domingo, 16 de junio de 2013

“Indagaciones sobre la cuestión del amor” (Parte II)



Introducción

¿Cómo se vincula el territorio de la idealización con el del amor? ¿Es la vertiente objetivante la única posible para el amor? ¿Hay un amor más allá del superyó? ¿Qué amor habilita al psicoanálisis? ¿Qué amor habilita el psicoanálisis?

¡Cuántas preguntas nos hemos hecho! Desde el psicoanálisis, sabemos el valor que la dimensión de la pregunta comporta para nuestra clínica y lo poco interesante que resulta responder de un modo anticipado. Valiéndonos de esta posición, se torna pertinente jugar con las ideas, tomándolas en serio pero no sin faltarles un poco el respeto. Si la Teoría se vuelve un Amo incuestionable, nuestra clínica deviene en ejercicio de un poder y nosotros unos estultos. Otras son las sendas a las que nos habilita la lectura como recorte crítico y apertura, savoir-faire con los enunciados. Erniedrigung del Otro completo que, en cuanto sustracción provocadora, puede contribuir a subvertir la no poco habitual inhibición del lector-escritor, el síntoma de repetición de padrenuestros lacanianos y la angustia de que todo ya esté dicho. Prosigamos.    


La identifijación del bebe al ser «maeterno» ideal (promovido por su fantasma)  

En la clase VIII del Seminario 5, “La forclusión del Nombre del Padre”, Lacan nos dice: “No es lo mismo decir que ha de haber ahí una persona para sostener la autenticidad de la palabra, que decir que algo autoriza el texto de la ley. En efecto, a lo que autoriza el texto de la ley le basta con estar, por su parte, en el nivel del significante. Es lo que yo llamo el Nombre del Padre, es decir, el padre simbólico.[1] Es decir, lo que el analista francés pretende situar es que es preciso el orden del significante, de lo simbólico para pensar el estatuto del Padre en cuanto que función psíquica.

Ahora bien, esta dimensión psíquica (simbólica) del Padre puede o no estar presente en el sujeto que ocupa el lugar materno. Si el niño representa algo para ella (signo), esto nos introduce de algún modo en la vertiente fálico-narcisista: hijo = pene. Es decir, presencia y ausencias maternas y pregunta por el deseo. La madre atravesada por la ley de prohibición del incesto, es una madre que se ausenta, que se deja fallar, es decir, que no fagocita al bebe ya que desea Otra cosa. Otra sería la situación si ese bebe no representara nada en especial para ella (o si ella no se dejara fallar, es decir, si lo representara todo), tal como lo señala Lacan en el Seminario 10: “… lo que la madre del esquizofrénico articula de aquello que había sido para ella su hijo en el momento en que se encontraba en su vientre – nada más que un cuerpo inversamente cómodo o molesto…”[2]  

Pero dejemos de lado al pequeño esquizofrénico. Si nos remitimos al caso del bebe que representa algo para ella, tendremos primariamente un sujeto petrificado al “ser” exigido de modo implícito en la demanda inconsciente materna. Dice Silvia Amigo: “… el niño se identifica en tanto “yo ideal”, tomando las características del padre que está muerto y que permanece entonces en el orden del ser eterno.”[3] El niño sutura, por consiguiente, la falta materna “identifijado” al Padre muerto, esto es, al Padre ideal (puro símbolo): el de ella (implícito en su demanda). El ser-exigido implícitamente en la demanda materna, es conforme al modelo de ese Padre que suponemos operante en la madre (ya que posibilitó esto: hijo = pene). Esto hace a cierta edificación yoica, desde luego. Pero se trata de un primer momento, del punto de gestación del yo-ideal. En tanto ser eterno, yo-excepción no atravesado por la lógica de Vergänglichkeit (lo perecedero). A este nivel, el bebe alienado no-piensa.     

Por otra parte, Nunberg pensaba la instancia del yo-ideal como “el yo aún inorganizado, que se siente unido al Ello...”[4] La eternidad en cuestión no será platónica, entonces, a no ser que detrás del Ser de los metafísicos leamos el empuje secretro y silente de la perentoriedad infatigable de lo pulsional. Hipótesis, por lo demás, para nada descabellada. Diríamos, entonces, con Nietzsche: “Ocurre con los hombres lo mismo que con los árboles. Cuanto más intentan erguirse hacia la altura y hacia la luz, tanto más profundamente hunden sus raíces en el suelo, hacia lo oscuro, hacia lo hondo - hacia el mal.”[5] La perfección tan ansiada por los trasmundanos resultaría así una proyección nostálgica a un «más allá» de aquel primitivo paraíso de la dicha fálica en donde el bebe obtura la hiancia materna identifijándose al Padre muerto ideal.  

Podemos continuar desplegando estas cuestiones acercándonos a otra referencia.

En la clase XXIV del Seminario 8, “La identificación por Ein Einziger Zug”, Lacan vuelve a referirse a su “vieja temática del estadio del espejo” para esclarecer con mayor precisión, una vez más, los conceptos de yo-ideal e ideal del yo. En determinado momento, señala: “… no significa que este einziger Zug, ese rasgo único, esté por este hecho dado como significante. En absoluto. Es bastante probable, si partimos de la dialéctica que trato de esbozar ante ustedes, que sea posiblemente un signo. Para decir que es un significante haría falta más. Hace falta que sea ulteriormente utilizado en, o que esté en relación con, una batería significante. Pero lo que define a este ein einziger Zug es el carácter puntual de la referencia original al Otro en la relación narcisista.”[6]   

¿Qué podemos decir de esta cita? Lacan está hablándonos aquí del I(A), como introyección simbólica del signo de la plenipotencia del Otro que sí responde, que da sentido [s(A)], que colma. Es una identificación a lo simbólico del Otro real, es decir, al poder significante del otro de los primeros cuidados. Lacan insiste en el carácter de signo. Podemos pensarlo, no obstante, como un significante. Pero como un significante suelto, desencadenado. Más exactamente, como un significante amo: S1 (todavía no I(A)). Un primer significante ordenador, un rasgo o una traza unaria. Si regresamos a lo anteriormente desarrollado, este significante amo apuntalaría la edificación primitiva de un ego de puro goce, un yo placer purificado: el objeto primordial (para el caso, la madre) es “incluido por el sujeto en la esfera narcisista, mónada primitiva del goce con la que está identificado.”[7] Esto es lo que hemos definido como el niño saturado de libido. El bebe es identificado con el objeto del goce materno.

    
El amor nhombrante como puente del superyó a la causa: «lo père-cedero»    
          
Ahora bien, en nuestra nota anterior, decíamos: sin redoblamiento del S1 no hay muerte del yo-ideal. Podemos retornar a esta idea. Ese S1 primitivo podríamos pensarlo en estricta sintonía con lo que Lacan algebraiza en su metáfora paterna del siguiente modo: DM (como puro signo enigmático aún). Sabemos que en cierto momento de su enseñanza Lacan articulará al significante amo (S1) más bien con la dimensión del Nombre del Padre. No nos interesa aún esa articulación. Pensemos, por el momento, el S1 como DM en cuanto se trata del empuje implícito en la demanda materna, a ser lo deseado, a alcanzar la imagen ideal del Padre muerto para suturar la falta. Este mandato imposible de cumplir – y que, por lo demás, de no ser dialectizado por un S2 dejaría al bebe en la mera objetivación - nos lleva a pensar también en la dimensión del despiadado superyó materno kleiniano. La pregunta que se abre en relación al S1 no redoblado será: “¿Qué quiere el Otro de mí?” (destacando el “de”). El Otro exige algo atinente a mi ser.         

En nuestra entrega anterior señalábamos, a través de una cita de Lacan, cómo incide la no referencia del niño al Otro en el marco del estadio del espejo: captura imaginaria que produce cierta desposesión simbólica la cual imposibilita el advenimiento del sujeto de la falta y al armado del yo-auténtico. En esta ocasión, quisiéramos inquirir en los efectos no de la ausencia de la referencia sino en su exceso, es decir, en las consecuencias del no redoblamiento de esa referencia primitiva basada en la mirada del Otro materno. ¿No podríamos pensar, acaso, en los efectos igualmente estragantes de la constitución subjetiva por el sujetamiento irrevocable a un imperativo a-dialéctico que demanda ser… lo imposible? El S2 que redobla al S1 fatal no es sino el Nombre-del-Padre, al que nosotros tomamos a los fines de esta entrega en solidaridad con lo que Silvia Amigo ubica como traza paterna (S1 en su elaboración): “… la traza [paterna] se apoya sobre la imagen yoica ideal y la hiende, permitiendo una correcta separación entre el yo y el resto que no ingresa al yo, colocado ahora ese resto como prenda de la motorización del deseo según la diferencia sexual y en la exogamia.”[8]  

El S1 puro mandato que demanda perfección mutará gracias a la intervención del plano del amor, sin el cual no existiría la metáfora paterna. Estimamos que hay serias razones para pensar en la solidaridad de la metáfora paterna y lo que Lacan llama la metáfora del amor. En principio, podemos señalar lo siguiente: la madre, completa en su relación al bebe como extensión narcisista, debe advenir erómenos (amada) de un hombre. Pero para que esto se produzca, el hombre en cuestión, debería posicionarse, necesariamente, como erastés (amante) de esa mujer. No podemos dejar de citar aquí la valiosa afirmación de Lacan en el Seminario 22, RSI: “Un padre no tiene derecho al respeto, sino al amor, más que si el dicho respeto, el dicho amor, está (…) père-versement orientado, es decir, hace de una mujer, objeto a que causa su deseo.”[9] No basta con esto, no obstante, para que haya metáfora paterna, puesto que la metáfora del amor debe darse en el erómenos. Es decir, hay metáfora paterna si la madre erómenos se sustituye como erastés de ese hombre que la toma por objeto a, causa de su deseo. Allí sí, pues, el hombre amante deviene padre gracias a este movimiento retroactivo y el bebe es significado fálicamente (sφ), subvirtiéndose entonces la alienación estragante, propiciada por una madre sujetada al irresoluto Penisneid de su Complejo de Castración. Se trata de la emergencia de lo que podríamos llamar, junto a Colette Soler, un amor nombrante[10] que hace de puente desde la «maeternidad» primitiva hacia el orden del “notodismo” femenino. La incidencia metafórica del Nombre-del-Padre, en cuanto que operacionalizado por el amor nombrante de una mujer por un hombre-amante contingente, hace del niño un falo metáfora - significación poética del amor de esa mujer por ese «nhombre». La eficacia paterna transmutará lo aborrecido del espejo (el objeto resto) ni más ni menos que en objeto causa del deseo.    

Por otro lado, si el “amor” materno por el Padre muerto ideal al que está atada (como  niña) y el goce histérico (en la privación) que le es concomitante, no cede en favor del amor por el hombre-del-padre (como apertura a su goce femenino) pues, el destino de ese bebe será el de yo-excepción. Yo-excepción que, en las psicosis (especialmente en la vertiente paranoica), florece siniestramente como irrealidad acontecida e irrevocable, quedando el residuo insoportable (el a) del lado del Otro (la conocida inocencia paranoica).[11] En cambio, en la neurosis, el redoblamiento paterno del S1 debe pensarse como solidario de la separación y de la estructuración del fantasma: S2 / S1 ($ ◊ a). Por el Nombre-del-Padre, el S1 adviene agente de la ubicación del sujeto en el fantasma (como sujeto historizado). Ahora sí daríamos, pues, con la edificación del yo-auténtico [i´´(a)] en tanto, por el Nombre-del-Padre, el S1 primitivo (superyó materno como ley sin dialéctica) deviene Ideal del yo. La pregunta puede pasar a ser esta otra: “¿Qué quiere el Otro para mí?” (destacando el “para”).[12] Podríamos entonces matematizar el nuevo estatuto del einziger Zug: I(A). El Ideal ya no como mandato imposible y aplastante (“¡Goza!”) sino como futuridad y abertura.

Dice Silvia Amigo: “Gracias a la función paterna, S1 se hace deíctico del objeto a. Por la eficacia de esta función, el objeto se integra al discurso como posible agente.”[13] Esta articulación nos da cierta alegría ya que podríamos responder, al menos parcialmente, a una pregunta de las propuestas. Si nos preguntábamos qué amor habilita al psicoanálisis, pues aquí hemos dado con cierto esbozo de respuesta, ya que la metáfora paterna (en su articulación con la metáfora del amor), entonces, hace a la integración del a como posible agente del discurso. Lo que llamamos el discurso del analista. El discurso del analista, por consiguiente, opera allí donde el sujeto del analizante advino como efecto del amor de una mujer por el hombre-del-padre, es decir, de un amor no-todo atado del Padre muerto ideal y, entonces, no renegatorio de la castración. Constitución subjetiva atravesada por un amor, entonces, que no repulsó de la “mancha”[14] y que dio lugar a la causa.
  
Por lo demás, a ese amor atado al Padre muerto ideal, ¿deberíamos llamarlo propiamente amor? Citaríamos en este punto a Octavio Paz, para darle al menos mayor contundencia a la pregunta. Dice el poeta mexicano, en un libro que tendremos la oportunidad de visitar en otras oportunidades, seguramente: “El amor filial, el fraternal, el paternal y el maternal, no son amor: son piedad, en el sentido más antiguo y religioso de esta palabra. Piedad viene de pietas. Es el nombre de una virtud, nos dice el Diccionario de Autoridades, que «mueve e incita a reverenciar, acatar, servir y honrar a Dios, a nuestros padres y a la patria.» La pietas es el sentimiento de devoción que se profesaba a los dioses en Roma. (…) La piedad o amor a Dios brota, según los teólogos, del sentimiento de orfandad: la criatura, hija de Dios, se siente arrojada en el mundo y busca a su Creador.”[15]

La devoción ferviente e incondicional - conciente o inconfesada - al Otro que sí responde o al Padre-Dios, no es amor sino piedad. Sentimiento que brota de la indefensión originaria del sujeto ante la falta-en-ser que lo afecta irreductiblemente. Volvemos a citar al poeta: “Es natural que los poetas místicos y los eróticos usen un lenguaje parecido; no hay muchas maneras de decir lo indecible. No obstante, la diferencia salta a la vista: en el amor el objeto es una criatura mortal y en la mística un ser intemporal que, momentáneamente, encarna en esta o en aquella forma. (…) El amor humano es la unión de dos seres sujetos al tiempo y a sus accidentes: el cambio, las pasiones, la enfermedad, la muerte. Aunque no nos salva del tiempo, lo entreabre para que, en un relámpago, aparezca su naturaleza contradictoria, esa vivacidad que sin cesar se anula y renace y que, siempre y al mismo tiempo, es ahora y es nunca. Por esto, todo amor, incluso el más feliz, es trágico.”[16]

Si la vertiente de la alienación, de la piedad y de la poesía mística ponen en primer plano el orden del ser eterno, pues, del lado del amor no tanto “humano” como humanizante (subjetivante) - el de esa-mujer, el de ese-hombre –, se pondrá en juego entonces la dimensión propiamente temporal como un real irreductible: Vergänglichkeit. Dimensión a la que, no sin delirar concienzudamente, podríamos redefinir como la de «lo père-cedero», allí donde del padre se acepta su mortalidad, es decir, su castración.        


Notas

[1] Lacan, J.; “La forclusión del Nombre del Padre” en El Seminario 5. Las formaciones del inconsciente. Paidós, Buenos Aires, 2005. Clase VIII, Pág. 150.
[2] Lacan, J.; “Pasaje al acto y acting out” en El seminario 10. La angustia. Paidós, Buenos Aires, 2007. Pág. 132.
[3] Amigo, S.; “Apuntes sobre el superyó”. Fuente: http://www.efba.org/texto-detalle.asp?idarticulo=22
[4] Citado por Daniel Lagache en su célebre informe El psicoanálisis y la estructura de la personalidad.
[5] Nietzsche, F.; “Del árbol de la montaña” en Así habló Zarathustra, Madrid, Ed. Sarpe, 1987, Pág. 59.
[6] Lacan, J.; “La identificación por Ein Einziger Zugen El Seminario 8, La transferencia, Paidós, Buenos Aires, 2008. Clase XXIV, Pág. 395.   
[7] Lacan, J.; Op. cit. Pág. 387.  
[8] Amigo, S.; Op. cit.
[9] Lacan, J.; Seminario del 21 de Enero de 1975 en RSI, traducción de Ricardo E. Rodriguez Ponte para circulación interna de la EFBA. Subrayado nuestro.
[10] Se pregunta la psicoanalista francesa: “… ¿cuál es el valor del amor de una madre, para la humanización de su hijo? Los fenómenos de hospitalismo nos indican que los cuidados del cuerpo no son suficientes: la humanización del pequeño hombre pasa por un deseo no anónimo. Concluimos entonces que, para un niño, la dedicación materna vale tanto más, cuanto ella no es toda de él, y cuando ella no está tampoco en otro lugar insondable: es aun necesario que su amor de mujer sea referible a un nombre. No hay amor sino de un nombre, decía Lacan: aquí, el nombre de un hombre puede ser cualquiera, pero que por el solo hecho de que se pueda nombrar se constituirá en un límite a la metonimia del falo y a la opacidad del Otro absoluto. Solamente bajo esta condición, el niño podrá ser inscripto en un deseo particularizado.” Soler, C.; “La angustia de la madre” en Lo que Lacan dijo de las mujeres, Paidós, Buenos Aires, 2008. Pág. 148-9.    
[11] Hablando de las implicancias clínicas de la «maeternidad», sabemos de la pauperización psicótica en cuanto a la dimensión del tiempo: realidad zeitlos [atemporal] objetivante cuyo testimonio el psicótico no deja de brindarnos. Recordamos el discurso de una paciente que decía: “Yo siento mucha angustia. Angustia permanente. Estoy tratando cada vez de sentirme bien…” ¿No podemos leer allí, acaso, algo de la crudeza del no-corte, es decir, de la atemporalidad del goce no escandido edípicamente?    
[12] La metáfora delirante schreberiana produciría un pasaje homólogo al ir desde “ser la puta de Flechsig” (como imposición superyoica desarmónica con el yo) hacia “ser la mujer de Dios” (sintonía “gratificante” del Ideal con el ego). Cierta pacificación suplente de la metáfora faltante, remedo del Padre forcluido por impostor.  
[13] Amigo, S.; Op. cit.
[14] Volvemos a citar a Silvia Amigo: “Y debiera un niño ser mirado también como portador de la mancha que señala en la imagen del niño el fracaso de una total identificación. Fracaso que indica que el niño no está enteramente en su imagen, sino que se nuclea alrededor de un real propio que en ella no entra. No siempre ocurre que el Otro acepte un niño con su mancha, a un niño que no responda por entero a la imagen fabricada ad hoc para su satisfacción.”
[15] Paz, O.; “Un sistema solar” en La llama doble. El amor y el erotismo. Ed. Seix Barral, Barcelona, 1993. Pág. 108-9.
[16] Paz, O.; Op. cit. Pág. 110-1. 


La imágen corresponder a Aida Carballo, "De los amantes". 

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