domingo, 27 de diciembre de 2015

“Elecciones: una mirada desde el psicoanálisis”



“Y a ese conflicto que en realidad lo era entre su amor y el continuado efecto de la voluntad del padre, lo solucionó enfermando; mejor dicho, enfermando se sustrajo de la tarea de solucionarlo en la realidad objetiva. La prueba de esta concepción reside en el hecho de que una pertinaz incapacidad para trabajar, que le hizo posponer varios años la terminación de sus estudios, fuera el principal resultado de la enfermedad. Ahora bien, aquello que es el resultado de una enfermedad está en el propósito de ella; la aparente consecuencia de la enfermedad es, en la realidad efectiva, la causa, el motivo de devenir enfermo.”

(Sigmund Freud, 1909)  

“La fase que se ha de atravesar pone al sujeto en posición de elegir. Pongan este elegir entre comillas, pues aquí el sujeto es tan activo como pasivo, sencillamente porque no es él quien mueve los hilos de lo simbólico.”

(Jacques Lacan, 1957-8)
     

Introducción

En esta nota vamos a escribir sobre la noción de elección desde nuestra óptica singular, apoyándonos obviamente en la perspectiva analítica según esta es formulada y formalizada – aunque quizá no de un modo tan claro, como sucede con varias nociones del pensamiento analítico - en esa herencia simbólica que representan la obra de Sigmund Freud y el pensamiento de J. Lacan. Desde el inicio, dejamos en claro el carácter ensayístico-crítico de las líneas que aquí se desarrollan, situando la apuesta implícita por el decir novedoso cada vez que se elige tomar la palabra, para interpretar un discurso.  


Elección: ¿qué elección?

Cognitivamente “elegir” sería hacer uso de la capacidad de discernimiento, estando esta facultad afectada en determinados sujetos a causa, por ejemplo, de un traumatismo cerebral. Estaríamos allí en la dimensión de un elegir concebido de una manera orgánica y cognitivamente, lo que reduce al ser hablante a un mero yo-conciencia, dueño de sí, conocedor de sus actos y decires. Lo inconsciente no sería más que lo “subconsciente” y en absoluto un sistema psíquico separado (regulado por una legalidad propia). La idea de un “libre albedrío”, tan denostada por Nietzsche, supone un sujeto-agente, percipiens unificante que haría uso del lenguaje en un sentido descriptivo-referencial, es decir, no poiético, como instrumento de interpretación/ construcción de la realidad independiente de la creencia en un referente unívoco y definitivo para el símbolo. En Nietzsche, la cuestión del conocimiento y de su subjetividad están atadas a un sustrato no neurológico - más o menos sano, más o menos enfermo -, sino a lo pasional, eso que él llamaba voluntad de poder. El conocimiento (como la verdad) no tiene nada en sí mismo de valioso para el ser humano sino en la medida en que incrementa su potencia de vivir, al riesgo de caer en un gran desconocimiento de aquello que va quedando como “sombra” de lo actualmente iluminado (ello o Sí-mismo).  

Desde el psicoanálisis, el conocer es un hecho del orden de lo imaginario. El “yo” cogita tanto a los objetos como a sí mismo y, a partir de eso, “elige” presuponiendo que elegir sea, no tanto un movimiento diferencial (“diferenciación primaria” en términos de Daniel Lagache) orgánico-natural en relación al enviroment sino la realización de la libertad del Ego ahora dueña del goce del esclavo (si todo puja por la concreción de esa apropiación dominante, más bien se cree elegir, en tanto hay una profunda sobre-determinación del deseo). Ambas concepciones se aunarían en el pensamiento de un Henry Ey, no obstante, quien “identifica al Yo con la síntesis de las funciones de relación del organismo”[1], vinculando “la ilusión organicista con una metapsicología realista”[2] y postulando aquello que “el gran secreto del psicoanálisis” desestima, a saber, la existencia de una psicogénesis.[3]   

Ambas concepciones, articuladas en el pensamiento del otrora colega de J. Lacan, evaden el desarrollo de una tercera, que es precisamente lo que trae el psicoanálisis de nuevo a la Cultura y su malestar.


Elegir en psicoanálisis I

Ni biologicismo, ni idealismo, la aproximación psicoanalítica respecto del territorio del sujeto para nosotros se plantea a propósito de un factor clave que se llama responsabilidad. Lo que, en palabras sencillas y cotidianas, se dice: hacerse cargo. Otro modo: implicancia. Aun no reconociéndome causa de lo sucedido y, sobre todo, de lo que me sucede por la insistencia (no “existencia”) del orden del inconsciente y su fuerza. Sin embargo, el sujeto no es causa de sí, ni tampoco causa de la cadena significante, siendo esta su efectora material. El sujeto es consecuencia del deseo del Otro, hasta por qué no pensar que es puramente su signo – al menos, en un primer momento. Es un efecto de la articulación de la cadena significante que lo precede y lo supone (o no), encarnándose dicha cadena en lo que comúnmente llamamos los padres, adultos hablantes que administran los tiempos y los espacios del infans. Más correctamente: el Otro.

Ahora bien, empero, esos padres o ese Otro (matematizado A mayúsculas, por las iniciales de Autre en francés), no son tan totales como el neurótico los legitima y enarbola: están barrados. Es en la aceptación o no de esa barradura en el Otro, de esa falta (manque) en donde se dirimirá hondamente qué será del sujeto o, más exactamente, cuál será su posición. Los tiempos inaugurales – los de las transferencias primordiales - definen esa axiomática.

Contingencia, elección, devenir, necesidad. Amalgama de líneas de alienación que no-todo sujetan, pero que dejan marcas determinantes y sobre las que posteriormente se desplegará un savoir-faire-avec o simplemente una acogida narcisizada, esto es, en donde se procede a la cosmetización del tema inconsciente. En este punto, claramente podría hablarse de negación.[4]

 El sujeto no es una consistencia, es una inconsciencia. Una inconstante exsistencia sin conciencia ni ciencia que lo bien-diga. En efecto, el sujeto del psicoanálisis no se deja bendecir - del todo -, por ningún Nombre del Padre ni por ningún Padre del Nombre. Es escurridizo e instantáneo. Repele cualquier emblema, traza o signo que pretenda objetivarlo. Y esta subjetividad tan complicada: ¿además elige? ¿además es responsable? ¿además es vida o es, pues, pura cadena significante? En la cita freudiana del epígrafe, la responsabilidad ética queda destacada. Con su autonomía de la dimensión dialéctica, el maestro francés matiza esa capacidad. Hay un tesoro del significante precedente y sobre-determinante. Quizá haya que rescatar lo paradojal: se es consecuencia y autor de una elección. Se está delante y detrás del acto. El acto es la caída más estimable desde el punto de vista psicoanalítico que un sujeto puede hacer en su vida, en tanto se articula a un criterio puramente subjetivo que llamamos deseo. Una vez vislumbrada la imposibilidad de articular lo inarticulable, la angustia denuncia la falta en el territorio del Otro. En este sentido, el $ no se sostiene igual una vez acaecido el paso, sea para el lado que sea.            


Elegir en psicoanálisis II

Somos, como adultos en exsistencias, derivas de ciertas decisiones que dieron o que van dando cause o no a deseos reprimidos inconscientes, a placeres, dolores, goces, fantasmas o a exigencias superyoicas que recrudecen la represión y el síntoma. Freud sustituye el sentimiento inconsciente de culpabilidad por la necesidad de ser castigado por un poder parental. El trasfondo de la demanda de amor, se relaciona con el goce masoquista erógeno que sitúa a la pulsión en su especificidad: relación simbólicamente establecida de un modo singular de respuesta al llanto del infans assujet. Un Otro completo es un Otro siempre dispuesto a dar el golpe, a destrozar mi edificación deseante, con un mero soplo de capricho. El análisis va en la dirección totalmente opuesta, a saber, quitar al neurótico de la merced estulta en la que se ofrenda como carne de cañón para el regodeo de un otro especular con quien se hará un menjunje de amor y de odio, en forma indefinida. En el marco de ese circuito, huelga el intercambio crítico, el deseo, la reunión genuina. La participación activa, poner el cuerpo, hacerse cargo. Eso conlleva un gran esfuerzo por el que no se pueden hacer gastos innecesarios de libido.     

 Elegir psicoanalizarse es elegir hacer consciente lo inconsciente, caer de la ilusión de una armonía y de un saber total (SsS) sobre sí mismo para confrontarse con el misterio de sí, a saber, la castración simbólica que pone en juego, más allá del imaginario, los confines de un real. Lo real del goce no-todo. Lo real que es carecer de la ultimísima cifra expresiva de mi substancia existencial. Lo que está al final, está también al principio, en el sentido de que es dicha falta en el Otro, aquello que me exonera a elegir, teniendo que jugármela cada vez y cada vez, a no ser que opte por adormecerme plácidamente en los conservadores rinconcitos que el Complejo de Edipo pre-modela y define.

Elegir en psicoanálisis no es algo meramente voluntario. Elegir convoca el misterio mismo del movimiento de la realidad en su tripartición pasado - presente – futuro, “tres de Freud” que figuran flechados por el deseo, allí en El creador literario y el fantaseo. Se articula una elección otra cuando desde la lógica de la repetición (concepto fundamental del psicoanálisis, en el que se sostienen las conjeturas freudianas relativas a la temprana infancia), se despliega la cadena significante, elucubrándose una escena conocida (por sus elementos), mas para dar lugar a una posible caída, casi pariente del pasaje al acto, pero que en rigor es un instante de emergencia subjetiva o de destitución más bien, acto de subversión que transciende la monotonía del Ego posibilitando: un traspaso del espejo, un vaciamiento del sujeto alienado en S1 – S2 yendo el significado a lo imposible (más allá del fantasma que lo retiene en lo imaginario) y retornando como objeto a plus de novedad que motoriza el deseo. Finalmente, es la misma subjetividad la que cae allí como ese retorno. Es un retorno subversivo que hace historia. La historia, además de ser la intromisión de la verdad en lo real, representa a su vez, la irrupción de lo real en la verdad de la trama fantasmática, mella que hace hiancia, hiancia que hace eco. Eco que persiste, por los tiempos de los tiempos, inclusive más allá de las generaciones. Eco que insistirá como verdad y así indefinidamente. Sexualidad y dialéctica son inseparables, si del sujeto sujetado hablamos.

El trabajo del psicoanálisis es fomentar estas caídas sucesivas - inversiones dialécticas, desarrollos de verdad. Sólo luego de deconstruir metódica y sistemáticamente la profunda alienación del yo a los modelos imaginarios demandados por el «Ideal del yo» (garante de su servidumbre), es como puede irrumpir Otra cosa.


Concluyendo

Elección de vida, elección sexual, elección de neurosis. Desde el psicoanálisis, elegir aparece desde muchas ópticas, todas sumamente complicadas. Simplemente, quisiéramos destacar que elegir implica necesaria e irreductiblemente, la pérdida. Lacan armó una serie que fue falta – pérdida – causa. Pues bien, sólo es posible salir de la falta de sujeto primitiva (por alienación a los emblemas mortificantes del campo del Otro), gracias a la pérdida, ante todo, de sí mismo. Aquí es donde, siguiendo al Lacan del Seminario X, entra a jugar el sentido más profundo del término “autoerotismo”. Es la falta de sí, que debe perderse, apareciendo el sujeto por vez primera como vacío en el terreno del Otro. Sólo así adviene la función de la causa. En cuanto más perdido me hallo, más posible me resulta el entusiasmo de la vida. Sobre todo, por la carencia de rigidez inhibitoria que supone la consistencia en ser, tan alabada en toda época humana – demasiado humana. El psicoanálisis es un camino de vaciamiento radical y, en este punto, no hay medias tintas. O se está de un lado, o se está del otro. O se garcha con el superyó a todas luces, o se afirma una exsistencia desabonada de las pretensiones narcisistas y más entregada al ignoto limbo de los inclasificables deleites, allí donde predominan esos goces cuya ausencia haría ausente la razón misma de nuestro estar-aquí.[5]

Buenos Aires, Diciembre de 2015.             






[1] Lacan, J.: “Acerca de la causalidad psíquica” en Escritos 1. SIGLO XXI Ed., Buenos Aires, 2008.
[2] Lacan, J.: Op. cit.
[3] Literalmente: nacimiento del espíritu. Quizá, el enorme arcano de esta nuestra disciplina creada por el maestro vienés, en sentido estricto, sea postular gracias a los avances clínicos desarrollados por el revolucionario Jacques Emile, que hay una estrecha vinculación entre la lógica antropogénica del pensamiento hegeliano – en esa vía de lucha a muerte por puro prestigio donde el valor del deseo es la prestancia y no la autoconservación – y el advenimiento del yo-narcisista (moi), sede de un placer purificado por los desfiladeros del Ideal del yo. Proyección imaginaria de una nueva entidad psíquica.  
[4] En donde no hay un levantamiento pleno de la represión.  
[5] Lo cual no significa que la propuesta analítica sea la del exceso. Placeres singulares tan fallidos e in-totales como el goce neurótico del sufrimiento repetido. La afirmación de la vida va por la vía de la presencia del resto, como imposible de ser saturado. 

lunes, 2 de noviembre de 2015

"Enrique Dussel - Cátedra de Pensamiento Crítico - Sesión 1"


Primera sesión de la Cátedra de Pensamiento crítico impartida por Enrique Dussel en la UACM. El tema de esta cátedra serán las "16 tesis de Economía Política".

lunes, 5 de octubre de 2015

¿Qué significa pensar críticamente? De la estulticia al desasimiento (Segunda parte)



Introducción

 “¿Qué más entendemos por "conocimiento" los filósofos? Lo conocido es aquello a lo que estamos lo suficientemente habituados como para no asombramos, nuestra vida cotidiana, una regla cualquiera a la que estamos sometidos, todo lo que nos es familiar. ¿Cómo? ¿No será nuestra necesidad de conocimiento precisamente esa necesidad de lo ya conocido, la voluntad de encontrar entre todo lo que hay de extraño, de extraordinario, de dudoso, algo que no sea motivo de inquietud para nosotros? ¿No será el instinto del miedo el que nos incita a conocer?
(La Gaya Ciencia, F. Nietzsche)

Dios ha muerto», así reza la contundente aseveración que la voz de un tal Friedrich W. Nietzsche supo hacer valer y la cual busca aún multiplicarse, potenciando su eco, en aquellos corazones propios de los «espíritus libres» [Freigeister] para los cuales la opresiva sensatez del sentido común - en sus diversas manifestaciones – no es sino el germen que torna al hombre un ser inferior, enfermizo; en suma, incapaz de soportarse en su irreductible multiplicidad y, por eso, impotente para «superarse a sí mismo». Para aguantar el «ocaso de los Ídolos» - esto anuncia el filósofo -, es preciso ser «guerrero», ya que la sabiduría, en tanto mujer, no ama sino a quien es capaz en su dureza de sobrellevar otro camino que el del “pensamiento calculador” (ese modo patológico de conocer que se anticipa, que busca siempre ya-saber de antemano qué será y que, precisamente por su estirpe mórbida, aborrece de todo «Quizá» [Vielleicht], de toda abertura…).

El discurso de Nietzsche y el pensamiento psicoanalítico como dos modos de cuestionar las ilusiones humanas – demasiado humanas – que coartan las posibilidades de pensar críticamente, de crear más allá de lo dado y de transformar nuestra realidad. Sigamos con nuestra investigación, pues.




Tres transformaciones del Espíritu

Voy a hablaros de las tres transformaciones del espíritu: de cómo el espíritu se transforma en camello, el camello en león, y finalmente el león en niño.”[1] 

(Así habló Zaratustra, Nietzsche)

Primero un devenir Camello, para luego transmutar de Camello en León y de León en Niño. Este es el recorrido propuesto por el filósofo alemán en su Zaratustra. Rebelarse frente al dragón de la moral kantiana - como voluntad sacralizada de un ser supra-mundano que determina el «Deber ser», independientemente de la significación epocal -, para leónicamente decirle que “No”. Corte y separación que fungirán como antecámara de una segunda conversión ética radical y que ubica verdaderamente al sujeto en el orden del deseo, a saber, ya no solamente libre-de-qué sino inocencia de Niño y confrontación con esta otra – pero mucho más inquietante - pregunta: Libre-para-qué.

Siguiendo la lógica de la pregunta y no de la respuesta anticipada, en el Anticristo Nietzsche exige replantearse las figuras que hasta entonces hubieron de haberse de adorado:

¿Qué es bueno? - Todo lo que eleva el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo en el hombre.”[2]

La respuesta no es anticipada, en tanto demanda una lectura personal que coadyuve a construir la interpretación de la consigna. No sabemos qué es el poder, ni tampoco qué significa Wille Zur Macht. Podría pensarse como una intensidad cosmológica, como un sustrato instintual irremediable, o bien, como un horizonte que Nietzsche propone a los fines de interrogar justamente, la noción de bueno y de malo que hasta entonces hubo de forjarse y sostenerse comunitariamente.  

¿Qué es bueno? Bueno es lo que eleva el sentimiento de poder. No podría ser otra cosa más que lo que conduce a que la subjetividad haga esos pasajes, de Camello a León y de León a Niño. Malo es aquello que determine la regresión o la detención, debilitando al espíritu en el sentido de una alienación. En la perspectiva nietzscheana, lo degenerado, lo morboso, no es sino la stultitia, como posición del ser en relación a un Ídolo hacia el cual se delega el poder. Desde el psicoanálisis, ese poder erótico al que llamamos deseo (en la vía más neurótica de la transferencia), lo sexual queda ubicado en lo celestial desconociendo su calaña terrena, pulsional y además masoquista. Hacerse hacer es el giro gramatical que Lacan le atribuye al circuito.

El deseo del analista, por su lado, descompleta la imaginarización del Ídolo reconduciendo el pedido al propio cuerpo del analizante – el del analista es un cuerpo prohibido -, y devolviéndole la pregunta al inconsciente. Esto es lo que el Camello no puede siquiera entrever. Allí no hay pregunta, sólo inhibición, consistencia, afirmación de un pseudoser de goce.[3] El León ruge: ¿Deseo? Es el síntoma, la queja, la histeria. El principio del psicoanálisis. Pero la vertiente más interesante, es lo que aporta el Niño, que sí puede afrontar la pregunta del analista al inconsciente y que es: ¿Qué deseo?  

C´est à quel sujet?[4] o ¿Dónde está el sujeto?

 “Parménides había dicho: «No se puede pensar lo que no es»; nosotros estamos en el otro extremo, y decimos: «Lo que es pensado, debe ser seguramente una ficción».”

(La voluntad de poder, F. Nietzsche)

Más que no poder pensar lo que no es, lo que piensa no es, así como es únicamente lo que no piensa. Ejercer el pensamiento audaz conlleva entrar en una dimensión de ruptura para con el universo de sentido legitimado, lo que a la vez plantea una irreflexividad con el statu quo decisiva. El sujeto parecería estar más bien en el desfallecimiento de la cadena en su automatón, planta rara en la frondosidad de las imágenes yoicas, en el pulular incesante de significaciones. No hay proselitismo posible de un sujeto inconsistente. Pero sí hay su psicoanálisis, su despliegue y su potenciación.   

La potencia ontológica de la angustia radica en su firmeza para situar que las cosas no son sino que devienen, esbozándose el borde que anticipa al sujeto; sujeto-efecto, inclusive corte-de, caída vertiginosa del castillo del Ser. En la estepa del deseo, ningún rascacielos seduce los ánimos y, así, sortear la especulación es asentir la propia hechura subrayando una y otra vez la significancia del qué decir. No hablar es morir. Ser objeto de un régimen confortablemente subyugador. La estirpe del Camello juega en la vía de esta supeditación irrestricta a las fórmulas canonizadas del saber común. Entregarse entero a sostener un Ideal completo, mientras paralelamente se le hace la guerra a todo lo nuevo, como plantea Freud en “Las resistencias contra el psicoanálisis”.[5]            

No se trata de nada, y el sujeto no está en ninguna parte, más que en la dimensión misma de la cadena significante como enunciación. No se trata de ningún asunto, se trama. La trama del sujeto y sus vicisitudes, no es indistinta del desarrollo dialéctico de las conjeturas que lo suponen latente, siendo algunas directamente una interpretación, es decir, una separación del S1 del valor de agente para revertirlo en padeciente (liberando al sujeto de su mortificación letal). Hacer sufrir al S1, esto quizá sea un buen modo de definir pensar críticamente: dejar de machacarse a sí, devolverle el golpe al superyó, erosionándolo cada vez y cada vez…

Poesía y humor

La poética aparece como la vía privilegiada de moler al S1 puesto que apunta a burlarlo entremezclándolo con otros significantes del lenguaje. El humor va en la misma vía, como elaboración del goce masoquista, puesto que bifurca los andariveles libidinales impidiendo que todo quede en eso.[6] Poesía y humor, no hablan del ser, a diferencia de la filosofía en su sentido clásico que es discurso del Amo, en tanto la primera metaforiza y crea lo dado situando “una forma especial de relación con la realidad”[7] y, el segundo, reclama una distancia que va de la perspectiva de rana a la mirada de águila, empequeñeciendo exageraciones infantiles (regresivas, es decir, debilitantes). Poesía y humor son modos elevados donde la voluntad de poder ejerce su primacía. La filosofía en su posición clásica, especialmente dual (por cuanto escinde Tierra de post-mundo), es degeneración de la voluntad y del Selbst, al igual que la Religión, prometedora de un más allá inexistente.         

El sujeto del psicoanálisis, es ocaso. En la escena, el soporte mismo o la profunda ventana que posibilita la circunstancia de devenires. El sujeto es un topos inaprehensible por la voluntad de saber del psiquiatra, del médico, del policía, del político o del sabio célebre. Es un atopos, entonces, que subvierte la espesa inercia de los discursos instituidos, posibilitando la emergencia del otro-sentido y la aparición de nuevos horizontes. Por eso, un sujeto crítico es un sujeto desasido del sentimiento empático habitual, presentificándose como inusualidad manifiesta o formación del inconsciente. La alucinación quizá sea el paradigma del sujeto rechazado, que retorna con toda la virulencia de lo que no se puede prescribir. Las vertientes analítica, poética o artística, apuntan a un semejante más allá del principio de realidad, pero por un sesgo ni mortificante, ni agónico. Un sesgo temperado por el que acceder al envés de la realidad instituida.

Recobrar o adquirir la capacidad de pensar críticamente lo dado, que se produzca la conexión con un quehacer subjetivante y que se abra la posibilidad de acceder a un amor crítico son tres destinos habilitados por el transitar un psicoanálisis."  

Buenos Aires, Agosto de 2015   




[1] “Drei Verwandlungen nenne ich euch des Geistes: wie der Geist zum Kamele wird, und zum Löwen das Kamel, und Kinde zuletzt der Löwe.”
[2] Nietzsche, F.; El anticristo. Ed. , Buenos Aires, . Pág. Segundo aforismo.
[3] Véase en este aspecto: “La subjetividad epocal: ¿clínica de lo real pulsional?” en El Øtro-psi. Trabajo presentado en las Jornadas por los 30 años de la Cátedra II de Psicopatología (UBA), Facultad de Ciencias Económicas, Noviembre de 2014.
[4] Verdadero título del libro El sujeto según Lacan del psicoanalista francés Guy Le Gaufey, cuya equivocidad permite traducirlo/ traicionarlo también como un ¿De qué se trata?  
[5] Freud, S. (1925[1924]); “Las resistencias contra el psicoanálisis” en Obras completas, Amorrortu Ed., Tomo XIV.
[6] Freud, S. (1927); “El humor” en Obras completas, Amorrortu Ed, Buenos Aires.
[7] Tarkosvky, A.; Esculpir en el tiempo. Ed. Mil ombúes, Buenos Aires. Pág. 30. Y la creación misma de una nueva realidad. 

domingo, 12 de julio de 2015

“¿Qué significa pensar críticamente? De la estulticia al desasimiento (Parte I)”

Introducción

El destino no consiste en aquello que tenemos ganas de hacer;
más bien se reconoce y muestra su claro, rigoroso perfil,
en la conciencia de tener que hacer lo que no tenemos ganas.”

(Ortega y Gasset, La rebelión de las masas)

La presente entrega forma parte de una elaboración personal ligada a la cuestión del pensamiento crítico, temática de interés para quien escribe en tanto ladera desde la que pensar al psicoanálisis mismo en su relación con otras prácticas y discursos. Lleva implícito este despliegue teórico una conjetura en su intitulación misma, la que buscará ser sostenida a fuerza de ir y venir por los autores y decires que se avengan a incrementar – o no - la verdad de las aseveraciones esgrimidas. La verdad no como cualidad de lo que sería una supuesta “conclusión” (la razón nunca deja de demandar su ración en todo esto), sino tal y como la plantea el psicoanálisis: como un efecto. En este punto, será radical la referencia a la experiencia de cada cual, en su praxis o en su/s análisis.[1] Dejo constancia del carácter de investigación de estos desarrollos.    


“Der Familienroman der Neurotiker”

En su clásico - y de obligada lectura para todo analista – texto de 1909, el padre fundador y agente creador del psicoanálisis, sostenía lo siguiente:

“En el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también más dolorosas, del desarrollo. Es absolutamente necesario que se cumpla, y es lícito suponer que todo hombre devenido normal lo ha llevado a cabo en cierta medida. Más todavía: el progreso de la sociedad descansa, todo él, en esa oposición entre ambas generaciones. Por otro lado, existe una clase de neuróticos en cuyo estado se discierne, como condicionante, su fracaso en esa tarea.”[2]

Tres cuestiones se destacan de esta impresionante cita, las cuales aparecen precisamente subrayadas. En primer lugar, la idea de un “desasimiento” [Ablösung = separación] de la autoridad de los padres. Padres, evidentemente, en el sentido de ciertos tutores primigenios que hubieron de sostener la insignia de lo feliz e inmarcesible, pero que llegada la hora, habrán de prestarse cedibles al campo de lo perdido e irrecuperablemente inhallable. En segundo lugar, Freud apuesta a que la transformación societal misma reposa en dicho doloroso desprendimiento juvenil. Se entiende: la fijeza a las figuras primitivas de autoridad incuestionada, llevaría a una supeditación eterna que congelaría toda tentación de pensar algo diferente y de elucubrar intempestivamente nuevas formas simbólicas verdaderas e instituyentes.[3] Finalmente, hay quienes encuentran un gran obstáculo en poder sostener y llevar adelante tal aventura, esto es, atravesar el drama de la castración simbólica. Valdría agregar, en este punto, que una tercera categoría son quienes ni siquiera lo intentan.[4]

La stultitia en Séneca

Cambiando de autor, pero persistiendo en la trama que buscamos entretejer, Michel Foucault aborda en su célebre “Hermenéutica del sujeto” (Cours au Collège de France, 1982) la cuestión de la stultitia senequiana, presente en diferentes lugares de su obra (como lo son De tranquillitate animi y Epistulae Morales ad Lucilium). El estructuralista francés, realiza una suerte de síntesis de las diferentes particularidades establecidas por Séneca respecto de ese estado del alma (Psyche) situando de esa manera algo que nos resulta de una valía muy fuerte a los fines de esta articulación.

La «estulticia», a fin de cuentas, conlleva un estado subjetivo al que el hombre permanece atado si no realiza el esfuerzo espiritual de convertirse a sí mismo, a través de la práctica de sí, de la espiritualidad, de la filosofía en el sentido de una práctica o, finalmente, a través del psicoanálisis. Veamos cuáles son las características específicas de tal posición subjetiva del ser.

Agitación del pensamiento, irresolución de la voluntad (“voluntad limitada”), incapacidad de detenerse interesadamente en algo, fracaso del placer frente a las cosas de este mundo. El estulto es el hombre pasivizado por el efecto del significante como marea simbólica aportadora de un sentido constrictivo que se articula pulsionalmente a una satisfacción secreta que denominamos goce. La “debilidad mental” sería su extrema y caricaturesca consecuencia, quedando dentro de esa categoría el ser hablante en sí mismo, por estar hechura del sentido:

“… ¿qué es la stultitia? El stultus es quien no se preocupa por sí mismo. ¿Cómo se caracteriza el stultus? Si nos remitimos en particular al principio del texto de De tranquillitate, podemos decir lo siguiente: el stultus es ante todo quien está expuesto a todos los vientos, abierto al mundo externo, es decir, quien deja entrar en su mente todas las representaciones que ese mundo externo puede ofrecerle. Representaciones que acepta sin examinarlas, sin saber analizar qué representan. El stultus está abierto al mundo externo en la medida en que deja que esas representaciones, en cierto modo, se mezclen dentro de su propio espíritu (…), de modo que es, entonces, la persona que está expuesta a todos los vientos de las representaciones externas y luego, una vez que éstas han entrado en su mente, es incapaz de hacer la división, la discriminatio entre el contenido de esas representaciones y los elementos que nosotros llamaríamos, si ustedes quieren, subjetivos, que se mezclan en ella.”[5]

En la puntuación que Foucault va realizando, además de esta característica esencial del estulto, un rasgo muy fuerte es su dispersión en el tiempo. En efecto, el estulto desconoce su historia (no rememora nada, por consiguiente, diría Freud, no elabora nada[6]). Por otra parte, está desentendido de su presencia actual no como consistencia narcisista sino como subjetividad implicada – valga la redundancia -, descartándose como acción justa en el sentido de un destino imaginado. Por consiguiente, el estulto se dispersa tanto de su presente así como de su futuridad:

“[el stultus]… no piensa en la temporalidad de su vida…”

La implicancia nodal de esta posición frente al devenir o hacia lo perecedero[7], es lo tocante a la dimensión de la “voluntad” del sujeto por ella afectado. De esta manera, Foucault, siguiendo a Séneca, distinguirá entre dos modos del querer: uno, relativo a un querer desasido, libre, justo y absoluto donde el sujeto es allí ético, esto es, coherente en el tiempo con su deseo. Y, por otro lado, una voluntad limitada, cambiante, fragmentada, impotente, esclava de una inercia y debilidad específicas de la estulticia. La stultitia aparece así como un choque de fuerzas entre el sujeto y el deseo, como un desarreglo o una inconexión marcada que deja al individuo en posición casi de objeto. De todas maneras, aquí quisiéramos hacer breve una digresión.
      
Para el psicoanálisis, ese desarreglo, esa escisión o hiancia entre el sujeto y su querer, son intrínsecos a su constitución misma, no existiendo una articulación plena entre el deseo y el sujeto más que a nivel del acto como instante ético de ruptura para con la tendencia sobredeterminada hacia la repetición (automatón). Margen de libertad que el análisis tiende a posibilitar, sin que en ello no insistan las demoras, las detenciones, el azar, lo incalculado, en definitiva, el terreno de lo pulsional haciendo obstáculo a que todo marche acorde al propio querer. Sino, todo sería voluntad de poder, como unaria potencia atómica del cosmos dionisíaco y no habría dimensión ética misma, entendiendo a esta última como errancia, falla, quiebre.[8]




Articulación entre la novela neurótica familiar y la estulticia senequiana

Ligando lo hasta aquí esbozado en relación a la stultitia con lo anteriormente establecido acerca de la novela neurótica familiar, diríamos que aquellos padres idealizados que no quieren ser abandonados, transfiriendo su antigua potencia a nuevas figuras sobre las que se delegará el saber-tener-poder sobre la existencia, constituyen un Otro en relación al cual el sujeto, estultamente, puede quedar atiborrado de (fijado a las) significaciones [s(A)] directivas y ordenadoras que coarten la posibilidad liberadora de preguntarse  por qué. Por qué algo, por qué nada en especial: por qué casi diríamos como categoría ética, otorgadora de una dignidad denegada a los otros seres vivos que habitan el planeta tierra. Si para el poeta, “las copas no son del todo de este mundo”[9], por nuestra parte, nosotros agregaríamos que tomando al mundo como un Unwelt, el sujeto del psicoanálisis a fin de cuentas tampoco lo es.

En nuestra próxima entrega, proseguiremos abordando las implicancias subjetivas de dejarse atravesar por el discurso psicoanalítico, más allá de la tendencia psicopatológica al diagnóstico psiquiatrizante y, por consiguiente, otorgador de un ser que, por estructura, yace perdido. Podríamos detenernos aquí con la siguiente pregunta: ¿Dónde está el sujeto para el psicoanálisis?[10]  

Buenos Aires, Junio de 2015.


[1] Decía el filósofo alemán Friedrich W. Nietzsche: “… las ´verdades´ se demuestran por sus efectos, no por pruebas lógicas, pruebas de la fuerza. Lo verdadero y lo eficaz se identifican…”. Veáse: Sämtliche Werke in 15 Bänden. 19 [43], KSA, p. 433.
[2] Freud, S.; “La novela familiar de los neuróticos” en Obras completas. Buenos Aires, Amorrortu Ed., Tomo IX. El destacado me pertenece.  
[3] Para lo que se requiere, prioritariamente, un proceso de destitución.              
[4] Con respecto a los cuales, tal vez, pueda hablarse de cronificación en el malestar, de regodeo en el sufrimiento o de mortificación consentida.    
[5] Foucault, M.; “Clase del 27 de Enero de 1982” en La hermenéutica del sujeto. Ediciones Akal S. A., Madrid, 2005. Pág. 133.
[6] Freud, S.: “Recuerdo, repetición y elaboración” (1914) en Obras completas. Biblioteca Nueva, Madrid, 1973. T. II.
[7] Freud, S. (1916[1915]); “Lo perecedero” [Vergänglichkeit] en Obras completas. Op. cit.
[8] Para un análisis de la cuestión ética en el pensamiento de Nietzsche, véase: Langelotti, L.; “¿Una ética en Nietzsche?” en Revista Nuevas Voces, N° #5 – EL OTRO, www.revistanuevasvoces.com.ar, Julio 2014.
[9] Celaya, G.; “RECOMENDACIONES PARA CONSTRUIR UN RECINTO” en Los espejos trasparentes, Losada, Buenos Aires, 1977.  Pág. 53.
[10] Al estilo del doblaje de aquella película de Abrahams y los Zucker, Airplane! (1980) que fuera traducida como ¿Dónde está el piloto?  

martes, 30 de junio de 2015

“La pelota no se mancha… del todo”



El sujeto, el acto y “el Diego”

El equipo se está desorganizando bastante, pero justo ahí es cuando… la emboca.”

Esta reflexión de un analizante, me lleva a pensar en la cuestión del sujeto del psicoanálisis, como sujeto de la falta es decir, nada que ver con un yo-conciencia integrativo, dueño de sí: cuanto más “desorganizado” aparece desde el punto de vista de una coherencia que le sería prometedora, más potente se torna en cuanto a la concreción de su deseo inconsciente. Por el contrario, toda la otra vía - la del saber, la del robustecimiento narcisista (camino hacia “el liderazgo”) y la de lo emblemático -, encalla en los atolladeros más comunes por cuanto persiste en el desconocimiento de la antinomia acto/ consistencia. El acto va de la mano de una insistente inconsistencia o de una inconsistencia insistidora. La inhibición es el detenimiento inoperante provocado por la autoafirmación exaltadora, que promueve una subjetividad identificada al lugar fálico de la excepción.

El acto, por su parte, sitúa la vertiente de la ignorancia acentuada, como correlato de un movimiento in-calculado, fuera de lo esperado. Ningún partido de fútbol es igual a otro. En eso radica la dimensión de la singularidad de la situación. La posición del sujeto, luego del acto, cambia pero en relación al Saber. Como si dijéramos que se produce algo así:

A/ $ ◊ a  → (acto) →  Ⱥ/ a ◊ $ ◊ ?

Por “delante” del sujeto del deseo, podrá venir cualquier a. Lo interesante es que se reubica la causa. Hay una certeza respecto de que se es sujeto del deseo, eso que decimos “entusiasmo”. Además hay una sustracción de saber y una pérdida de consistencia ontológica, lo que podría escribirse de la siguiente manera: (- S2).

Los goles, serán tanto más genuinos cuanto que más contingentes resulten o cuanto más recorrido lleve al balón antes de entrar. Ese placer previo del que hablaba Freud, como un ir calentando el motor, para que al acaecer el instante, no decepcione tanto y transmute al sujeto. El penal alivia, pero no deja de jugar dentro de cierta lógica de homeostasis, que sosiega más de lo que euforiza. A no ser que sea uno de esos penales que definen el partido. Podría decirse que, en el fútbol, valen casi por igual el gol más preciso y excelente así como la carambola que, de casualidad, fue a parar dentro del arco, no sin indignar al rival pero a su vez no sin arruinarle el partido (y eso moviliza un goce, una satisfacción). En ciertas situaciones, esta carambola puede aún ser más valiosa.

La picardía maradoniana en los goles a los ingleses allí por el año 1986, fue crucialmente singular y altamente ponderable desde el punto de vista futbolero. No sólo comete la piadosa travesura – cuestionable desde el punto de vista normativo, por cierto – de hacer un gol de manera “antirreglamentaria”, lapsus ético si los hubo, sino que retrosignificando semejante hazaña, deja huella de no ser ningún monedero, acometiendo una tremenda obra de la más fina delicia de potrero, ay Diego… semejante anotación perfora cualquier sentido común. Es una pieza de artesanía inigualable cuyo peso está dado además por la situación del Mundial y por haber sido hecho ni más ni menos que contra Inglaterra, hasta hacía pocos años enemigo bélico en la controversia por las conocidas islas septentrionales pertenecientes a nuestra soberanía.



Psicoanálisis de las masas: amor, goce, deseo.  

Es fácil apelar a Psicología de las masas. Pero aún así, lo haré. Allí Freud analiza la estructura del amor, pensando la relación de este con el funcionamiento del yo en el psiquismo humano y de la grupalidad en general. El yo es función de enamoramiento y, en este sentido, el elemento a cuyo través el sujeto conoce los objetos del mundo, “amándolos”. La grupalidad apela al yo en su articulación con los otros como pares, aquellos con quienes el sujeto se identifica imaginariamente, sosteniéndose dicho acto psíquico en una regulación simbólica a la que llamamos Ideal del Otro. Punto de identificación simbólica, introyección de un “rasgo unario” [ein einziger zug].

De esta manera, lo que sostiene el grado de agrado del “objeto” por parte del sujeto – lo que lo hace deseable -, es esa referencia simbólica que se llama el Ideal. Cuanto más próximo al Ideal esté el objeto, tanto más amable resultará para el sujeto. Lo más alejado del Ideal, aparece como causa de rechazo, degradación y repulsa por parte del sujeto, lo cual no quita que allí algo de su deseo se articule y, en particular, de su goce – de lo cual se deduce un desfasaje entre amor, goce y deseo. El objeto del primero es total; el del segundo, parcial; el del tercero, una falta o una pérdida que inaugura la posibilidad de los otros dos. La masa está sostenida en una solidaridad de goce, velada por una comunidad en el objeto amado (“Ideal”) pero frente al vacío que supone la inexistencia del objeto del deseo, corre el riesgo de desarmarse. El análisis de las masas, tendería hacia el terror. El terror de sucumbir frente a la carencia de un Amo, regulador de todo destino para esas subjetividades.    

Yendo al territorio del fútbol, si el Ideal es el Club del que se es hincha, eso delimitará una congregación de fieles que amarán incondicionalmente esos colores, fidelidad que sostendrá, por otra parte, el odio hacia quienes no compartan dicho sentimiento (“verdad”). Este odio puede manifestarse en goce verbal (“insultos”, “cargadas”, “cantitos”) o, directamente, pasar al salvajismo de la acción colérica.[1] Asesinatos, linchamientos, emboscadas, robos de banderas, ajustes de cuentas, etc., todo esto que forma por así decir, el aspecto más conocido de las trifulcas futboleras y que denigra el así llamado folclore de la situación deportiva (recuérdese que el fútbol es un deporte).

Los feligreses se amontonan en torno a un Ideal que los mantiene preservados de lo ignoto, dándoles una consistencia de ser que puede ser desgraciada con el diario del Lunes en contra, o excelsa, con el diario del Lunes a favor.
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Irrupción de singularidades sociales vs. disrupción social  

Metámonos en una temática controversial. La violencia futbolera: ¿beneficia a alguien? Quizá no haya que caer en la simple creencia de que porque hay Ideales contrapuestos se caería en la barbarie, necesariamente. Quizá existan otros factores que hagan a que todo desemboque en el descontrol. Pero esto, quizá, merezca un análisis social más preciso. Por mi parte, creo que los mass media, cultivan una poderosa virtud: la de ser gestadores activos de subjetividad en forma permanente. En este sentido, establecen marcas certeras que estructuran y objetivan los cuerpos humanos, tornándolos casi autómatas predefinidos sin posibilidad alguna de romper el círculo del sentido común. Obvio que está también lo que cada uno elige, la así llamada responsabilidad subjetiva. Sino, realmente seríamos robots.

La televisión muestra modelos a los cuales asemejarse para, identificándose a tales estereotipos, sentirse-parte. La no coincidencia con el yo ideal, fragmenta al yo quien pasa a sentirse disgregado, poca cosa, inferior, marginal, desecho, palea. La contracara de sentirse-parte es querer destruir aquello que, por no poder ser, me desposee de mi dignidad ontológica. “El yo o el otro” de Lacan, va en la línea de acentuar esa estructura de odioenamoramiento con el semejante/ rival. Quiero ser eso que no puedo, por consiguiente me invade la impotencia de sentirme alejado de un Ideal que pasa a mortificarme. Esto genera violencia, a toda escala.

La tevé, vende un mundo ideal, fantástico, donde todo parecería ser posible: desde lo más fabuloso y genial hasta lo más cruel o vil. Extremos que hacen a una misma lógica, la de renegar de la castración simbólica como respeto por la singularidad del sujeto en sus diferentes vertientes: de amor, de deseo, de goce. Como lo sostuve en otra oportunidad, creo que el barrabrava es el ente más “adecuado al medio” puesto que desde su coherencia para con el Ideal al que suscribe, despliega una manera de estar ligada a una existencia ideal igual a sí misma, racional, siempre redonda. Tan execrable como naturalizada.  

Igualmente, aquí la pata económico-política no deja de tener su valía y no me refiero sólo a la economía política del goce. No pocas, pues, son las veces que nos enteramos de la connivencia entre “los violentos” y las clases dirigentes. Estas últimas, “violentos de la esquina del ring”, ajenos a la sangre derramada en el cuadrilátero pero responsables de fomentar la presencia, el lucro y la satisfacción de quienes han optado por mantenerse tan estultos como nocivos para la Cultura. La Cultura tanto como acumulación de cambios e intercambios humanamente significativos así como ese temblor simbólico tendiente a la irrupción de singularidades sociales.  

Gran parte de los así denominados barrabravas son, en rigor de verdad, almas en pena sin deseo, aferrados a un Destino vacío, intrascendente, chato, común, mediocre. Quedan expuestos y a disposición de algún inescrupuloso presto a valerse de ellos con algún fin. También está el hecho, además, de valerse del fútbol como una situación para descargar las propias frustraciones personales sin poder darles una elaboración más acabada a esas conflictivas personales, por lo general, del orden de la mortificación actual o tal vez de lo edípico.    

Pero en este momento del escrito me pregunto cómo generar una lectura que sea diferente, para no caer en la habitual. Hasta aquí no creo estar aportando nada nuevo. Veamos. 


Mística en la grupalidad y el peligro de la incondicionalidad

En este número de RNV, ha sido publicado un artículo acerca del “amargo sabor del fútbol” (ver sección Ensayos) en donde, partiendo de algunas citas precisas, se gira en torno a las execrables cualidades del deporte en cuestión. En primer lugar, no creo que la Psicología de las masas sea reductible a la numerosidad social, ya que la estructura que allí Freud establece es aplicable al sujeto mirándose al espejo. Hacemos masa inclusive con nosotros mismos, independientemente de la cantidad de personas que estén presentes. De la misma manera, no todo en una grupalidad es reductible a la vertiente imaginaria-narcisista o fantasmática. También están los deseos, el inconsciente como cadena significante, la palabra y la situación de intercambio con los otros que, si bien puede estar sostenida en un Ideal otorgando consistencia yoica, desde otro punto de vista, puede implicar también la posibilidad de trascender el sentido dado en un movimiento místico que desborde la realidad individual haciendo lugar a un goce extático que sea excéntrico a la (in)tensión agresiva.

Vale destacar por lo demás que, a través del fútbol y de lo que el fútbol representa para el conjunto social, muchas subjetividades logran hacer un lazo social o, en otras palabras, una conexión simbólica subjetivante donde la libido logra desplazarse más allá del propio ser. No es lo mismo estar encerrado consumiendo cocaína, pasta base o estar delinquiendo impulsivamente poniendo en riesgo la vida propia y la de los demás, que tomar un vino tinto o una cerveza con pares en cierto marco dado por el espectáculo deportivo, por más cuestionable que nos parezca esta costumbre, desde algún punto de vista.[2] El fernet con coca, el chori, la previa. Forma parte casi de un ritual que tiene su mística si es elaboración del autismo mortificante al que conduce la disgregación social fomentada por el sistema poscapitalista imperante.  

Lo interesante es que el sujeto no quede petrificado en esos moldes que se imponen como lo que hay que hacer, porque ahí sí se pierde toda la magia, cuando predomina el imperativo del goce y no la Ley del deseo.

El problema es la incondicionalidad, es decir, cuando no se puede ir más allá de una adherencia ferviente fanática, por la que se es capaz de matar. Cuando se reproducen acciones de manera casi mecánica, cercenamiento de la capacidad de pensar críticamente, mediante. Recuperar el espíritu crítico es salirse de esas andanzas de exposición riesgosa (y religiosa).

Esta vía no exige la incondicionalidad, sino condiciones absolutas, donde “absolutas” quiere decir: desasidas. Que el sujeto pueda jugar su placer más sueltamente, de una manera personal no pre-modelada, sino atravesada por ese margen de indeterminación que es lo que llamamos deseo.        

Las marcas del pasado. La violencia futbolera. El poder. 

Si para Borges “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”, quizá sea porque para tal ingenioso y admirable escritor lo popular en sí mismo era una estupidez. No creo que la estupidez, el futbol y lo popular sean necesariamente tres cosas que vayan de la mano, a no ser que estén articuladas por algún cuarto eslabón (leáse agente de poder ya sea gubernamental, ya sea mediático, ya sea empresarial) que anude dichas consistencias gestando un borromeo.    

Yo creo que el fútbol puede ser pensado también como un sello de argentinidad, como un rasgo singularizante de nuestros lares que hace a cierta identidad pero que no por ello brinda una consistencia que sería amenazante. Insisto en que lo amenazante deviene en la articulación de la situación deportiva en todas sus implicancias con algún poder de turno que haga uso de dicha situación con fines determinados.

El estilo argentino, dependiente desde luego de cada región, está marcado por el fútbol mal que nos pese, y no creo que esto deje de ser así en alguna ocasión. Por eso quizá sea preciso, sustraerse del lugar común que sitúa al mismo en un terreno de marginalidad y/o fanatismo violento ya que esto, sin estar totalmente por fuera del campo en cuestión (no desconozco la violencia recurrente que atraviesa al deporte, pero restará allí realizar una investigación más acabada desde un punto de vista económico, político y sociológico), es no-todo lo que acaece dentro de dicho campo.

La experiencia de llevar al hijo por primera vez a la cancha, es un acontecimiento casi poético que marca un antes y un después en la vida de un padre argentino. Cito algunas palabras de Colette Soler que, a los fines de lo que vengo desarrollando, creo que pueden resultar de interés:

“Las marcas del pasado no son todas traumáticas, entendiendo que, en el psicoanálisis, el trauma es el nombre de las primeras experiencias de espanto de las que luego el sujeto ya no podrá deshacerse. Muchas cosas resultan fijadas en la infancia y son constituyentes de nuestra singularidad, no sufrimos de ellas y sin embargo se nos graban en la piel. Comprenden todas las sensaciones cotidianas, según el lugar, con su clima, sus paisajes, y también todo lo que es del registro del habitus – como diría Bourdieu –, incluyendo los rituales del cuerpo, las prácticas alimentarias, higiénicas, etcétera; toda la relación con la realidad a la que uno se adaptó, ya sea urbana, rural, culta o inculta; es todo lo que fabrica las preferencias propias de cada quien y que comparte en mayor o menor medida con una colectividad. Dicho de otro modo: los gustos, individuales o colectivos. Pongo aquí bajo el término “gusto” todas esas prácticas que son, a la vez, corporales y subjetivas, y que constituyen lo que puedo llamar las sensibilidades existenciales. Estas son el resorte más habitual de las empatías y simpatías, y fundan el sentimiento de tener o no – como se dice – cosas en común: visiones, olores, canciones, hábitos. También fundan las nostalgias cuando alguien se exilia, las emociones del regreso, el placer de reencontrar lo que se llamaba un país, para designar algo que viene del mismo lugar. Es impactante constatar hasta qué punto la mayor parte del tiempo uno está abrochado a eso como a sí mismo, incluso sin darse cuenta, como si fuera muy natural. Ese registro que se fija en la infancia es el de las satisfacciones reguladas por el principio del placer, siempre homeostáticas y temperadas. Es con la noción de discurso como orden social como Lacan dio razón de esos goces producidos en cada lazo social, que no están más allá del principio del placer y que son constituyentes, a la vez, del sentimiento de pertenencia social y de la identidad. Estos goces tienen una particularidad: parecen poco propicios al conflicto.[3]
         
Entonces, desde el punto de vista del psicoanálisis, evidentemente, el conflicto viene de otro lado. Hay un elemento en más, que viene a transformar la situación social en una escena de violencia. Ese elemento en más, ¿de qué se trata?

En principio, la estulticia, podríamos decir, es algo que está planificado, como la desesperanza. Hay una serie de premisas que sostienen al sistema en función de que se produzca, legitime y reproduzca un circuito hermético de sometimiento popular, el cual no es sin la aceptación acrítica de una gran mayoría de mortificados. Habría que pensar que la mortificación, como el flagelo de la droga, excede la mirada meramente clasista ya que hay mortificados de clases elevadas. Mortificados quizá no en el punto de las necesidades básicas pero sí atrofiados en su deseo y en su capacidad de reflexionar críticamente. Paralíticos del pensar distinto, inválidos del sentimiento de empatía social. Discriminadores crónicos que, en su micro-fascismo cotidiano, hacen tanto mal como el sistema mismo hace con ellos, a cambio de “prestigiosas” posiciones en el juego.

Sentir que se es parte-de (y no partícipe), apunta a la consistencia de ser que para el psicoanálisis está perdida en el plano real y sólo es recobrada en el campo especular, a expensas de un combate persistente contra los rivales necesarios para el sostenimiento de la propia ontología narcisista. La neurosis necesita un modelo a partir del cual rivalizar y posicionarse como “algo” valido. Significantes emblemáticos sostendrán la contienda, buscando los egos adueñarse de ellos y ostentándolos como premios a través de los cuales se es Amo, al menos por una temporada. Pero en el eje del Amo y del esclavo, ambos pierden, ¿qué cosa?: su capacidad deseante.

Tan encadenados están Amo y esclavo al movimiento del partenaire, que pierden de vista su castración. Alienados al deseo del otro, vamos por la vida olvidándonos de eso que somos como antiesencia, es decir, como hechura subjetivo-histórica tendiente a la realización fallida de una voluntad secreta que, por más que nos sublevemos y pretendamos reprimirla una y otra vez, allí silente avanza, irrumpiendo en cada epifánica formación del inconsciente, en cada acción comprometida e incalculada, insistiendo en el síntoma como categoría clínico-ética que habla de una dimensión humana ignorada antes del inicio del freudismo. Lo que Freud hace es correr el velo que hacía que el hombre pretendiera sentirse una unidad. Cuestiona al individuo. Volviendo al tema es cuestión, el jugador de fútbol tiende a ser individualizado especialmente. La estrella de fútbol – el Tevez, el Messi, el Cristiano Ronaldo – aparece como personajes casi a-subjetivados. Se los vende como si fueran exclusivamente eso, una imagen atrás de una pelota.

En el fútbol, lo histórico vivencial va de la mano de un clásico donde canticos y gastadas no terminan en barbarie. Donde la tarde de domingo es triste o alegre y punto. “No todas las marcas del pasado son traumáticas”, decía Colette Soler. Pues bien, démosle la derecha en ese punto. Las marcas son marcas no únicamente traumáticas de un terreno al que llamamos infancia y que dice de la constitución de un sujeto. Varias vueltas faltan para que un sujeto llegue a ser lo es. Posteriormente, la latencia, la adolescencia, la madurez. Y no termina allí. Nunca se termina de aprender. El movimiento exige soltar, aceptar perder, la transformación reclama pérdidas. Para salir campeón hay que bancarse no ganar todos los partidos, no contar con todos los jugadores, soportar que la gente a veces no va a venir (como nos pasa a los analistas, con nuestros pacientes).

La violencia futbolera es producto de un sistema que promueve que está bien cierto estilo de vida ligado al goce fálico, ver quién es más “poronga”. La mafia va en la línea de esto. Recuerdo algo que creo que plantea Miller en su lectura del Seminario 5 de Lacan. Este hermetismo en el grupo, esa fijeza en las identificaciones, la traición, el código común. Todos nombres del superyó. El filo del ideal bajando línea. Marcando cómo, cuándo, dónde, con quién y por qué gozar. El Saber. Por eso es divertido cuando, de repente, uno se encuentra con cosas que quiebran “lo que es” en su concreta, chata y mediocre banalidad, como este video que comparto, de los Monty Python. Los sabiondos, también se embarran en el potrero. A los futboleros no les vendría nada mal, por su parte, leerse unos buenos libros, escuchar un buen disco o ir a ver una buena obra de teatro. Creo que, frente a un momento mundial de aceleración e hiper-liquidez (en los empleos, en las relaciones, etc.), todos deberíamos parar un poco la pelota y ver bien a dónde la pasamos y a quién.      
 Fuente:  RNV #9, EL FÚTBOL, Abril de 2015, www.revistanuevasvoces.com.ar

Luis F. Langelotti.
Miembro Fundador de Losange: clínica psicoanalítica



[1] El segregacionismo como un “gozar de la verdad”.
[2] En una definición tan simple como simplificadora, Colette Soler sostiene que: “Cualesquiera sean las justificaciones que invoque, el racismo tiene una definición precisa: es la aversión por la modalidades de satisfacción del Otro, por sus costumbres, y la preferencia por las suyas propias.” Extracto de su último libro Lo que queda de la infancia (Letra viva, 2015) que ha sido publicado en Página /12: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-270594-2015-04-16.html
[3] Soler. C.; Op. cit.