miércoles, 19 de diciembre de 2012

"El Blackberry, los goles de Messi y las tetas de la modelo"






El psicoanálisis es un camino hacia el verdadero decir. Verdadero decir hecho de actos. Actos que dicen de un recorte del Todo y de la Mismidad, en el sentido de una interpretación que se hace Vida, más allá de la indiscriminación primitiva que nos mantiene cautivos de caprichos anónimos y masivos. El trayecto analítico es hacerse cargo de que nunca hemos dejado de jugar. Sin saberlo, jugamos un juego olvidado que nos entorpece el actuar por fuera de los carriles de ese juego basado en reglas pretéritas. Recuperar el juego, ser agente del mismo y no su juguete, jugar más acá del principio del placer. Recuperar también el amor. El amor es robado por el fanatismo, deriva clásica de lo pulsional en su fijeza. Un amor que esté más del lado del deseo, esto es, de lo que sí tiene ciertas condiciones, cierto precio. El amor, en su faceta incondicionada, pretende una entrega plena y necesaria, al estilo naturalista. Recuperar el amor como error, como cosa inútil e innecesaria, casual, contingente. Lo contrario del amor infernal, del enclaustramiento aplastante. El psicoanálisis, al ser un despliegue del saber-hacer con esa fijeza-a-romper, con esa tenaza a abolir, implica la edificación poética de una posición frente al mundo, asumir un lugar, tomar partido, jugársela. No es sin consecuencias. El precio a pagar es afrontar la realidad aún en su crudeza. El discurso sosegador, el optimismo del “poder es querer”, del “imposible es nada” y el “sólo hazlo”, etc., respecto de la realidad asume una posición de “mejor mirar para otro lado.” Desde luego que esto no transforma la realidad, al contrario, contribuye a que empeore. Por eso lo interesante del juego, del amor, del creer, es que dejen de servir de soez pretexto para no ver aquello que convendría ver para poder así transformarlo. El verdadero decir subvierte el ronroneo y el canturreo de pajarillo de uno mismo como adormecido. Conlleva mandarse y ceder del ser que gesta la aprobación o desaprobación de la mirada del otro. Vaciarse de cierto saber y reírse de las solemnidades que otrora se veneraban. Mutar rigurosidad por seriedad. Trocar el deseo de respuestas por el valor de la pregunta. Conquistar el placer del silencio, de ese silencio al que sólo da luz la palabra verdadera, el verdadero decir. Asombrarse es una experiencia posible que el análisis habilita y esto produce un crecimiento interesante. La lógica del narcisismo se anuda a la vertiente comercial posmoderna donde el placer del asombro está regido por los objetos tecnológicos (principalmente) que todos pueden (deben) consumir. Pero lo que se consume (se pierde) al consumir de lo Mismo, eso que es deseable para todos, es lo significativo para cada cual, el asombro singular. El asombro general hacer mierda el asombro singular. Para decirlo mal y pronto, pero con cierta contundencia: cuando me abstraigo hacia ese placer que me singulariza y que marca mi diferencia, entonces, ¡qué carajo me importan el Blackberry, los goles de Messi o las tetas de tal o cual modelo! 

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