martes, 30 de junio de 2015

“La pelota no se mancha… del todo”



El sujeto, el acto y “el Diego”

El equipo se está desorganizando bastante, pero justo ahí es cuando… la emboca.”

Esta reflexión de un analizante, me lleva a pensar en la cuestión del sujeto del psicoanálisis, como sujeto de la falta es decir, nada que ver con un yo-conciencia integrativo, dueño de sí: cuanto más “desorganizado” aparece desde el punto de vista de una coherencia que le sería prometedora, más potente se torna en cuanto a la concreción de su deseo inconsciente. Por el contrario, toda la otra vía - la del saber, la del robustecimiento narcisista (camino hacia “el liderazgo”) y la de lo emblemático -, encalla en los atolladeros más comunes por cuanto persiste en el desconocimiento de la antinomia acto/ consistencia. El acto va de la mano de una insistente inconsistencia o de una inconsistencia insistidora. La inhibición es el detenimiento inoperante provocado por la autoafirmación exaltadora, que promueve una subjetividad identificada al lugar fálico de la excepción.

El acto, por su parte, sitúa la vertiente de la ignorancia acentuada, como correlato de un movimiento in-calculado, fuera de lo esperado. Ningún partido de fútbol es igual a otro. En eso radica la dimensión de la singularidad de la situación. La posición del sujeto, luego del acto, cambia pero en relación al Saber. Como si dijéramos que se produce algo así:

A/ $ ◊ a  → (acto) →  Ⱥ/ a ◊ $ ◊ ?

Por “delante” del sujeto del deseo, podrá venir cualquier a. Lo interesante es que se reubica la causa. Hay una certeza respecto de que se es sujeto del deseo, eso que decimos “entusiasmo”. Además hay una sustracción de saber y una pérdida de consistencia ontológica, lo que podría escribirse de la siguiente manera: (- S2).

Los goles, serán tanto más genuinos cuanto que más contingentes resulten o cuanto más recorrido lleve al balón antes de entrar. Ese placer previo del que hablaba Freud, como un ir calentando el motor, para que al acaecer el instante, no decepcione tanto y transmute al sujeto. El penal alivia, pero no deja de jugar dentro de cierta lógica de homeostasis, que sosiega más de lo que euforiza. A no ser que sea uno de esos penales que definen el partido. Podría decirse que, en el fútbol, valen casi por igual el gol más preciso y excelente así como la carambola que, de casualidad, fue a parar dentro del arco, no sin indignar al rival pero a su vez no sin arruinarle el partido (y eso moviliza un goce, una satisfacción). En ciertas situaciones, esta carambola puede aún ser más valiosa.

La picardía maradoniana en los goles a los ingleses allí por el año 1986, fue crucialmente singular y altamente ponderable desde el punto de vista futbolero. No sólo comete la piadosa travesura – cuestionable desde el punto de vista normativo, por cierto – de hacer un gol de manera “antirreglamentaria”, lapsus ético si los hubo, sino que retrosignificando semejante hazaña, deja huella de no ser ningún monedero, acometiendo una tremenda obra de la más fina delicia de potrero, ay Diego… semejante anotación perfora cualquier sentido común. Es una pieza de artesanía inigualable cuyo peso está dado además por la situación del Mundial y por haber sido hecho ni más ni menos que contra Inglaterra, hasta hacía pocos años enemigo bélico en la controversia por las conocidas islas septentrionales pertenecientes a nuestra soberanía.



Psicoanálisis de las masas: amor, goce, deseo.  

Es fácil apelar a Psicología de las masas. Pero aún así, lo haré. Allí Freud analiza la estructura del amor, pensando la relación de este con el funcionamiento del yo en el psiquismo humano y de la grupalidad en general. El yo es función de enamoramiento y, en este sentido, el elemento a cuyo través el sujeto conoce los objetos del mundo, “amándolos”. La grupalidad apela al yo en su articulación con los otros como pares, aquellos con quienes el sujeto se identifica imaginariamente, sosteniéndose dicho acto psíquico en una regulación simbólica a la que llamamos Ideal del Otro. Punto de identificación simbólica, introyección de un “rasgo unario” [ein einziger zug].

De esta manera, lo que sostiene el grado de agrado del “objeto” por parte del sujeto – lo que lo hace deseable -, es esa referencia simbólica que se llama el Ideal. Cuanto más próximo al Ideal esté el objeto, tanto más amable resultará para el sujeto. Lo más alejado del Ideal, aparece como causa de rechazo, degradación y repulsa por parte del sujeto, lo cual no quita que allí algo de su deseo se articule y, en particular, de su goce – de lo cual se deduce un desfasaje entre amor, goce y deseo. El objeto del primero es total; el del segundo, parcial; el del tercero, una falta o una pérdida que inaugura la posibilidad de los otros dos. La masa está sostenida en una solidaridad de goce, velada por una comunidad en el objeto amado (“Ideal”) pero frente al vacío que supone la inexistencia del objeto del deseo, corre el riesgo de desarmarse. El análisis de las masas, tendería hacia el terror. El terror de sucumbir frente a la carencia de un Amo, regulador de todo destino para esas subjetividades.    

Yendo al territorio del fútbol, si el Ideal es el Club del que se es hincha, eso delimitará una congregación de fieles que amarán incondicionalmente esos colores, fidelidad que sostendrá, por otra parte, el odio hacia quienes no compartan dicho sentimiento (“verdad”). Este odio puede manifestarse en goce verbal (“insultos”, “cargadas”, “cantitos”) o, directamente, pasar al salvajismo de la acción colérica.[1] Asesinatos, linchamientos, emboscadas, robos de banderas, ajustes de cuentas, etc., todo esto que forma por así decir, el aspecto más conocido de las trifulcas futboleras y que denigra el así llamado folclore de la situación deportiva (recuérdese que el fútbol es un deporte).

Los feligreses se amontonan en torno a un Ideal que los mantiene preservados de lo ignoto, dándoles una consistencia de ser que puede ser desgraciada con el diario del Lunes en contra, o excelsa, con el diario del Lunes a favor.
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Irrupción de singularidades sociales vs. disrupción social  

Metámonos en una temática controversial. La violencia futbolera: ¿beneficia a alguien? Quizá no haya que caer en la simple creencia de que porque hay Ideales contrapuestos se caería en la barbarie, necesariamente. Quizá existan otros factores que hagan a que todo desemboque en el descontrol. Pero esto, quizá, merezca un análisis social más preciso. Por mi parte, creo que los mass media, cultivan una poderosa virtud: la de ser gestadores activos de subjetividad en forma permanente. En este sentido, establecen marcas certeras que estructuran y objetivan los cuerpos humanos, tornándolos casi autómatas predefinidos sin posibilidad alguna de romper el círculo del sentido común. Obvio que está también lo que cada uno elige, la así llamada responsabilidad subjetiva. Sino, realmente seríamos robots.

La televisión muestra modelos a los cuales asemejarse para, identificándose a tales estereotipos, sentirse-parte. La no coincidencia con el yo ideal, fragmenta al yo quien pasa a sentirse disgregado, poca cosa, inferior, marginal, desecho, palea. La contracara de sentirse-parte es querer destruir aquello que, por no poder ser, me desposee de mi dignidad ontológica. “El yo o el otro” de Lacan, va en la línea de acentuar esa estructura de odioenamoramiento con el semejante/ rival. Quiero ser eso que no puedo, por consiguiente me invade la impotencia de sentirme alejado de un Ideal que pasa a mortificarme. Esto genera violencia, a toda escala.

La tevé, vende un mundo ideal, fantástico, donde todo parecería ser posible: desde lo más fabuloso y genial hasta lo más cruel o vil. Extremos que hacen a una misma lógica, la de renegar de la castración simbólica como respeto por la singularidad del sujeto en sus diferentes vertientes: de amor, de deseo, de goce. Como lo sostuve en otra oportunidad, creo que el barrabrava es el ente más “adecuado al medio” puesto que desde su coherencia para con el Ideal al que suscribe, despliega una manera de estar ligada a una existencia ideal igual a sí misma, racional, siempre redonda. Tan execrable como naturalizada.  

Igualmente, aquí la pata económico-política no deja de tener su valía y no me refiero sólo a la economía política del goce. No pocas, pues, son las veces que nos enteramos de la connivencia entre “los violentos” y las clases dirigentes. Estas últimas, “violentos de la esquina del ring”, ajenos a la sangre derramada en el cuadrilátero pero responsables de fomentar la presencia, el lucro y la satisfacción de quienes han optado por mantenerse tan estultos como nocivos para la Cultura. La Cultura tanto como acumulación de cambios e intercambios humanamente significativos así como ese temblor simbólico tendiente a la irrupción de singularidades sociales.  

Gran parte de los así denominados barrabravas son, en rigor de verdad, almas en pena sin deseo, aferrados a un Destino vacío, intrascendente, chato, común, mediocre. Quedan expuestos y a disposición de algún inescrupuloso presto a valerse de ellos con algún fin. También está el hecho, además, de valerse del fútbol como una situación para descargar las propias frustraciones personales sin poder darles una elaboración más acabada a esas conflictivas personales, por lo general, del orden de la mortificación actual o tal vez de lo edípico.    

Pero en este momento del escrito me pregunto cómo generar una lectura que sea diferente, para no caer en la habitual. Hasta aquí no creo estar aportando nada nuevo. Veamos. 


Mística en la grupalidad y el peligro de la incondicionalidad

En este número de RNV, ha sido publicado un artículo acerca del “amargo sabor del fútbol” (ver sección Ensayos) en donde, partiendo de algunas citas precisas, se gira en torno a las execrables cualidades del deporte en cuestión. En primer lugar, no creo que la Psicología de las masas sea reductible a la numerosidad social, ya que la estructura que allí Freud establece es aplicable al sujeto mirándose al espejo. Hacemos masa inclusive con nosotros mismos, independientemente de la cantidad de personas que estén presentes. De la misma manera, no todo en una grupalidad es reductible a la vertiente imaginaria-narcisista o fantasmática. También están los deseos, el inconsciente como cadena significante, la palabra y la situación de intercambio con los otros que, si bien puede estar sostenida en un Ideal otorgando consistencia yoica, desde otro punto de vista, puede implicar también la posibilidad de trascender el sentido dado en un movimiento místico que desborde la realidad individual haciendo lugar a un goce extático que sea excéntrico a la (in)tensión agresiva.

Vale destacar por lo demás que, a través del fútbol y de lo que el fútbol representa para el conjunto social, muchas subjetividades logran hacer un lazo social o, en otras palabras, una conexión simbólica subjetivante donde la libido logra desplazarse más allá del propio ser. No es lo mismo estar encerrado consumiendo cocaína, pasta base o estar delinquiendo impulsivamente poniendo en riesgo la vida propia y la de los demás, que tomar un vino tinto o una cerveza con pares en cierto marco dado por el espectáculo deportivo, por más cuestionable que nos parezca esta costumbre, desde algún punto de vista.[2] El fernet con coca, el chori, la previa. Forma parte casi de un ritual que tiene su mística si es elaboración del autismo mortificante al que conduce la disgregación social fomentada por el sistema poscapitalista imperante.  

Lo interesante es que el sujeto no quede petrificado en esos moldes que se imponen como lo que hay que hacer, porque ahí sí se pierde toda la magia, cuando predomina el imperativo del goce y no la Ley del deseo.

El problema es la incondicionalidad, es decir, cuando no se puede ir más allá de una adherencia ferviente fanática, por la que se es capaz de matar. Cuando se reproducen acciones de manera casi mecánica, cercenamiento de la capacidad de pensar críticamente, mediante. Recuperar el espíritu crítico es salirse de esas andanzas de exposición riesgosa (y religiosa).

Esta vía no exige la incondicionalidad, sino condiciones absolutas, donde “absolutas” quiere decir: desasidas. Que el sujeto pueda jugar su placer más sueltamente, de una manera personal no pre-modelada, sino atravesada por ese margen de indeterminación que es lo que llamamos deseo.        

Las marcas del pasado. La violencia futbolera. El poder. 

Si para Borges “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”, quizá sea porque para tal ingenioso y admirable escritor lo popular en sí mismo era una estupidez. No creo que la estupidez, el futbol y lo popular sean necesariamente tres cosas que vayan de la mano, a no ser que estén articuladas por algún cuarto eslabón (leáse agente de poder ya sea gubernamental, ya sea mediático, ya sea empresarial) que anude dichas consistencias gestando un borromeo.    

Yo creo que el fútbol puede ser pensado también como un sello de argentinidad, como un rasgo singularizante de nuestros lares que hace a cierta identidad pero que no por ello brinda una consistencia que sería amenazante. Insisto en que lo amenazante deviene en la articulación de la situación deportiva en todas sus implicancias con algún poder de turno que haga uso de dicha situación con fines determinados.

El estilo argentino, dependiente desde luego de cada región, está marcado por el fútbol mal que nos pese, y no creo que esto deje de ser así en alguna ocasión. Por eso quizá sea preciso, sustraerse del lugar común que sitúa al mismo en un terreno de marginalidad y/o fanatismo violento ya que esto, sin estar totalmente por fuera del campo en cuestión (no desconozco la violencia recurrente que atraviesa al deporte, pero restará allí realizar una investigación más acabada desde un punto de vista económico, político y sociológico), es no-todo lo que acaece dentro de dicho campo.

La experiencia de llevar al hijo por primera vez a la cancha, es un acontecimiento casi poético que marca un antes y un después en la vida de un padre argentino. Cito algunas palabras de Colette Soler que, a los fines de lo que vengo desarrollando, creo que pueden resultar de interés:

“Las marcas del pasado no son todas traumáticas, entendiendo que, en el psicoanálisis, el trauma es el nombre de las primeras experiencias de espanto de las que luego el sujeto ya no podrá deshacerse. Muchas cosas resultan fijadas en la infancia y son constituyentes de nuestra singularidad, no sufrimos de ellas y sin embargo se nos graban en la piel. Comprenden todas las sensaciones cotidianas, según el lugar, con su clima, sus paisajes, y también todo lo que es del registro del habitus – como diría Bourdieu –, incluyendo los rituales del cuerpo, las prácticas alimentarias, higiénicas, etcétera; toda la relación con la realidad a la que uno se adaptó, ya sea urbana, rural, culta o inculta; es todo lo que fabrica las preferencias propias de cada quien y que comparte en mayor o menor medida con una colectividad. Dicho de otro modo: los gustos, individuales o colectivos. Pongo aquí bajo el término “gusto” todas esas prácticas que son, a la vez, corporales y subjetivas, y que constituyen lo que puedo llamar las sensibilidades existenciales. Estas son el resorte más habitual de las empatías y simpatías, y fundan el sentimiento de tener o no – como se dice – cosas en común: visiones, olores, canciones, hábitos. También fundan las nostalgias cuando alguien se exilia, las emociones del regreso, el placer de reencontrar lo que se llamaba un país, para designar algo que viene del mismo lugar. Es impactante constatar hasta qué punto la mayor parte del tiempo uno está abrochado a eso como a sí mismo, incluso sin darse cuenta, como si fuera muy natural. Ese registro que se fija en la infancia es el de las satisfacciones reguladas por el principio del placer, siempre homeostáticas y temperadas. Es con la noción de discurso como orden social como Lacan dio razón de esos goces producidos en cada lazo social, que no están más allá del principio del placer y que son constituyentes, a la vez, del sentimiento de pertenencia social y de la identidad. Estos goces tienen una particularidad: parecen poco propicios al conflicto.[3]
         
Entonces, desde el punto de vista del psicoanálisis, evidentemente, el conflicto viene de otro lado. Hay un elemento en más, que viene a transformar la situación social en una escena de violencia. Ese elemento en más, ¿de qué se trata?

En principio, la estulticia, podríamos decir, es algo que está planificado, como la desesperanza. Hay una serie de premisas que sostienen al sistema en función de que se produzca, legitime y reproduzca un circuito hermético de sometimiento popular, el cual no es sin la aceptación acrítica de una gran mayoría de mortificados. Habría que pensar que la mortificación, como el flagelo de la droga, excede la mirada meramente clasista ya que hay mortificados de clases elevadas. Mortificados quizá no en el punto de las necesidades básicas pero sí atrofiados en su deseo y en su capacidad de reflexionar críticamente. Paralíticos del pensar distinto, inválidos del sentimiento de empatía social. Discriminadores crónicos que, en su micro-fascismo cotidiano, hacen tanto mal como el sistema mismo hace con ellos, a cambio de “prestigiosas” posiciones en el juego.

Sentir que se es parte-de (y no partícipe), apunta a la consistencia de ser que para el psicoanálisis está perdida en el plano real y sólo es recobrada en el campo especular, a expensas de un combate persistente contra los rivales necesarios para el sostenimiento de la propia ontología narcisista. La neurosis necesita un modelo a partir del cual rivalizar y posicionarse como “algo” valido. Significantes emblemáticos sostendrán la contienda, buscando los egos adueñarse de ellos y ostentándolos como premios a través de los cuales se es Amo, al menos por una temporada. Pero en el eje del Amo y del esclavo, ambos pierden, ¿qué cosa?: su capacidad deseante.

Tan encadenados están Amo y esclavo al movimiento del partenaire, que pierden de vista su castración. Alienados al deseo del otro, vamos por la vida olvidándonos de eso que somos como antiesencia, es decir, como hechura subjetivo-histórica tendiente a la realización fallida de una voluntad secreta que, por más que nos sublevemos y pretendamos reprimirla una y otra vez, allí silente avanza, irrumpiendo en cada epifánica formación del inconsciente, en cada acción comprometida e incalculada, insistiendo en el síntoma como categoría clínico-ética que habla de una dimensión humana ignorada antes del inicio del freudismo. Lo que Freud hace es correr el velo que hacía que el hombre pretendiera sentirse una unidad. Cuestiona al individuo. Volviendo al tema es cuestión, el jugador de fútbol tiende a ser individualizado especialmente. La estrella de fútbol – el Tevez, el Messi, el Cristiano Ronaldo – aparece como personajes casi a-subjetivados. Se los vende como si fueran exclusivamente eso, una imagen atrás de una pelota.

En el fútbol, lo histórico vivencial va de la mano de un clásico donde canticos y gastadas no terminan en barbarie. Donde la tarde de domingo es triste o alegre y punto. “No todas las marcas del pasado son traumáticas”, decía Colette Soler. Pues bien, démosle la derecha en ese punto. Las marcas son marcas no únicamente traumáticas de un terreno al que llamamos infancia y que dice de la constitución de un sujeto. Varias vueltas faltan para que un sujeto llegue a ser lo es. Posteriormente, la latencia, la adolescencia, la madurez. Y no termina allí. Nunca se termina de aprender. El movimiento exige soltar, aceptar perder, la transformación reclama pérdidas. Para salir campeón hay que bancarse no ganar todos los partidos, no contar con todos los jugadores, soportar que la gente a veces no va a venir (como nos pasa a los analistas, con nuestros pacientes).

La violencia futbolera es producto de un sistema que promueve que está bien cierto estilo de vida ligado al goce fálico, ver quién es más “poronga”. La mafia va en la línea de esto. Recuerdo algo que creo que plantea Miller en su lectura del Seminario 5 de Lacan. Este hermetismo en el grupo, esa fijeza en las identificaciones, la traición, el código común. Todos nombres del superyó. El filo del ideal bajando línea. Marcando cómo, cuándo, dónde, con quién y por qué gozar. El Saber. Por eso es divertido cuando, de repente, uno se encuentra con cosas que quiebran “lo que es” en su concreta, chata y mediocre banalidad, como este video que comparto, de los Monty Python. Los sabiondos, también se embarran en el potrero. A los futboleros no les vendría nada mal, por su parte, leerse unos buenos libros, escuchar un buen disco o ir a ver una buena obra de teatro. Creo que, frente a un momento mundial de aceleración e hiper-liquidez (en los empleos, en las relaciones, etc.), todos deberíamos parar un poco la pelota y ver bien a dónde la pasamos y a quién.      
 Fuente:  RNV #9, EL FÚTBOL, Abril de 2015, www.revistanuevasvoces.com.ar

Luis F. Langelotti.
Miembro Fundador de Losange: clínica psicoanalítica



[1] El segregacionismo como un “gozar de la verdad”.
[2] En una definición tan simple como simplificadora, Colette Soler sostiene que: “Cualesquiera sean las justificaciones que invoque, el racismo tiene una definición precisa: es la aversión por la modalidades de satisfacción del Otro, por sus costumbres, y la preferencia por las suyas propias.” Extracto de su último libro Lo que queda de la infancia (Letra viva, 2015) que ha sido publicado en Página /12: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-270594-2015-04-16.html
[3] Soler. C.; Op. cit. 

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