lunes, 1 de mayo de 2017

"Palabras iniciales" QUÉ SIGNIFICA PENSAR CRÍTICAMENTE (futura publicación)


Toda introducción no deja de tener siempre un hálito de respuesta a una demanda de sentido, a un pedido de explicación. Si el acto es acto, lo es en la medida en que, por serlo, no se deja seducir por la pretensión de tener que justificarse ante nadie. De todos modos, esto no quita que sobre un acto no se pueda conversar. A fin de cuentas, pensar que por hablarse del acto se estaría tratando de justificarlo ante alguien, no es más que un prejuicio. Uno de esos que cada cual arrastra individualmente consigo. Por el contrario, puede sostenerse la idea de que hablar sobre los actos sea hasta algo necesario para que estos queden sancionados como tales (o entren en la vía de serlo). Por eso no creo vana la empresa de conversar sobre este acto de publicar, para poner en circulación aquello que durante cierto tiempo me he estado preguntando y pensando, conversando, masticando, reelaborando, cuestionando, produciendo.

“Cada cual cree que no cambia y que cambian los demás…”[1],  decía el poeta Atahualpa Yupanqui. Valdría agregar: hasta que de repente un rayo misterioso desciende desde una nube y nos despierta abruptamente, poniéndonos al corriente de que las circunstancias han cambiado (léase: nosotros mismos). Un rayo que sacude la modorra de nuestros autoengaños y nos desvela para situarnos de cara a lo que ha sido una transformación. El tiempo no pasa solo, sino que al pasar el tiempo pasan muchas otras cosas con él. Y en este pasar va jugándose un verdadero pasaje, del que uno puede enterarse o hacerse el desentendido (non arrivé). Por su parte, este acto – el de la publicación de estas líneas bajo el concepto de un “libro” - tiene precisamente el carácter de ese rayo sacudidor. O, tal vez, más precisamente, el haberme confrontado con su posibilidad. Porque ahí el rayo se vuelve, entonces, pregunta. Pregunta como momento de decisión donde debe arriesgarse, o no, una jugada.

«¡De modo que realmente existe esa serpiente marina en la que nunca quisimos creer!»[2] De modo que existe. ¿Qué cosa? Diría esa posibilidad, la de ser partícipe del diálogo epocal con otros pensadores, interesados, “colegas”, en definitiva, con aquellos con quienes se comparte una comunidad en el interés (decir “en el deseo” sería demasiado. Sobre todo, demasiado histérico). Entonces, este acto de publicación no sólo aparecería como un modo de sancionar y resignificar un trabajo que ya se ha venido haciendo sino que además aparecería como una puerta de apertura al diálogo crítico y constructivo con otros. La publicación bajo el concepto de libro como instrumento de lazo social. Y también de potenciación y de apuesta. De apuesta por el psicoanálisis como - y por el – pensamiento crítico, vale dejarlo claro. Suena interesante y, en gran medida, es mi intención que esta sea la movida. Lo común sería caer en la trivialidad habitual en donde algún mengano escribe alguna trillada y archiconocida futilidad para que la letra quede muerta y haya consecuencias de repetición acrítica, puesto que nadie va a decir nada sobre lo que se produjo, puesto que ninguno va a tomarse el trabajo de problematizar lo dicho, de repreguntar, de reformular, de repensar. Pasa habitualmente, estimo, sobre todo con los “autores consagrados”, allí donde de lo que se trata es de consumir la novedosa mercancía que nos obsequian sin un mínimo de pausa crítica.

¿O sea que los escritores mismos tenemos una cuota importante de responsabilidad en esas consecuencias de achatamiento, de reiteración banal y recurrente? Recuerdo algo en el final de un número especial de la revista Sudestada, dedicado a J. L. Borges y R. Arlt, en donde se citaba a este último, quien decía:   

“La mayoría de los que escribimos, lo que hacemos es desorientar la opinión pública. La gente busca la verdad y nosotros les damos verdades equivocadas. Lo blanco por lo negro. Es doloroso confesarlo, pero es así. Hay que escribir. En Europa los autores tienen su público; a ese público le dan un libro por año. ¿Usted puede creer, de buena fe, que en un año se escribe un libro que contenga verdades? No, señor. Para escribir un libro por año hay que macanear. Dorar la píldora. Llenar páginas de frases. Es el oficio, “el métier”. La gente recibe la mercadería y cree que es materia prima, cuando apenas se trata de una falsificación burda de otras falsificaciones, que también se inspiraron en falsificaciones.”[3]  

Es muy dura su posición. Quizá no sea para tanto. Pero vale la pena traerlo a colación, para problematizar algo que puede pasar y que, de hecho, pasa. Esta introducción algo distendida en su discurrir, discúlpeme el lector, es parte del proceso mismo de hacerse la pregunta. ¿Cuál? La de si acaso publicar es un acto genuino – significativo - o un punto de alienación a una demanda epocal, muy instituida entre los psicoanalistas contemporáneos. Tal vez haya un nudo de contradicción insalvable en términos morales (del bien y el mal) y cuya superación esté dado únicamente por la introducción de una mirada ética sobre la acción misma. En ese sentido, si uno va alienarse para pujar por un acto de separación, es decir, si uno va a entrar en el espacio para interpelarlo realmente (“desde adentro”), entonces, bienvenida esa tensión y ese nudo. Porque ahí el asunto que se plantea es desde dónde intervenir y para qué (no si está bien o si está mal).

Recuerdo una frase de Lacan muy interesante y ligada a esto que vengo planteando:

“La comunicación desinteresada, en última instancia, no es sino un testimonio fallido, o sea, algo sobre lo cual todo el mundo está de acuerdo. Todos saben que ese es el ideal de la transmisión del conocimiento. Todo el pensar de la comunidad científica está basado en la posibilidad de una comunicación cuyo término se zanja en una experiencia respecto a la cual todo el mundo puede estar de acuerdo.”[4]

Si hay algo que puede pensarse como provocando el trabajo de este escribir es, siguiendo la lógica de la cita, el desacuerdo. El desacuerdo como un intento de ruptura con lo estatuido y el des-interés. Estar en desacuerdo como un modo de apostar por el estilo, genuino punto de referencia a la hora de pensar en la enunciación de un discurso cualquiera (o sea, de pensar si efectivamente alguien está diciendo algo o solamente está haciendo señas en busca de aprobación). Entonces, en cierta medida, aquel que haya obtenido este libro con la idea (tal vez inconfesada) de conseguir una sumatoria intrascendente de “monografías” pseudocientíficas (desinteresadas, eruditas, prolijas y armónicas) - francamente - perdió. Pero, ojo, no deja de ser una pérdida que quizá haya que poner a la cuenta de una eventual intervención para con la subjetividad del lector y que, dejo oír una esperanza, puede que devenga causa del interés de proseguir con su lectura (genitivos subjetivo y objetivo). Esto tampoco significa que quien hubo de adquirir el libro sin aquellas expectativas (tal vez inconfesadas), vaya a tener asegurada una ganancia. Es que todo plus nunca deja de ser a posteriori de una jugada. Porque no soy de los que creen que puede haber genuina producción sin algún esfuerzo, como más no sea el de la lectura. Y vaya esfuerzo si los hay.

Si tuviese que ser directo y claro, diré que la tesis central de este libro es que el pensamiento crítico constituye una verdadera «ética», entendiendo por tal, un estilo de vida aceptado y asumido como propio, tanto en sus beneficios y conquistas así como en sus contrariedades y derrotas.

Hablé de enunciación. Pues bien, ese es el punto de conexión que me parece válido para pensar en lo que podría darle cierto dejo de “unicidad” a este libro. Lo cual no quita que podamos preguntarnos libremente: ¿por qué un libro tendría que ser algo unificante, integrado, sensato, razonable, armónico? ¿Serán las pretensiones del ego y de la Razón? La razón encarcela la palabra y la vuelve impotente para llegar a su cúspide, el efecto de transmisión de un decir que desfallecería en una hiperracionalización significante. Lo cual no excluye tampoco que uno tenga que ser claro en ciertas ocasiones. De hecho, creo que en varias de las cosas que comparto a través de esta publicación lo soy. Pero hablando de la lógica que enlaza los diferentes trabajos agrupados, pienso directamente en una enunciación común. Lo cual no deja de quedar a criterio del lector, quien a fin de cuentas es el que va a sancionar si hubo o no alguien diciendo algo o meras gesticulaciones asemánticas. Tengo que aceptar, a pesar de mi renuencia a que algo quede incalculado, que se me escapan cuáles podrían ser las consecuencias de este acto de publicación.  

Retomo algo que se me ocurrió en esa ocasión: “Aquellos a quienes menos les importa el arte, quizá sean los propios artistas”. O sea, bajémoslo un poquito a todo esto. Que el psicoanálisis nos enseña que no estamos hechos de un alma celestial perfecta sino estructurados como un chiste, que nuestro espíritu está henchido de pasiones oscuras, triviales y absurdas y que nuestras miserias - esas que no queremos ver ni mostrar - nos singularizan hasta tal punto que el mejor camino termina siendo el aceptarlas, y reír. Del mismo modo, “Tal vez, aquellos a quienes menos les interesa la escritura no sean sino los propios escritores.” Y entonces, así, el libro cae de ese lugar pesado, sublime y divino en el que solemos ubicarlo para transformarse ahora en una simple y terrenal publicación de cierto volumen y seriedad (dije seriedad para no decir: rigurosidad) a cuyo través logramos realizar nuestro anhelo de expresar algo de lo que pensamos y de lo que sentimos, y de un modo muy personal. El libro como un espacio de posible encuentro entre dos subjetividades (no necesariamente unificantes) en donde se pellizcan, se acarician, se pelean, se interceptan, se sacuden, se seducen las ideas, los pensamientos, las sensaciones, los sentidos, los afectos, los deseos, el espíritu. El libro como publicación inquietante y viva, tanto más provocadora cuanto menos responda al criterio de tener que “satisfacer al cliente”. Al contrario, un libro que venga del psicoanálisis, debería saber decepcionar al “cliente”, es decir, saber dejarlo insatisfecho. Creo que estas líneas que me propuse agrupar, pueden ir tranquilamente en el sentido de ese promover alguna insatisfacción.

Pero el que primero aceptó que el libro tenía que jugar más en esa dirección que en la dirección de un complacer, fui, indefectiblemente, yo mismo. Yo mismo tuve que aceptar que, fuere como fuere, el producto final jamás iba a ser exactamente aquello que hubiese soñado. Entonces, estas Palabras iniciales, son un poco también la crónica de un duelo personal. Ahí hay, ciertamente, una degradación operatoria que es muy amiga de la lógica de una cura en tanto tal, donde se le falta un poco el respeto a las solemnidades admitidas, perdiéndose así las ilusiones sujetadoras. La pregunta que da título a la publicación, en absoluto es ajena a semejante movimiento, por cierto. Puesto que el pensar crítico necesariamente conlleva una exigencia de degradación, en el sentido de una terrenalización de lo cuestionado y también del cuestionador y de su instrumento mismo. Mas todo duelo no deja de ser, en su ambigüedad, un desafío. Y, como anticipo del desarrollo posterior, afirmo que el pensar crítico conlleva fuertemente esa vertiente del desafiar. Ante todo, del desafiar-se. El duelo no es la pérdida, sino su aceptación, el trabajo de asunción de esa falta. “Los hombres son dioses muertos, de un templo ya derrumbao”, decía nuevamente Don Ata. Templo ya derrumbado de los paraísos ideales, en donde se resquebraja la completitud de la sublimidad y en donde pueden emerger la hombría - y la femineidad -, como posición inédita para aquel andrógino ángel inmaculado, que yacía a la espera. El duelo es el desafío de aceptar que uno está presto a devenir. A devenir otro. Porque hay delgadas líneas que son harto delgadas, es cierto, finísimas como una línea de sal derramada sobre la mesa. Pero cuyo pasaje marca una transformación radical en la subjetividad que allí elige.

Un primer acto de publicación, representa para quien opta por escribir, un pasaje mutativo cuya verdadera (más nunca “última”) significación siempre está por verse en un futuro por venir. Pero no creo que esté demás poner al tanto al lector de lo que representa para mí – en este momento - compartir estas líneas que son de mi autoría. Y que son de mi autoría tanto más cuanto que, al publicarlas, más me autorizo de ellas en su circular, porque las suelto para que sean (y quizá regresen algunas vez, tan iguales y tan distintas, en el transitar de un boomerang que sacuda a un dueño desprevenido, taciturno y olvidado). No deja de ser parte del trabajo de uno mismo con su propia palabra todo esto y, en ese sentido, una parte del propio análisis. Publicar un libro, en este caso, además de ser la materialización de un sueño muy personal e intenso, va en la orientación de cuestionar a EL libro, como idea pesada y aplastante, henchida de moho, de polvillo, de saber, de superyó. Es una toma de posición frente a la severidad del pensamiento incondicional-demandante, por la vía del corte y en donde se pone a jugar la condición absoluta del ser-en-acto como desasimiento (cuestiones estas a desplegar en el libro, desde ya).

Quisiera insistir en un aspecto no subrayado con tanta firmeza y que tiene que ver con esto del corte, más precisamente en tanto que punto de capitón. Se trata también de un hacer justicia a toda una producción jugada efectivamente que viene desplegándose desde hace varios años y en donde, al ser encarada seriamente, se han provocado consecuencias de formación, de transmisión, de creación, de crecimiento verdaderas. Grupos de lectura sobre psicoanálisis y otros pensadores; interés por conversar y repreguntar sostenidamente sobre lo supuestamente obvio, promoviendo siempre la participación particular en miras de dar cabida a la emergencia de posiciones singulares; clases individuales o grupales sobre autores psicoanalíticos; atención clínica propiamente dicha; análisis personal; participación en una Cátedra universitaria; dedicación a la escritura de lo trabajado (cuya cúspide, hoy por hoy, pretende ser esta publicación, pero como un paso inicial), etc. Así, pues, en sintonía con la idea del duelo como aceptación de la pérdida, uno tiene que aprender a aceptar y a justipreciar lo efectivamente jugado y vivido, inclusive más allá de sus propios prejuicios y temores. Entonces, este publicar no sólo tiene un carácter prospectivo en el sentido de “lo que vendrá” junto a él, sino que tiene un profundo carácter de resignificación que da un peso muy especial a todo lo acontecido durante estos últimos años, en donde, para decirlo claramente, le estuve poniendo el cuerpo al psicoanálisis.

El autor
Buenos Aires, Febrero de 2014.



[1] “Guitarra dímelo tú”.
[2]  Freud, S. (1936); UNA PERTURBACIÓN DEL RECUERDO EN LA ACRÓPOLIS -1936(Carta abierta a Romain Rolland en ocasión de su septuagésimo aniversario). Sería la expresión de aquel que, paseándose por el Lago Ness de Escocia, de golpe se cruza con el cadáver del famoso monstruo.  
[3] Citado en Revista Sudestada (de colección) #9: Borges vs. Arlt.
[4] Lacan, J. (1955-56): “El Otro y la psicosis” en El Seminario, Libro 3, Las Psicosis. Paidós, Buenos Aires, 2007. Clase III. Punto 3. Pág. 60.