios medios, un cierto número de operaciones sobre sus propios cuerpos, sobre sus propias almas, sobre sus pensamientos, sobre su conducta,  y ello de tal modo que se transforman a sí mismos, se modifican, y alcanzan un cierto estado de perfección, de felicidad o pureza, de poder sobrenatural, etc. Llamamos a esta clase de técnicas, técnicas o tecnologías de sí.”  

Ahora bien, un poco más abajo, introduce un elemento esencial, absolutamente importante para nuestra temática y para nuestro lugar en la Cultura como psicoanalistas:

“… si se quiere analizar la genealogía del sujeto en la civilización occidental, hay que tener en cuenta no sólo las técnicas de dominación, sino también las técnicas de sí. Digamos que se ha de tener en cuenta su interacción…”

Creemos que esta precisión foucaultiana resulta de vigencia crucial para pensar la época. Nos encontramos en un momento de proliferación de terapias pseudo-clínicas, prácticas de sugestión vinculadas en algunos casos a planos “artísticos” o “espirituales” que, operando en el registro del principio de placer, refuerzan realidades crudas y de opresión porque adormecen en lugar de conducir hacia el despertar. En este sentido, son propuestas que muchas veces forman parte de la alienación epocal. No es casual que se presenten bajo la forma de lo agradable, de lo breve, de lo liviano, de lo simple, inclusive de lo SMARTH. Hay una cuota de espiritualidad dentro del mercado mismo además del mismo mercado de la espiritualidad que apunta a un rechazo de la castración muy decidido, que no quiere saber nada de lo real, puesto que prefiere únicamente todo lo que pueda pensarse como pleno, armónico, placentero, transparente, positivo, afirmativo y, más exactamente, renegador. Cuanto menos haya que pensar, que preguntarse, que cuestionar, discutir, debatir, conversar, dialogar, reflexionar, analizar… mejor. Renovada fe en el Ser – nombre de un yogurt muy de moda en estos tiempos de lo liviano -, en el individuo. Coaching ontológico, liderazgo, meritocracia, la infaltable psicoterapia. Pero también yoga, reiki y flores de Bach. No se trata de pretender que el Psicoanálisis sea la ÚNICA vía de subversión subjetiva con consecuencias. Pero sí de diferenciarlo y desmarcarlo de todas aquellas propuestas que pretenden haberlo superado luego de una supuesta “depuración” de sus elementos más anacrónicos (que en realidad son los más escandalosos), como en el caso de muchas psicoterapias ´psicoanalíticas´.    

Una genealogía de la clínica psicoanalítica, nos llevaría a registrar que nace de la objetivación médica del paciente, mas para dar un paso al costado de cualquier técnica de dominación (es archisabido que Freud abandona la hipnosis y la sugestión). Tiene un origen que la enlaza con las técnicas de sí, mas se diferencia de ellas en el punto donde no propone ninguna aspiración ideal hacia la felicidad, la perfección, la pureza. Es una propuesta crítica        y una apuesta ética en medio de la maleza de pseudo-soluciones al conflicto existencial. El psicoanálisis no cree que haya que “solucionar” la existencia. Se puede elaborar lo traumático de estar-ahí, arrojado a la tierra y su sin sentido. No es reversible esta condición.    

domingo, 14 de enero de 2018

“Sin Otro, del Otro”




“Yo no canto para todos, sino para cada uno”
(Atahualpa Yupanqui)

Decía Lacan: “La verdad no es otra cosa sino aquello de lo cual el saber no puede enterarse de que lo sabe sino haciendo actuar su ignorancia.” Es decir, el saber va al lugar de la verdad sí y sólo si es un saber inconsciente, vale situar, un saber inagenciado por la Sustancia pensante, por el Sujeto unificante y subjetivante, dueño de las representaciones: su Majestad, el «Yo». El dueño del Saber es el Otro sin barradura, ese que desea ser - o del que desea depender - el obsesivo, en su afán de control y de cálculo.

Al punto en donde el saber se entera de la verdad haciendo actuar su ignorancia, Lacan lo define como una crisis real. Podríamos vincularlo, por qué no, con la emergencia de la angustia. Crisis real en el Otro, tragedia que repercute en la ontología del sujeto que se pretendía definido y conforme. Una interpretación psicoanalítica es una crisis real ya que apunta precisamente a la inexistencia del Otro del Otro. Prosigue Lacan:

“Esta dialéctica [la hegeliana] es convergente y va a la coyuntura definida como saber absoluto. Tal como es deducida, no puede ser sino la conjunción de lo simbólico con un real del que ya no hay nada que esperar. ¿Qué es esto sino un sujeto acabado en su identidad consigo mismo? En lo cual se lee que ese sujeto está perfecto allí y que es la hipótesis fundamental de todo este proceso. Es nombrado en efecto como su sustrato, se llama el Selbstbewusstsein, el ser de sí consciente, omniconsciente.”

Es el sueño del obsesivo, devenir un ser omniconsciente, dominador del inconsciente y de sus argucias. La plena simbolización, racionalización y formalización (¿formolización?) de lo real, la adecuación exacta entre sus teatros (teorías, sentidos, ficciones) y el devenir (la multiplicidad). Quizá por esto tanto a Freud como a Lacan no les agradaba la posición de la Filosofía, por su tendencia al cosmovisionismo, lindante con la paranoia, posición subjetiva para la cual el Otro sabe (nombra) todo, para la cual todo el Otro está nombrado (hay Otro del Otro). Sin ambages, Lacan definía al discurso filosófico como una variante del discurso del amo. La interpretación delirante nos habla de un Otro del Otro. La interpretación psicoanalítica nos habla de su inexistencia. Si la interpretación analítica no conmueve la enunciación psicótica es porque el “sujeto” aparece allí como puro-enunciado. El obsesivo se pretende puro-enunciado. Por suerte la angustia lo pone en su lugar de vez en cuando (eventualmente, una mujer). La Ciencia, en su pretensión de universalidad, no hace algo muy distinto cuando descarta lo singular, esto es, el rasgo que al pensar crítico debe interesarle.

Prosigue Lacan en donde estábamos:

“¿Quién no ve la distancia que separa la desgracia de la conciencia de la cual, (…), puede decirse que sigue siendo suspensión de un saber [siempre posible y próximo a advenir como absoluto]- del malestar en la civilización en Freud, aun cuando sólo sea en el soplo de una frase como desautorizada donde nos señala lo que, leyéndolo, no puede articularse sino como la relación oblicua (…) que separa al sujeto del sexo?”

Veamos. La relación oblicua no es otra cosa sino la inexistencia de la relación sexual de la que hablará el analista francés tiempo después, pero que está presente desde los inicios de su enseñanza (en el Seminario IV no deja de insistir en “la carencia de objeto” como motor del sujeto). La conciencia desgraciada nada tiene que ver con el sujeto de la falta. Lacan se burla, del algún modo, del planteo hegeliano situando la primacía en su pensamiento de la formulación freudiana. El malestar en la civilización es el malestar del goce, aquello que hace que la cosa no ande. La tecnocracia posmoderna pretende suturar (y no suplir) esa hiancia irreparable, ese lapsus irreductible que es el no-relación sexual.

El goce en el síntoma es disidente con la pretendida funcionalidad del Sistema.

Al Sistema le viene bien el goce de las neurosis actuales, la toxicidad misma del aparato psíquico, la hiper-estimulación aplastante que impida la reflexión crítica. El significante stress o su partenaire infaltable, el ataque de pánico, nos hablan de cuerpos des-erotizados, maquinales, robotizados, asexuados. No hay tramitación vía el inconsciente como aquello que resta al Otro, que descompleta al Amo. Más neuróticos actuales y menos histéricas, en tanto la histérica, como lo muestra la historia misma del psicoanálisis, necesariamente convoca a esa otra escena que es el inconsciente freudiano. A partir de allí se abre la vía del sujeto, del deseo y de la transformación.

Cuerpos inundados, autoerotismo, llamados a nadie, silencio pulsional, mutismo del trabajador infatigable que sostiene laboriosamente al Sistema que demanda y demanda. Un síntoma histérico es un llamado a la interpretación. El inconsciente es un saber-hacer - una defensa - con el goce mortificante de lalengua. Implica, entonces, tramitación del goce. Si la histérica se defiende de ese opaco das Ding vía la acentuación de su falla - intensificando su deseo para la huída (demanda de puro deseo, deseo de insatisfacción) -, el obsesivo pretende matar enteramente la cosa. “La palabra mata la cosa”, en efecto, pero no completamente, aunque este sea el ensueño del obsesivo, ya que queda ese resto que es el objeto a. El obsesivo pretende la sutura plena de la hiancia en el Otro traumatizante, desea la pura demanda (lo imposible), la inexistencia del goce y del deseo. Un mundo sin opacidad o reducido a una opacidad controlada (por él). Anhelo de la “pura transparencia”, de la “cristalina limpidez”.

Pero yendo al punto, lo que me interesa destacar es que ambas posiciones (la histérica y la obsesiva) ya ponen en juego una defensa frente al goce aplastante, tendiente a la robotización del sujeto. Lo que se propone desde el Sistema como mortificación cotidiana, inundación de los cuerpos, va más bien en la línea de forcluir el inconsciente. Esta es la propuesta contemporánea y es lo que predomina en sectores sociales de pobreza, principalmente. No se trata de la boludez de que “el psicoanálisis es para burgueses”. Se trata más bien de denunciar que el Sistema cercena la subjetividad reduciendo al hablante a su objetivación por el goce mortificante de lalengua.

Por otro lado, me juego a que la televisión en esto que pasa tiene muchísimo que ver. Siempre habla el Otro, nada del orden del diálogo. Con la televisión no se habla. Es más, en la época actual no se habla ni con el celular, ya que “sirve” ampliamente a otros fines, más cercanos al predominio de lo imaginario. Un imaginario avasallante, múltiple, permanente, aplastante y un discurso no dialógico, un simbólico cuasi psicotizante donde el aparato televisión habla permanentemente por el televidente. Hiper-estimulación que fagocita las mentes, cercenando las posibilidades de que emerja pensamiento crítico.

Televisión, internet, celulares, tecnología, más tecnología, psicofarmacología, “Farmacity”… ¡Farma-city! La ciudad del fármaco… proliferación indefinida de objetos de consumo, todos estos modos contemporáneos cerrar la pregunta por la inexistencia de relación sexual.

En internet podemos encontrar ofertas como la del grupo Meetic, Meeticaffinity. Leemos en su sitio web:

“¡La armonía en una pareja es cuestión de afinidad! Te invitamos a descubrir una nueva manera de conocer gente. Meetic, líder de contactos online en Europa, se ha ganado la confianza de millones de solteros ofreciendo un servicio de encuentros de calidad, seguro y moderado. Hoy Meetic innova con la creación de Meetic Affinity. Gracias a este nuevo servicio, te proponemos únicamente a los solteros con los que tienes afinidad. Meetic Affinity te ayuda a conocer personas hechas para ti. Basándonos en tus respuestas al Test de afinidad, determinamos tus coincidencias con otros solteros y te proponemos únicamente a aquellos que responden a tus criterios. Con Meetic Affinity, no tienes que realizar una búsqueda: sencillamente, recibes los perfiles de las personas que comparten tus gustos y tu visión de la vida.”

La sexualidad es constitutiva del sujeto humano. Cada cultura tiene su saber-hacer con la sexualidad. La cultura posmoderna, donde prima una lógica de acumulación de riquezas en pocas manos (grupos económicos)/ forclusión masiva de seres humanos vía la acentuación de la pobreza, propone una modalidad de actuación para con la sexualidad donde estos forcluidos quedan robotizados por la carencia de recursos para hacer con lo sexual. O para volver sexual – erótico – el estar en la Cultura. Pero el autismo también acecha a los más “favorecidos” (acumuladores). Esto que vemos más arriba como Meeticaffinity es una clarísima muestra de que la pregunta por la relación sexual inexistente no cesa de angustiar ya que no cesa de no cerrarse. Aparición de modos renegatorios donde el Saber calculador pretende brindar la garantía del encuentro con la media naranja perdida. Los poderosos buscan salidas alternativas que apacigüen la llama del deseo, disparada por la carencia de objeto-total. Con el dinero se pretende saciar el precio subjetivo que no se quiere pagar.

¿Cuál es el planteo del psicoanálisis en la posmodernidad, frente a tanto pragmautismo? ¿Qué hay del amor en estos tiempos tan autísticos y narcisistas? Decía Lacan el 21 de Enero de 1975: “¿Pues de qué se trata en el amor, sino de fracturar ese muro donde uno no puede sino hacerse un chichón en la frente, puesto que no hay relación sexual?” ¿Tratar de escribir contingentemente algo de lo imposible? Esta es realmente una apuesta formidable. Pero no sin chichones, desde luego, y sin garantías. Mas los chichones son del muro, muro que es el de la relación/proporción sexual, siempre obturada por el falo. Sólo el amor puede hacer condescender el goce al deseo ya que es el amor aquello que introduce la dimensión de la falta. Sólo el amor a una mujer puede hacer que un macho renuncie al goce fálico que lo preserva completito. No se trata de estar más acá del falo (más acá en donde podemos ubicar tanto a las psicosis como a la cultura mortificada, no psicótica pero sí psicotizada – forcluida, objetivada, asexuada), sino más allá.

La orientación es lo femenino: S (Ⱥ).

Veamos qué dijo Lacan de las mujeres. En su Seminario del 20 de febrero de 1973, el analista francés señalaba lo siguiente:

“Sólo hay mujer excluida de la naturaleza de las cosas que es la de las palabras, y hay que decirlo: si de algo se quejan actualmente las mujeres es justamente de eso, sólo que no saben lo que dicen, y allí reside la diferencia entre ellas y yo. No deja de ser cierto, sin embargo, que si la naturaleza de las cosas la excluye, por eso justamente que la hace no toda, la mujer tiene un goce adicional, suplementario respecto a lo que designa como goce la función fálica.”  

Como Lacan mismo lo señala, haber dicho suplementario fue adrede, para evitar decir complementario. Hablando de los goces, Lacan insiste en la no-correspondencia entre lo macho y lo femenino. El complemento, nos llevaría de nuevo, ¿a dónde? Al Todo unificante. Al ex-sistir el suplemento, hay desborde, exceso, no-todo.

Esto nos viene muy bien para pensar la lógica de lo que he desplegado, de alguna manera, a lo largo de este escribir. Por ejemplo, cuando hablaba de una disimetría entre Moral y Ética (como no-todo de la Moral), pues, hacía alusión precisamente a esta dimensión del suplemento. La Ética es a la Moral, entonces, tal y como lo femenino es a lo fálico, es decir: interpelación de su supuesta circularidad, completitud, autosuficiencia. En la lógica psicoanalítica, lo femenino aparece como lo que transciende a lo macho-fálico en su estasis hedonista de libido narcisista, puro goce idiota. Prosigue Lacan:

“Hay un goce de ella, de esa ella que no existe y nada significa. Hay un goce suyo del cual quizá nada sabe ella misma, a no ser que lo siente: eso sí lo sabe. Lo sabe, desde luego, cuando ocurre. No les ocurre a todas.”

Un goce inagenciado por la instancia del Saber, un goce que desborda al Otro del Saber y que va más allá de la Ley fálica, Ф. Sólo sabe que lo siente, si eso ocurre. Pero no sabe de qué se trata eso que sabe que siente. Tematizarlo será mal-decirlo, necesariamente. Eso hace el macho cuando aborda a la mujer, a saber, la mal-dice, la degrada, la aborda desde el falo como significante haciéndola objeto-complemento de su deseo masculino. Vuelvo a Lacan, nuevamente:

“La mística no es todo lo que no es la política. Es una cosa seria, y sabemos de ella por ciertas personas, mujeres en su mayoría, o gente capaz como San Juan de la Cruz, pues ser macho no obliga a colocarse del lado x x. Uno puede colocarse también del lado del no-todo. Hay allí hombres que están tan bien como las mujeres. Son cosas que pasan. Y no por ello deja de irles bien. A pesar, no diré de su falo, sino de lo que a guisa de falo les estorba, sienten, vislumbran, la idea de que debe de haber un goce que esté más allá. Eso se llama un místico.”

Al igual que el hablanteser que goza femeninamente, el místico en su testimonio afirma un goce, pero un goce del que nada sabe. Algo de lo no-mensurable, de lo no-calculable, de lo no-contable se juega en esa experiencia. Lacan se pregunta si no es acaso, ese goce que se siente pero del que nada se sabe, aquello que nos encamina hacia la ex-sistencia. La ex-sistencia como una trascendencia antimetafísica, no supra-mundana sino más allá de lo meramente ente. Ex-sistencia para con el ser de las cosas, que es el ser de las palabras, el Otro del significante. Podríamos situar esto esquemáticamente así:




Si el sujeto encontrara al complemento, esto, retroactivamente, le devolvería una consistencia. No pasa nunca, más que imaginariamente, en tanto el encuentro con el supuesto objeto complementario es más bien la identifijación a algún significante que hable de la omnipotencia del Otro, es decir, al Ideal. Como se sabe, a partir de la introyección del Ideal se constituye y adquiere su estabilidad el ego. Por el contrario, la direccionalidad subjetiva hacia lo suplementario provocaría en su retroacción el advenimiento de la ex-sistencia. Estimo que tal vez sea erróneo hablar de “direccionalidad” por cuanto nos habla de un sujeto que busca. A mi entender, la búsqueda va del lado fálico, macho (Lacan ubica al $ de este lado). Buscar gozar es eminentemente masculino e inclusive histérico. Acentuar la búsqueda para prevenirse del encuentro. Del lado hembra no se busca: se encuentra. El goce femenino, lejos de buscarse como una meta, más bien, ocurre.    

Lo femenino, en psicoanálisis, aparece como lo radicalmente Otro, es decir, aquello que atempera la omnipotencia macha y también al pensar fálico-calculante. Hay cierta equivalencia entre hablar de lo femenino y del no-saber. Lo femenino es uno de los nombres de la falta en el Otro. En Aún, Lacan homologa Ф y S1, significante amo. Uno podría decir, entonces, que el discurso del amo/ inconsciente tiene como dominante al Falo. La constitución del inconsciente será entonces la afirmación de la referencia y de la prevalencia fálicas para un ser hablante, el Falo es “soporte del sujeto”. El Falo insiste con sus efectos de sentido que, no obstante, tarde o temprano encalla, puesto que no hay relación sexual. El sentido (fálico) no es más que semblante y el Falo no es más que suplencia. La política del psicoanálisis apunta a darle lugar al no-todo, a lo que está más allá del falo, del “goce del idiota”. Sacar al sujeto del pragmautismo donde cree existir (consistir), para confrontarlo con el camino conducente a la ex-sistencia. Sacarlo de sí-mismo para confrontarlo con su otredad.  

En este punto podríamos introducir una dicotomía entre un pensar/ decir calculador - renegador - en oposición a un bien decir acerca de la opacidad de lo real. Me atrevería a afirmar que tanto la cura analítica así como el pensamiento crítico en acción¸ son procederes que buscan acentuar el pasaje desde lo primero hacia lo segundo. No puedo evitar, en este punto, pensar en el danzar lenguajero de Zaratustra y en su decir aforístico. Decía Ulloa acerca de este modo de enunciar:  

“Un aforismo como producción perelaborativa, (…), condensa en una frase elegante y cargada de sentido el reflejo de la desmesura entrevisto en el instante de contemplación. Transcurrida esa fugacidad, sólo queda la nostalgia de lo que ya no es, junto a esa joya del pensamiento arrancada a la opacidad. A partir de ese resto, arduamente irá el poeta densificando lo sutil hasta la condensación en obra; de la misma forma el analizante avanzará en su cura. Si poeta y analizante hubieran sostenido la contemplación, tal vez habrían aproximado algo inherente a la mística…”

Puede ser muy angustiante no tener palabras para nombrar acabadamente las verdaderas cosas. El espíritu de la pesadez que sostiene al pensar calculante se aterra frente a la simpleza con que lo real de la vida se sustrae a toda pretendida logicización nominadora, a toda tentativa de hiper-racionalizar lo que acaece. Recuerdo algo que señalaba Alejandro Dolina escribiendo sobre “La ciencia en Flores” (en su clásico Crónicas del Ángel gris):

“Los Refutadores de Leyendas han sostenido siempre que toda la Naturaleza puede expresarse en términos matemáticos. Lo poco que queda fuera no existe.  Así, esta comparsa  racionalista se ha esforzado, utilizando cifras, vectores y logaritmos, en representar cosas tales como el  tango ´El Entrerriano´  o los celos de las novias de la calle Artigas. Cuando fracasaban, simplemente  declaraban superstición lo que no conseguían encuadrar en sus estructuras científicas. Existía un minucioso catálogo de cosas inexistentes que se actualizaba cada año. Allí figuraban los sueños, las esperanzas, el hombre de la bolsa, el alma, el ornitorrinco, el catorce de espadas, el Ángel Gris de Flores, el gol de Ernesto Grillo a los ingleses, la generala servida y la angustia.”

El sujeto que se queda en “lo que se ve”, fiel gozante de los enunciados, se pierde de lo que realmente vale, a saber, lo significativo que allí se despliega, allende la captación yoica y racional de lo que sucede. Se queda en los enunciados sin poder pesquisar la enunciación y el lugar que bien podría ocupar en tal o cual escena, en lugar de evadirla con argumentos racionales. Degradar la situación para no hacerse cargo de la responsabilidad que la misma reclama. Aburrirse de lo que pasa para no posicionarse como agente de producción de eso otro que falta. Estamos en la queja pura y simple, siempre tan igual a sí misma, tan redonda y esférica.

Las verdaderas cosas, aquello que subjetiva a cada cual, no cabe en la ventana por la que el ego mira. Lo deseable, como objeto-meta, motoriza el aburrimiento degradante en tanto lo que sucede efectivamente queda depreciado ya que podría estar sucediendo algo supuestamente más interesante.

Es que toda genuina producción es siempre producción subjetiva. Y toda producción subjetiva conlleva cierta aceptación de la carencia de ser como condición para desplegarse. Un sujeto saturado, lleno, colmado es un sujeto desbordado que cae más bien en cierto lugar objetal, ligado a lo que a ese sujeto se le juega a nivel fantasmático. La repetición está motorizada por el fantasma como escena construida a partir de ciertos significantes englobantes que soportan al sujeto. La subjetividad neurótica implica la insistencia de un material inconsciente que, por estar reprimido, en su retorno colma la realidad conciente y perturba tanto el lazo social como el acto. Inhibición, síntoma y angustia como modos diversos de esa insistencia, de esa perturbación. Un quantum de la vida amorosa del Hombre, en el transcurso de su constitución subjetiva, no encuentra una satisfacción total y es esta parcialidad misma del goce lo que hará a la edificación de sustitutos, de subrogados que vengan a calmar (y a colmar) algo de esa turgencia misma de lo libidinal, de la sexualidad. Se trata del territorio de la fantasía en donde el principio del placer continúa imperando en cierta medida y en donde el sujeto encuentra un objeto complementario. Como lo plantea claramente Freud en El proyecto, lo que promueve lo fantasmático, el primado del principio del placer y la realización alucinatoria de deseo, es la vivencia de satisfacción ligada al Otro. El Otro que sí responde instala una vía facilitada que tenderá a la identidad de percepción. Ahora bien, más allá de la vivencia de satisfacción, está la vivencia de dolor que es el (des)encuentro con la no-respuesta del Otro, con la falta. Instante traumático que cuestiona la otrora garantida presencia constante del Otro maeterno y que deja un resto al que llamamos afecto, o sea, la angustia. En otras palabras, al develarse problemática la satisfacción ligada a lo fantasmático, en tanto la tensión psíquica no deja de estar, es decir, al no existir una genuina trasmutación económica sino una paliación, el aparato psíquico se defiende primariamente de ese primado del principio del placer (solidario de la repetición del trauma en su terquedad) posibilitando esto la aparición de ese rodeo que será el principio de realidad. El principio de realidad se instala a posteriori de la vivencia de dolor (del trauma) e implica en su esencia la intromisión de la dimensión temporal que es uno de los nombres del padre. Para acceder a una genuina transmutación económica es preciso aceptar que el camino facilitado, más rápido, ya sabido, conocido, etc., se presenta como deseable pero termina conllevando un precio más caro. Un precio que se incrementa por cuanto la vía facilitada reniega de la presencia irreductible de la falta en el Otro, la imposibilidad de que el Otro colme la sexualidad del sujeto. El fantasma opera fetichistamente, intensificando y absolutizando lo que hay para desmentir lo que falta. El síntoma aparece entonces como una formación de compromiso entre el principio de placer (lo fantasmático puesto a su servicio) y el principio de realidad (ligado a la falta).

Podríamos preguntarnos, a partir de lo dicho hasta aquí, cuál es el planteo de un análisis. Principio de placer y goce fálico deben pensarse prácticamente como sinónimos. A nivel de la fantasía lo que se vela es de la diferencia sexual. Si el goce femenino no se adecúa al goce del fantasma es porque implica precisamente un descompletamiento del universo fálico donde en el Otro falta la falta. “No hay Otro del Otro” quiere decir que el Otro no tiene su complemento. Hay una cara suplementaria del Otro y es del orden del goce que lo desborda. Lacan articula la dimensión de la invención justamente con lo femenino. Volvemos a lo que decíamos más arriba, la invención como producción subjetiva implica aceptar el vacío, lo suplementario. Los síntomas neuróticos no sean quizá más que creaciones particulares que no ponen en juego la vertiente de lo singular. La represión es un modo de aceptación de la falta, pero no genuinamente su superación. Tal vez, la vía de superación de la falta, un grado elevado de su elaboración, sea la confrontación directa con el vacío. El vacío en ser como un modo de pensar la vertiente mística que proporciona el pensamiento lacaniano al hablarnos del goce femenino. Una dit-mensión allende el significante fálico y la satisfacción por él establecida.    

Por su parte, el análisis apuntaría a que el sujeto ponga sus fantasías al servicio de la falta como futuro – pro-jectarse, lanzarse o arrojarse hacia delante, hacia lo que aún no es - y a favor, también, de la singularidad, es decir, de un destino pulsional único e irrepetible cuya justipreciación aparece como una exigencia ética que sólo el psicoanálisis parecería plantearse. Las fantasías en un rumbo edificador, implicarían un ir aceptando la castración en lugar de desmentirla, esto es, un agenciamiento no renegatorio que posibilite entonces la emergencia de nuevas vías no facilitadas de obtener placer.  

No se trata simplemente de acentuar la búsqueda, quizá, sino de introducir más bien una verdadera apertura subjetiva para que lo que tenga que ocurrir - de no mediar la calculadora inhibición yoica, fálica y fantasmática -, ocurra. Por lo demás, la búsqueda relacionada con la lógica de la investigación, si bien aparecen como loables desde el punto de vista epistémico (en su articulación con la docta ignorancia), estimamos que es el partenaire de “lo escondido” proyectado psíquicamente en el campo del Otro. El peligro es que aquí puede persistir la idea de que esta alteridad aún atesora lo mío, lo cual plantea una vía de deseo neurotizado, muy cercano a la demanda. Lo que se haya coligado al encuentro, es más bien, la «pérdida». De este modo, deja de ser una exigencia buscar maníacamente el ser, sino que pasa a convertirse en imperativo el hacer para, contingente e incalculadamente, dar-con algún registro de invención. Ya no reencontrar lo supuestamente sido o tenido, sino toparse con lo fuera de cálculo.

miércoles, 10 de enero de 2018

EL PSICOANÁLISIS TRANSPARENTE



El deseo del Otro es la negatividad absoluta. En épocas de una sociedad transparente, lo que se juega en forma permanente es la expulsión de esa instancia, que no me reconoce ni me desconoce, simplemente me disuelve, me eclipsa, me desaparece. Vale decir: fantasmáticamente. Porque también –y más allá - es causa, el motor mismo de la acción humana (la cual ya desde Hegel sabemos que conlleva esa particularidad, esto es, la de lo negativo). Por otro lado, el deseo participa del poder la muerte, en tanto negatividad, y de la certeza de la angustia, que no es ni huella ni huella-borrada, sino lo que no engaña en la red, en la trama del significante.      
La civilización de la transparencia, positiva, evidente, post-política, porno, acelerada, post-privada, íntima, expuesta, pretende con su híper-comunicación e híper-información ser pura afirmación, radical no-engaño, pero allí reside su falacia porque justamente la súper explosión significante - Bifo hablaría de semiocapitalismo – es la explotación del artificio y no de lo certero. Son las trampas de la época, que en definitiva se articulan a lo que esta Civilización tiene de control:
“La peculiaridad del panóptico digital está sobre todo en que sus moradores mismos colaboran de manera activa en su construcción y en su conservación, en cuanto se exhiben ellos mismos y se desnudan.”
Además el deseo es el deseo del Otro. Es decir, se trata del inconsciente que es discurso y en nada se aproxima a un no sé qué interior, natural, “profundo”, ni mucho menos individual. Ahora bien, concretamente, se trata de la falla en lo que representa ese discurso transindividual, es decir, de lo que excede la dimensión del sentido o de las identificaciones que sostienen en lazo social y que también lo problematizan.
En el Seminario VIII, Lacan propone humorísticamente invertir el título del célebre texto freudiano, quedando de esta manera: “Psicología del yo y análisis de la masa”. Se refiere a la masa analítica y al ideal de esa grupalidad que la organiza, siendo según su crítica – entre otras cosas - el espejismo del «Yo fuerte». El deslizamiento del sentido del Ideal, convierte al ideal del yo en un Ego ideal (en inglés), es decir, en un yo ideal cuya representación efectiva sería el psicoanalista mismo. Un enroque en los términos “yo” e “ideal” según Lacan traduce “una verdadera implicación subjetiva del analista.” Es decir, el lapsus calami es un síntoma que remite a cierta perspectiva según la cual la transferencia es una relación intersubjetiva y cuyo horizonte sería la identificación al analista.
El analista francés cree que algo en el pensamiento de Freud no se pudo-supo-quiso entender. Efecto de discurso que provoca una cristalización, como si el sujeto humano necesitara pisar tierra firme, ante las profundidades del abismo que se abre cuando uno entrega a la verdad freudiana en toda su fecundidad.
Regresando a nuestra actualidad, como analistas – miembros de una masa de analistas la cual, a su vez, forma parte de una masa más vasta, a la que podríamos definir como Humanidad – quizá deberíamos interrogarnos por los desplazamientos semánticos vinculados a la enseñanza de Lacan en tanto y en cuanto no estamos exentos de reproducir aquel desvío referido al decir de Freud.
Esto es lo que habría que investigar hoy, quizá, en nuestras escrituras y publicaciones psicoanalíticas. Obviamente, hacerlo con la elocuencia y finura de Jacques Lacan, es mucho pedir. Pero la orientación es válida.
¿Cuánto de nuestra producción, participación, circulación e intercambio con nuestros colegas y/o analizantes, en definitiva, con la comunidad en general – analítica o no -, está teñido por las coordenadas alienantes de la masa, no sólo de analistas, insisto, sino ya epocal? Por ejemplo, el próximo número de una de las publicaciones más respetadas y difundidas sobre psicoanálisis en nuestro país, según me comenta alguien que participa mucho en toda esta batuta universitaria, de las cátedras, de los posgrados y de las escuelas (foros, colegios) analíticas locales, será sobre “Psicoanálisis y universidad”. Que sepan disculparme los lectores, pero ¿no se viene haciendo la misma pregunta hace décadas, sin que por ello se cambie un ápice en dicha articulación, avanzando y avanzado cada vez más a un matrimonio a todas vistas inseparable puesto que no sólo en la Universidad se profundiza en “estudios” lacanianos – con las condecoraciones específicas de un ámbito tal – sino que las mismas Escuelas psicoanalíticas cada vez más se proponen como pseudo-Facultades? A todas luces, pierde el discurso psicoanalítico, porque el universitario se lo traga. En la Universidad se convierte en Psicología. En las Escuelas, lo único que cambia – salvo raras excepciones – es que el psicólogo deviene “lacaniano”.
Quizá, tratando de acoplarnos al análisis de Lacan, el problema sea cómo se articulan los términos “psico” y “análisis”. O, aún más, la presencia de los términos mismos. Sin embargo, a esta altura, tal vez, pretender una transmutación terminológica no conlleve sino reproducir la lógica alienante contemporánea porque sería dar la batalla en el registro de un significante híper consumido, liquidado, explotado, transparente, que ya se lo usa para cualquier cosa menos para significar – como si existiera una tendencia histórica de retorno al signo, puro y simple.
Por eso, lo esencial, no creemos que se juegue a nivel de los enunciados. En este territorio, plano, positivo, superficial, cristalino, los eruditos de siempre, los memoriosos, los estudiosos, los que detentan el “saber expuesto” – como les gusta inclusive decir – salen ganando. Así, de hecho, es como sostienen gran parte de su negocio a todas luces capitalista. Vendiendo saber o, mejor dicho, vendiendo que saben. Para decirlo todo, el espíritu freudo-lacaniano en toda su subversión debe plantarse ante la farsa del Otro del Saber – magister, doctor o profesor adjunto -, desde lo que es la acción analítica, solidaria del corte, de la escansión, del respeto por la opacidad de lo real y el sinsentido.
Por esa vía es posible que se rescate la eficacia curativa del psicoanálisis, al que una y otra vez pretende sofocárselo resistencialmente volviéndolo una erudita teoría posmoderna, totalmente alejada de la realidad y petrificada en el pizarrón del sabelotodo. No vaya a creerse que este psicoanalista crea en “LA” realidad. No. Con ese vocablo, me refiero al deseo, esencia de esa realidad misma, es decir, a la castración simbólica que implica su orden. Porque el Otro del psicoanálisis es un Otro barrado.
Regresando al inicio de este escrito, podríamos decir: cuidaos de los analistas transparentes y de su enseñanza; “la moral de una transparencia total se trueca necesariamente en tiranía.”    

Buenos Aires, Enero de 2018    

jueves, 4 de enero de 2018

Luis Langelotti- Psicólogo UBA



Lic. Luis F. Langelotti – Psicoanalista. Psicólogo egresado de la UBA.
Comienza su actividad clínica antes de egresarse en el ámbito de la discapacidad (síndrome de Down, debilidad mental) trabajando en Centros educativos terapéuticos, Centros de Día y Hogares. Trabaja como acompañante terapéutico, recreador y orientador en este ámbito y en el de las psicosis y el autismo. Se acerca al funcionamiento del Hospital de día en el quehacer clínico con las psicosis (Hospital Álvarez). Ya egresado participa como tallerista en una Casa de medio camino (“El Hostal”) en donde coordina una actividad ligada a la producción musical. Comienza con su consultorio privado en Capital federal y posteriormente en Ramos Mejía. Retoma la ayudantía universitaria, en esta ocasión como egresado, en una materia psicoanalítica de la UBA.
Forma parte de distintos grupos de estudio con psicoanalista lacanianos del País, asiste a conferencias en el Centro Dos y a cursos y seminarios en el Centro Psicoanalítico Argentino. Participa en un cartel de la EOL durante un tiempo con presentación de ponencia en la Jornada Anual organizada por la institución. Expone ponencias en las Jornadas de la materia Escuela francesa (Cát. I) durante el año 2010 y 2012, en la Jornada del Colegio de Psicólogos Distrito XIV (2014) y en la Jornada por los 30 años de la materia Psicopatología (Cát. II) durante el año 2014.  

Actualmente forma parte de los asistentes al Seminario de "Poesía y psicoanálisis" dictado a través de la Secretaría de Extensión Universitaria d ela UNLAM y coordinado por Juan Eugenio Rodríguez y Eleonora D'alvia.


Ha publicado artículos en los sitios El Øtro psi, Topia, Psikeba, Fuegos del Sur, Imago Agenda, Revista Nuevas Voces y la Revista Universitaria de Psicoanálisis de la Facultad de Psicología de la UBA. Coordina actualmente un Grupo de acompañantes terapéuticos con orientación psicoanalítica y una Revista cultural independiente, en formato virtual.
Actualmente, además de dirigir la Revista Cultural Independiente digital Nuevas Voces se encuentra investigando la cuestión del pensamiento crítico, desde una perspectiva psicoanalítica pero con incidencias de la filosofía en sus vertientes más polémicas.

15-5663-5918 // lic.langelotti@gmail.com
www.claseslacanianas.blogspot.com

lunes, 1 de enero de 2018

“Decir de nuevo o hacia un nuevo decir. Psicoanálisis ◊ pensamiento crítico”

                         
1
Cada vez que tratamos de decir de nuevo la clínica psicoanalítica, corremos el riesgo de des-decirla. Lacan supo definirla como aquello que se dice en un psicoanálisis, no sin considerar lo imposible de decir. Para Freud, un tratamiento analítico no suponía mucho más que una conversación entre un analista y un paciente… ni mucho menos. Ahora bien, ¿qué podemos aportar nosotros? Esta es la genuina dificultad de la cuestión. Porque de lo que se trata es de agenciar y transmitir sin alterar el discurso que, supuestamente, estamos queriendo abordar. Desde nuestro punto de vista, la historia del psicoanálisis es el desarrollo de los impases que involucra este complejo acto de implicación en un campo que, por definición, no puede pretenderse definido – clausurado, “sabido”. No tiene dueños, ni líderes, ni especialistas. Esa es la ilusión de la modernidad (y de la pos también sólo que potenciada por la tecno-ciencia). ¿Habremos alguna vez de soportar lo que significa un pensar sin amo?
Un camino sencillo, a la hora de definir las cosas, es ir por la vía de la negación. La clínica psicoanalítica no es… Pero esto suele escuchárselo con cierta frecuencia. Ya se sabe que no somos cognitivistas, sistémicos, gestálticos. También es cosa sabida que no aplicamos los criterios médicos tradicionales o la astrología. Pues, entonces, tenemos que decir de qué se trata nuestra acción. Si no, somos oscurantistas o – cosa propia del neoliberalismo contemporáneo – estafadores. Esa lógica del silencio pulsional llevado al cénit social. Callar para que nadie sepa, qué demonios se pretende.
Quien escribe podría bien no haberlo hecho, pero eligió tomarse el tiempo de hacerlo. Suele decirse que cuando uno tiene tiempo, no tiene dinero y que cuando posee este último le falta aquel otro. Así, vamos siempre en la vertiente de un deseo postergado, inhibido o insatisfecho. Aquí es donde debemos acentuar el hecho electivo fundamental. Porque no alcanza con tiempo y dinero para acceder a tal o cual cosa – categoría dentro de la cual entra el análisis -, sino que es menester un acto, una decisión (paso ahora a hablar en primera persona ya que sólo así, estimo, puede decirse algo mejor sobre aquello de qué va un psicoanálisis o de qué debería ir).
Elegir analizarse es, ante todo, elegir elegir. Dejar de ser elegido, determinado, objeto del inconsciente. Es cuestionar la repetición, a sabiendas de que no será sin ella, la cosa. Así como la elección neurótica se define por preferir la no-elección, la clínica psicoanalítica invierte este direccionamiento reubicando al consultante en lo tocante a su ser electivo. A su ser en falta, incompleto, deseante. Cualquier tecnología suplementaria que pretenda ocultar esta dimensión de la responsabilidad subjetiva – y ubicamos dentro de ella el exceso teórico de muchos lacanianos que se enriedan en los nudos, se vanaglorian del manejo “top-ológico” o se encubren en la erudición – es resistencial al punto crítico de ser-para-el-deseo.

2
Lo que atraviesa la obra de Freud es una formulación de carácter eminentemente ético. Jacques Lacan se ocupó de subrayarlo, allí donde el posfreudismo se extravió en los distintos callejones sin salida que conocemos (estándares, nociones ajenas al pensamiento del fundador, burocracias, lecturas objetivistas de una disciplina subjetiva, luchas por el prestigio y el poder, etc.). Después, el lacanismo reprodujo el síntoma. Hoy por hoy, asistimos a un espectáculo donde muchísimo del espíritu del maestro francés ha sido violado, ultrajado, profundamente degradado. Todo decae en ver quién es más lacaniano que el otro. Nihil novum sub sole… Pareciera que todo lo que se matan trabajando en sus psicoanálisis, a la hora de pisar la institución se borrara de un plumazo. Politiquerías baratas, invisibilización de determinantes más duros.  
La universidad ha tomado la posta de la transmisión lacaniana, los grupos pasaron de ser de lectura a “de estudio” – gran diferencia -  y se terminó cayendo en la pantomima de la graduación, con tesina incorporada y horas de asistencia certificadas. Ya estamos en la época del especialista en tal o cual aspecto de la obra de J. L. Las escuelas de psicoanálisis (o circo-análisis) devinieron incestuosas, endogámicas, papistas, reaccionarias - como muchas cátedras de la Facultad. También hay bandas, con sesgos de mafia italiana o individuos meritócratas deseosos de poder y reconocimiento. Los posgrados se erigen como un Otro fiel, que sabe, tiene, puede, etcétera. Son garantes de que “no hay Otro del Otro”, pero ¿desde qué lugar? Tamaña contradicción. La extensión es pura tensión y la intensión decae del deseo a la intención. En el grafo del deseo, se vive en busca de un Autre completo que signifique el propio pensamiento como “válido”. Usted está aprobado para ejercer el psicoanálisis. Se repite la historia. En fin…

3
A veces me pregunto si alguien lee todo lo que se publica. Me interrogo por cuántos analistas supervisan su práctica e, inclusive, si se analizan. El PENSAMIENTO CRITICO supone volver a resituar los puntos de partida fundamentales que operaron como condición de posibilidad para que tal o cual disciplina vea la luz. Festejo poder escribir apuntando a un público de carácter pluralista, sin vanas hegemonías, a gente interesada en la diversidad de miradas, sin desdén por la producción desconocida de los “sin chapa”. Porque los analistas no ponemos chapita en el mármol del edificio. Ponemos el cuerpo, la escucha y la palabra. Damos humanidad frente a un mundo cada vez más inhumano. Damos la mano o la mejilla (no “la otra”) y agarramos el billete porque nuestra acción tampoco es desinteresada. Nosotros también pagamos, pero no con amor, como hace poco dijo alguien en un diario progresista local, proponiéndose muy vanguardista (síntoma porteño indiscutible). Si algo Freud nos enseñó, es que por la vía del amor sólo fomentamos más neurosis. Veamos esto un poco más de cerca. Decir que la función de la plata en la clínica estaría vinculada al amor que el analista da (ya sea bajo la forma del tiempo, del espacio, etc.), ¿no equivale a afirmar que el paciente está casi como pagando una entrada para poder gozar un ratito de un Ídolo de masa? ¿No es, en cierta medida, situarse y autentificar el lugar del Ideal? “Nos quiere a todos por igual”, dicen los vasallos en la Psicología de las masas o los analizantes y alumnos de ese analista. Además, Lacan definió al amor como el efecto metafórico de sustitución que se juega del lado analizante. Simplemente, hago esta puntuación, para mostrar cómo todavía es posible (y necesario) cierto margen para el disenso, para no estar de acuerdo necesariamente con las voces autorizadas o legitimadas por su prestigio o el de su Apellido.
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Decir, desir, deser… Significantes que anuncian una vía de caída y no de erección. No remiten a la potencia fálica siempre engañosa, emblemática y mortecina sino más bien a esa pérdida que implica el hecho de ser hablante que es el objeto a. El psicoanálisis es un pensamiento crítico porque no parte de una idea de realidad en sí, definida, plena, acabada, realizada ni realizable. La cosa freudiana es del orden de lo no realizado. Y esto es el origen mismo del conflicto. Un conflicto que es de estructura y que repele cualquier intencionalidad del PENSAMIENTO ÚNICO de aplastarlo. Sólo una mirada impúdica y totalitarista puede pretender, desde la locura de la Razón obsesiva, subsumir todo el real de una experiencia en formulaciones teoréticas. La lógica, la racionalización, la matematización y demás vericuetos lacanianos pueden contribuir a que se olvide que toda letra es efecto de discurso, que hay lenguaje pero no UN lenguaje y por eso lalengua. El psicoanálisis es un pensamiento crítico porque al anteponer la singularidad al Universo de discurso – el discurso de las botas, de los gases y de los bastones largos – rescata lo más íntimo de nuestra experiencia hablante allí donde goce, deseo y amor se anudan borromeamente.
La distancia que implica el a es TAMBIÉN la diferencia que sitúa de un lado al sujeto (del significante) y del otro lado, la subjetividad socio-históricamente definida (“de la palabra”). Esta última ya supone ese resto en tanto tematizado. Aquí es donde el sistema hipermoderno busca hincar su diente, acometiendo el crimen perfecto. Pero no lo logra. Porque la subversión del sujeto castra de contenido la subjetividad cada vez que esta es fagocitada por el ego y su palabra vacía, llena de sentido imaginario. Descuidar lo epocal equivale a pensar nuevamente un sujeto-sustancia ahistórico, descontextuado, petrificado al significante sin ninguna relación con la subjetividad. Sin embargo, podríamos decir que sin S2 no hay sujeto barrado propiamente dicho – para que haya síntoma tienen que haber represión primaria y secundaria. El sujeto implica la barradura de la realidad epocal, que es una diacronía, un discurrir que va resignificando, que lo plantea en tanto historizado, es decir, en el fantasma. La realidad es la castración y la castración es la realidad, esa que siempre quiere no verse y de allí la función del velo. Cuesta entender quizá este punto de vista, pero por no tenerlo en cuenta creo que pifiamos mucho nuestra orientación. Se trata de cómo la realidad social define la mitad del sujeto o, si se quiere, un tercio del mismo, dado que su ser está definitivamente extraviado. Si los emblemas significantes – letras de goce, amos – remiten más concretamente a aquel nicho originario que es lo familiar incestuoso el Saber como S2 viene a redoblar esa alienación permitiendo una separación subjetivante. Por eso, el gran inconveniente de quedar pegado al Otro sin barrar. El Nombre-del-Padre – que es también el padre del Nombre - brinda un saber acerca del goce del Otro (una versión) y esto opera desde lo inconsciente. Por eso hay que averiguar de qué se trata. Nuestra subjetividad está entramada en los saberes pulsionales del momento. Aquellos que responden a su manera al no-relación sexual y por eso debemos más bien hablar de los nombres del padre. Todo lo que haga función de corte, es paterno y posibilita el síntoma. Hay épocas oscuras, socio-históricamente hablando, que proponen versiones de la realidad realmente siniestras e in-creíbles. Esto plantea subjetividades que rechazaran la castración que involucra querer participar del Mundo, de la escena. ¿Será que algo en la época busca a través de esta opresión de la subjetividad, anular lo más profundo de nuestra existencia parlante que es el sujeto? La clave está en manipular el objeto a. Pero siempre serán postizos, nunca el Real… y allí se cifra la gran esperanza del psicoanálisis y su clínica. Es importante que advengan nuevos decires – nuevos desvíos – en lo tocante al sentido que define lo social. Ese giro discursivo promueve y sostiene la exsistencia del SUJETO FREUDO-LACANIANO.  

Ramos Mejía, Diciembre de 2017

domingo, 31 de diciembre de 2017

Coloquio Psicoanálisis y Poesía 2017: EL RECHAZO DE LO FEMENINO



“Me he perdido en la tierra de la muerte. Una soledad infinita cuyo límite es el desaliento. Digo que la llevo dentro como un carbón encendido. A veces despierto en la noche. El estar casi dormido no me impide sentir cómo el sufrimiento se desliza a mi lado. Sé que en breve comenzará un nuevo día, que en mi recuerdo reproduciré todas las costumbres de su amanecer, sé que al mediodía la recordaré llegando a casa con su cabello recogido en la nuca, que cuando caiga la tarde la veré en mi memoria yendo conmigo por una calle de árboles oscuros. Y otra vez vendrá la noche… y el alarido…”
(EL DESIERTO ENTRA EN LA CIUDAD, Roberto Arlt)
“… el acto instituyente se juega en la relación entre lo imposible y lo contingente, y la institución se juega entre lo necesario y lo posible.”
(HORIZONTES NEOLIBERALES DE LA SUBJETIVIDAD, Jorge Alemán)

Estas dos citas que tomo como epígrafes de mi coloquio, me servirán de pie para desarrollar las siguientes reflexiones.
En principio, diremos que el poeta relata la herida del amante que no da con la causa de su deseo; a saber, una mujer. La sombra del objeto ha caído sobre el yo. La melancolía da cuenta del sujetamiento letal del sujeto por el superyó en tanto ceder en el deseo es alimentar la culpa, es decir, el goce que mejor no. La subjetividad neoliberal transita una depresión globalizada porque rechaza lo femenino, o sea, la causa del deseo. Pienso en este ideal posmoderno del “reciclado”. Una versión cool del rechazo de todo resto, residuo, desecho. Eso retorna volviendo mierda al producto en sí. Si no hay un resto, TODO es resto. El achatamiento del sujeto da cuenta de una eficacia imaginaria feroz donde ´me veo´ y luego existo. Si no me miro, si no estoy en el espejo, no soy. Los gadgets epocales funcionan como micro-espejos que me devuelven un ser alienado gratificante pero insatisfecho porque siempre quiero más. Como el ser nunca se realiza, ansío más consistencia. Me inflo por la vía de la auto-explotación, por ejemplo, aunque crea que estoy siendo “útil”, “productivo”, “solvente”.
Por otro lado, ¿cuál es la institución humana por excelencia? El lenguaje, lo simbólico. Este implica el automaton significante como lo que no cesa de escribirse y a la vez lo que cesa de escribirse. Van articulados. Pero la estructura no es sólo S. También están lo real y lo imaginario. La estructura lacaniana es erresí, herejía. Sin ese nudo borromeo no hay sujeto del deseo inconsciente. Este se juega allende la determinación lenguajera como contingencia garantida en la imposibilidad de un recubrimiento total. El sujeto es la falta misma en la estructura. Se trata de un orden abierto.  
A lo largo del SEMINARIO hemos tratado por diferentes vías de cernir la diferencia entre la impostura-mascarada fálica que pretende recubrir todo lo tocante al deseo del Otro y lo femenino como un más allá. Un más allá del falo como significante y su goce idiota. Otro rostro de Dios dice Lacan y nos habla de los místicos. Se trata de una ruptura para con el pensamiento calculador, controlador, obsesivo. También de un cuerpo-otro no tomado por la conversión histérica que pone el lenguaje en sí, sino más acorde al poeta que pone su pulsión-pasión en lalengua. Porque de lo que se trata en psicoanálisis, a diferencia de la lingüística (estudio científico del habla), es de lalengua. El inconsciente es un saber-hacer con ella, de manera que la singularidad entra a jugar fuertemente en este planteo. Ya no se trata de soluciones generales para todo hablante posible sino que cada uno tendrá que aprender a hacer con el trauma que significa ser-para-la-muerte y ser-para-el-sexo. La falta en ser.
La propuesta de “el repudio de lo femenino” es una crítica al sentido común. Para este, todo ya es sabido, evidente, obvio. Es decir, no cree que existan hilos subrepticios que manejen eficazmente la escena. El sentido común rechaza que haya otra escena y que esta tenga encima más relevancia que el pensar despierto. El sentido común es narcisista y fantasmático, por eso tapa, opera renegatoriamente. Todo tiene que tener un significado o una representación. Nada puede quedar por fuera del plano yoico. El positivismo lógico es racionalista y acorde a estas pretensiones narcisistas de explicación, que se dejaron oír aún en asistentes de este Seminario, lo cual nos lleva a pensar que no estamos exentos de este síntoma de la época. El racionalismo desconoce que pretender explicar determinadas cosas ya es arruinarlas. Por eso Lacan dice que a la mujer se la “difama”. En castellano diríamos, que se la mal-dice. La neurosis, el fantasma, el falo, etc., mal-dicen a la mujer, necesitan degradarla al complemento del macho, reduciéndola a un objeto postizo que no es el objeto a real, que causa el deseo porque está perdido. El objeto a lacaniano es parcial, no especular y pulsional. En la fantasía cumple una función distinta. Pierde contingencia, se torna absoluto y, en definitiva, se especulariza. Obviamente, es un falso a. Es lo que la tecnocracia construye como remedios ante el Malestar en la Cultura que implica el deseo.    
El atravesamiento ético de la clínica psicoanalítica está ligado al límite, al No, al corte, a la Ley. Cualquier cosa que acote el goce pulsional desenfrenado funciona como nombre del padre. Cualquier cosa que atempere al caprichoso deseo de la madre. La madre encubre su femineidad en la captación narcisista del niño como falo deseado. Pero el niño no es ingenuo, a no ser que sea un futuro débil mental, y avizora que no es él lo que la completa y que entrar en ese juego no es conveniente pues conlleva el peligro de la pasividad, de pasar a no ser más que un apéndice del arbitrio ajeno. Por eso se retira y da un paso al costado a través del juego, por ejemplo. Admite, en el mejor de los casos, la derrota edípica gracias a la presencia paterna que lo ayuda en ese sentido. El amor al padre le brinda la recompensa de ceder justamente aquello que le impedía ingresar al orden del deseo, donde reinan la palabra, el juego, el soñar. Es la dimensión de la Cultura, donde prima el lazo social, los otros, el discurso. Los intercambios significativos que posibilitan no sólo ser parte sino además ser partícipe. No algo sino alguien. De objeto del goce del Otro, se pasa a ser sujeto. El sujeto no es un diagnóstico, ni una estructura psicopatológica. El sujeto es subversión es sí mismo, porque supone una caída de cualquier pretensión determinativa absoluta y el psicoanálisis no pretende localizarlo más que indirectamente, en el recorte de esos dichos que marcan que hay un decir, una enunciación. El sujeto del inconsciente es ese poeta efímero que irrumpe: en la agudeza con la que el yo cae pasmado sin comprender, al fin; en la angustia que nos recuerda nuestro estar-ahí o en el síntoma cuya función, operancia y política deberemos investigar el Año próximo.

Buenos Aires, Noviembre de 2017