sábado, 29 de octubre de 2011

"Acto ◊ Saber inconsciente" (*)





La temática de nuestro Cartel, “Angustia e inconsciente”, presenta una articulación respecto de dos cuestiones que atañen especialmente a la clínica psicoanalítica. Cuando Jacques Lacan trabaja en su Seminario dedicado a la crítica de la “Relación de objeto” el abordaje freudiano del pequeño Hans, sitúa que no va resumir “en una frase todo el camino recorrido por Freud”, pero sí indicará que “la angustia siempre está ahí presente en las distintas etapas de su observación, y la doctrina viene luego.”


La angustia en cuanto que afecto es anterior a lo que se plantea a propósito de un cierto artificio significante – Saber - y surge la interrogación acerca de sí la Doctrina no sería sino una elucubración de saber sobre la angustia. Pero, ¿hasta qué punto se puede elucubrar saber sobre la angustia y qué hay de transmisible en ello? ¿la angustia no será acaso el signo de que el saber - como saber inconsciente - falla-en-tener una representación acabada de la “sustancia” del sujeto por cuanto este es un efecto del significante, en la orientación de que, como diría J. A. Miller, “faltando allí, no por ello está pura y simplemente ausente”?


Cito a Kierkegaard: “El hombre no podría angustiarse si fuese una bestia o un ángel. (…). … tanto más perfecto será el hombre cuanto mayor sea la profundidad de su angustia. Sin embargo, esto no hay que entenderlo (…) en el sentido de una angustia por algo exterior, por algo que está fuera del hombre, sino de tal manera que el hombre mismo sea la fuente de la angustia.”


¿Adentro o afuera? ¿Exterior o interior al Hombre? Como sea, la angustia es referente ético toda vez que sitúa la vinculación del sujeto con su Otredad, con su envés, esto es, lo Unerkannt, lo no-reconocido de sí mismo o el sí-mismo extraviado del sujeto.


¿Y qué decir en referencia al rasgo de mi quehacer en este Cartel, referido al “acto y el saber inconsciente”?


Vamos a decir: lo que se instituye como acción se sostiene en un Saber que puede ser tranquilamente, por ejemplo, el de la anatomo-fisiología. La acción motriz es aquello que uno podría en cierta forma adjetivar en términos de lo esperable que suceda para dicho “corpus teórico”. Existe un límite, una determinación de las posibilidades del cuerpo concebida en términos de “lo que sí” y de “lo que no”. La Biología, en este sentido, supone un “ejercicio de las posibilidades de hacer” (lo que se llama “acción”), pero el mismo está regulado por aquellas leyes que la establecen como Ciencia.


En términos psicoanalíticos, podemos pensar en este “ejercicio de las posibilidades de hacer” en sintonía con lo que del Gran Otro se circunscribe como eficaz para un hablante. Me refiero al inconsciente entendido es su faz imperativa y a los circuitos prefigurados del fantasma que otorgan una consistencia ontológica desgraciada al sujeto de la falta.


En este sentido, el acto se plantea a propósito de la falla del saber inconsciente, vinculándose así con el instante ético en su desborde a la constante Moral. El acto, estimo, habría que poder plantearlo cual acción que excede los parámetros de sentido del Otro, la sobredeterminación. Es lo que va más allá de una conducta regida por el mandato superyoico, que es menos el “imperativo del goce” que el goce del imperativo.


Finalmente, si la acción es como decíamos “el ejercicio de las posibilidades” que el Otro ofrece para hacer, definiremos entonces al acto en cuanto que ejercicio – en el sentido de cierta operacionalización – del orden de lo imposible.

(*) Ponencia presentada en la XX Jornadas Nacionales de Carteles de

la Escuela de la Orientación Lacaniana.

29 de Octubre de 2011. CABA.

La imagen: "Divisibilidad infinita", (Ives Tanguy, 1942).

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