sábado, 8 de diciembre de 2012

“De la Teoría como Madre a la lectura como sinthome” (*)




“Dotados de los mismos títulos de nobleza universitaria¸ es decir, de la misma esencia, los jóvenes y los viejos solamente han alcanzado grados diferentes de realización de la esencia. La carrera no es sino el tiempo que hay que esperar para que la esencia se realice. El ayudante es prometedor; el maestro es promesa realizada, ha pasado ya sus pruebas. Todo ello concurre a producir un universo sin sorpresas y a excluir a los individuos capaces de introducir otros valores, otros intereses, otros criterios en relación con los cuales los antiguos resultarían devaluados, descalificados.”[1]

“Vayamos más lejos. El analista es aún menos libre en aquello que domina estratega y táctica: a saber, su política, en la cual haría mejor situarse por su carencia de ser que por su ser.”[2]  

Buenos días. Lo que sigue intentará situar algunas coordenadas generales respecto de lo que ha sido nuestro trabajo durante este Año 2012 que declina y se hunde en su ocaso.
Este Año nos hemos propuesto abordar la cuestión del deseo del psicoanalista, punto axial y agente de la cura analítica en el pensamiento de J. Lacan, ya que a su entender es lo que en último término opera en el análisis. La temática que elegimos no es para nada simple, ya que ponerse a trabajar sobre tal concepto nos interroga a su vez sobre qué nos pasa a cada uno de nosotros con eso. No estimo casual que al escribir estas líneas que hoy comparto, cierto malestar me invada y me problematice el poder pronunciarme lúcidamente. Algo de incomodidad en sostener esa función, desde luego, parecería jugarse: ¿será, tal vez, la incomodidad de enfrentarse con la libertad que genera la imposibilidad que nos trasmite el psicoanálisis cada vez que nos revela la inexistencia de un modelo a seguir en función del cual sostener una ontología como analistas?      
El deseo del analista nos convoca a pensar en el psicoanálisis más allá del consultorio, también, al menos a mí, en tanto es aquella función que se pone en juego, del algún modo, cada vez que intervenimos, a la hora de tomar la palabra en relación a lo que el psicoanálisis intenta transmitir. En este sentido, esta noción de Lacan de la cual nos apropiamos, y a la cual estimo central en lo que a nuestra praxis respecta, nos pone de cara a una serie de cuestiones que van más allá de la mera escucha de un relato en sesión. Involucra también: los modos de construir teoría, de conceptualizar la orientación de la cura, de escribir y de leer los textos, de pensar los conceptos, de conversar entre nosotros, de formarnos como analistas, en suma, de circular. El deseo del analista es inseparable de todas estas cuestiones. Implica, básicamente, tomárselas en serio.
Quisiera abordar la cuestión convocante por la vertiente de nuestra formación como analistas, haciendo en principio especial énfasis en lo que observo como ofertas actualmente articuladas para llevar adelante tal emprendimiento. Cuando digo “actualmente articuladas” no lo digo ingenuamente, ya que es la definición misma que nos da Lacan de la dimensión de la demanda. Hay una demanda de ser psicoanalista que podemos detectar con facilidad por diversos ámbitos. La cuestión es ver cómo los analistas se posicionan frente a esta demanda de ser (como toda demanda). Se observa con singular frecuencia la respuesta, una oferta que se brinda, desde el lugar del Saber (S2), saber avalado, consistente, legitimado. Esta es la respuesta, vamos a decir… dominante. Por esta vía, se cae en lugares donde el interés que prima primordialmente es ver quién sabe más, a lo cual se le agregan otra serie de intereses asociados: ver quién tiene más títulos y de qué, quién conserva más anécdotas biográficas con personalidades eminentes; en suma, se trata de la cuestión del curriculum. O sea, lo académico-laboral se asocia claramente al discurso imperante epocal donde el saber vale por su supeditación al superyó capitalista. Se vende, se compra, se consume saber. Basta, por lo demás, con preguntarle a google cualquier cosa que no sepamos que él nos la responde. Quizá de aquí pueda inferirse la proliferación neoplásica de tantas “maestrías en psicoanálisis”. Cada vez más “magisters”… y menos psicoanalistas. O mejor dicho: cada vez más demanda de ser psicoanalista y menos deseo del analista.  
La demanda de ser analista, no es la búsqueda de autorización sino de autoridad, matiz al cual deberíamos prestarle mucha atención. Hace tiempo que acuñé la expresión Otro del Saber para delimitar aquello que motiva la sed del neurótico, ese incansable militante de la impotencia.  
Podemos decir que la búsqueda de un Dios o de un Metalenguaje, si seguimos a Freud cuando nos habla del narcisismo, es propia del Hombre en tanto este, a ese nivel, permanece atado a una horda liderada por un Jefe.
En este punto, resulta de interés retomar la diferencia que introduce Lacan al trabajar el caso del “Hombre de las ratas” de Freud, en donde sitúa que lo inexacto de su interpretación no va en detrimento de lo verdadero de la misma. Del mismo modo, algo puede ser muy “exacto” desde el punto de vista de la realidad objetiva - es decir, imaginaria -, pero no tener ningún valor de verdad en términos de la realidad psíquica o subjetiva. En lo tocante a nuestra formación como analistas, creo que podríamos pensarlo de la misma manera. Hay un camino que privilegia el entendimiento “riguroso” y “fiel” a la santa palabra del “especialista en lacanismo” o del “traductor de lacanés”, como si el discurso de Lacan fuese un lenguaje, subrayando el un. Es el camino de la exactitud, donde se cita al autor “a la letra”, con número de página, párrafo, renglón. Se sigue, vale aclararlo, el ideal de la transmisión científica que forcluye el testimonio en pos de una supuesta objetividad, netamente pre-lacaniana, por más que duela aclararlo. Una nueva corriente de “objetividad” nada menos que… en psicoanálisis. Pero el testimonio es signo de que un sujeto toma la palabra, involucrándose, implicándose, agenciándose de la Teoría, jugando con ella (lo cual no es sin aceptar previamente su falta). El testimonio no es transmisión desinteresada, sino la toma de una posición crítica.
Una lectura debería ser el sinthome con que cada analista supla la no relación sexual que lo atraviesa con la Teoría psicoanalítica como Otro. La transmisión academicista, cuando se pretende LA lectura – la que vale para todos, como La Ciencia o La Religión -, más que sinthome es un síntoma, liso y llano. Es decir, la realización de un deseo incestuoso donde el lector copula con el Ideal, esa teoría Toda, o sea, Madre. De allí la imprescindibilidad del propio análisis: para no coger con los libros.  
Puede pensarse que la transmisión de corte academicista, donde el “Maestro” (que sabe) enseña – en el doble sentido de la palabra – al “Alumno” (que no sabe), tiende ni más ni menos que a la forclusión del deseo del analista. Esta es una conjetura muy personal, que a cada cual le tocará comprobar. Creo que tiende a la forclusión del deseo, ya que anula el estilo, piedra de toque de la autorización, privilegiando el enunciado antes que la enunciación. Forcluye el deseo – como recién decía, es una conjetura - en tanto promueve la existencia de un Saber que responde a la demanda de ser psicoanalista, llenando el lugar que debería quedar vacío. Parafraseando a Lacan: Si el psicoanálisis habita en la falla irreductible a todo Saber, no le es dable desconocerla sin alterarse en su discurso.
Ahora bien, la cuestión a interrogar quizá sea por qué más allá de los “ofertadores de respuestas” consoladoras, es por qué hay quienes buscan y aceptan eso. Estar en tal o cual Cátedra universitaria, estudiar en un grupo privado con tal o cual profesor, o en tal o cual Institución psicoanalítica, trabajar para OSDE, etc. Metas del deseo con que muchos se atiborran de papilla asfixiante, para no tener que tomar la palabra en nombre propio.  
Pero otra respuesta a esa demanda, de la cual todos los que nos interesamos en el campo analítico formamos parte, es posible, de este testimonia nuestro Grupo de los Viernes. Y esta respuesta necesariamente tiene que venir por la vía del deseo, es decir, por lo que de la demanda es irreductible a la satisfacción de una pura y simple “necesidad”. Nada debería de haber de necesario es querer ejercer la posición del analista. Eso resultaría, cuando menos, sospechoso. El deseo del analista, cuando impera despóticamente en un análisis, es pulsión de muerte. La impureza del deseo del analista remite a que no existe EL psicoanalista, básicamente y que no queda otra más que savoir-faire con el psicoanálisis, cada cual siguiendo su propio camino, respetando sus propios tiempos, sus propias limitaciones, sus propios obstáculos, sabiendo valorar también los propios aciertos y cediendo un poco de esa ilusión de que existiría algún Otro que sabe más o que podría hacerlo mejor.
En “La dirección de la cura…”, polemizando con “el psicoanálisis de hoy”, Lacan situaba la creencia de algunos autores en lo innato del ser del analista, analistas que pretendían que en la cura es más importante lo que se es que lo que se dice o hace. De ahí la ideología del “Yo fuerte” al que habría de conducir una cura, en el sentido netamente obsesivo de identificarse al Amo, cuanto más muerto mejor. A esto Lacan respondió con la apuesta de concebir una ética que integre las conquistas freudianas sobre el deseo, para situar en su cúspide la cuestión del deseo del psicoanalista. La política del psicoanálisis es la de resistir a la demanda del analizante para que reaparezcan los significantes en que su frustración está retenida. Esto confrontará, pues, al sujeto con la carencia de ser que la metonimia del significante introduce en la “relación de objeto”, es decir, con su deseo. Mas no responder a la demanda, por su parte, implicará concebir que la clínica psicoanalítica es lo que no cesa de no escribirse en el fantasma, ¿en cuál? En el fantasma del analista.
Nuestra modalidad de pensar y de construir en psicoanálisis, nos llevó reunirnos, no sin nuestras dificultades, desde luego, durante todo el año una vez a la semana. Esta es la manera que encontramos de hacer-con el psicoanálisis y fundamentalmente con nuestro deseo en relación al psicoanálisis, más allá de los espacios ya instituidos y conocidos por todos. Es decir, nos cortamos un poco de esos mismos lugares, de esos lugares comunes, bella metáfora cuyo sentido ilustra fuertemente lo que intento situar. Porque, vale decirlo, “alumno”, “maestro”, etc., también son lugares. El lugar del analista no viene dado por ningún aval: ni estatal, ni organizacional, ni metafísico. Se trata de otra cosa. Se trata de autorización.
Si el testimonio plantea algo harto disímil de “formarse en la exactitud”, es que introduce la dimensión de la verdad tal como esta es descubierta por la experiencia psicoanalítica, es decir, como verdad subjetiva. Si el Grupo de los Viernes y esta Jornada, hablan, ante todo hablan de nosotros nos los protagonistas. Por eso, un camino otro que el de lo actualmente articulado, un camino que habilite la broma, el sin sentido, la angustia, el no saber, la contradicción, la paradoja, el oxímoron, el amor, el juego, la poesía, la invención y la creatividad, donde cada cual pueda ponerle el cuerpo a los enunciados del psicoanálisis y no, como el fanático, los enunciados del psicoanálisis al cuerpo, gozando de la verdad.
El esquema que sitúo en la pizarra nos permite pensar un poco la cuestión de la dirección de la cura en psicoanálisis:




Este esquema que es producto de nuestras reuniones, puede resultar una obviedad para muchos pero para nosotros, constituye un hallazgo, una verdadera invención en tanto representa algo significativo en donde pudimos poner nuestro propio criterio, jugando con los matemas lacanianos. La dirección de la cura en tanto camino regrediente de la estulta y neurótica orientación al objeto del deseo con el cual el sujeto se identifica – llameseló yo ideal, realidad o como fuere -, pasando por la sujeción significante a los signos englobantes del Otro primitivo, hasta situar algo de lo que podríamos pensar como desasimiento respecto de ese Gran Otro a través de la instrumentalización de cierto objeto significativo, al mejor estilo objeto transicional. En este sentido, en lo que respecta a la formación en psicoanálisis, creo que hemos tratado de enfatizar más la vertiente de lo significativo que de lo ideal. Y esto se dio, gracias a que siempre pusimos en primer lugar la dimensión de la conversación, de la escucha, del diálogo y de la palabra. En lugar de tratar de adaptarnos nosotros a lo legitimado del psicoanálisis, hemos tratado más de bien de adaptar lo instituido del psicoanálisis a nosotros, a nuestras singularidades en miras de producir efectos instituyentes. Esto, a mi entender, va netamente en la línea subversiva inaugurada por Lacan, más allá del discurso del Amo o Universitario que se hace con sus enunciados y en los cuales eventualmente podemos caer. Lo que nos interesa es su enunciación.
La enunciación del psicoanálisis apunta a la interpelación de la sujeción ignorada a la eficacia de una palabra que se tiene por inquebrantable, a los efectos de causar en un analizante la puesta en acto de su potencia subjetiva en el sentido de que tome la palabra, pasando, de este modo, de “ser parte” de un Otro absoluto a “ser partícipe de un proyecto único e inédito.
Esta fue nuestra apuesta durante este Año 2012, ser agentes de división entre “ser partes” y “ser partícipes”, poder situar y dar lugar a esta contradicción inherente a lo grupal. Lo primero (ser partes) en tanto co-funde ser y realidad – como habitualmente lo hacen los medios masivos de comunicación, por ejemplo, pero no sólo -, lleva a una posición triste y renegatoria donde nada nuevo podrá acontecer. En cambio, lo segundo, castrando de ser a la realidad, habilita la maleabilidad y la construcción de la misma acorde a nuestro genuino querer - ese querer que nos singulariza y que nos hace irrepetibles – promoviendo no la tristeza sino la alegría. Y esta es la alegría que transmite haber coordinado durante este año al grupo. Se trata de la alegría de ser causa y de contagiar algo del deseo, poniendo a circular más que aquello que se tiene, lo que nos falta.      


(*) Ponencia Jornada “Grupo de los Viernes: Freud y el deseo del psicoanalista” – Diciembre de 2012

[1] Bourdieu, P.; “Defensa del cuerpo y ruptura de los equilibrios” en Homo academicus, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2012. Capítulo 4, Pág 199.
[2] Lacan, La dirección de la cura…

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